La voz de Damián era tan fría como siempre, un tono que no contenía ni el más mínimo rastro de calor, resonando en la enorme y vacía sala.
"Ve y discúlpate con Eva."
Ximena, que estaba de pie junto a la ventana, se giró lentamente. Su cuerpo estaba delgado y frágil, como si una ráfaga de viento pudiera derribarla. Miró al hombre sentado en el sofá, su esposo, Damián Montenegro, y una sensación de absurdo se apoderó de su corazón.
"¿Disculparme? ¿Por qué debería disculparme? No hice nada malo."
Damián ni siquiera levantó la vista de los documentos que tenía en la mano, su indiferencia era como una aguja afilada que se clavaba directamente en el corazón de Ximena.
"Eva está asustada. Dijo que la miraste de forma extraña en el banquete de anoche, y ahora no puede dormir bien. Ximena, sabes lo importante que es Eva para mí. No quiero que se sienta incómoda por tu culpa."
Ximena sintió un escalofrío recorrer su espalda. ¿Una mirada? ¿Tenía que disculparse solo por una mirada? En los tres años de su matrimonio, había aprendido a ser sumisa, a obedecer, a tragarse todas sus quejas, todo por el bien de este hombre al que amaba profundamente. Pero esta petición era simplemente ridícula, una humillación descarada.
"Yo no..."
Justo cuando estaba a punto de discutir, un dolor agudo y repentino atravesó su cabeza. La escena frente a ella comenzó a distorsionarse, a superponerse. La voz fría de Damián, la expresión arrogante en su rostro, la lámpara de cristal sobre sus cabezas, todo se sentía extrañamente familiar, como una pesadilla que se repetía.
Fragmentos de recuerdos, sangrientos y aterradores, inundaron su mente.
Recordó esta misma escena. En su vida anterior, ella también se había negado a disculparse. Damián se enfureció y la encerró en el sótano durante tres días sin comida ni agua. Cuando finalmente la dejaron salir, su cuerpo estaba al borde del colapso.
Recordó cómo Eva, con una sonrisa inocente en el rostro, le trajo un plato de sopa "amablemente". Después de beberla, sintió un dolor insoportable en el abdomen y perdió al hijo que ni siquiera sabía que llevaba dentro.
Recordó el día del aniversario de su boda. Ella había preparado una cena a la luz de las velas, esperando tontamente que él recordara. Pero él nunca llegó. Más tarde, vio las noticias: Damián Montenegro había comprado una isla entera para celebrar el cumpleaños de la famosa actriz Eva Soler. Su aniversario de bodas era el cumpleaños de Eva. Qué irónico.
Recordó el incendio. Estaba atrapada en la vieja villa, las llamas devoraban todo a su alrededor. Gritó su nombre, pidiendo ayuda desesperadamente. Lo vio parado afuera, entre la multitud, su rostro impasible, como si estuviera viendo una película sin importancia. Y a su lado, Eva temblaba en sus brazos, recibiendo todo su consuelo.
El humo espeso llenó sus pulmones, y el dolor de las quemaduras la consumió. En sus últimos momentos de conciencia, lo único que sintió fue un odio y un arrepentimiento sin límites. Si pudiera volver a vivir, nunca, jamás volvería a enamorarse de este hombre despiadado.
"¡Ah!"
Ximena gritó y se tambaleó hacia atrás, su rostro pálido como el papel. Su cuerpo temblaba incontrolablemente. No era una pesadilla. Era real. Había renacido. Había vuelto al punto de partida de toda su tragedia.
La pluma en la mano de Damián se detuvo. Finalmente levantó la vista, su ceño fruncido con impaciencia al ver la reacción de Ximena.
"¿Qué te pasa ahora? ¿Estás tratando de llamar mi atención con este truco?"
La voz de Ximena temblaba, no por miedo, sino por la conmoción de su renacimiento. Miró a Damián, y por primera vez, no había amor en sus ojos, solo una frialdad y un odio profundos que provenían del fondo de su alma.
La repentina oleada de recuerdos y emociones fue demasiado para su cuerpo ya frágil. Sus ojos se pusieron en blanco y se desmayó, su cuerpo cayendo pesadamente sobre la suave alfombra.
Damián la miró con disgusto. No se levantó. Simplemente llamó con frialdad a la criada que estaba cerca.
"Llévensela a su habitación. No dejen que me moleste."





