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La Rebelde De Los Alexandrov
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9.1
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En La Rebelde De Los Alexandrov, Jennifer viaja a Rusia para sanar el pasado de seis hermanos poderosos. Entre el lujo de esta mafia novel y secretos familiares, ella enfrentará un destino peligroso. Descubre esta historia en nuestra plataforma de web novels free y lee este romance novel.

Resumen de La Rebelde De Los Alexandrov

Jennifer Collins llega a Rusia para reiniciar su vida, pero termina vinculada a seis influyentes hermanos que la reclaman como suya. Mientras convive con ellos, su carácter indomable logra sanar las heridas emocionales de estos hombres, quienes acaban cautivados por su rebeldía. Sin embargo, tras la opulencia y la pasión, se oculta un turbio misterio familiar. Jennifer deberá enfrentar una verdad enterrada que amenaza con cambiarlo todo para siempre.
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Capítulo 1 de La Rebelde De Los Alexandrov

.Jennifer.

La decisión fue un corte limpio y radical. No fue una huida, sino una declaración de guerra. Dejo atrás mi vida en los Estados Unidos, marcada por la sombra de mis padres y su intento de forzar un matrimonio concertado. Mi rotunda negativa me costó la llave de casa, pero me dio algo infinitamente más valioso: la libertad. Con la herencia de mis abuelos como único salvoconducto, Rusia, y específicamente Moscú, se convirtió en mi lienzo en blanco. Estudiaría, trabajaría y me costearía la nueva vida desde cero. La ventaja de dominar el ruso hizo que la elección fuese obvia, aunque el costo fuera abandonar el canto, el único sueño puro que mis padres no habían logrado pisotear.

Moscú se reveló ante mí como una ciudad de contrastes brutales, envuelta en una elegancia gélida. Al llegar, me instalé en un hotel de lujo, un refugio temporal mientras asimilaba la magnitud de mi decisión. Todo era impecable, pulcro y, en cierto modo, intimidante. Las personas que me rodeaban parecían personajes sacados de otra realidad, envueltos en abrigos de piel y autos de alta gama. No era mi primer viaje, pero esta vez la experiencia era diferente; la adrenalina de la independencia lo teñía todo.

La soledad nunca ha sido un problema. A mis diecisiete años, y a pesar de la ausencia crónica de mis padres y la indiferencia de mis hermanos, me crie a mí misma. Esa dureza forjada en la autosuficiencia es mi mejor arma para sobrevivir en un país nuevo, sin red de seguridad.

Tres días fueron suficientes para asegurar un excelente apartamento, sorprendentemente cerca de la universidad donde pronto comenzaría las clases. Con la mudanza inminente, tomé el ascensor por última vez, despidiéndome de la opulencia de mi hotel.

Al entrar, me encontré con la única persona a bordo. El aire se hizo denso. Era un hombre imponente, cerca de los dos metros de altura, con una complexión atlética. Su piel, de una blancura casi irreal, contrastaba con su cabello rubio, meticulosamente peinado, y una barba corta y perfilada que acentuaba una mandíbula firme. Sus ojos, de un azul glacial, y el impecable traje de sastrería negra, el Rolex destellando en su muñeca, y una colonia que olía a poder y a peligro, lo convertían en un arquetipo de la élite moscovita.

Noté la lenta, deliberada inspección que me hizo de arriba abajo. Su rostro permanecía inexpresivo, una máscara de hielo, pero en la intensidad de su mirada reconocí el instante en que me catalogó. Soy una experta en la anatomía del deseo masculino, y este hombre, una escultura griega en un traje moderno, no era la excepción.

—Buenas tardes —dijo, su voz profunda y gutural.

—Buenas tardes —respondí, marcando el botón de la planta baja. El suyo, el del estacionamiento, ya estaba encendido.

Su voz resonó en el pequeño cubículo, provocando un sismo en mi estómago. Era áspera, varonil, el tipo de timbre que promete autoridad. Las puertas se abrieron en el lobby y le dediqué una sonrisa coqueta, intencionalmente provocativa. Él no reaccionó más que con una sutil sonrisa ladeada, una mueca que no llegué a descifrar.

Mi coqueteo es mi armadura. Soy atrevida, directa. Mi apariencia no es la de una joven recatada. El cabello rosa intenso, los tatuajes que se asoman bajo la ropa, los piercings y una vestimenta predominantemente negra y sin concesiones, son mi declaración de principios. Me gusta ser sensual, genuina y salvaje. Nunca he tenido una pareja real; solo momentos breves, a menudo con hombres que me tachan de dominante o egocéntrica. No me importa. Es mi forma de mantener el control.

Minutos después, llegué a mi nuevo apartamento. Era modesto, pero mío. La tarde se fue ordenando lo esencial, lo que pude traer conmigo: mi ropa, mis libros y los pocos efectos personales que resistieron el destierro.

El primer día de clases llegó con la promesa de una nueva rutina. El paseo matutino a la universidad me permitió empezar a conocer mi nuevo barrio. Hice una parada obligatoria en una cafetería, pidiendo un café con leche y galletas de avena.

Mientras esperaba, sentí una intensa y persistente mirada sobre mí. Era casi un peso físico. Por decoro, mantuve la espalda recta y no me giré. Sin embargo, al tomar mi pedido y darme la vuelta, lo vi.

Sentado en una mesa junto a la ventana, otro hombre rubio. Este, sin embargo, era diferente. Musculoso y alto, vestido de manera casual y desafiante: camisa blanca, chaqueta de cuero, pantalones oscuros y botas. Sus ojos eran de un negro tan profundo que absorbían la luz, y su aura era de rebeldía controlada. Era la antítesis del hombre de traje del hotel, pero compartían la misma intensidad predatoria.

Aceleré el paso, adoptando mi mejor expresión de desinterés mientras salía, a pesar de sentir su mirada clavada en mi nuca como un dardo.

Llegué a la universidad a tiempo. Al entrar al aula, los murmullos se alzaron. Era la recién llegada, la extranjera con el pelo rosa. Elegí un asiento apartado, un acto consciente de autoaislamiento.

Durante el almuerzo, la cafetería universitaria fue otro campo de batalla visual. Todas las miradas se posaron en mí, y las más desagradables venían, predeciblemente, de las chicas.

—Hola —Una voz interrumpió mis pensamientos. Un chico se sentó sin ser invitado. Era simpático, de facciones suaves—. ¡Wow, me encanta tu cabello rosa!

—Gracias —respondí, sorprendida.

—Soy Alek, estudio administración empresarial. Último año —Se presentó con entusiasmo.

—Jennifer, un gusto —le sonreí. Era la primera muestra de valentía que encontraba.

—¿Qué estudias? —preguntó, genuinamente interesado.

—Diseño de Moda. Acabo de llegar al país, es mi primer día.

—¡Genial! Por eso no te había visto. Eres difícil de olvidar.

Alek era atractivo, pero carecía del filo oscuro que me atraía.

—Podría mostrarte la ciudad —ofreció—. Hay mucho que ver, te divertirías.

—Suena bien.

Alek se quedó conmigo hasta mi última clase, despidiéndose con un beso en la mejilla. Su cercanía fue un escudo involuntario. Sé que, gracias a su valentía, mañana el hielo se romperá. Después de clase, me fui a comprar provisiones, muebles y algunas decoraciones, tratando de llenar los vacíos de mi nuevo hogar. El día terminó con mis pies doloridos y mi mente exhausta. Solo anhelaba hundirme en la cama.

.Gregori.

Observé a la mujer a mi lado. Dormida, desnuda, apenas una silueta bajo la luz grisácea del amanecer. La excitación de la noche era ahora ceniza. Dejé un fajo de billetes en la mesa de noche. Era mi rutina: satisfacer un impulso y desaparecer antes de que el silencio se hiciera incómodo.

Al salir de la suite del hotel, deseaba la soledad del ascensor. Tenía una reunión urgente en la mansión de mis padres.

Entonces, el ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron y el aire se llenó de un perfume dulce y coco. Ante mí, la aparición.

Era joven, impactantemente pequeña para mi altura, pero su presencia era gigantesca. Cabello rosa brillante, piel pálida con pecas sutiles, labios gruesos y una nariz delicada. Sus ojos verdes eran intensos, casi desafiantes. Su vestimenta, un escándalo de seda y cuero: una falda ajustada y corta que apenas cubría unos muslos increíbles, una blusa escotada que revelaba gran parte de su pecho, un abdomen plano con un piercing en el ombligo, y botas de tacón grueso y alto. También noté el brillo metálico en su ceja y, cuando habló, en su lengua.

—Buenas tardes —Mi tono fue inusualmente educado, forzado.

—Buenas tardes —respondió, y presionó el botón de la planta baja.

En la cercanía forzosa del ascensor, la evalué. Buen trasero, senos voluptuosos. Su cabello, cuyo color natural adiviné como un rubio muy claro, la hacía parecer una anomalía en mi entorno. Era la primera mujer que veía con ese estilo, rebelde, salvaje, y peligrosamente sensual.

Llegamos a su piso. Me miró, sonrió coquetamente y se marchó. Me quedé paralizado, sintiéndome estúpido, solo capaz de devolverle una torpe media sonrisa.

Necesitaba saberlo todo sobre ella.

La idea de tenerla en mi cama, de reclamarla, se incrustó en mi mente con la fuerza de una obsesión instantánea. En cuanto el ascensor se movió de nuevo, marqué a mi asistente.

—Quiero que localices a una mujer —Hablé sin preámbulos—. Se hospedó en el hotel principal. Cabello rosa. Creo que se marchó hoy. Búscala y dame su nombre y dirección.

—Entendido, jefe. La información estará en unas horas.

Colgué. La urgencia por la reunión familiar no disminuyó mi reciente e intensa necesidad.

Al llegar a la mansión, el ambiente estaba cargado. Mis hermanos estaban dispersos: Nikolay, el mayor, con su habitual rostro de hielo; los gemelos, Anton y Adrik, intercambiando bromas; Lukyan irritado en el sofá, y Sascha, siempre enigmático, con su mirada penetrante.

—Hijo —Mi madre, Lerka, se acercó, besando mi mejilla—. Estás hermoso.

Mis madres, las gemelas Lerka y Lutza, bellas y codiciadas, llegaron de la mano de nuestro padre, Nikolay.

—Me alegra verlos a todos —dijo nuestro padre—, hace mucho que no estamos reunidos.

—Vivimos ocupados, padre —Sascha cortó la formalidad—. ¿Qué es tan importante?

Nuestro padre nos miró a los seis, su voz adquiriendo un tono de autoridad indiscutible. —Ustedes son los herederos del linaje Alexandov. Es hora de actuar como tal.

Tomamos asiento, la tensión incrementándose. Sabía que venía algo grande.

—Conozco sus gustos y sé cómo son —continuó, con un suspiro de impaciencia—. Y me estoy cansando. Quiero que se casen. Ahora.

—¿Casarnos? —Anton preguntó, incrédulo—. ¿Acaso nuestras madres te están dejando en abstinencia?

—¡Anton! Hablo muy en serio —El silencio se impuso ante la mirada de nuestro padre—. Son adultos. Deben sentar cabeza y ser responsables. Quiero nueras y, más importante, nietos. Les daré dos meses. Si no encuentran a una esposa adecuada, me veré obligado a cederles todos nuestros negocios y herencias a sus primos.

—¡¿Qué?! —exclamamos a la vez.

Amamos a nuestros primos, pero esto era inadmisible. Todo lo que poseíamos lo habíamos ganado con esfuerzo bajo la mano dura de nuestro padre.

—Lo han oído. Sin quejas, sin objeciones. No seguiré soportando sus juegos. Quiero nietos, y me los darán.

Nuestros padres se marcharon, dejando un reguero de pánico y resentimiento. Nuestro padre nunca bromeaba con las amenazas. El riesgo era inmenso. Mientras el caos estallaba a mi alrededor, mi mente regresó a la imagen del cabello rosa y los ojos verdes. La mujer que acababa de entrar en mi vida, la más inadecuada de todas, se había convertido, de repente, en la complicación más urgente.

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