Cinco años pasaron en un abrir y cerrar de ojos. En el aeropuerto de Eleywood, una mujer, vestida con un elegante top negro y una sensual falda roja con una abertura hasta el muslo, llevaba una maleta. Su imponente presencia atraía miradas dondequiera que pasara.
Sus enormes lentes de sol negros le ocultaban la mayor parte del rostro, pero no podían enmascarar su impresionante belleza. Su alta estatura, su piel impecable y sus pasos imponentes resultaban fascinantes.
"Ya estoy aquí". La voz de Lilah era firme mientras hablaba por teléfono. "Confía en mí, conozco bien el lugar".
Aunque había recuperado su encantadora sonrisa, sus ojos mostraban una férrea determinación.
Hacía cinco años, Lilah sufrió la angustia de perder a su hijo. Con el apoyo de un amable desconocido que la había salvado, viajó al extranjero para curarse y madurar.
Sin embargo, ahora, una nueva oportunidad laboral la había traído de vuelta a Eleywood, y tenía asuntos pendientes que atender.
Mientras esperaba un taxi, algo llamó la atención de la joven en su visión periférica. Un niño de unos cuatro años estaba solo en medio de la carretera, con aspecto perdido y asustado, mientras un automóvil se dirigía a toda velocidad hacia él.
Sin pensárselo dos veces, ella abandonó su maleta y corrió hacia el pequeño. Los neumáticos del vehículo emitieron un estridente chirrido al derrapar sobre la acera, pero no antes de que Lilah consiguiera apartar al niño del peligro inminente. El automóvil los esquivó por escasos centímetros.
Sin prestar atención a los rasguños en su codo, ella miró al niño que acababa de salvar. El pequeño, de mejillas regordetas y ojos grandes aterrorizados, le devolvió la mirada.
La mujer sintió que se le agitaba el corazón. Si su propio hijo estuviera vivo, tendría más o menos la misma edad. ¿Cómo podía alguien permitir que un niño se metiera así en el tráfico? Si ella no hubiera estado ahí, el desenlace podría haber sido fatal.
"¿Dónde están tus padres, cariño?", preguntó con delicadeza.
El niño, Jerrold Harris, se limitó a negar con la cabeza.
"¿Puedes verlos en algún lugar cerca?", continuó ella suavizando aún más su voz. "¿O conoces su número de teléfono?".
Sin embargo, las ojos grandes e inocentes del pequeño no mostraban más que confusión. Lilah se sintió invadida por la preocupación. ¿Qué debía hacer ahora?
El impaciente bocinazo del taxista interrumpió sus pensamientos.
"Señora, ¿viene? No puedo esperar aquí todo el día".
Lilah tenía que asistir a una reunión importante, pero no podía abandonar al niño. Debía actuar con rapidez.
"¿Por qué no vienes conmigo por ahora?", sugirió.
Los ojos del niño, llenos de incertidumbre, la estudiaron. Percibiendo sus dudas, ella propuso:
"¿Qué tal si vamos a la comisaría? Ellos pueden ayudarte a encontrar a tu familia. ¿Te parece bien?".
Al oír esto, Jerrold se aferró con rapidez a la mano de Lilah, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. El corazón de la joven se llenó de compasión. Todo lo que quería era garantizar su seguridad. Así que lo levantó en brazos y se dirigió al taxi.
Mientras tanto, un grupo de guardaespaldas se apresuró a buscar al niño, pero no tuvo éxito. Al ver que se les acercaba una figura intimidante, apartaron la mirada asustados.
"¿Dónde está?", preguntó Gerard Harris, con voz gélida como el hielo, haciendo temblar a los guardias.
"Lo hemos buscado por todas partes, señor. Su hijo no está por ninguna parte", tartamudeó el jefe del equipo de seguridad.
Los ojos de Gerard se ensombrecieron de forma inquietante.
"¡No se molesten en volver si no pueden encontrarlo!", gruñó, provocando que los guardias se llenaran de pánico.
Al otro lado de la ciudad, Lilah había denunciado la situación del niño en la comisaría y se había registrado en un hotel con él. Justo cuando se estaban instalando, la puerta se abrió de golpe y un grupo de guardaespaldas irrumpió en la habitación, como en una escena de una película de acción.
Por instinto, ella retrocedió y abrazó al pequeño. Observó a los intrusos y finalmente se fijó en su líder. Era excepcionalmente guapo, alto, musculoso y de rasgos impresionantes. El traje negro que vestía denotaba sofisticación y autoridad. Sus ojos profundos y penetrantes transmitían una sensación intimidante, indicando su naturaleza autoritaria.
Al sentir la tensión, el niño se aferró más a Lilah. Pero el hombre no dudó en arrebatárselo de los brazos.
"¿Quién es usted?", preguntó ella, con la voz teñida de furia.
Ignorando su pregunta, Gerard golpeó con suavidad el trasero del niño, arrancándole un ligero llanto.
Indignada, Lilah se abalanzó sobre el hombre, pero él la esquivó y la inmovilizó contra la pared.





