Capítulo 1
Narrador omnisciente
Una mujer es capaz de todo, incluso de salvar tu trasero.
Desde muy temprana edad, Angelica comprendió que si en este mundo eras buena persona, los demás te usarían como trapo de cocina, y al no seguir funcionando, te desecharían como basura no reutilizable. Por eso, ella construyó una coraza para que quienes intentaran lastimarla no lo lograran, siendo ella quien terminara ganando, sin pestañear.
Aprendió a no dar sin recibir. Pero ahora... la situación era más complicada de lo que pudo haber imaginado.
Rodeada de hombres con armas dispuestos a acabar con su vida si hacía cualquier movimiento sospechoso, Angelica supo que lo más estúpido que podría hacer en ese momento sería quitarse los zapatos para no cojear por culpa del tacón roto.
Después de que uno de ellos la descubriera en el baño y le apuntara con un arma, Angelica simplemente se quedó como estúpida. El hombre no perdió tiempo: la tomó del brazo, y sin resistencia alguna por parte de ella, la sacó del baño para llevarla a la sala contigua de la habitación.
—¿Quién eres? —le preguntó el hombre con voz gruesa, aún apuntándola con el arma.
Ella soltó un suspiro, frustrada. Solo a ella podían pasarle estas cosas.
—Aunque te lo diga, igual terminarás matándome —respondió, desviando la mirada y rodando los ojos.
El hombre frunció el ceño ante su respuesta. Angelica, por fin consciente de su alrededor, se dio cuenta de que la habitación estaba llena de lujos. Iba a hablar, pero el sonido de la puerta abriéndose de golpe la hizo quedarse callada al ver cómo varias personas entraban de forma precipitada.
—Jefe, es hora de salir o nos encontrarán —escuchó que decía uno de los recién llegados, un rubio que al parecer le hablaba al hombre tras ella como “jefe”.
El rubio no se había percatado de la presencia de Angelica, pero al verla frunció el ceño, confundido, como si ella debiera saber quién era él. Angelica solo se encogió de hombros.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó el hombre de ojos azules.
El rubio iba a responder, pero una alarma comenzó a sonar en la habitación, haciendo que todos se pusieran en alerta y desenfundaran sus armas.
“Intrusos. Perímetro violado.”
Una voz metálica retumbó en la habitación. Una pantalla frente a ellos se encendió mostrando a unos agentes uniformados entrando por otra entrada. Estaban en clara desventaja.
—¿Las puertas de seguridad? —preguntó el hombre de ojos azules, mirando al rubio.
—Ingresaron a nuestro sistema. Las han deshabilitado... No podemos hacer nada —contestó el rubio, revisando su tableta.
Angelica, ignorada por todos, se quitó los zapatos para poder caminar bien. Se levantó y, con disimulo, miró la tableta del rubio. Ladeó la cabeza con una ligera sonrisa.
Ella conocía muy bien ese sistema. Ese virus... Su hermano lo había usado con ella. Y ella lo había manipulado tantas veces que lo tenía memorizado. Claro, eso fue hace tiempo. Ahora podía hacer cosas mucho más complejas.
—Es fácil de contrarrestar —comentó, captando la atención de todos en la sala, quienes la miraron como si estuviera loca.
—¿Qué podría hacer una mujer? —dijo uno de los hombres, con tono despectivo.
Angelica respiró hondo para mantener la calma. Con una sonrisa, respondió:
—Una mujer es capaz de todo. Incluso de salvar tu trasero.
Y, ante la sorpresa general, tomó la tableta del rubio y la vinculó con su reloj de mano. Sus dedos se movieron con rapidez. La alarma seguía sonando, hasta que, de pronto, se detuvo. Todos se miraron confundidos... excepto el hombre de ojos azules, que observaba concentrado a Angelica.
Por la pantalla, vieron cómo los agentes que se dirigían hacia ellos se detenían en seco.
“Puertas y ventanas aseguradas. Salida alterna abierta.”
La voz sonó clara por la habitación. Los ojos de todos se abrieron impresionados. Todos, menos el jefe, quien aunque también estaba asombrado, no lo demostró.
—Listo —dijo Angelica al rubio, devolviéndole la tableta—. Tu sistema está patentado y protegido.
—¿Cómo lo hiciste? —preguntó este, aún impactado.
Pero antes de que ella respondiera, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Todos giraron sus armas hacia la entrada, apuntando al recién llegado: Ricardo, con la bolsa de Angelica en mano y la boca abierta al ver la escena.
—Hola —dijo Angelica con alegría, como si no le apuntaran con diez armas.
Ricardo tragó saliva, mirando de ella a las armas y de nuevo a ella.
—¿Qué haces? —le preguntó, notando que iba descalza.
—Lo normal —respondió ella, sonriendo mientras se acercaba a él como si nada.
Ricardo iba a decir algo, pero el rubio lo interrumpió:
—No sé qué mierdas está pasando, pero tenemos que irnos —le dijo al jefe.
Este asintió y con un gesto indicó que sacaran a los “invitados”.
—Ustedes vendrán con nosotros —dijo el rubio.
Angelica levantó una mano, deteniéndolos.
—¿Es una invitación... o un secuestro? —preguntó con seriedad.
Todos la miraron como si estuviera loca. Ricardo solo se llevó la mano al rostro, exasperado.
—Será un funeral si no te mueves —respondió el rubio, y salió junto al jefe, dejando que los demás se encargaran de Ricardo y Angelica.
Ella hizo un mohín con los labios, pero no se resistió. Se dejó llevar tranquilamente.
Dos camionetas negras avanzaban por la carretera rumbo al muelle, donde abordarían un yate.
Al salir del bar, a Angelica y Ricardo les vendaron los ojos durante el trayecto. Una vez en el punto de embarque, el jefe esperaba que los bajaran para subirlos al yate.
Primero salió Ricardo. Estaba tranquilo, así que no le prestaron mucha atención. Pero todos esperaban ver a la chica... convencidos de que estaría histérica, al borde del colapso.
Pero no. Angelica estaba plácidamente dormida.
El jefe apretó la mandíbula, molesto. Sacó su arma y disparó al cielo.
¡BUM!
Angelica despertó sobresaltada.
—Estoy despierta —dijo, mirando a todos lados con expresión nerviosa, hasta que enfocó al hombre de ojos azules... y su arma.
Frunció el ceño con fastidio.
—¿¡Pero qué demonios tienes con las personas que quieren dormir?! —protestó—. Mejor no digas nada. Solo no hagas ruido.
Y, ante la mirada perpleja de todos, se acomodó de nuevo en los brazos del sujeto que la había bajado.
Ricardo, al verla, solo pudo negar con la cabeza.
Su amiga sí que estaba pidiendo a gritos que la mataran.





