Capítulo 2.
Narrador omnisciente.
Tenemos un trato.
Si de algo estaba seguro Ricardo, era que si esos tipos no los mataban por estar en el lugar equivocado, lo harían por lo irritante que podía ponerse Angélica.
No por nada la había tirado al suelo, luego de que ella "quisiera" seguir durmiendo en los brazos de uno de los matones.
Allí estaba ahora, tirada en el piso, con una expresión de niña berrinchuda a la que le han quitado su paleta y que sus padres no dejaron ir al parque o al cine.
Todo un espectáculo... y no solo eso: el supuesto líder del grupo los miraba con una expresión asesina; si las miradas mataran, Ricardo ya estaría muerto.
—Llévenlos al calabozo —ordenó el jefe.
Los hombres asintieron y se acercaron.
Cuando uno de ellos intentó tomar a Angélica, ella lo miró con altanería.
—No me pienso mover de este lugar —dijo con frialdad.
Ricardo la miró impactado. Sabía que esos hombres podrían matarlos en cualquier momento, pero al parecer a Angélica no le importaba en lo más mínimo su vida.
—¿Quieres callarte y solo hacer caso? —le reprendió su mejor amigo, atrayendo todas las miradas hacia él.
—Que me bese el trasero, tal vez lo considere —dijo Angélica, alzando una ceja hacia el jefe.
El líder apretó los dientes con furia y la miró amenazante.
—¡Haz lo que te dije! —gruñó a su hombre.
El matón asintió y, sin esperar más, tomó a Angélica de la cintura. Ella comenzó a patalear con todas sus fuerzas, intentando zafarse, pero fue inútil: el hombre la cargó sobre su hombro como si fuera un saco.
—¡Maldita sea, suéltame! —gritaba ella, golpeándolo en la espalda, aunque apenas le hacía cosquillas.
—Será mejor que te calles, muñeca, o te puede ir muy mal —advirtió él sin inmutarse.
—Muñeca mi trasero, idiota —bufó Angélica, y sin que el guardia lo esperara, le mordió el cuello.
El matón soltó un grito de dolor y la dejó caer bruscamente al suelo. Angélica sonrió satisfecha.
—Pedazo de mierda, esta vez aprenderás que una mujer no es rival para un hombre —bramó el matón, levantando la mano para golpearla.
Angélica no se inmutó. Con prepotencia, se levantó para encararlo sin un ápice de miedo.
Ricardo intentó intervenir, pero apenas se movió, uno de los guardias le disparó con un dardo sedante, dejándolo inconsciente en el acto.
Antes de que el golpe llegara a Angélica, una mano firme detuvo la del matón. Ella alzó la vista, sorprendida de ver al jefe sujetándolo.
Quiso hablar, pero antes de que pudiera emitir palabra, también fue sedada.
El jefe la atrapó antes de que su cuerpo inerte tocara el suelo.
—Que sea la última vez que te veo intentar golpearla —dijo el jefe con una voz fría que hizo tragar grueso al matón.
No era para menos: cuando el jefe amenazaba, no había advertencia... solo muerte segura.
—Señor, ¿qué hacemos con él? —preguntó otro de los hombres, refiriéndose a Ricardo.
El jefe miró a Ricardo unos segundos y luego bajó la vista hacia la mujer que sostenía en brazos.
—Llévenlo a la habitación de invitados —ordenó, dejando atónitos a todos los presentes.
—¿Y a ella? —preguntó otro, suponiendo que Angélica sería enviada a los calabozos.
El jefe, inconscientemente, la sujetó con más fuerza, tensándose al pensar que otro hombre la tocara.
—Yo me encargaré de ella —sentenció, caminando directo hacia la mansión.
Las sirvientas lo miraron, sorprendidas al verlo entrar con una mujer entre sus brazos, en una escena tan íntima que rozaba lo inverosímil.
Era bien sabido que al jefe no le gustaba el contacto físico, y ahora... ahora la cargaba como si fuera algo preciado.
Pero callaron, sabían que cualquier pregunta de más podía costarles la vida.
—Preparen la habitación contigua a la mía —ordenó sin detenerse.
Las sirvientas se apresuraron y, en poco tiempo, la habitación estaba lista. El jefe dejó a Angélica en la cama y se retiró hacia su despacho.
No pasó mucho tiempo antes de que llegara Simón, su mano derecha.
—Así que... has traído a una mujer —comentó, más como una afirmación que una pregunta.
El jefe lo miró por un segundo y soltó un suspiro.
—Nos será de gran ayuda —contestó, sin más explicaciones.
Simón, que lo conocía demasiado bien, percibió que había algo más detrás de todo eso.
—¿Supongo que no está aquí por su voluntad? —preguntó.
El jefe negó con la cabeza.
—¿Y cómo piensas lograr que nos ayude? —quiso saber.
—Ya veré la forma —respondió evasivo.
—¿Y el otro tipo? —insistió Simón, curioso.
El jefe meditó unos segundos antes de contestar:
—Sé que es importante para ella. Si no quiere cooperar... lo hará por él.
Simón lo miró en silencio, prefiriendo no insistir.
—Las cargas han sufrido un retraso —cambió de tema, volviendo a los negocios.
El jefe frunció el ceño.
—¿Qué pasó esta vez?
Así, pasaron la tarde entre reportes de negocios legales e ilícitos. Cuando finalmente terminaron, ya era hora de la cena.
Todo el lugar estaba en un silencio inusual. Al encontrarse con una de las sirvientas, el jefe preguntó:
—¿La cena está lista?
—Sí, señor —respondió ella, nerviosa—. Ahora mismo iré por la señorita.
El jefe no dijo nada más y subió él mismo, dejando a la joven boquiabierta.
Al llegar al piso de arriba, se dirigió a la habitación de Angélica. Las habitaciones eran insonorizadas, así que no se oía nada desde afuera.
Al entrar, se encontró con una escena inesperada: Angélica escuchaba música... y su celular estaba sobre la mesa junto a la cama.
¿Cómo demonios lo había conseguido? Claramente, sus hombres no hacían bien su trabajo.
—Por fin vienes —dijo la voz de Angélica, sacándolo de sus pensamientos.
—Veo que estás tranquila —comentó él.
Angélica soltó una risa pequeña.
—Por un momento pensé en armar un escándalo —dijo de forma dramática—. Ya sabes, lo típico: "¿Qué quieres de mí? ¡Suéltame y no le diré a la policía!"
El jefe la observó en silencio. Jamás había conocido a una mujer como ella... tan tranquila, tan descarada, incluso en su situación.
—Pero no te preocupes, no lo haré —añadió Angélica, encogiéndose de hombros.
—¿No quieres saber por qué estás aquí? —preguntó el jefe.
Ella levantó la cabeza, lo miró un instante y luego volvió a recostarse.
—Pensé que nunca me lo dirías —dijo con indiferencia.
—Quizás es para matarte —dijo él, probándola.
Intentó mantener la compostura, pero era difícil: Angélica estaba recostada en la cama con apenas ropa interior de encaje negro, que delineaba a la perfección su figura.
—Si quisieras matarme, ya estaría muerta —replicó ella.
El jefe trató de ignorar el creciente deseo que le provocaba esa imagen.
—Tal vez tengas razón —admitió—. Quiero hacer un trato.
Eso llamó la atención de Angélica, quien se incorporó en la cama, provocándolo aún más.
—Te escucho —dijo con una sonrisa sensual.
—Quiero que trabajes para mí —dijo él, intentando mantener la vista en sus ojos... y no en su cuerpo.
Ella alzó una ceja, notando la lucha interna en él.
—Si trabajo para ti, será en mis condiciones.
—¿No quieres saber en qué consiste el trato? —preguntó, desconcertado.
—Sé lo suficiente —respondió ella, extendiendo su mano hacia él—. ¿Tenemos un trato?
El jefe la miró unos segundos antes de tomar su mano. Suavidad y firmeza al mismo tiempo.
—Tenemos un trato —confirmó, soltándola poco después.
—La cena ya está lista. Será mejor que te vistas —indicó, saliendo de la habitación, justo cuando la risa divertida de Angélica le seguía hasta el pasillo.
Desde ese momento, el reinado de la diosa de la muerte en los bajos mundos estaba a punto de comenzar.





