Emily y compañía

¡¿Tenía que dormir con los tres?! ¿En qué estaban pensando mis padres cuando acordaron eso? Una locura, no podía aceptarlo, pero era mi obligación, protestar no iba a servir de mucho. ¡El cuarto era demasiado pequeño para cuatro personas! Es decir; no era de más de tres metros. Respiré profundo para calmar todas las emociones que se habían desencadenado dentro de mí.

En mi cama solo cabían dos personas, mi padre, con ayuda del señor Mario, logró meter otra igual en un abrir y cerrar de ojos, ni idea de dónde la había conseguido. Por lo tanto, lo único que conformaba al cuarto eran dos camas pegadas, ocupando todo el espacio, hasta sacaron mi mesita de noche porque no cupo.

Que pesadilla.

Como pude, entré acomodando mi cuerpo en una de las camas, al abrir la puerta lo primero que te topabas era el colchón. Me invadía un escalofrío al pensar en que dormiría con tres chicos, ¿qué probabilidades había de que fueran unos pervertidos? Si notaba algún comportamiento extraño, no iba a dudar en gritar y sacarlos a patadas del lugar sin importar qué.

Mi dignidad era superior a venderme por dinero. Era de noche, estábamos preparándonos para dormir, los chicos dejaron sus maletas afuera, en el comedor, porque no tenían dónde guardarlas así que mamá solo las colocó agrupadas en una esquina.

El próximo en entrar fue Axel, su rostro parecía tener una expresión de desagrado, con la nariz arrugada y abrazándose a sí mismo, pero intentaba ocultarlo, se posicionó a mi lado. Al parece él dormiría junto a mí... ¡sería difícil acostumbrarme! ¡Esos desgraciados eran extremadamente atractivos! Con solo verlos me causaban pánico, pero no del malo, o sea; era como un pánico a caer rendida ante ellos como una adolescente hormonal.

—No puedo... —murmuró derrotado, dejó caer su cuerpo en el colchón-. Ni siquiera hay aire.

Hizo un ademán con su mano simulando un abanico por el calor que hacía, que dramática acción, me recordaba a mí cuando era niña y era temporada de verano.

—Si hay, debo abrir la ventana para que el frío natural entre —respondí tratando de animarlo.

Abrí la ventana, provocando un chirrido debido a la madera y rodé las cortinas a un lado, haciendo un nudo con la misma tela para que no molestaran.

Damián se unió a nosotros, él se acostó en la otra cama, al lado de Axel, yo estaba pegada de la pared. El silencio inundó la habitación por unos segundos, me resultaba super incómodo porque como era un espacio pequeño, el calor abundaba y la sensación era un tanto sofocante, la ventana solo era un hueco del tamaño de lo que sería una entrada para perros en una puerta, por donde solo yo cabía.

Damián habló rompiendo la tensión que se había formado en el ambiente.

—No creo que pueda dormir cómodamente como en casa, pero por lo menos lo intentaré. Buenas noches —se acomodó en posición fetal, dándole la espalda al castaño.

—Lamento ser pobre. Buenas noches —susurré fingiendo dolor a causa de sus palabras.

Miré que Jacob entró, era el más robusto, le costó pasar por la puerta, se colocó como un perrito para poder acomodarse al lado de Damián, me pareció gracioso verlo de esa forma, él todo amargado y actuando así. Aguanté la risa para no hacerlo enojar, de por sí tenía una cara de culo increíble que lo representaba.

En cuanto todos nos acomodamos, cerré mis ojos con la esperanza de quedarme dormida rápidamente, como todas las noches anteriores. Pero al saber que no estaba sola en mi habitación, me sentí un poco insegura. No sabía si me podían tocar una nalga o algo así, era un sentimiento de incomodidad, yo estaba tiesa intentando no chocar contra Axel, no tenía sábana por el calor que solía hacer, por eso mi cuerpo estaba al descubierto, bueno; el de todos. Luego de varios minutos que me parecieron eternos, moviéndome de un lado a otro y tras recibir un sermón en fastidio por parte de Axel, logré conciliar el sueño.

O más o menos...

(...)

Despierté al sentir que me estaban abrazando, eran unos brazos grandes y fuertes, que me presionaban contra su pecho, yo estaba de espaldas hacia él, más bien sentí una presión extraña en mi zona lumbar, como si una cosa dura chocara contra ella, su agarre hacía que fuera incapaz de moverme, en resumen; estaba atrapada. Pensé que todavía seguía dentro de mis sueños y estaba imaginando cosas, hasta que mis ojos se abrieron con lentitud, la pesadez que sentía me indicó que no dormí lo suficiente, cómo hacerlo si estuve alerta toda la noche.

No sabía quién me tenía entre sus garras. Recordé lo sucedido el día anterior, mi ida al huerto, mi llegada a la casa, conociendo a los chicos que cuidaría, Axel...

¡Axel! Dirigí mi vista hacia abajo, las manos gruesas y pulcras eran de él, estaba segura, además ¡Se suponía que él se acostó a mi lado anoche! Me volteé con cuidado para poder quedar frente a frente, su rostro estaba demasiado cerca y aún no había dejado de abrazarme, solo logré que me soltara lo suficiente como para poder darme la vuelta, pero en cuanto lo hice, su agarre se volvió más prominente. Estaba plácidamente dormido, como un niño.

Lo miré. Tragué saliva. Procuré no despertarlo porque sería extraño que me viera observándolo, sería muy incómodo y vergonzoso. Los rayos del sol iluminaron su sedoso cabello, sus ojos cerrados parecían los de una princesa por las largas pestañas que lo adornaban, nunca imaginé estar tan cerca de una persona como él, bien cuidada, sin carencias y con mucho dinero, muy diferente a mí. Era extraño, de cierta forma.

Traté de soltarme de su agarre, era muy fuerte y me hacía presión en la espalda como para que no me fuera, no estaba segura de qué tramaba ese tipo, empecé a pensar que estaba despierto y solo quería molestarme o hacerme una broma.

—Emily... ¿estás despierta? —susurró Damián detrás de Axel.

—Sí, pero estoy atrapada —afirmé en otro susurro, luchando en safarme.

—Te ayudaré.

Pude ver cómo sus manos tomaron los brazos de Axel para intentar moverlos, observé que las venas de Damián se marcaron por la fuerza que estaba haciendo, al parecer Axel estaba muy aferrado a mí. El castaño se movió hacia atrás, en un giro inesperado quedé libre, el alivio me recorrió todo el cuerpo, él se había volteado hacia la dirección contraria a mí, no me importó pues yo al fin pude respirar con tranquilidad. Hasta que me percaté de algo, Damián se acostó de nuevo como si hubiese sido empujado.

Me levanté para ver lo que había sucedido y llevé la mano a mi boca para no soltar una carcajada, en serio, me estaba riendo por dentro y sostenía mi estómago debido a la situación extraña que contemplé. Axel estaba abrazando a Damián como lo hizo conmigo momentos atrás. El pobre niño estaba siendo aplastado por la mitad del cuerpo del otro, me miró con una expresión de suplica intentando quitárselo de encima, sin éxito.

—¡Ayuda! —exclamó en un bajo tono de voz.

Vi que Jacob estaba observando la escena desde su lugar, sin ninguna expresión, solo permanecía acostado y su boca cerrada, mirada seria, como si no estuviese pasando nada malo, apoyando sus antebrazos detrás de su cabeza, relajado y despreocupado del mundo, o bueno; de nosotros.

—¿Sólo mirarás? —le pregunté al chico callado. Asintió—. Debes aprender a ayudar a los demás —reproché de brazos cruzados.

—Lo que digas, jefa —habló en tono burlón y se levantó—. ¡Axel! —elevó su voz.

Literal, fue un grito grave y estruendoso que me removió los tímpanos, no pensé que él tuviera tanto poder en sus cuerdas vocales. El antes nombrado se sobresaltó soltando a Damián.

—¿Qué sucede? —habló de un salto que dio, sorprendido.

Su respiración se agitó provocando que su pecho subiera y bajara con rapidez, miraba a todos lados buscando un enemigo inexistente, era obvio que Jacob lo había asustado, que mal despertarse por un grito aterrador cuando se está en un profundo sueño.

—Lo que sucede es que, mientras dormías, abrazaste tanto a Emily como a Damián, ¿necesitas un peluche para dormir o algo por el estilo? —dijo Jacob de malhumor, como si le molestara.

Sin esperar una respuesta, se puso en posición para salir del cuarto, murmurando palabras que no logré escuchar, pero pude deducir que nos estaba insultando para sí mismo, no lo sabía, era pura intuición por su forma de actuar.

—Lo siento mucho, en realidad olvidé traer a Toby, mi peluche —confesó el castaño mientras se rascaba la nuca, avergonzado.

Sonreí por la ternura que me causó. Aunque, también me pareció un tanto extraño que a su edad siguiera usando uno, no sabía cuántos años tenía pero le calculaba la misma que yo. Diesisiete, o como mucho dieciocho, el punto era que estaba mayorcito para tener juguetes.

—Te entiendo. Yo una vez tuve un osito de felpa —alegó Damián sentándose.

¿Esos dos eran niños? Porque así parecían. Me caían bien, la verdad, era como más fácil hablar con ellos que con el cara de culo de Jacob. Se notaba a leguas que no era muy sociable, y que evitaba tener conversaciones con nosotros, o era yo que estaba delirando. Le tenía que enseñar a hacer amigos, la vida sin amigos solía ser dura, desde mi punto de vista. Supuse que él debía de tener todo lo que quería y por eso no estaba interesado en las amistades.

Salí del cuarto para ir a la cocina con la esperanza de que el desayuno estuviera listo, vi una nota en la mesa así que la recojí para leerla «preparen el desayuno, volvemos en la tarde. Con cariño, mamá y papá» no era buena en la cocina, por suerte no teníamos variedad de ingredientes para hacer algo extravagante.

Escuché el sonido de los utensilios, alguien estaba en la cocina y no se trataba de mis padres, me asomé por el umbral de la puerta encontrándome cara a cara con Jacob, tenía dos platos en las manos, se dirigió a la mesa del comedor como tarareando una canción que no entendí e ignorando mi presencia, solo me pasó por el lado.

¿Qué?

Imposible, el amargado había hecho el desayuno sin que se lo pidiéramos. Me dejó boquiabierta, sorprendida, espantada también, dudaba por un momento en si lo había envenenado. Me acerqué y era ensalada de repollo y zanahoria, con un trozo de pan como acompañante. Apoyé mis manos sobre el espaldar de una silla, colocó los dos platos en la mesa para ir a buscar los que faltaban.

Me senté, aún impactada por la situación, fue extraño.

—Creí que eras el típico badboy —lo vi traer el resto. Él me ignoró por un segundo.

—Me gusta cocinar, es todo —titubeó, se sintió frío como el iceberg que golpeó al titanic.

—Pensé que no sabías hacer nada más que mirarnos con desprecio —lo provoqué, no sé, solo quería que dijera más de una oración.

Y no funcionó. Nada salió de su boca, se concentró en ir a lavar lo que había utilizado para no dejar rastro de suciedad en la cocina. Miré la mesa servida, suspiré y agregué:

—¿No está envenenado?

Él volvió a donde me encontraba, me miró con una expresión de nariz arrugada por lo que acababa de decir, como si el el fondo me dijera: ¿eres pendeja o te crees?

Se sentó sin más, soltando una bocanada de aire como si fuera difícil soportarme a pesar de que recién me conocía.

—No soy ningún villano, no inventes —bufó, haciendo un ademán de: nada que ver.

—Vale, solo intentaba romper la pared que siempre pones frente a ti —expresé, acomodándome en la silla.

—¿Qué? —soltó, notándose confundido por mi comentario.

Negué con la cabeza para que ignorara lo que había dicho, tampoco iba a tener una discusión absurda con él por su manera de ser.

Empecé a comer, y he de admitir que tenía talento para la cocina. Aunque solo era un plato simple y con pocos ingredientes, supo mezclar los sabores y las especias incluso más que mi madre. Estaba bueno, delicioso, logró sorprenderme más de lo que estaba. Quería pedir más, pero no debía, teníamos que ahorrar, no tenía por qué darme ese lujo.

En ese momento llegó Damián y Axel para unirse a nosotros, casualmente habían cuartro sillas, por lo que comimos juntos, ninguno preguntó quién había hecho el desayuno, solo se limitaron a comer, hablando entre sí, noté que se llevaban bien esos dos. Quise decirle a Jacob que sería un excelente chef, pero la pena me ganó y al final no pude decirle nada.

—¡Bien! Ahora que hemos terminado, debemos ir a saludar —agregué después de lavarme las manos.

Ellos asintieron dispuestos a seguirme, estaban de pie esperando que los guiara, y eso hice, salimos del hogar, cerré con llave para estar segura. Caminé saludando a los vecinos y cada chico se presentó y saludó de igual manera, haciendo una reverencia-los obligué a hacerlo-como un saludo formal. Por un instante sentí que tenía el poder en mis manos, que yo era la titiritera y ellos mis muñecos.

Lo que faltaba, Brisa venía hacia nosotros, pero no se veía amargada como todos los días que se topaba conmigo, de hecho; llevaba plasmada en su boca una sonrisa de oreja a oreja y una expresión de niña buena, como si no rompiera un plato, como si fuéramos amigas de toda la vida. Parecía una modelo caminando.

—¡Hola! Mucho gusto, mi nombre es Brisa —dijo risueña, besando la mejilla de cada uno.

Cosa que los tomó desprevenidos, al igual que a mí, ya podía oler lo que tramaba, es que era obvio; tener a tres chicos guapísimos y adinerados de tu edad en el pueblo era algo que ella quería aprovechar como la adolescente hormonal que yo me negaba a ser.

Saludó a todos menos a mí, y yo que pensé que por lo menos fingiría ser mi amiga para acercarse a ellos, pero ni eso intentó, solo me ignoró como si yo no existiera.

Se presentaron como les dije momentos atrás y como lo habían hecho con los demás vecinos. Pude notar como ella siguió ignorando mi presencia y hablaba de manera cariñosa y coqueta con los chicos, cosa que me fastidió así que decidí acortar su charla porque no sabía disimular el odio que sentía hacia mí.

—Es hora de irnos, nos veremos otro día —comenté interrumpiendo la conversación que tenían ellos cuatro.

Me estaban dejando de lado e ignorándome solo porque Brisa no me incluyó. Ella hizo un gesto de molestia, de desprecio hacia mi persona y se cruzó de brazos, ladeando la cadera para mostrarse imponente, como si yo fuese la mala de la película.

—Solo estas celosa porque estoy hablando con ellos, deberías irte sola a cuidar del huerto —soltó con una mano en la cintura, como si fuera superior a mí.

—Lo siento, pero tengo cosas pendientes con ellos —comencé a cansarme de la discusión-. Vámonos.

Jalé a los chicos por sus brazos, dándoles a entender que debíamos irnos, casi me los llevé arrastrados y ellos me miraban con confusión, claramente no entendían que nosotras no nos llevábamos bien.

Dejé a Brisa hablando sola en voz alta, escuché uno que otro insulto y la ignoré, esa chica a veces me hacía sentir impaciente. Siempre era así de enérgica, los chicos me seguían confusos y sin hablar al respecto, ninguno protestó ni nada por el estilo. Toda la vida conociéndola y yo la había tratado bien para recibir malos tratos por su parte, pensé que lo mejor era ignorarla y ya.

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