Emily y compañía

Otro día había iniciado y me tocaba trabajar en el huerto, qué mejor manera para enseñarle a los chicos cómo se obtenía la comida vegetativa, que aprendieran cosas como cosechar los cultivos y regarlos. Sus atuendos cambiaron a unos trapos que no eran de marca como con el traje con el que llegaron y los conjuntos que trajeron en sus maletas. Junto con el típico e infaltable sombrero de paja que nos protegía del sol, no se veían para nada a gusto con lo que llevaban puesto, pero yo estaba orgullosa al verlos así vestidos.

—Detesto esta ropa, parezco granjero —comentó Jacob enfadado, mirándose en el reflejo de un amplio vidrio que estaba en el suelo.

Arqueé una ceja mientras me crucé de brazos, de todos ellos, Jacob era el que menos se esforzaba por adaptarse a la vida pueblerina, siempre se quejaba por cualquier cosa ¡Lo único que aprobaba de él era su cocina! Por lo menos Axel y Damián se comportaban de manera más calmada, aunque sabía que estaban controlandose de una manera increíble, porque claro, se les dificultaba ignorar el hecho de tener esa nueva vida, para nada agradable desde sus puntos de vista.

—Debes acostumbrarte si te quieres marchar de aquí rápido —le informé, dedicándole una mirada asesina.

El objetivo consistía en que, ellos debían aprender a lidiar con la vida de pobres (acabé de ofenderme en cierto modo) estarían conmigo durante meses, o al menos hasta que aprendieran a no despreciar el estilo de vida de la clase baja, literal, sus padres los obligaron a permanecer con nosotros hasta que sus mimadas mentes lograran cambiar. En cuanto aprendieran a convivir con los pobres (ahora ofendí a mi pueblo) se podían marchar a sus hogares, o sea; vida de millonarios, solo que verían el mundo de una manera distinta, o eso era lo que planeaban sus padres al dejármelos a cargo.

Querían que yo les inculcara el valor de la humildad, no sabía cómo carajos iba a lograr eso, sobre todo en Jacob que era el menos que cooperaba, en serio; todo un dolor de cabeza ese tipo.

—Él tiene razón, es horrible usar esto —lo apoyó Damián. Fingiendo asco al verse—. Soy muy joven para desperdiciar mi belleza —agregó con una mano en su frente, de manera dramática.

Okay, yo pensaba que él me apoyaba a mí y no a él, me sentí traicionada por lo que abrí la boca como si me hubiese ofendido de una forma increíble, como si un insulto potente y desgarrador saliera de sus delicadas bocas de niños ricos.

Damián era un completo exagerado. Aunque, tenía razón en lo de ser joven, era el menor de todos, solo tenía quince años, por eso era de mi altura, todavía le faltaba crecer mucho, a parte de ser el más escuálido de los tres, sin ofenderlo, claro. Su comportamiento solía ser infantil, sobre todo sus dramas innecesarios.

Axel era el único que tenía diecisiete igual que yo y Jacob era el mayor teniendo diecinueve, siendo el más terco y que de seguro mimaron más sus padres, a pesar de ser un adulto se comportaba como un estúpido niñato que odiaba a todos.

—Creo que la ropa podría ser peor, imagínense estar en una isla cubriendo nuestras partes con hojas —argumentó Axel haciendo una expresión de horror al imaginarlo.

Fue un tanto irrelevante su comentario, pero tenía un punto, que podía haber sido muchísimo peor para ellos, más bien debían de ser agradecidos con que podían comer tres veces al día: desayuno, almuerzo y cena. No tenían que cazar su comida o beber el agua de los cocos para mantenerse hidratados, al menos el castaño entendió que existía una situación peor.

—¡Me suicido! —masculló Jacob aterrado, abrazándose a sí mismo.

Me extrañó su participación en la conversación, pero eso significaba un avance, por muy ligero que fuera.

—Damián, tú y Jacob recogerán los cultivos listos. Axel y yo regaremos todo —indiqué señalando en dónde estaban las cestas. Ellos asintieron sin quejas, empezando su trabajo-. Cualquier duda me avisan

Entoné intentando sonar firme, lo normal era que no tuvieran ni idea de cómo hacerlo, pero tenía la esperanza de que al menos por sus diminutas y egoístas mentes tuvieran aunque sea el más mínimo rastro de información sobre agricultura, ya sea que hayan visto noticias en televisión, series, o películas en donde se detallara el tema.

Busqué la regadera junto a Axel, él me seguía como un perrito perdido, que no sabía qué hacer y necesitaba ayuda. En total habían cuatro, pero solo necesitábamos dos antes comenzar con nuestra parte. Tomé una y él hizo lo mismo sin preguntar, entendió mi gesto. La llené de agua para dirigirme a regar primero los tomates, como eran los que estaban en la punta, o sea al inicio del huerto, se me facilitó el acceso.

Axel se dirigió hacia las zanahorias, estaban al lado de los tomates y solo imitó lo que me vio hacer, inclinar hasta que saliera agua. El tiempo transcurrió y el sol era cada vez más desgarrador, de nuevo empecé a sudar como el día en que ellos llegaron, en cada poro de mi cara, en cada parte de mi cuerpo, hasta las innombrables, el cansancio era algo normal para mí, pero para ellos no.

Imaginé que siempre se la pasaban encerrados en sus casas, acostados sin tener responsabilidades y disfrutando de su vida, ya sea jugando videojuegos o viendo series, quién sabe, en cambio; yo me esforzaba para obtener comida, no dinero, a ellos les llegaba el dinero solo con pedirlo... Un poco de envidia sentí, tenía que admitirlo.

Es que tener la posibilidad económica de ayudar a personas necesitadas y no hacerlo, era algo muy cruel, en mi opinión. Si yo tuviera millones simplemente crearía una fundación o algo parecido para ayudar a los más necesitados, a esos niños que andaban en la calle, sin familia, mendigando comida, también ayudaría a los adultos, claro, que pasaban por la misma situación difícil.

Alejé los pensamientos que me carcomían la mente, porque se notaba que los chicos estaban muy agotados, bueno, Axel como estaba conmigo, al detallarlo bien me percaté que su respiración salía entre cortada y sudaba como si no hubiera un mañana.

Hice señas con la mano indicando que la hora de tomar el descanso había llegado, como una pausa para beber agua y calmar nuestro cuerpo. Me senté debajo del techo que había sobre el estanque con agua, respiré agitada por el cansancio que me causó tener que regar las plantas, el cultivo era grande, era difícil para mí creer que lo hacía sola los días que me tocaba, pero; por supuesto que siempre terminaba ahogada en el cansancio y dolores en los musculos. Normalmente era mi trabajo una o dos veces a la semana.

Pero ese día tenía ayuda, aunque los chicos eran más lentos que yo, por ello el grupo estaba dividido, dos para regar y dos para cosechar. Todos felices. Bebí agua de la botella que llevé conmigo, Axel hizo lo mismo con la suya. Miré al cielo, despejado como la mayoría del tiempo, con un sol infernal que te hacia entre cerrar los ojos de inmediato. Era bueno cuando llovía los días que me tocaba regar las plantas, así no trabajaba.

Tampoco es que me quejara por hacerlo, es que a veces sí prefería quedarme en casa, como si una gran flojera se apoderara de mi cuerpo.

—¡Creo que me voy a desmayar! —replicó Axel, cada músculo de su cuerpo se tensó.

Como si le fuera a dar algo. Me preocupé y sin pensarlo dos veces, me acerqué a él para tocar su frente con la palma de mi mano, quería comprobar que no tuviera fiebre, podía ser malo. Por suerte estaba bien, lo miré rodando los ojos, él sí parecía estar más cansado que los demás, estaba apoyando sus manos encima de sus rodillas, encogido con la intención de tomar aire.

—Estás exagerando un poquito —le hice un ejemplo con mi mano.

—¿Regar las plantas es tan malo? —masculló Damián, entre dientes—. ¡Nosotros tenemos que luchar en arrancar hasta melones! —añadió alzando el tono de voz.

—Ya, ya. Es solo que no estoy acostumbrado —titubeó, rascándose la nuca y con la voz nerviosa.

—¿Y crees que nosotros sí? —proclamó Jacob de brazos cruzados, viendo a Axel con unos ojos que se lo comerían vivo.

—Chicos, basta. No está permitido pelear, mucho menos en mi presencia —interrumpí y me interpuse al ver que Jacob se le acercaba al castaño—. ¿Okay?

Él solo gruñó y volvió a su lugar, se apoyó en un escombro que sobresalía del suelo, cerró sus ojos con las cejas fruncidas. Estaba enojado, pero era normal en él, como si su cara de culo fuera la común. Por otro lado, Axel suspiró, con una expresión de preocupación en sus ojos, se notaba porque estaban afligidos, así que me volví a acercar más a él, mientras Damián fue con Jacob en un intento de hablarle, aunque este último no le respondiera o lo mandara a la mierda.

—Oye, sé que es difícil, pero mientras más rápido lo aprendas, más rápido volverás a la comodidad de tu hogar —definí, colocando mi mano en su hombro, como apoyo.

Porque sabía que se sentía mal, eso solo provocó que me transmitirera su emoción, no sabía por qué, pero quería ayudarlo. Los otros dos estaban tranquilos en comparación con el castaño, que parecía estar sufriendo más, ni entendía la razón, pero planeaba encontrarla.

—No lo sé, me siento extraño... —confesó soltando un largo suspiro.

—¿Me puedes explicar mejor? —cuestioné, mi intención no era mala.

Me miró a los ojos dudoso, sabía que me estaba ocultando algo, tal vez no era grave, pero no había sido del todo sincero con nosotros.

—En verdad, por más que trate de hacer como si no pasara nada, como si esto fuera normal, no puedo. Siento que voy a colapsar porque quiero volver a casa, me siento como Jacob, él sí demuestra que no le agrada este lugar, a mí tampoco me gusta estar aquí, lo odio —soltó, llevando ambas manos a su rostro.

¿Odiaba estar en el pueblo? ¿Me odiaba? Okay, eso era de esperarse, como había dicho, era un cambio demasiado brutal para ellos, el único que lo demostraba con su comportamiento era Jacob, sabía que Axel y Damián tampoco lo soportaban, pero al menos se estaban esforzando por hacerlo, o eso creía.

—Axel, sé que me odias, sé que odias toda esta situación, sé que piensas que es imposible, tal vez odias a tus padres por hacerte esto. Pero, te diré algo, aguanta, no hay mejor satisfacción que lograr lo que creías imposible —lo aconsejé, sin apartar la mirada en cuanto se quitó las manos de encima.

Yo no era la mejor dando consejos, en serio; era la peor, pero por lo menos quería darle a entender que siempre lo apoyaría, después de todo, yo los estaba cuidando, o bueno, solo era una tutora malvada para ellos, con intención de ayudar.

—Yo... Lo siento, no es que te odie, solo... Es difícil ¿Entiendes? —comentó, melancólico.

—Claro que lo entiendo, no te rindas. Yo creo en ti —aclaré, dedicándole una expresión de orgullo.

Quería darle a entender que podía confiar en mí.

—Eres una desconocida, tus palabras no hacen mucho ¿Sabes? —dijo entre risas.

Tal vez no hacían nada, pero logré hacerlo reír, borrarle esa cara de aflicción que tenía y colocarle una burlona, o sea; se estaba burlando de mí por comportarme de una manera poética con él, un extraño. Pero no me importaba, la vergüenza la sentiría luego, me sentí orgullosa de mí misma.

—Okay, basta de charlas, el descanso terminó —informé, dando tres aplausos para que los otros dos me escucharan.

—¿Tan rápido? —se quejó Axel, encogiendose de hombros.

No dije más, los miré con unos ojos intimidantes y mandones, hasta fingí tener un silbato como si fuera una entrenadora, los mandé a cada uno a sus lugares, de nuevo Axel y yo terminaríamos de regar las plantas. Seguimos con nuestro trabajo, me tocaba ir por las fresas, la única fruta que no me gustaba... Tocarlas, olerlas, me hacía querer vómitar, mi estómago se revolvía con tan solo pensar en esa asquerosa fruta, la única vez que la probé, me dejó un mal sabor de boca que me hizo odiarla.

Continué, ignorando que eran fresas, estaba imaginando que, no lo sé, en manzanas, como eran rojas, aunque sonaría estúpido porque las manzanas crecían en árboles, no en el suelo. Suspiré, en cuanto incliné la regadera, un grito provocó que me sobresaltara, pensé que habían sido las fresas que se convirtieron en villanos malvados porque las aborrecía.

Pero volvieron a gritar mi nombre.

—¡Emily! —era la voz de Damián.

Me giré, sonó exactamente en el inicio del huerto, yo estaba lo bastante lejos como para tener que correr. Muchas imágenes vinieron a mi cabeza, incluyendo preguntas de lo que le había pasado: ¿Se cayó? ¿Lo picó una serpiente? ¿Fastidió tanto a Jacob que lo terminó golpeando? No sabía, Damián solía comportarse como un niño, temía lo peor, que Jacob le haya hecho algo malo.

Corrí junto a Axel, él también pareció haberse preocupado por el grito desgarrador que había hecho el adolescente, como si estuviera en un peligro mortal.

Llegamos.

Todo estaba normal, el pelinegro estaba cruzado de brazos como de costumbre, mientras que Damián estaba agachado en el suelo.

—¿Qué sucede? —pregunté agitada.

—No sabemos cómo sacar las zanahorias, se ven unas escasas hojas, nada naranja que sobresalga —respondió.

Bien, él estaba bien. Estuve a punto de golpearlo en el hombro, me tragué todo el enojo que sentía, ese niño me había preocupado para nada. Así que me contuve y solté.

—¡Las zanahorias no están listas! Vayan por los tomates.

Ambos asintieron, Damián se notó apenado. Que decepción, de verdad.

(...)

La noche llegó, estaba tirada en la cama como la floja que podía llegar a ser, aburrida miré el techo esperando a que un programa de televisión apareciera por arte de magia, solía hacerlo a menudo, mi imaginación era amplia.

Abrieron la puerta, era Damián, se recostó a mi lado, en el puesto de Axel. Sí, ellos mismos acordaron sus lugares para dormir.

—¿Qué haces? —preguntó curioso.

—Veo programas imaginarios que se forman en el techo con el poder de mi mente —respondí en tono sarcástico.

—¿Nunca has visto televisión? —cuestionó extrañado, negué con la cabeza—. Cuando vuelva a mi hogar, te invitaré y veremos una película. ¿De acuerdo?

Mis ojos eran de sospresa, abiertos como nunca ¿Me estaba invitando a su casa? Porque esa debía de ser una enorme y lujosa mansión. No podía ocultar que la emoción me carcomía y la inferioridad igual.

—¿De verdad? Acabas de conocerme, soy prácticamente una extraña —aseguré, capaz solo estaba ilusionandome.

Él sonrió asintiendo, pareció un niño, al ser menor que yo lo veía de esa manera, podía hasta ser mi hermanito. No sé si lo dijo solo para demostrar que estaba aprendiendo a convivir conmigo, una humilde campesina, pero no iba a desperdiciar la oportunidad, a menos que se le olvidara en el futuro.

—No eres una extraña, nunca pensé en hablarle a personas como tú, porque me parecían desagradables, soy hipócrita. Pero al conocerte, sentí que eras diferente —murmuró, con una mano en su mentón, pensativo.

No pude haber logrado cambiar su punto de vista tan rápido ¿O si?

—Entonces, ¿ya no piensas que los pobres son desagradables? —lo interrogué ante la duda.

—Claro que si lo pienso, todos menos tú —contestó con sinceridad.

Carajo.

No logré mucho que digamos, aún pensaba mal respecto a la clase baja-sin ofenderme-a excepción de mí. Ninguno habló en los próximos segundos provocando un silencio incómodo, solo me introduje en mis pensamientos. Me extrañaba su manera de pensar, en serio, seguiría pensando que era un tierno niño que todavía debía aprender muchas cosas sobre las personas y la vida, sentía que él sería el más fácil de enseñar.

Se marchó al notar que cerré los ojos. Después de un rato abrieron de nuevo la puerta. Me sobresalté y miré quién entró. Axel, se tiró con delicadeza a mi lado, creyendo que estaba durmiendo.

Me estaba mirando, ¡me está mirando! Podía sentirlo. Abrí los ojos de golpe, encontrándome con los suyos, esos profundos ojos verdes que brillaban con la poca luz de luna que se filtró por la ventana.

—Sabía que estabas despierta. Solo quería decirte que tus padres llegaron hace un largo rato —me avisó.

Mis padres llegaban tarde cuando viajaban a la ciudad por razones "políticas" no era todos los días, pero iban por lo menos una vez a la semana. Él me siguió observando, se mordió el labio como si quisiera decir algo, pero no pudo, sus palabras no salían, estaba como luchando consigo mismo. Hasta que respiró hondo.

—¿Puedo abrazarte? —susurró, provocando un escalofrío—. ¡No es lo que piensas! No puedo dormir sin abrazar algo, lo siento, no te estoy obligando —se disculpó, tartamudeando.

¿Qué? ¿Nerviosa? No, para nada. Yo... Era un sentimiento extraño, tragué saliva, me sentí en la obligación de ayudarlo así que acepté.

—De acuerdo ¡Pero nada raro! —dije y noté un pequeño rubor en su rostro.

Sus largos brazos me rodearon, nuestros cuerpos no se juntaban por completo porque, pues... podía aparecer algo raro en él, conservamos distancia. ¡Por Dios, era un desconocido! Cómo pude caer tan bajo, pero no supe negarme a su petición, como si tuviera que hacerlo o me sucedería algo malo, imaginaciones mías.

Mis latidos se agitaron por lo extraño que se sintió, estaba remplazando a su peluche, eso era todo. Nada malo, cerré los ojos con la esperanza de conciliar el suelo sin problemas. Los segundos y minutos pasaban, abrieron la puerta, no pude ver quién entró, pero supuse que ambos chicos. La calidez logró hacer que entrara en mis sueños más profundos, por alguna extraña razón, me sentí en paz, cómoda.

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