El oncólogo, un hombre de bata blanca impecable y gesto serio, dejó el informe sobre el escritorio de caoba.
"Sofía," dijo con una voz que intentaba ser suave, "el diagnóstico es cáncer de páncreas. Etapa terminal."
Miré sus labios moverse, pero las palabras parecían flotar en el aire, irreales.
No lloré. No grité.
Solo un frío intenso se instaló en mi pecho.
"¿Tratamiento?" pregunté, mi voz apenas un susurro.
Él negó lentamente con la cabeza. "A estas alturas, solo cuidados paliativos. Alargar un poco, quizás. Pero la calidad de vida..."
"No," interrumpí. "No quiero."
Quería morir con la dignidad que me quedaba, no conectada a tubos en una cama de hospital.
Salí del consultorio privado en la Ciudad de México sintiendo el sol en la cara, un sol que de repente parecía demasiado brillante, demasiado vivo.
Mi mente voló a nuestro primer departamento en la colonia Narvarte.
Pequeño, sí, con las paredes desconchadas y muebles de segunda mano.
Pero lleno de amor.
Mateo, mi Mateo, pasaba noches enteras inclinado sobre su restirador, dibujando planos, soñando con edificios que tocaran el cielo.
Yo, a su lado, pintaba. Pequeños lienzos, colores vibrantes, intentando capturar la magia de nuestras tradiciones, la luz de sus ojos cuando me miraba.
Vendía mis cuadros en mercados de artesanías los fines de semana. Con ese dinero y lo poco que él ganaba como arquitecto junior, apenas nos alcanzaba.
Pero éramos felices.
Recuerdo el olor a café de olla por las mañanas, el sonido de su risa cuando quemaba la cena, nuestras manos entrelazadas mientras caminábamos por el Parque México.
Él era mi todo. Y yo, creía, era el suyo.
Todo cambió.
Su estudio de arquitectura, ese que fundamos con mis ahorros y la venta de las joyas de mi abuela, creció.
Se convirtió en Mateo Vargas, el arquitecto de renombre.
Nos mudamos a una casa lujosa en Polanco, con ventanales enormes y arte carísimo en las paredes.
Pero el calor de la Narvarte se quedó atrás.
Él se volvió distante. Egocéntrico.
Obsesionado con un legado, con un heredero.
Y yo no podía dárselo.
La infertilidad. Esa palabra que se clavó entre nosotros como una daga fría.
Fue entonces cuando apareció Valeria Montes.
Su asistente personal. Joven, ambiciosa, con una mirada calculadora.
Pronto, los viajes de negocios de Mateo se hicieron más frecuentes, sus noches fuera de casa, más largas.
Yo lo sabía. Lo sentía en la frialdad de sus besos, en el vacío de su lado de la cama.
Hace apenas unas semanas, la herida se abrió por completo.
Conservaba nuestro departamento de la Narvarte. Era mi santuario, el lugar donde iba a recordar quiénes éramos, a respirar el aire de nuestros sueños.
Un día, llegué y la puerta estaba abierta.
Trabajadores sacaban mis muebles, mis pinturas.
Mateo estaba allí, supervisando.
"¿Qué haces?" pregunté, la voz temblándome.
"Remodelando," dijo, sin mirarme. "Valeria necesita un lugar donde vivir. Y este departamento es perfecto."
Mis cuadros, mis recuerdos, apilados en la banqueta como basura.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
"Este era nuestro lugar, Mateo."
"Era," corrigió él, con frialdad. "Ahora es de ella."
Salí corriendo, las lágrimas cegándome, el corazón hecho pedazos.
Ese día, algo se rompió para siempre.
Anoche, Mateo regresó tarde a la casa de Polanco.
Oliendo a un perfume caro que no era el mío.
Yo estaba en el estudio, intentando pintar, pero mis manos no obedecían. El dolor en mi abdomen era una brasa constante.
"Sofía," dijo, su voz monótona, "¿todavía despierta?"
No me miró. Dejó su portafolio en el sillón y se sirvió un whisky.
"Tenemos que hablar," dije, mi voz más firme de lo que me sentía.
Él suspiró, con fastidio. "¿Ahora? Estoy cansado."
"Es importante."
Se giró, por fin, pero su mirada era impaciente.
"Valeria está embarazada," soltó, como si hablara del clima.
El vaso que tenía en la mano se resbaló y se hizo añicos contra el suelo.
Él ni se inmutó.
"Felicidades," logré decir, el sarcasmo goteando de mis palabras.
"No empieces, Sofía. Sabes que siempre quise un hijo."
"¿Y yo? ¿Qué hay de mí, Mateo? ¿De nuestros años juntos?"
"Las cosas cambian," dijo, encogiéndose de hombros. "Además, tú no podías."
Cada palabra era un golpe.
Mientras recogía los pedazos de vidrio, él hablaba por teléfono.
Su voz, antes fría conmigo, se volvía melosa.
"Sí, mi amor... claro que cené... no, no te preocupes por ella... sí, el departamento de la Condesa te encantará... es nuestro nido de amor."
Nuestro nido de amor.
En la Condesa. Un departamento de lujo que seguro pagó con el dinero que yo le ayudé a ganar.
Asco. Eso sentí. Asco profundo.
"Quiero el divorcio, Mateo," dije cuando colgó.
Él rio. Una risa seca, sin alegría.
"¿Divorcio? ¿Ahora se te ocurre? No seas ridícula, Sofía."
"No es ridículo. Es lo único que nos queda."
"Valeria me va a dar un hijo. Un heredero. ¿Entiendes lo que eso significa?"
Significaba que yo sobraba. Que mi amor, mis sacrificios, no valían nada.
"Entiendo perfectamente," dije, sintiendo cómo la última chispa de esperanza se apagaba.
Él tomó su portafolio. "Tengo que irme. Valeria me espera."
Se detuvo en la puerta. "Ahórrate el drama, Sofía. No te queda."
Y se fue.
Dejándome sola con mi dolor, mi enfermedad y los pedazos de nuestro matrimonio esparcidos por el suelo.
El dolor en mi páncreas se intensificó, una punzada aguda que me dobló en dos.
Me arrastré hasta el teléfono. Necesitaba ayuda.
Marqué el número de Mateo.
Buzón de voz.
Una y otra vez.
Buzón de voz.
Estaba completamente sola.
Con mi sentencia de muerte y la certeza de su traición.
Una determinación fría me invadió.
Si iba a morir, lo haría en mis propios términos.
Y Mateo, de alguna forma, sabría la verdad.
El sabor amargo del agave azul, pensé.
Así sabía mi vida ahora.





