A la mañana siguiente, llamé a una casa de subastas discreta.
"Quiero vender algunas joyas de diseñador y unas obras de arte," dije, mi voz sorprendentemente firme.
El tasador, un hombre pulcro con gafas de montura dorada, llegó a la casa de Polanco esa misma tarde.
Mientras examinaba un collar de diamantes que Mateo me regaló en nuestro décimo aniversario, suspiró.
"Su esposo es un hombre muy generoso, señora Vargas. Estas piezas son exquisitas."
Generoso.
La ironía casi me hizo reír.
Este collar, estas pinturas que coleccioné con tanto cariño, ahora pagarían mi final.
Vendí todo. Cada anillo, cada pulsera, cada cuadro que alguna vez amé.
El dinero fue transferido a una cuenta nueva, solo a mi nombre.
Días después, mientras tomaba un café en una terraza de la Condesa, la vi.
Valeria.
Saliendo de una boutique exclusiva, cargada de bolsas.
Lucía un abrigo nuevo, idéntico a uno que yo había deseado en silencio. Y en su muñeca, un reloj que reconocí.
Era mío. Uno de los pocos que había dudado en vender, un regalo de mi padre.
Mateo se lo había dado.
Mi sustituta, adornada con mis despojos.
Sentí una punzada, no de celos, sino de una profunda tristeza.
Ya no era solo su amante. Era la nueva señora Vargas en ciernes.
"Carmen, acompáñame a un lugar," le dije a mi amiga esa tarde.
Carmen Herrera, dueña de una pequeña galería de arte popular mexicano, mi ancla, mi confidente desde la universidad.
La única que conocía cada grieta de mi corazón roto.
"¿A dónde vamos, Sofi? ¿A ahogar las penas en mezcal?" bromeó, aunque sus ojos mostraban preocupación.
"Algo así," sonreí débilmente.
La llevé al Panteón Jardín.
El sol se filtraba entre los árboles, creando un juego de luces y sombras sobre las lápidas antiguas.
Un empleado con un traje gris nos recibió.
"Busco un nicho," dije, con calma.
Carmen me miró, sus ojos abiertos como platos. "¿Un nicho? Sofía, ¿qué demonios...?"
"Uno con una vista tranquila," continué, ignorando su asombro. "Quizás cerca de un árbol de jacaranda. Me encantan las jacarandas."
El empleado, acostumbrado a peticiones extrañas, nos mostró varias opciones.
Elegí uno pequeño, discreto, bajo la sombra de una jacaranda cuyas flores moradas parecían lágrimas.
Pagué en efectivo.
Carmen estaba pálida. "¿Me vas a decir qué está pasando?"
Nos sentamos en una banca de piedra, el olor a tierra húmeda y flores marchitas flotando en el aire.
"Es irónico, ¿no?" dije, mirando el nicho recién comprado. "El dinero de las joyas que Mateo me dio, las obras de arte que compré soñando con un futuro juntos, ahora paga mi último descanso."
Carmen tomó mi mano. Estaba helada.
"Sofi, me estás asustando."
Respiré hondo. "Tengo cáncer, Carmen. De páncreas. Terminal."
Las palabras salieron, y con ellas, una lágrima solitaria rodó por mi mejilla.
Carmen no dijo nada. Solo me abrazó fuerte, muy fuerte.
Sentí sus sollozos silenciosos contra mi hombro.
Por primera vez en semanas, no me sentí completamente sola.
Esa noche, el dolor volvió con furia.
Olas de agonía me recorrían el cuerpo, dejándome sin aliento.
Intenté alcanzar el analgésico en la mesita de noche, pero mis manos temblaban tanto que el frasco cayó al suelo.
Me desplomé en la alfombra, jadeando.
Carmen, que se había quedado a dormir en la habitación de huéspedes, escuchó el ruido y entró corriendo.
"¡Sofía!" gritó, arrodillándose a mi lado.
Vio mi rostro contorsionado por el dolor, el sudor frío en mi frente.
Sin dudarlo, tomó mi teléfono y marcó.
"¡Mateo Vargas!" escuché su voz, llena de una furia helada. "Más te vale venir aquí ahora mismo. ¡Sofía se está muriendo, imbécil!"
Colgó antes de que él pudiera responder.
Me levantó con sorprendente fuerza y me ayudó a volver a la cama.
Media hora después, la puerta principal se abrió con estrépito.
Mateo entró en la habitación, su rostro una máscara de fastidio.
Detrás de él, como una sombra, Valeria.
"¿Qué escándalo es este, Carmen?" preguntó Mateo, su voz dura. "Tengo cosas importantes que hacer."
Miró hacia mí, acurrucada en la cama, y su expresión no cambió.
"Sofía, siempre con tus dramas. ¿Qué te pasa ahora?"
Carmen se interpuso entre él y yo. "Tiene un dolor terrible. Necesita un médico."
"Ya llamé a mi médico," dijo Valeria, su voz dulce y empalagosa. "Viene en camino. Pobrecita Sofía, siempre tan delicada."
Mateo le dirigió una mirada de aprobación. "Ves, Carmen. Valeria se encarga de todo. Tú solo exageras."
Me miró de nuevo. "Deja de fingir, Sofía. No tienes nada."
Valeria se acercó a la cama, una sonrisa apenas perceptible en sus labios.
"Mateo, cariño, creo que deberíamos irnos. Parece que Sofía solo quiere atención."
"Tienes razón," dijo él, tomando la mano de Valeria.
Se giraron para irse.
"La Narvarte," susurré, la voz rota. "Destruiste nuestro santuario... para ella."
Mateo se detuvo, pero no se giró.
Valeria sí lo hizo. Se inclinó hacia mí, su aliento con olor a menta y veneno.
"Ese departamento es mucho más acogedor ahora, Sofía. Mateo y yo pasamos noches maravillosas allí. Incluso usamos tu vieja cama. Es sorprendentemente cómoda."
La imagen me golpeó con la fuerza de un puño.
Mi cama. Nuestra cama. Profanada.
Una rabia helada, primigenia, surgió de mis entrañas.
Con un grito ahogado, me levanté y le di una bofetada a Valeria con todas mis fuerzas.
El sonido resonó en la habitación.
Valeria soltó un gritito agudo, llevándose una mano a la mejilla enrojecida.
"¡Sofía!" rugió Mateo, girándose. Sus ojos echaban chispas.
Corrió hacia Valeria, apartándome con un empujón que me hizo caer de nuevo en la cama.
El dolor me cegó por un instante.





