Un dolor agudo y familiar me atravesó el vientre, despertándome de un sueño profundo y oscuro. Abrí los ojos de golpe, desorientada. La luz del sol se filtraba por la ventana, bañando la lujosa habitación en un resplandor dorado.
Una mujer con uniforme de médico me sonreía amablemente.
«Felicidades, Alteza. Está usted embarazada. Tiene casi dos meses».
Esas palabras… las había escuchado antes. Eran las mismas palabras que marcaron el comienzo de mi fin. El aire se me atoró en la garganta. Miré mis manos, pálidas y delgadas, luego toqué mi vientre plano. No había sangre. No había frío. Estaba viva.
Cerré los ojos con fuerza, y el recuerdo de mi muerte me golpeó como una ola helada. El suelo de mármol, frío y duro contra mi espalda. La sangre carmesí manchando mi vestido blanco, un charco que se extendía lentamente a mi alrededor. Mi hijo nonato, arrancado de mí por la traición.
Y sobre mí, la figura de mi hermana, Valentina. Su rostro, tan hermoso y que una vez amé, estaba desfigurado por el triunfo y el desprecio. A su lado, mi esposo, el Príncipe Alejandro, la miraba con una adoración que nunca me había mostrado a mí.
«Sofía, eres tan ingenua», se burló Valentina, su voz goteando veneno. «¿Realmente pensaste que podías quedarte con él? Alejandro siempre fue mío».
Él no dijo nada. Simplemente apartó la vista de mi cuerpo moribundo, como si yo fuera una mancha desagradable en su perfecta alfombra. Ese silencio fue más cruel que cualquier palabra.
Morí sola, traicionada por mi propia sangre y por el hombre con el que me casé.
Abrí los ojos de nuevo. El terror inicial fue reemplazado por una calma gélida. Había renacido. Había vuelto al día en que todo comenzó. El día en que mi felicidad se convirtió en una sentencia de muerte.
«Alteza, ¿se encuentra bien?», preguntó el médico, preocupado por mi silencio.
Forcé una sonrisa temblorosa.
«Sí… estoy… estoy muy feliz. Es solo que es una noticia inesperada».
Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe y el Príncipe Alejandro entró corriendo. Su rostro, usualmente calculador y reservado, estaba iluminado por una alegría genuina, una alegría que yo sabía que era superficial y egoísta.
«¡Sofía! ¿Es verdad? ¿Voy a ser padre?».
Se arrodilló junto a mi cama, tomando mis manos entre las suyas. Sus manos estaban cálidas, pero para mí se sentían como el toque helado de la muerte. En mi vida anterior, este momento me había llenado de un amor y una esperanza abrumadores. Ahora, solo sentía un asco profundo.
«Sí, Alejandro», susurré, interpretando el papel de la esposa devota. «Vamos a tener un hijo».
Me abrazó con fuerza, riendo de alegría.
«¡Esto es maravilloso! ¡Debemos anunciarlo de inmediato! ¡Una gran fiesta! ¡Todo el reino debe saber que el tercer príncipe tendrá un heredero!».
Su entusiasmo no era por mí, ni siquiera por nuestro hijo. Era por el poder. Un heredero consolidaría su posición en la corte, dándole una ventaja sobre sus hermanos. Yo y mi hijo éramos solo peones en su juego de tronos.
Lo aparté suavemente.
«Alejandro, querido, estoy un poco abrumada. Y me siento débil», dije, poniendo una mano en mi frente. «Creo que deberíamos esperar un poco antes de anunciarlo. Quiero asegurarme de que el bebé esté fuerte».
Él frunció el ceño, claramente decepcionado, pero la imagen de una esposa frágil y preocupada por su heredero lo convenció.
«Por supuesto, mi amor. Lo que tú digas. Descansa. Yo me encargaré de todo».
Mientras él se iba, lleno de su propia importancia, una sonrisa fría se dibujó en mis labios. No, Alejandro. Esta vez, yo me encargaré de todo.
Mi mente, antes nublada por el amor, ahora era clara como el cristal. Conocía el futuro. Conocía las debilidades de todos. Conocía sus secretos más oscuros.
Valentina… mi querida hermana. Ella renunció a este matrimonio con el príncipe por un plebeyo, rompiendo el corazón de nuestra familia y dejándome a mí para recoger los pedazos. Pero luego, cuando su romance de cuento de hadas se agrió, regresó llena de celos y arrepentimiento. Vio la vida que podría haber tenido y decidió arrebatármela.
Esta vez, no le daría la oportunidad. De hecho, le daría exactamente lo que creía que quería.
Llamé a mi doncella.
«Prepara un carruaje. Voy a visitar a mi familia. Quiero darle la buena noticia a mi hermana personalmente».
En mi vida anterior, había enviado un mensajero. Esta vez, le entregaría la invitación a su propia destrucción en persona.
El juego había comenzado. Y esta vez, la víctima no sería yo.





