Cinco años de amor se hicieron cenizas en un instante.
Javier me miró con ojos que ya no reconocía, fríos y distantes.
Estábamos en su nuevo y diminuto apartamento en Sevilla, un lugar que olía a pintura fresca y a ambición.
"Sofía, tenemos que hablar."
Su voz era tranquila, pero esa calma era más aterradora que cualquier grito.
Yo acababa de llegar de Granada, dejando atrás mi vida, mi familia y una beca para unirme a la compañía de Antonio Gades en Madrid. Todo por él. Todo por su sueño de trabajar en la prestigiosa Bodega "Sol de Andalucía".
"¿Qué pasa, Javier? Me estás asustando."
Él desvió la mirada hacia la ventana, donde el sol de Sevilla caía a plomo.
"He conseguido el puesto."
Una sonrisa intentó formarse en mis labios, pero se congeló. Su tono no era de celebración.
"Eso es maravilloso, mi amor. Sabía que lo conseguirías."
"Sí," dijo, y luego se giró para enfrentarme. "Y por eso, esto no puede seguir."
Sentí un vacío en el estómago. "¿Qué... qué quieres decir?"
"Quiero decir que tú y yo hemos terminado."
Las palabras me golpearon. No podía respirar.
"¿Qué? ¿Por qué? Hemos pasado por tanto... He renunciado a todo por venir aquí contigo."
Una sonrisa condescendiente se dibujó en su rostro.
"Exactamente. Has renunciado a todo. Eres una bailaora, Sofía. Una simple bailaora de Granada sin apellido ni conexiones. Yo estoy entrando en un mundo nuevo, un mundo de alta sociedad, de negocios, de poder."
"¿Y yo no encajo en ese mundo?" mi voz era un susurro roto.
"No," dijo sin piedad. "No encajas. Necesito a alguien que me impulse, no que me frene."
Entonces, soltó la bomba final.
"Estoy saliendo con Isabel."
Isabel. La sobrina del dueño de la bodega. La "niña bien" de la que me había hablado, la que le había facilitado la entrevista.
"Ella puede darme el futuro que quiero, Sofía. Un futuro que tú nunca podrías ofrecerme."
Me quedé allí, paralizada, mientras él recogía mis pocas cosas y las ponía junto a la puerta. Mi mundo se había derrumbado en menos de cinco minutos. El amor de mi vida me estaba diciendo que yo era un lastre, un obstáculo para su ambición.
"Vete, por favor," dijo, abriendo la puerta. "No hagas esto más difícil."
Salí a la calle, aturdida. El sol de Sevilla, que minutos antes parecía una promesa, ahora me quemaba la piel. Estaba sola, en una ciudad extraña, con el corazón hecho pedazos por el hombre por el que lo había sacrificado todo.
---





