El Regreso de La Bailaora

Pasé dos días encerrada en una pensión barata, llorando hasta quedarme sin lágrimas. Mi orgullo estaba herido, pero una parte de mí, una parte estúpida e ingenua, se negaba a creerlo.

No podía ser el fin. No después de cinco años.

Quizás Isabel lo estaba manipulando. Quizás él no veía la verdad. Tenía que advertirle. Tenía que decirle qué clase de hombre era Javier en realidad.

Conseguí el número de Isabel a través de una antigua compañera de la universidad que conocía a gente en Sevilla. Le envié un mensaje.

"Isabel, soy Sofía. Necesito hablar contigo sobre Javier. Por favor."

Para mi sorpresa, respondió casi de inmediato.

"Claro, bonita. ¿Por qué no vienes a la caseta de mi familia en la Feria esta noche? Lo arreglamos todo. Javier también estará. Una despedida amistosa, para que no haya malos rollos."

La palabra "amistosa" me sonó falsa, pero la desesperación me cegó. Quizás si me veían, si hablábamos cara a cara, Javier recapacitaría. Quizás Isabel entendería.

Me puse mi mejor vestido de flamenca, uno que mi abuela había cosido para mí, y fui a la Feria de Abril.

La caseta era un hervidero de gente guapa y rica. La música sonaba a todo volumen y el olor a vino y fritura lo impregnaba todo.

Localicé a Javier e Isabel en el centro de un grupo ruidoso. Se estaban riendo. Cuando me vieron, la sonrisa de Isabel se ensanchó, pero era una sonrisa cruel.

"¡Hombre, miren quién está aquí! ¡La ex resentida!" gritó Isabel para que todos la oyeran. La música pareció bajar de volumen. Todas las miradas se clavaron en mí.

Javier no dijo nada. Solo me miró con una mezcla de lástima y desprecio.

"No he venido a causar problemas," dije, con la voz temblorosa. "Solo quería..."

"¿Qué querías?" me interrumpió Isabel, acercándose a mí. "¿Creías que podías venir aquí y recuperarlo? ¿Tú? ¿Una muerta de hambre de Granada?"

Sus amigos se rieron. Sentí cómo la sangre me subía a las mejillas.

"Javier te ha utilizado," le dije, mirándola a los ojos. "Solo te quiere por tus conexiones."

La sonrisa de Isabel desapareció. Por un segundo, vi un destello de inseguridad en sus ojos. Pero Javier rápidamente puso un brazo alrededor de su hombro, susurrándole algo al oído. La seguridad volvió al rostro de Isabel, más fea y retorcida que antes.

"¿Ah, sí? Pues parece que su plan está funcionando de maravilla. Y tú eres solo un recuerdo patético."

Se acercó aún más, con un vaso de rebujito en la mano.

"Déjame darte un consejo," susurró. "Vuelve a tu pueblo y no molestes más."

Y entonces, con un movimiento deliberado, volcó el contenido del vaso sobre mi pecho.

El líquido frío y pegajoso empapó la tela de mi vestido, el vestido de mi abuela. El murmullo de la gente se convirtió en burlas abiertas.

"¡Fuera de aquí, acosadora!" me gritó Isabel. "¡Largo!"

Me quedé paralizada, humillada, con el rebujito goteando por mi vestido. Miré a Javier, buscando una pizca de la persona que había amado. No encontré nada. Solo un extraño con una mirada vacía.

Me di la vuelta y salí de la caseta, corriendo, empujando a la gente, sin ver a dónde iba. Las luces de la feria se difuminaban a través de mis lágrimas.

Esa noche, abandoné Sevilla. Juré que nunca volvería. Y juré que, de alguna manera, algún día, se arrepentirían.

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