Las noticias en la televisión hablaban de un accidente de coche en la carretera principal, un choque múltiple causado por la lluvia y la neblina.
Mostraban imágenes de los coches destrozados, el metal retorcido y los paramédicos corriendo de un lado a otro, una escena caótica que parecía sacada de una película.
Yo estaba en la cocina de mi restaurante, "Corazón de Maíz", supervisando el servicio de la noche, el calor de los fogones y el ruido de los platos eran mi mundo.
Mi esposa, Sofía, no estaba conmigo, ella rara vez venía al restaurante, decía que el olor a comida se le pegaba en el pelo.
Entonces, el presentador de noticias mencionó los nombres de las víctimas mortales.
"Entre los fallecidos se encuentra el joven artista callejero Mateo Vargas..."
El nombre me golpeó, Mateo, el amigo de la infancia de Sofía, su "alma gemela", como ella solía llamarlo en broma cuando creía que yo no escuchaba.
Sentí una punzada de lástima, era joven, y a pesar de todo, era importante para Sofía.
Llamé a Sofía de inmediato, preparándome para consolarla, para ser el esposo bueno y comprensivo que siempre intentaba ser.
No contestó, lo cual era extraño.
Después del servicio, conduje a casa bajo una lluvia ligera, la misma que había causado la tragedia.
La casa estaba en silencio, oscura, encontré a Sofía en nuestra habitación, sentada en el suelo, rodeada de papeles.
No lloraba, su rostro estaba pálido y vacío.
"Sofía, ¿estás bien? Acabo de oír lo de Mateo", le dije suavemente.
Ella no me miró, solo señaló una caja de madera que estaba abierta a su lado.
"Léelas", dijo con una voz hueca.
Eran cartas, decenas de cartas escritas a mano con su caligrafía elegante, todas dirigidas a Mateo.
Me senté en el borde de la cama y empecé a leer.
La primera carta era de hacía cinco años, justo una semana después de nuestra boda.
"Mi querido Mateo, me casé con Ricardo. Es un buen hombre, es estable, me cuida, pero no es tú. Cada vez que me abraza, cierro los ojos e imagino que eres tú quien me toca. Cada vez que me dice que me ama, mi corazón susurra tu nombre".
Mi respiración se detuvo, el aire en mis pulmones se sentía pesado y frío.
Seguí leyendo, cada carta era un nuevo golpe, una nueva pieza de un rompecabezas que nunca supe que existía.
"Ricardo me compró este restaurante, es su sueño, y yo finjo que también es el mío. Él cree que lo apoyo, pero en realidad, solo estoy pasando el tiempo hasta que tú decidas volver por mí. Él es mi refugio seguro, mi plan B, mientras tú, mi amor, eres mi verdadera vida".
La traición era tan absoluta, tan profunda, que no sentí rabia, solo un vacío inmenso.
Yo no era su esposo, era un sustituto, un peón en su historia de amor con otro hombre.
Mi vida entera, mis sacrificios, mi amor incondicional, todo era una mentira que ella había construido para su propia comodidad.
La última carta estaba sin enviar, fechada de esa misma mañana.
"Mateo, mi amor, vi tus murales nuevos en el centro. Me dijiste que necesitabas tiempo, que necesitabas encontrarte a ti mismo antes de que pudiéramos estar juntos. Han pasado cinco años. ¿Cuánto tiempo más? Ricardo es bueno, demasiado bueno, y cada día que paso a su lado me siento más culpable. A veces desearía que él simplemente desapareciera para poder correr a tus brazos sin remordimientos".
Esa noche, Sofía se fue de la casa, no dijo a dónde, y yo no pregunté.
Al día siguiente, la policía me llamó, la encontraron en su coche, en el mismo tramo de la carretera donde Mateo había muerto, se había estrellado contra un árbol.
La nota de suicidio era simple, "No puedo vivir en un mundo sin Mateo".
Ni una sola palabra sobre mí.
El dolor fue más allá de lo imaginable, perdí a mi esposa y descubrí que nunca la tuve.
Dejé de ir al restaurante, la pasión por la cocina se extinguió, ¿para qué cocinar si la persona para la que construí todo mi mundo me veía como un obstáculo?
Mis padres intentaron ayudarme, pero yo me encerré en mi dolor.
Dejé de comer, la comida que antes era mi arte, ahora me daba asco.
Los días se mezclaron en una niebla de tristeza y desesperación, y mi cuerpo, simplemente, se rindió.
Cerré los ojos en la cama de mi solitaria casa, esperando el final.
Y entonces, los abrí de nuevo.
La luz del sol entraba por la ventana de mi antiguo apartamento, el que compartía con Sofía antes de casarnos.
El olor a café recién hecho llenaba el aire, mi café, el que yo preparaba todas las mañanas.
Miré el calendario en la pared, era un día de hace seis años.
El día en que Sofía me iba a proponer que nos casáramos.
Estaba vivo, había regresado.
Tuve una segunda oportunidad.
Y esta vez, yo no sería el tonto.





