El timbre sonó, y mi corazón dio un vuelco, no de emoción como la primera vez, sino de un pavor helado.
Sabía quién era.
Respiré hondo, caminé hacia la puerta y la abrí.
Ahí estaba Sofía, con una sonrisa radiante, sosteniendo una caja con donas de nuestra panadería favorita.
Se veía exactamente como la recordaba de ese día, joven, llena de vida y con una mentira brillante en los ojos.
"¡Ricardo! Te traje el desayuno", dijo, entrando al apartamento como si fuera suyo.
La primera vez, yo la había abrazado, la había besado y le había agradecido el gesto, ciego de amor.
Esta vez, me quedé quieto, observándola.
"Gracias", dije, mi voz sonaba más grave de lo que pretendía.
Ella dejó la caja en la pequeña mesa de la cocina y se giró hacia mí, su sonrisa flaqueó un poco al notar mi distancia.
"¿Pasa algo? Pareces... raro".
"Solo estoy cansado".
En mi mente, las palabras de sus cartas se repetían como un eco infernal.
"Ricardo es tan predecible, siempre con su café y su rutina. A veces su estabilidad me asfixia".
Recordé nuestra historia, cómo nos conocimos en la universidad, yo estudiaba gastronomía y ella artes plásticas.
Me enamoré de su espíritu libre, de su forma apasionada de hablar sobre el arte, sobre un tal Mateo, su amigo de la infancia que pintaba grafitis en las calles y que, según ella, era un "alma torturada y brillante".
Yo, en mi ingenuidad, pensaba que era solo una amistad profunda.
Nunca vi que cada vez que hablaba de él, sus ojos brillaban de una manera que nunca brillaron por mí.
Recordé todas las veces que canceló nuestros planes a última hora porque "Mateo la necesitaba".
Recordé cómo, en nuestra primera vida, después de que me propusiera matrimonio ese mismo día, yo había llorado de felicidad.
Ella solo había sonreído, una sonrisa que ahora entendía que era de alivio, no de amor.
Había asegurado su red de seguridad.
"Ricardo, tenemos que hablar de algo importante", dijo Sofía, sacándome de mis pensamientos.
Se sentó en el sofá y me hizo un gesto para que me sentara a su lado.
Mi cuerpo se movió por inercia, pero mi mente estaba en otro lugar, en el futuro que yo ya conocía.
Estaba reviviendo la escena que me llevó a cinco años de una farsa y a una muerte solitaria.
"Hemos estado juntos por un tiempo ya", comenzó, tomando mis manos entre las suyas, sus manos estaban frías, "y te amo, de verdad que te amo. Eres el hombre más bueno y estable que he conocido".
Las mismas palabras, las mismas malditas palabras de su primera carta a Mateo. "Es un buen hombre, es estable".
Era un cumplido que sonaba como un insulto, una descripción de un mueble confiable, no de un amante.
Mi estómago se revolvió, la ira que no sentí en mi primera vida comenzó a burbujear dentro de mí, una ira fría y afilada.
"Y he estado pensando", continuó, sus ojos buscando los míos, "creo que deberíamos casarnos".
Ahí estaba, la propuesta que me había hecho el hombre más feliz del mundo, ahora se sentía como una sentencia.
La miré fijamente, viendo a través de su actuación, viendo la manipulación, la egoísta necesidad de tenerme como un respaldo mientras su corazón esperaba a otro.
Vi el dolor futuro, la traición, mi restaurante vacío, mi cama solitaria, la llamada de la policía.
Todo pasó frente a mis ojos en un segundo.
Quité mis manos de las suyas, el contacto de su piel de repente se sentía repulsivo.
Me puse de pie, creando una distancia física que reflejaba el abismo que ahora sentía entre nosotros.
Ella me miró, confundida, la sonrisa falsa desapareció de su rostro.
"¿Ricardo?"
La miré directamente a los ojos, sin parpadear, dejando que viera la frialdad que ahora me habitaba.
"No".
La palabra salió de mi boca, simple, cortante, final.
"¿No? ¿Qué quieres decir con no?", preguntó, su voz temblando ligeramente.
"No, Sofía. No me casaré contigo".
"Pero... ¿por qué? Pensé que me amabas".
"Yo también lo pensaba", dije, y la amargura en mi propia voz me sorprendió.
Me di la vuelta y caminé hacia la puerta, la abrí de par en par.
"Creo que es mejor que te vayas".
"¡Ricardo, no entiendo! ¿Hice algo mal? ¡Habla conmigo!", su voz se convirtió en un ruego desesperado.
Me giré para enfrentarla una última vez.
"No, Sofía. El problema no es lo que hiciste. El problema es lo que nunca sentirás por mí".
Y antes de que pudiera responder, antes de que pudiera tejer otra de sus mentiras, añadí la verdad más simple y dolorosa.
"Se acabó. Por favor, vete".
Ella se quedó allí, con la boca abierta, completamente desconcertada.
Por primera vez, yo tenía el control.
Y se sentía como una liberación dolorosa, pero necesaria.





