No se puede vivir con la verdad en un mundo de mentirosos ~ Fabian Guthrie.
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Habían distintos tipos de molestia: una molestia contenida que se disfrazaba con una sonrisa hipócrita, una molestia que se notaba en la cara porque no podías dejar de mirar con fastidio eso que te generaba fastidio y, luego, estaba esa molestia helada y susurrante que se transformaba rápidamente en odio.
Así se veía mi madre.
Tenía una ceja encarnada en dirección a Amaia, sus manos apretaban con fuerza el rosario en la mano mientras que sus ojos de café claro miraban a mi amiga como si fuera la causa de todos sus problemas.
¿Cuál era el problema de la situación?
Amaia había planeado un viaje para celebrar que finalizamos el último semestre de nuestras respectivas carreras, había hablado con su padre que estuvo más que feliz en complacerá con un viaje a la ciudad de pecado, excesos y casinos: Las Vegas.
Mi madre, por otro lado, había pensado hacer una pequeña reunión con la familia Collins, la familia de Amaia y con un par de sus amigas de la iglesia con las que acostumbraba a quedar para, entre ellas, hablarse de cuál de sus hijos era el mejor.
Yo, solamente quería que se decidieran por alguna de las opciones para ir a visitar a mi padre, como todos los viernes.
—Le prometo que no haremos nada malo, señora Adams—suplicó Amaia en un vago intento de convencerla—. Usted sabe cómo es Eira, ella nunca haría nada que le falte el respeto a sus creencias.
¡Ah!, ese era el otro problema. A mamá nunca le había gustado la idea de que me alejara mucho de casa para no perder... la fe. Esa fe que me había levantado del suelo, que me había dado esperanzas y la tranquilidad necesaria para salir adelante.
No tenía ninguna intención de dejarla por ningún motivo: alcohol, drogas o sexo.
Ninguna de esas alternativas me atraía demasiado y solo pensar en ellas me llevaba a cosas que era mejor mantenerlas donde estaban. En el pasado.
Pero las palabras de Amaia no lograron calmar el enfado de mi madre que crecía cada vez más. Sus ojos castaños miraban a Amaia como si quisiera lograr someterla a su voluntad solo con la mirada, pero Amaia era incluso más terca que mi madre.
—Es demasiado tiempo, Amaia, lo siento pero no.
Su tono fue de completa convicción, pero yo sabía que Amaia no pararía hasta que mamá dijera el monosílabo que ella estaba esperando.
Yo nada más hacía acto de presencia, no me gustaba demasiado tener que decidir entre mi madre y mi única amiga. Amaia me brindaba espontaneidad, diversión, confianza y calidez; mamá me brindaba tranquilidad, control, rigidez y la paz que había buscado desde los 6 años. Las quería a ambas de diferentes maneras y sabía que ambas querían algo para mí: Mamá quería que tuviera una vida mejor, la tranquilidad y seguridad que ella no tuvo, un esposo y una familia. Amaia quería que tuviera una vida, me repetía hasta el cansancio que yo no hacía lo que yo quería, sino lo que mi madre quería para mí, que tenía que salir al mundo y descubrir que era lo que quería; y tenía toda la razón.
Escuche las súplicas y argumentos de Amaia, escuche las negativas y respuestas dudosas de mi madre que comenzaba a considerar la idea. No les ponía mucha atención en realidad, solo miraba el reloj en la pared del fondo, contando minuto tras minuto.
No tenía una mala vida: una casa cómoda, una familia amorosa, oportunidades para mi futuro, una buena amistad. Pero a veces... no sentía que estuviera viviendo nada, me sentía como en la parte aburrida de un libro, cuando no hay nada interesante que leer y comienzas a saltar los párrafos hasta que llega algo bueno.
Aunque estaba bien con eso, ¿Cómo no estarlo?, era ese cómodo aburrimiento el que daba tranquilidad a mi mente. Ya sabía yo que pasaba cuando pensaba demasiado.
Pasaron 15 minutos antes de que se pusieran de acuerdo y fue en ese momento cuando Amaia se tiró sobre mi madre para abrazarla.
—No se preocupe señora Adams, verá como todo sale bien.
Mamá aceptó el abrazo que Amaia le daba pero no se lo devolvió, mamá no daba abrazos nunca. Me dio una mirada de: "Hablaremos de esto después" antes de que Amaia me llevara a mi habitación con una enorme sonrisa de victoria.
Al entrar en mi pequeña habitación ella se tiro en mi cama como si fuera suya haciendo crujir las tablas.
—Deberías cambiar de cama—murmuró con un tono de satisfacción—, esta está a dos de mis caídas de romperse.
—Es que uno debería sentarse en ella, no tirarse como si pesará toneladas.
—¡Hey!—se sentó de golpe señalándome con su índice acusatoriamente—, entérate que estoy en mi peso ideal gracias al gimnasio.
Aún no entendía por qué había comenzado a ir al gimnasio, Amaia había sido la envidia de muchas desde que éramos niñas: el cabello rubio que siempre le obligaba a llevar su madre, sus ojos de un chocolate claro, los labios rosados y la piel perfecta, su cuerpo siempre había sido delgado pero con curvas en los lugares correctos. Muy diferente a mí, que fue la menos favorita de la genética, aunque también estaba bien con eso.
Me senté en la pequeña silla del escritorio que Amaia me había regalado cuando entramos en la universidad y revisé el borrador del discurso que tenía que dar para la ceremonia. Se me daba fatal hablar, pero, el decano de filosofía había adorado mis trabajos para una de sus materias y me había solicitado exclusivamente para esa tarea.
—¿Aún no terminas el discurso?
Pregunto Amaia con cierto tono de: "¿Para qué te esfuerzas si te va a quedar bien?". Mire la hoja llena de tachones y manchas.
—No, aún no está listo.
—Siempre tan perfeccionista—canturreo aburrida.
—¿Vas a ir hoy al gimnasio?—pregunté, sin apartar la vista de la hoja—, y deja el cuadro en su lugar Amaia.
—¿Cómo sabes que lo había tomado?—se quejó—, ¡Sí esta vez no hice ruido!
No lo había hecho, pero... había sentido que algo en mi habitación no estaba bien.
Con los años me había vuelto muy organizada con las cosas en mi habitación, a tal grado que, no podía dormir con tranquilidad si sabía que algo no estaba en su lugar.
—Solo lo sé—me giré en la silla—, ¿Vas o no?
—¿Vas a ver a tu padre o a acompañarme?—no me dejo responder, soltó un bufido de diversión—, déjalo, sé la respuesta. ¿Puedes creer que tu madre haya dicho que sí?
—No—admití—, aún creo que va a negarse en el último minuto.
—Pues ya es tarde para eso—hablo muy segura—, te llevo inconsciente si es necesario.
Solté una carcajada y negué, definitivamente Amaia no tenía remedio. Aunque en cuestiones de terquedad, mi madre y Amaia estaban a nivel.
Amaia espero a que me recogiera el cabello en una coleta antes de salir de la casa. La tarde en Terry estaba soleada y Amaia se encargó de disfrutar del sol mientras caminábamos.
—Deberíamos ir de compras—comentó emocionada—, no tengo ropa para llevar a Las Vegas.
—Tú armario es literalmente mi habitación, sí que tienes ropa.
—Además—continuó ignorándome—, deberías aprovechar para hacerte un cambio de look, sin ofender tienes un gusto terrible.
Mire el saco gris de lana que llevaba, era uno de los más lindos que tenía, generalmente usaba ropa ancha que no dejará entrever nada que resultará atractivo de ninguna manera porque no me gustaba. En cambio Amaia siempre usaba ropa que resaltaba su linda figura y siempre tenía una sonrisa en la cara que admiraba.
Ella pasaba por tanto y aun así se las ingeniaba para ser feliz.
—Se supone que la ropa debe gustarme a mí.
—No te ofendas linda—sonrió Amaia—, tu estilo hippie me encanta, pero vamos a ir a varias discotecas durante esos días ¿Podrías verte como una mujer joven solo por mí?
Puse los ojos en blanco y no respondí. Lo último que quería era ir por una discoteca, con un vestido y vigilando a Amaia que siempre se... enloquecía un poco con el alcohol.
Llegamos a la plaza y era aquí donde nuestros caminos se dividían, Amaia iría hacia la izquierda rumbo al gimnasio y yo hacía la derecha, rumbo a la iglesia.
Amaia soltó un suspiro de resignación cuando nos detuvimos.
—Dale saludos de mi parte—sonrió y beso mi mejilla—, nos vemos aquí en una hora.
—En una hora, Amaia—advertí—, si no llegas voy a sacarte del gimnasio.
—O siempre puedes ponerte a acompañarme en la rutina—me guiño un ojo—, aunque tú ya tienes un cuerpo de infarto.
Puse los ojos en blanco porque era mentira, Amaia siguió su camino y yo tomé el mío, caminando hacia la iglesia Señora del Rosario, era una iglesia algo pequeña pero que todos los sábados estaba llena.
La mayoría de personas en Terry eran católicas y asistían a la misa puntuales, mi madre entre ellas, quién nos había puesto en el camino de dios desde que yo tenía 7 años, desde entonces cada sábado a las 7 de la mañana estábamos en primera fila para tomar el sermón.
Al llegar a la iglesia, vi al hombre mayor de cabello canoso y un poco más bajo que yo que usaba anteojos que regaba las plantas de alrededor de la iglesia.
Me persigne antes de acercarme al padre Carlos.
—Buen día, padre.
—Buen día, Eira—me dio una sonrisa amable—, ¿Vas a ver a tu padre?
—Así es.
Casi todos sabían qué hacía yo aquí cada viernes, no era algo raro verme en este lugar. Metí las manos en los bolsillos del jean mientras el padre dejaba la jarra en la ventana de la iglesia para mirarme con amabilidad.
—Salúdalo de mi parte—asentí amablemente—. Me ha dicho tu madre que estás interesada en unirte al grupo de las hermanas de la castidad.
Sonreí aunque no me sentía con ganas para sonreír o seguir la conversación, pero tampoco tenía la disposición de irme porque, de una u otra manera terminaría hablando con él sobre eso, al fin de cuentas era el padre Carlos quien se encargaba de las pocas solicitudes a la hermandad.
—Aún lo estoy pensando.
—¿Qué te tiene indecisa, hija?, ¿Acaso será Austin Collins?
Esa no era del todo la razón, pero si una parte de ella. Si al final decidía irme por la opción de Austin, no podría unirme a las hermanas de la castidad porque me casaría con él y las hermanas de la castidad no podían tener ningún tipo de relación con nadie.
Uno cree que en pleno siglo XXI los padres dejan de arreglar los matrimonios de sus hijos, pero no es así, la madre de Austin esta tan ilusionada con esa opción como mamá.
Igual Austin no es una mala persona: es amable, dulce, resulta tierno, inteligente, centrado y parece tener muy buenas intenciones. Yo no estaba enamorada de Austin, pero, tampoco podría saberlo si no me daba la oportunidad de conocerlo.
—Así es, padre.
—Oh, no te apresures en tomar una decisión, hija. Dios sabrá guiarte para saber si lo mejor es unirte a sus servidores o llevar una vida familiar junto al buen muchacho Austin.
—Eso espero, padre.
—Entonces no te quito más tu tiempo. Ayer se limpiaron las lápidas y tuvimos especial cuidado con la de tu padre.
—Muchas gracias.
Le di una última sonrisa antes de pasar por su lado para caminar hacia el cementerio donde estaba enterrado Jonathan Adams, mi padre.
A veces..., me preguntaba cómo estaría ahora si él nunca se hubiera ido a esa misión, si se... hubiera quedado conmigo.
Me acerque a la lápida de mármol negro brillante que tenía su nombre en letra blanca junto a una frase corta: "Amado esposo, padre, hijo y soldado". Me senté en la tierra frente a la lápida y mire el mármol como si... fuera él.
—Hola, papá—le sonreí.
Siempre hablaba con él, no me importaba que la gente pensará que estuviera loca o que hablaba al vacío. No sabía si él me escuchaba o no, pero..., me ayudaba a liberarme.
—Aún no logro terminar el discurso para la graduación, no quiero hacerlo en realidad, pero a mamá le emociona la idea y ya sabes que yo no puedo decirle que no—suspire—. Pero eso está bien, ¿No?, los hijos tienen que esforzarse en hacer felices a sus padres y tú sabes que siempre me he esforzado en complacerla.
Me hacía feliz contarle cosas a él, aunque no me escuchará, era fácil imaginar que si estaba allí, sentado frente a mí escuchándome atentamente y sonriendo ante la mención de cualquier cosa.
—Emyli es una chica increíble—asegure mientras arrancaba pequeños pedazos de césped—, muy inteligente y amable, seguro estarías orgulloso de la chica que es, yo se lo repito cada que puedo.
Había dejado de llorar hace años por él, pero aun así lo extrañaba mucho aunque no lo recordaba del todo bien, aun sentía ese dolor en mi pecho de su ausencia y una... parte de mi esperaba que alguien llegará a decirme que había sido mentira lo de su muerte y que llegaría a protegernos por fin.
Pero sabía que eso no pasaría.
—Y mamá está bien—susurré—, ella te extraña también... a su modo, tú sabes cómo es ella—mire le mármol sintiendo esa presión en mi pecho—. Espero que tú también estés bien papá.
Alce la cabeza para ver el cielo despejado y azul, dejando que por un momento esa sensación de libertad y tranquilidad me llenará el cuerpo entero.
—Todas te extrañamos—susurre al cielo—muchísimo, papá, no se... porque te fuiste pero supongo que era lo que tenía que pasar—me abrace a mí misma—, pero no te preocupes, no dejaré que ninguna te olvide, fuiste un gran padre.
Baje la vista a la lápida y recosté mi frente en el frío mármol como si quisiera sentirlo cerca de nuevo, como si quisiera que de ella saliera él y me abrazará para hacerme sentir segura.
Ese era uno de los pocos recuerdos que tenía de papá, recordaba sus abrazos que me hacían sentir segura siempre, que me... alegraban el día.
Pero tenía que irme, a final de cuentas, no podía quedarme aquí para siempre. Tenía que terminar un discurso y comenzar la lista de pros y contras que me harían elegir una de las dos opciones que tenía para mi futuro.
—Deséame suerte esta semana, papá.
Me levante del suelo y me encamine de nuevo a la iglesia para volver a la plaza, tomaría un café mientras esperaba a que Amaia volviera del gimnasio para ir a casa.
Me tope de nuevo con el padre Carlos en la puerta de la iglesia, pero no estaba solo.
—Eira—me saludo Adriana Collins alegre—, que placer verte.
Me acerque a ellos con una, ya practicada, sonrisa amable y acepte el abrazo que la mujer de cabello negro me ofrecía.
Adriana Collins era la amiga más cercana de mi madre y, de hecho, había sido mi madrina de primera comunión y bautismo.
Lentamente me soltó y su hijo, Austin solamente me sonrió mientras sus mejillas se tornaban rojas como siempre que estábamos frente a frente.
—Igualmente—le sonreí a Adriana—, pero ya me iba.
—Oh, ¿Y a dónde vas?—preguntó curiosa.
Internamente quise tener a alguien que entrará por la puerta y dijera que alguna casa se estaba quemando para no tener que decirle a Adriana que iría a la cafetería a esperar a Amaia.
—A la cafetería.
Respondí al ver como el padre Carlos se retiraba con una sonrisa, Adriana sonrió alegremente y tomo a su hijo por el hombro para acércalo a ella.
—¿Por qué no acompañas a Eira?—Adriana se giró a ver a su hijo con la misma mirada silenciosamente amenazante que conocía en mi madre—, yo tengo algo que hablar con el padre y luego iré al centro comercial por unas cosas.
—No es necesario—me apresure a decir—, yo esperó a Ama—
—No importa querida—me interrumpió Adriana—, es muy peligroso que una chica como tú ande sola por ahí—me miro con preocupación—, ¿Y si algo te pasara?, ni Austin ni yo nos perdonaríamos eso.
Pero ya había pasado...
Austin me ofreció una mirada que tenía grabada la palabra: "Lo siento". Me esforcé en sonreír amablemente mientras guardaba mis manos en mis bolsillos.
—Está bien, solo si Austin quiere no tengo ningún problema.
—Si quiero.
Respondió Austin mucho antes de que su madre terminara de girar la cabeza en su dirección.
Sonreí algo incomoda y me despedí de Adriana que le dio dinero a Austin para que me "invitará algo". Salí de la iglesia en compañía de uno de los chicos más lindos de Terry.
Austin Collins había sido el deseo de pasillo más repetido durante toda mi vida, siempre que iba pasando de un curso a otras, más chicas comenzaban a ponerle más atención y murmurar entre ellas que lo querían. A mí me daba igual. Pero más de una vez lo noté incomodo por los comentarios que recibía de parte de la población femenina.
Todo empeoró cuando comenzó a ganar popularidad en el equipo de fútbol de la preparatoria, eso solo hizo que todos comenzarán a hablar de él y lentamente tuvo que adaptarse a esa atención. Pero..., lo había conocido parte de mi vida, lo había visto cada fin de semana en mi casa y sabía que era la clase de chicos que preferían pasar desapercibidos aunque su físico los hiciera resaltar.
—Lamento lo... de antes.
Gire la cabeza para mirarlo en cuanto hablo con esa toda de culpa y vergüenza, sus mejillas se sonrojaron cuando me ofreció una sonrisa amable.
—No importa—le aseguré—, no es como si nunca hubiéramos ido por un café.
—No es eso—siguió susurrando casi con vergüenza—, mamá es algo... intensa al respecto.
—¿Intensa?
Nos acercamos a la plaza y vi a las personas pasar de un lado a otro para ir a donde fuera que iban, pero, alguien paso muy rápido a mi lado empujándome, haciendo que mi espalda terminará contra el cuerpo de Austin.
Me gire de inmediato y me aleje de su cuerpo, sentí por primera vez en presencia de Austin. Austin no me ponía nerviosa, a veces solo me incomodaba su incomodidad al estar cerca de mí.
El rostro de Austin estaba completamente rojo y sus manos apretadas en puños.
—Lo siento, yo no—
—No pasa nada—me interrumpió con delicadeza—, sé que no fue tu culpa.
Ahí, con las mejillas completamente rojas y sus ojos marrones mirándome fijamente, admití que Austin era atractivo. Su cabello castaño claro parecía dorado por la luz del sol, su mandíbula marcada y rostro perfilado lo hacían parecer maduro, su cuerpo era fuerte por el deporte que practicaba. Todo él era atractivo.
—Mejor, vamos a la cafetería.
Me gire y comencé a caminar más rápido tratando de ignorar la punzada que me apretó el pecho.
No importaba lo atractivo que fuera, lo amable que fuera y lo mucho que tratará de esforzarse porque fuéramos algo, porque yo sabía que no podía corresponderle como merecía.
Entre en la cafetería y me senté en una mesa que estaba al lado de la ventana desde la que podía ver a las personas pasando por la plaza, Austin se sentó frente a mí con las manos sobre la mesa con notable confusión.
Austin era fácil de leer, siempre lo había sido, su rostro siempre dejaba ver lo que pensaba y me era fácil comprenderlo.
—¿Pasa algo?—preguntó confundido luego de un rato—, ¿Dije algo que—
—No—lo interrumpí con la vista fija en la ventana—, no fuiste tú Austin.
No tardó en llegar un mesero y yo pedí un batido de vainilla, mientras que Austin ordenó un batido de chocolate y dos trozos de tarta de fresa.
—Espero no te moleste—susurró en cuanto se fue el mesero.
—Está bien—asegure.
Volvimos a quedar en silencio y..., por un momento me hubiera gustado ser esa niña de 6 años que obligaba al amigo de su mamá a jugar a las princesas.
Austin y yo habíamos sido buenos amigos hasta los seis años, siempre estábamos jugando y hablando, pero luego..., yo me había alejado de todos, aunque Austin seguía yendo a casa luego de la iglesia, yo ya no hablaba con él, no jugaba con él. Y con los años, cada vez era más incómodo y tenso el ambiente cuando estábamos solos.
—Mamá me dijo que darás el discurso de la graduación—comentó para romper el silencio.
Lo mire confundida, pero la respuesta llego sola: mamá le había dicho a Adriana. No me sorprendía, ella nunca perdía la oportunidad para decir las cosas buenas que hacía o me pasaban.
—Si—murmure algo incomoda—, aunque no está listo.
—Aún quedan un mes para la graduación, seguro ya lo tendrás listo para entonces—sonrió.
Mire al chico que había sido mi amigo hace años y vi tanta... seguridad y confianza en lo que decía que, me sorprendió y me confundió.
—¿Eso crees?
—Claro—sonrió amablemente—, recuerdo que siempre tenías los mejores trabajos en la preparatoria.
—Lo dices como si hubiera pasado hace mucho tiempo.
—Cuatro años son mucho tiempo.
Sonreí divertida ante el tono de exageración con el que había dicho aquello, Austin también sonrió abiertamente y vi un hoyuelo formarse en su mejilla izquierda.
El mesero llegó con lo que habíamos pedido y yo tome el batido bajo la mirada de Austin.
—Vi el juego pasado—comenté mientras movía el pitillo dentro del batido—, ahora entiendo el revuelo cada vez que juegan.
Amaia me había arrastrado al partido porque quería escapar de su madre y sabía que le sería difícil a su madre encontrarla entre toda la población estudiantil que se reunía a ver al equipo de la universidad jugar.
En los pasillos se decían lo buenos que era y que llevaban una larga temporada sin perder ningún partido.
—¿Enserio?
La sorpresa de Austin me pareció... tierna, al ver como sus cejas se habían alzado y sus ojos me miraban en busca de cualquier señal de una mentira.
—Si.
Me lleve el pitillo a la boca y deje que el dulce líquido entrará en mi boca. Me gustaba mucho este batido, lo tomaba desde... hacía muchos años.
—No te vi.
—No me quede todo el juego—le expliqué—, Emyli me avisó que tenía que pasar por ella a la preparatoria, así que me fui.
—Una lástima.
Su murmullo lleno de verdadera tristeza me hizo fruncir el ceño.
—¿Qué?—pregunté confundida.
—No haberte visto antes—susurró mientras sus mejillas se sonrojaban de nuevo—, me hubiera... gustado haberte visto entre la multitud.
—No me habrías visto entre tantas personas.
—Lo hubiera hecho.
Sus ojos me miraron con verdadera determinación y... me sentí de repente muy nerviosa de esa mirada, de la forma en la que había asegurado que me hubiera visto entre todas las personas y que le hubiera gustado verme.
¿Enserio le hubiera gustado verme?
No importaba si yo sabía que no podía sentir lo mismo.
Aparte la mirada y partí un trozo de la tarta con la cuchara para tener una excusa para no verlo o hablar. Pero Austin no apartó la mirada de mí mientras que yo masticaba.
—Tu madre nos invitó a tu graduación—mencionó con algo de seriedad—, quería preguntarte si está bien que vayamos.
No me sorprendía eso también, Austin había estado en todos los eventos en los que había participado porque mamá se aseguraba de que estuviera allí, como si eso fuera a asegurar que me enamorará de él.
—Ya los invitó ella—murmure—, se vería muy feo que yo retirará esa invitación.
Austin apretó los labios como... si estuviera conteniéndose o algo similar, en todos esos años no le había visto esa expresión, me desconcertó.
—No—aseguró con seriedad—, enserio quiero saber si nos quieres allí o no.
—Siempre han estado en todos los eventos a los que mamá los ha invitado—comencé a jugar con el pitillo—, ¿Por qué ahora importaría si quiero que estén o no?
—Porque a mí me importa—aseguró.
Y lo que hizo después me sorprendió aún más. Tomo mi mano, la que antes sostenía el pitillo con mucha delicadeza y atento a cualquier reacción de mi parte.
No sabía..., porque ese simple contacto, la calor que su piel dejaba sobre la mía me paralizo. No podía dejar de mirar la mano que cubría mi mano y se sentía como si su piel fuera eléctrica.
No... me gustaba en general el contacto, me resultaba demasiado extraño cuando no conocía a la persona que me tocaba, pero, Austin era... incluso delicado para algo tan simple como tomarme de la mano.
—Si te molesta puedo quitarla, yo no sé—
—No—aparté mi mirada de su mano para ver sus ojos castaños—, está bien.
Y se sentía bien, eso era todavía más raro. No es que eso hiciera que me pusiera nerviosa o que el estómago se me revolviera como en los libros, pero, si... se sentía agradable.
—Y también está bien si van a la graduación—murmure tomando con mi otra mano el pitillo—, somos amigos después de todo ¿No?
—Si.
Pero eso hizo que su alegría decayera un poco, alejo su mano y una parte de mí se sintió aliviada de que ya no sintiera su calor directamente en mi cuerpo, como si me hubieran dejado respirar luego de estarme ahogando por un rato.
Comimos en silencio y volví la vista a la ventana, donde las personas pasaban en concentrados en su vida o la persona que iba a su lado, entre ellas vi una cabellera rubia, pensé que era Amaia, pero se trataba de su madre que iba hablando alegremente con un hombre algo más mayor que ella.
Fruncí el ceño de desagrado hacia esa mujer y volví la vista al frente, donde veía de nuevo la incomodidad en el rostro de Austin, que jugaba con el vaso de cristal vacío en sus manos.
—¿Y qué vas a hacer cuando termines la carrera?—pregunte luego de un rato para no estar en silencio—, mamá me dijo que estabas por terminar la licenciatura en educación física.
Eso pareció emocionarlo, porque sonrió abiertamente.
—Pues, me ofrecieron un contrato para un equipo de fútbol profesional—murmuro emocionado—uno muy bueno.
—Que bien—sonreí honestamente—, seguro tu madre está muy emocionada.
—Esta histérica con eso—sonrió divertido—, no quiere que me vaya de aquí pero quiere que conozca el mundo y cumpla mis sueños.
Sonreí porque no sabía que decirle al respecto.
Ojalá pudiera tener esa oportunidad de alejarme de aquí y conocer el mundo, ver qué más puede ofrecerme el mundo. Pero no quería los riesgos que traía consigo otro lugar, no quería preocuparme nunca más por nada así que, era mejor quedarme aquí, en casa.
—¿Y tú?—preguntó curioso—, he escuchado por ahí que te ofrecieron un puesto en una compañía prestigiosa.
Y así había sido, pero tendría que mudarme, tenía que dejar a mi familia e ir a otra ciudad donde no tendría a nadie.
Amaia me había rogado que aceptará pero esa misma tarde negué el ofrecimiento y no le dije nada a mamá porque sabía que ella me quería cerca para cuidarme y yo no tenía intenciones de irme
—Si—murmure algo incomoda—, pero no era para mí.
—¿Por qué no?—se removió en la silla para mirarme con completa curiosidad—, escuche que muchas de tus compañeras querían ese puesto.
—Si, por eso lo rechace—me rasque la nuca incomoda—, no era lo mío.
—¿Y entonces que es lo tuyo?
Esa era una muy buena pregunta. Gire la cabeza para ver a la ventana y me sorprendió ver la plaza casi sola, eso solo pasaba cuando pasaban de las 5 de la tarde.
Saque mi celular del bolsillo trasero del jean y eran exactamente las 5:45 pm.
—No puede ser.
Me puse de pie al ver el montón de mensajes que tenía de Em, que, había salido cerca de hace una hora de la preparatoria.
—¿Qué pasa?
—Me tengo que ir.
Saque un billete de la funda del celular y lo deje sobre la mesa, Austin de inmediato me lo tendió.
—Deja yo pago y te acompaño.
—No es necesario, puedo pagar yo.
Austin no lo puso a discusión porque me puso el billete en la mano y dejo él el dinero sobre la mesa.
Salí mientras llamaba a Emyli, debía de estar furiosa porque la había olvidado.
¿Cómo era posible que hubieran pasado casi tres horas y no me hubiera dado cuenta?, no teníamos la conversación más interesante del mundo con Austin como para echarle la culpa a eso.
—Pensé que te habían secuestrado—se quejó Em apenas contesto.
—Lo siento, es que se me pasó el tiempo y no me di cuenta de la hora—me disculpe—, ¿Ya estás en casa?
—No—escuche que se reía divertida—, estoy en casa de Alice, ¿Vienes por mí?
—Estoy allá en cinco minutos—aseguré.
Austin caminaba a mi lado en silencio, con las manos en los bolsillos y la mirada sobre mí.
—¿Cinco minutos tuyos o cinco minutos de verdad?—se burló
—Es la primera vez que me tardó, no seas cruel—me defendí.
—Es la segunda vez este mes—me recordó—, ¿Recuerdas el viernes de la semana pasada?
—Tenía que hacerle un favor a mamá—me defendí de nuevo—, ya nos vemos.
—¡Tú no puedes ponerte de mal humor porque no fuiste a la que olvidaron!
Corté la llamada y guarde mi celular de nuevo en el bolsillo trasero del jean, metí mis manos en mis bolsillos y me dispuse a caminar en silencio al lado de Austin.
—Lamento haberte retrasado—se disculpó como si enserio fuera su culpa.
—No pasa nada—sonreí al camino porque sabía que me veía—, no fue tu culpa.
El resto de camino fue silencioso, llegue a la casa de Alice, la amiga de Emyli y toque la puerta para esperar a que saliera mi hermana. Austin espero unos pasos más atrás mientras que la puerta se abría y Emyli salía con su cabello castaño recogido en una trenza de lado y una sonrisa grande.
—Hola hermanita hermosa—saludo alegre—, ¿Sabías que te amo?
—¿Ahora qué hiciste?
La sonrisa de ángel y el tono dulce que ella había usado significaba que quería ayuda con algo, algo que no me gustaría.
—¡¿Por qué crees que hice algo?!—preguntó en exceso ofendida—, a lo mejor solo... ¡¿ESTAS SALIENDO CON AUSTIN?!
Estaba segura de que su grito lo había escuchado perfectamente cada persona en la cuadra, en especial el chico a unos pasos de nosotras. Sentí que todo mi rostro se ponía completamente rojo y mire a Emyli muy molesta.
—No, no estoy saliendo con él. Y seguiremos hablando en casa.
—Deberías salir con él—murmuro divertida pasando a mi lado—, se verían muy lindos juntos.
Entrecerré los ojos cuando, muy divertida y alegre tomo la mano de Austin para comenzar a hablar de su día mientras caminábamos de vuelta a casa.
Austin vivía a unas casas de las muestras así que no era un problema que nos acompañará, además de que Emyli no le había dado otra opción, a veces no parecía que tuviera 16.
Austin sonreía por compromiso a lo que decía Emyli cada vez que ella lo miraba y me parecía divertida la forma en la que casi me pedía ayuda con los ojos cada que mi hermana no lo miraba.
—Deja de molestarlo, Em—repetí por cuarta vez en 15 minutos.
—Yo no lo molesto—se defendió ella—, ¿Verdad que no, Austin hermoso?
Él no dijo nada y Em siguió hablándole de algo que no estaba escuchando porque iba tratando de hablar con Amaia, habíamos quedado de vernos en la plaza y no había pasado eso.
Ni siquiera me había escrito o llamado para avisarme que no iría a la plaza, ¿Acaso...?
—Tengo deberes que hacer—canturreo Emyli divertida—, te veo adentro hermanita hermosa.
Me sonrió angelicalmente y yo le mire todo el camino hasta el interior de la casa, respire profundo antes de mirar a Austin que sonreía divertido.
—Algo quiere, ¿Verdad?
Hasta él se había dado cuenta.
—Si—guarde mis manos en mis bolsillos—, gracias por haberme acompañado hoy, Austin.
—No tienes por qué darlas—murmuro sonrojándose, de nuevo—, mejor dicho gracias a ti por haberme dejado acompañarte.
Sonreí a modo de despedida y volví al interior de la casa, escuche los pasos de Austin alejándose así que entre a la casa donde Em me esperaba con los brazos cruzados.
—¿Qué fue esa despedida tan fea?—se quejó—, te aguanto toda la tarde y me aguanto a mí de camino a casa ¿Y no le diste ni un besito?
—Mi vida amorosa es lo último que debería preocuparte—me cruce de brazos—, ¿Qué paso hoy?
De repente su queja quedo en el olvido porque sonrió inocentemente mientras sacaba del interior de su saco del uniforme un papelito pequeño.
Lo tome con algo de desconfianza y mire lo que tenía escrito el papel: "Cordialmente invitada a la fiesta que se hará mañana en la noche en mi casa"
—¿Una fiesta?—la mire incrédula—, sabes que mamá no te dejará ir.
—No—alargó divertida—, pero si tú le dices que iras a recogerme si lo hara—junto rápidamente las manos frente a su cara—. Por fa, Eira, ayúdame esta vez y no te pediré nada el resto del año.
—Me dijiste lo mismo hace tres meses—le recordé.
—¡Pero esta vez es enserio!—me aseguró—, ¿Si?
Respire profundo porque sabía que no le diría que no a nada y, por eso ella se aprovechaba de eso para conseguir lo que quería. Asentí y ella me rodeo emocionada con sus brazos mientras me repetía lo buena hermana que era.
Pero me preocupaba Amaia, cada vez que ella... desaparecía por tanto tiempo era por algo malo, por algo que la destrozaba, por algo de lo que no podía escapar y la consumía lentamente.
Deje a Em en su cuarto para que hiciera sus deberes y entre en mi habitación dispuesta a llamar a Amaia hasta que atendiera, pero no fue necesario.
—No preguntes nada—susurró con la voz quebrada—, por favor.
Ella no necesitaba decir más para que corriera a su lado y la consolará en silencio, dejándola sacar por dentro todo el dolor y sufrimiento que tenía por dentro, que le quemaba el cuerpo entero y la hacía sentirse mal con ella misma.
Sentía cada lágrima que ella derramaba como mía, porque ella ya me había consolado antes a mí, porque ella ya había aguardado a que yo liberará todo lo que tenía por dentro así que lo justo era que yo hiciera lo mismo.
—No es tu culpa—susurré contra su cabello mientras ella se aferraba a mi ropa con fuerza en cada sollozo —, no eres tú la que hace eso Amaia, eso no te define.
Deje que sollozará contra mi pecho mientras que yo le acariciaba la espalda y trataba de consolarla. Sabía cómo se sentía, la entendía aunque no en toda la complejidad de su situación.
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Este es el primer capitulo y de corazón espero que les guste.
Próximo capítulo: viaje y primer encuentro.





