El Pacto Roto Por La Envidia

Mireya POV:

La habitación del hospital era blanca y silenciosa, una mortaja fría para nuestros espíritus rotos. Estela y yo yacíamos en camas contiguas, separadas por solo un metro, pero unidas por un abismo de dolor y traición. El silencio entre nosotras no era de paz, sino de desesperación. Un silencio pesado, como el plomo, que aplastaba cualquier atisbo de esperanza.

Estela, con un esfuerzo que le costó un gemido, se incorporó un poco. Su rostro, antes tan vibrante, estaba pálido, casi translúcido por la cantidad de veneno que habían usado para inmovilizarla. Sus ojos, normalmente llenos de un fuego indomable, ahora eran charcos de lágrimas silenciosas. Extendió su mano temblorosa hacia la mía, y la apretó con la poca fuerza que le quedaba. Su piel estaba fría, como si la vida apenas circulara por sus venas.

"Él... Efraín me llamó," susurró su voz, apenas un hilo. Las lágrimas brotaron de sus ojos, surcando el rastro de la suciedad y la sangre seca en su mejilla. "Me gritó. Dijo que soy una irresponsable. Que cómo se me ocurre meterme en problemas y que si no estuviera con él, nadie me querría así, 'rota'."

Su agarre en mi mano se hizo más fuerte, como si temiera desvanecerse. "Mireya, ¿te acuerdas cuando éramos pequeñas? Soñábamos con esto... con un amor grande, con una vida plena. ¿Cómo pudimos ser tan estúpidas?" Sus palabras, llenas de arrepentimiento, me dolieron. Pero no era arrepentimiento por lo que habíamos hecho, sino por lo que habíamos creído.

Miré su pierna inerte, apenas visible bajo las sábanas blancas. Estela, la bailarina. La niña prodigio. La que volaba en el escenario, grácil y poderosa. Su vida entera había girado en torno a ese don, a la danza. Desde que teníamos memoria, su cuerpo era su templo, su expresión más pura. En nuestra comunidad, ella era la más prometedora, la más talentosa. Su futuro brillaba más que el sol de mediodía, un camino alfombrado de aplausos y éxitos. Ahora, todo eso se había ido. Destrozado, como los huesos de su pierna. No solo su carrera, sino su identidad. El veneno que habían usado los atacantes había afectado nervios clave, haciendo que la recuperación fuera imposible. Nunca más bailaría. Nunca más ocuparía su lugar en la cima.

El sonido de su teléfono rompió el silencio de nuevo. El nombre de Efraín brillaba en la pantalla. Estela lo miró, sus ojos vacíos. Contestó con un suspiro. Y luego, la explosión. La voz de Efraín, incluso a través del altavoz, era un trueno. "¡Te dije que no te metieras en problemas! Mira lo que has hecho. Ahora la prensa va a empezar a preguntar. ¿Y mi imagen? ¿Y la empresa? ¿Crees que esto es un juego, Estela? ¡Eres una bailarina, no una heroína!" Su desprecio era palpable, un veneno diferente al que le corría por las venas.

"Si no fueras tan imprudente, mi amor, no estaríamos en esta situación," dijo, su voz cargada de falso cariño. "Daniela necesita mi apoyo ahora. Tú solo eres un estorbo." Su voz se endureció. "Si no puedes cumplir con tus responsabilidades como mi esposa, buscaré a alguien que sí pueda. No me decepciones, Estela."

Estela intentó fingir indiferencia, su labio tembló. Pero las lágrimas, traicioneras, volvieron a fluir, calientes y amargas. Apreté su mano con fuerza. Ella no estaba sola. Nunca lo estaría.

"Nos vamos, Estela," dije, mi voz ronca por el llanto contenido. "Dejemos esto atrás. Empecemos de nuevo. Lejos de ellos. Lejos de sus mentiras y su crueldad."

Ella asintió, una simple inclinación de cabeza, sus ojos fijos en los míos. Su silencio era su acuerdo.

Y entonces, nos rompimos juntas. Lloramos. Lloramos por nuestros bebés perdidos, por nuestros sueños destrozados, por las vidas que habíamos imaginado con hombres que resultaron ser monstruos. Lloramos por el dolor físico, por las heridas invisibles, por la traición. Era un torrente de todas las emociones reprimidas: el miedo, la rabia, la angustia, la desesperanza.

Creímos en el amor. Creímos en ellos. Recuerdo el día de nuestra boda. Las cámaras, los flashes, los susurros de la gente. "Las hermanas Villa han cazado a los Vázquez. Qué suerte." Nosotras, hermosas en nuestros vestidos blancos, creyendo que éramos las protagonistas de un cuento de hadas. Qué ingenuas.

Marcelo me miraba a los ojos durante la ceremonia, sus palabras de amor sonaban tan sinceras, su toque en mi mano tan firme. Creí que ese brillo en sus ojos era amor. Estela, a pocos metros de mí, sentía lo mismo con Efraín. Pensamos que nos habíamos encontrado con nuestros destinos, que habíamos sido bendecidas con los guardianes más poderosos y protectores de nuestra comunidad. Todas las promesas, todos los juramentos... todo fue una mentira.

Esa ilusión de felicidad se desvaneció hace apenas tres meses. Marcelo empezó a distanciarse, su atención se desvió por completo hacia Daniela. Mi embarazo, que debería haber sido motivo de alegría y unión, fue ignorado. Para él, yo era una incubadora, y ni siquiera eso.

Efraín, por su parte, se hundió en la bebida, las reuniones interminables y la indiferencia hacia Estela. Su carrera, su pasión, la veía como un "pasatiempo bonito". Él nunca entendió que bailar era respirar para ella.

Descubrimos la verdad, brutal como un golpe. Éramos un castigo. Una venganza retorcida contra Daniela, la mujer que Marcelo supuestamente no podía tener. Todas sus palabras de amor, sus gestos, sus promesas... solo eran un cruel montaje para mantener a Daniela a raya, para herirla a través de nosotras. Todas las miradas de amor que nos dieron eran para ella. Daniela era la mujer que ellos amaban. Y nosotras, sus esposas, éramos solo peones en su juego enfermizo. Qué patético. Qué doloroso.

Marcelo y Efraín pasaban sus días y noches en el hospital privado, al lado de Daniela, pendiente de su 'salud frágil', de sus 'ataques de pánico', de cada capricho. Mientras nosotras moríamos en un hospital público, ellos la cuidaban, la adoraban.

"Nunca volveré a bailar, Mireya," la voz de Estela me sacó de mis pensamientos. Sus palabras eran un eco de las mías.

"Yo nunca volveré a ser madre, Estela," respondí, mi propia voz apenas audible.

Ambas habíamos perdido lo más valioso. Y fue por culpa de ellos. Por hombres que no valían nuestra pena.

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