El Pacto Roto Por La Envidia

Mireya POV:

Mi teléfono vibró en la mesita de noche. Era un video. Daniela. De nuevo. Ella no se cansaba de restregarnos su victoria en la cara. Mis dedos temblaron mientras abría el mensaje.

La imagen me golpeó como un puñetazo. Daniela, en una cama de hospital, rodeada de comodidades. Marcelo y Efraín, sus rostros llenos de una preocupación y devoción que nunca nos mostraron a nosotras. Le sostenían la mano, le acariciaban el cabello. Parecía una escena de una película romántica, pero era nuestra pesadilla.

Lo peor fue ver lo que ella sostenía. Un bebé. Envuelto en una manta, un pequeño bulto rosado, perfectamente sano. Marcelo le susurraba al oído, 'Mi amor, gracias por este milagro'. Daniela sonreía débilmente, con esa falsa fragilidad que la caracterizaba. 'Gracias a ti, Marcelo, por llegar a tiempo. Si no hubiera sido por ti y Efraín...'

La gente alrededor, enfermeras, médicos, murmuraban con admiración. "Qué suerte tiene Daniela," dijo una mujer. "Sus hermanos son tan devotos. La cuidan como si fuera una reina."

Alguien preguntó, casi inaudible, "¿Y sus esposas? ¿Las gemelas? ¿No deberían estar aquí?" Pero la pregunta se ahogó entre los elogios a Daniela, a su valentía, a su 'milagro'. Era como si nos hubieran borrado de la existencia.

El teléfono de Estela también vibró. La misma imagen. El mismo video. Ella lo miró, sus ojos vacíos. No derramó lágrimas. No gritó. Nada. Solo un silencio abrumador.

"Mireya," dijo Estela, su voz monótona. "No vale la pena. Que se queden con ella. Que sean felices en su jaula de mentiras."

Respiré hondo, el aire quemándome los pulmones. Ella tenía razón. Teníamos que ser tan frías como ellos. Tan despiadadas. Había llegado el momento de actuar.

"Contactaré a la administración. Solicitaremos la disolución de nuestros contratos matrimoniales," dije. Mis palabras sonaron firmes, a pesar del temblor en mi interior.

La administración respondió con inusual rapidez. Dos días después, recibí los documentos. Los papeles, fríos y formales, estaban listos para ser firmados. Se suponía que los entregarían a Marcelo y Efraín, pero no hubo respuesta. Dos días de silencio. Dos días en los que cada segundo se sintió como una cuchillada lenta.

Mi paciencia se agotó. Mi corazón, ya roto, no podía soportar más esta burla. A través de la conexión mental que aún persistía, envié un mensaje a Marcelo. ¿Recibiste los documentos?

Un minuto después, mi teléfono sonó. Él. "¡Mireya! ¿Qué quieres ahora? ¿No puedes dejarme en paz? ¡Estoy ocupado!" Su voz era una mezcla de ira y frustración.

"¿Recibiste los documentos?" repetí, tratando de mantener mi voz firme, sin traicionar el temblor que sentía.

"No voy a firmar nada. No ahora. ¡Estás loca si crees que voy a hacer esto por tu capricho! ¡No voy a regresar a esa casa de locos que dejaste!" Su voz se elevó, volviéndose más agresiva.

Solo pude permanecer en silencio. Su egoísmo era una barrera impenetrable. Él era un narcisista, incapaz de ver más allá de sí mismo.

Entonces, la voz de Daniela. "Marcelo, mi amor, la comida está lista. Te estoy esperando." Sonaba dulce, pero había una amenaza velada en sus palabras.

Marcelo intentó susurrar, "Daniela, ahora no." Pero yo había escuchado. Una risa amarga escapó de mis labios.

"¿Estás tan ocupado con tu 'hermana' que no puedes manejar tus propios asuntos, Marcelo? ¿O es que ella te tiene tan bien controlado que ya no eres dueño de tu propia vida?" Las palabras me salieron sin pensar, punzantes como puñales.

Un gruñido furioso escapó de él. "¡No te atrevas a hablar así de Daniela! Ella está delicada con su embarazo y yo tengo que cuidarla. No como tú, que solo me causas problemas."

"¿Embarazo?" La palabra me golpeó en el pecho. Embarazo. Ese eco me destrozó por completo. Mi bebé. Nuestro bebé. ¿Cómo podía hablar de "su" embarazo, de "su" bebé, cuando el nuestro había sido asesinado por su negligencia?

"¿Y mi bebé, Marcelo? ¿Dónde está nuestro bebé? ¿Lo recuerdas? ¡El que perdiste por estar ocupado con Daniela!" Mi voz se quebró, un grito de dolor y rabia que resonó en el auricular.

Su tono cambió, volviéndose más hostil. "¡No me hables de ese 'bebé'! ¡Tú lo hiciste! ¡Tú te lo buscaste! ¡Es tu culpa!"

"¡Oh, Marcelo, deja de gritarle a tu hermana! Podría hacerte daño al bebé," Daniela intervino, su voz ahora más fuerte, más perversa. "Ella siempre ha sido así, celosa, amargada. No la escuches. No vale la pena."

Las palabras de Daniela, como cuchillos en mi carne ya abierta, me hicieron tambalear. Mi cabeza daba vueltas. Las heridas de mi cuerpo, que apenas empezaban a sanar, ardían. Mi respiración se volvió errática.

"Tiene razón, mi amor," dijo Marcelo, su voz ya completamente en calma, volcada en Daniela. "No te preocupes. Me encargaré de todo. Siempre te cuidaré a ti y a nuestro bebé."

Colgó. El silencio del teléfono muerto fue ensordecedor. Me desplomé en la cama, las lágrimas brotando incontrolablemente. La realización de que él nunca se había preocupado por mí, ni por nuestro hijo, me destrozó por última vez. Cada fibra de mi ser gritaba de dolor, de traición.

Estela, que había escuchado todo, se arrastró de su cama a la mía, con su pierna inmovilizada arrastrándose dolorosamente. Me abrazó, sus propias lágrimas empapando mi hombro. "Ya basta, Mireya. No podemos más. Tenemos que ir a la administración, ahora. No podemos esperar a estos imbéciles."

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