Capítulo uno
Norma Bermúdez con diecinueve años ha estado pocas veces en situaciones que la hacen cuestionar todo, ahí se encontraba sentada viendo hacia una pared blanca mientras entre su mano tenía la camisa de su padre; una sonrisa irónica se formo en sus labios ahora debía de hacerse cargo sus hermanos pequeños.
Se paso la mano por el rostro esa que todavía tenía sangre fresca, sangre de él, del único hombres del cual pensó que jamás la dejaría, pero no fue así ya que la dejó, sola y con temor, una mano en su hombro la hizo mirar hacía su derecha y observar que estaba el doctor que le dio la mala noticia sobre la muerte de su progenitor, del único que tenía y le quedaba.
«—Hija, mañana me pagaran el trabajo que fui hacer a aquella gran casa —dijo su padre y ella asintió.
—No te preocupes papá, la beca estudiantil ya me la dieron y con ella cancele este semestre —expreso encogiéndose de hombros —Ahora solo debemos de comprar la comida y pagar la luz, el gas y el agua.
—Si, además los niños están pidiendo que le hagas un pastel para su cumple —dijo sacudiendo su cabeza divertido —Ellos creen que uno es banco.
—Son niños papá, que se le puede hacer —rebatió ella riendo —No te preocupes yo puedo caminar el trayecto de la casa a la uni —comentó abrazándolo.
—No hija —respondió su padre —Es muy largo, además deberías de salir aun cuando esta oscuro y no es seguro.
—No seas paranoico papá —murmuró ella —Ya me voy a casa, solo venía a dejarte la comida aprovechando que ellos duermen su siesta.
—Te amo mucho hija —espectó su padre abrazándola —Eres un gran orgullo para mi —añadió.
—Y a mi me da gusto saber eso —expreso Norma sonriendo y caminando de espalda por la acera.
Su padre no la veia a ella sí, sino que miraba hacia la carretera y corría a ella para empujarla hacia atrás cayendo sobre unos arbustos recién cortados y solo pudo escuchar el sonido del auto rechinando las llantas y el impactó de un cuerpo. Aturdida y a como pudo se levanto minutos después ya que la cabeza había dado contra el muro en donde estaban los arbustos.»
Salió de sus recuerdos mirando al doctor.
—Señorita debe de hacerse cargo de todo referente a su padre —le informó.
—No tengo ni donde irme a caer muerta doctor —masculló rodando sus ojos —Pero ya veré como hago con ello —dijo al final.
—Puede pedir ayuda a recursos humanos —comentó el hombre —Explicarle el caso para que le ayuden con el ataúd.
—Bueno —murmuró ella asintiendo —Ya iré, debo de lavarme el rostro —expreso señalándose con la mano en donde todavía estaba la camisa de su padre.
El doctor asintió y se marcho de ahí, cuando lo perdió de vista soltó un suspiro mientras se levantaba y iba hacia el baño, en el espejo donde se miro la hizo apretar sus labios haciendo que sus ojos comenzaran a llenarse de lágrimas; estaba llena de sangre su ropa, su rostro, sus manos y sus piernas, apoyo sus manos sobre el lavado cerrando sus ojos.
No se iba a permitir fallar, ni llorar debía de ser fuerte por sus hermanos, esos pequeños que estaban en el pequeño departamento que tenían y del cual ahora ella debía de hacerse cargo, cuando abrió sus ojos comenzó a lavarse las manos y el rostro, quitándose la sangre de su padre. Todo había sido demasiado rápido y confuso, todavía no procesaba esa parte, estaban en la cera cuando un auto salio de la autopista y se iban directo hacia ellos, donde estaban su padre la aventó para que el auto no la golpeara a ella.
Pero si a él, quien quedo en el suelo envuelto en un charco de sangre, siendo consciente de que jamás volvería a escuchar su voz, sentir su mirada y sobre todo a abrazarlo, un sollozo se formó en sus labios. Aquello estaba resultando sumamente difícil, lo más gracioso de todo era que la persona que iba manejando no le paso nada.
Pensó en como le daría la noticia a dos personitas que su padre era todo para ellos, cuando se volvió a ver en el espejo pudo ver que sus ojos se veían irritados a pesar de que no lloraba, se acomodo el cabello ese que estaba enredado y lleno de pequeñas ramas, exhaló un suspiro mientras se volvía a limpiar el exceso de agua en su rostro.
Salio de ahí para ir hacia recursos humanos y pedir la ayuda, se mordió el labio cuando estuvo frente a la puerta parpadeando. Elevó su mano y toco dos veces cerrando sus ojos, cuando la puerta se abrió pudo ver al doctor que le había atendido y otra persona, quien le brindo una pequeña sonrisa.
—Pase señorita —expreso el hombre —El doctor ya me ha puesto al tanto de todo —comentó cuando entró —Debe de llenar un formulario diciendo el porque pide de la ayuda, aunque ya hemos avanzado una parte del mismo por lo que solo debe usted rellenar su parte, en estos momentos se esta preparando el cuerpo de su padre para el velatorio.
—Claro —respondió ella agarrando los papeles que le daban.
Relleno cada línea con el corazón encogido, el nudo en su garganta aumentaba cada vez más al paso que seguía escribiendo, deseaba que todo fuera mentira, un sueño uno del cual se despertaría y vería que solo fue una pesadilla, pero en el momento en que plasmo su firma al final de los papeles todo se volvió más real, más doloroso.
—Al dejarnos aquí la dirección podemos enviar el cuerpo de su padre —exclamó el doctor, Norma lo miro y asintió —Entonces puede ir a su casa —dijo.
—No —respondió ella —Yo quiero se lleve directo al cementerio —comunicó —No le haremos velatorio —añadió con una sonrisa amarga —Solo somos tres ahora y no quiero que mis hermano vean a mi padre así.
Ambos doctores se vieron para luego asentir.
—Tenemos disponibles la cremación muchacha —dijo el de recursos humanos —Si deseas cremarlo, deberías de dar un pago mínimo a quinientos dólares.
—¿Y donde saco yo quinientos dólares? —preguntó ella negando con su cabeza —Si vine aquí a pedir ayuda, es porque no tanto nada de dinero —exclamó elevando las voz y moviendo sus manos.
—Entonces así se hará —comentó el doctor —Lamentamos tu perdida —añadió cuando ella estaba en la puerta.
—No tanto como yo doctor —dijo —No se imagina lo que se me viene encima con esto —masculló cerrando la puerta tras de sí.
En sus palabras había tanta verdad, que no entendían y ni lo sentían. Acaso a ellos se les murió su padre en sus brazos, vieron como la vida de ellos se iba poco a poco, que las palabras que no pudo emitir a causa de la sangre que tenía en su boca y garganta era intendible y sobre todo que ese sonido lo recordarías siempre, dudaba que ellos hayan pasado algo parecido.
Si con la muerte de su madre todo fue un cambio radical, uno de trescientos sesenta porque de la nada una hija adolescente se quedaba sin madre a los doce años, con dos bebés que necesitan de todo su amor y que debe de criarlos mientras su padre se gana la vida como jardinero, todavía podía recordar que en las noches le reclamaba a su madre entre la penumbra, soltando maldiciones a todo ser que le pudiera escuchar, porque a ella la hicieron crecer rápido.
Tal vez muchos dirían que porque aquí lo quiso, pero su padre era el mejor del mundo y no habían palabras para poder describir lo que sentía por el. Por eso cuido y crió a los mellizos, Mauro y Mónica dos personas que amaba con locura y que ahora tenían siete años, no sé dio cuenta Norma que había llegado al portal de su edificio y que entraba en automático, así se encontraba, podía sentir las miradas de sus vecinos encima; pero sus ojos estaban en los niños que abrazaban una camisa distinta de su padre y lloraban.
—¿Papá? —preguntarón ambos.
Norma trago saliva y se mordió el labio inferior agachándose a la altura de ellos para que corrieran a sus brazos, los sollozos y espasmos de ambos sacudían el cuerpo de ella que los tenía apretados con fuerza contra su cuerpo, dejando que lloraran y sacaran todo. Los sostuvo hasta que sus pequeños cuerpos estuvieron flojos y que el sueño les había llegado, los cargo a ambos entre sus brazos y comenzó a subir las escaleras hacia el segundo piso donde vivían para acomodarlos en su cama, no sin antes de cambiarle la ropa.
Cuando ellos estuvieron vestidos con ropa limpia y de cama, ella fue hacia su cuarto donde se sentó en la cama y apoyo los codos sobre sus rodillas soltando un suspiro entrecortado, dejando así por fin ir las lágrimas que retenía. Lloró porque le arrebataron a su padre, porque la carga ahora era mas grande y porque había gastos que pagar, eran tantas cosas, en una de ellas se encontraba la universidad.
No podía posponer el semestre, debía terminarlo y continuar, además de que sus hermanos estudiaban, aunque ella le ayudaba su padre con todo ello, ahora era ella que debía de provenir tantas cosas. Se metió al baño después de limpiarse el rostro, se desnudó viéndose en el espcjo que tenía pequeños hematomas en la parte de sus costillas, abdomen y muslos, todo a causa del empujón que su padre le había dado para salvarla.
El sonido de su teléfonos a Norma la saco de sus pensamientos haciéndola salir del baño, envuelta en una toalla para ver quien era y viendo que el doctor que le atendió había enviado un mensaje diciéndole que el cuerpo de su padre había sido enterrado, agradeció que hicieran eso porque ella no se sentía capaz de hacerlo, ni de ir a ver donde estaba junto a su esposa. Se acostó en la cama después de haber respondido agradeciendo la información y de haberse puesto una pijama, mañana debía de ir a la universidad llevando a sus hermanos consigo.
Estaba segura que causaría burlas o más de algún comentario mal intencionado, pero no la importaba. Solo eran al final del día rumores, nadie es capaz de ponerse en el calzado de otra persona por decisión propia, porque no eran capaz de soportar una cruz grande y pesado como la de ella, solo deseaba encontrar algo para no caer de picada en todo lo que estaba por venir, además también estaba en que debía de ir a cobrar el seguro de su padre con el cual podrían vivir durante unos dos meses, ya que dicho seguro era reciente y dudaba que le dieran el montón de dinero.
Se durmió pensando en tantas cosas que no se dio cuenta de que sus hermanos se fueron a acostar con ella al poco tiempo dequed se durmió; los tres durmieron abrazados al mismo dolor y partida.





