Capítulo dos
Un estruendo irrumpió la mañana del día siguiente en donde Norma se despertó sobresaltada y asustada, miro a su alrededor y pudo ver las dos matas de cabello rubio que estaban acurrucados a su derecha exactamente donde ella había dormido, se paso una de sus manos por el rostro y miró hacia la pared en donde estaba un reloj digital y que marcaba las cuatro de la mañana, la hora a la cual su padre se despertaba y levantaba, en dos horas tenía que salir hacia la universidad; no sin antes hacer desayuno.
Se levantó con cuidado de no despertar a sus hermanos y fue al baño donde se lavó los dientes y hizo sus necesidades, para luego salir e ir a la cocina y así comenzar a realizar el desayuno; debía también de bañarlos a ellos y alistar dos mochilas para sus cosas, eran tantas cosas que le causaban dolor de cabeza, añadiendo que debía sacar copia de la acta de defunción para entregarla al rector de la universidad. Eran tantas cosas que primero se debía centrar en lo que estaba haciendo, preparo huevos, ensalada de fruta, café y hirvió leche para los mellizos quienes eran fan de la leche caliente, cuando dió media vuelta los encontró al pie del marco de la cocina abrazando un peluche cada uno, con ojos somnolientos.
—¿Papá se fue al cielo como mamá? —preguntó Mónica de forma inocente y en voz baja.
Norma pudo sentir como el molesto nudo en su garganta aumentaba de tamaño haciendo que le costará tragar saliva y las ganas de llorar la abrumaba con más rapidez.
—Sí mis niños —respondió apagando la cocina —Él tuvo que marcharse antes de tiempo y ahora esta con nuestra madre.
—Pero yo no quería que se fuera —chilló Mauro con enojo.
—Mauro —dijo ella suspirando y pasando una de sus manos por el rostro —Yo tampoco quería eso —comentó —Pero así lo quiso el destino. Además ahora nos cuida como un ángel que a pesar de que no lo miremos, siempre esta a vuestro lado. Cuidándolos y guiándolos por un buen camino —expreso.
Tanto Mónica como Mauro se miraron con un puchero en sus labios para luego asentir en silenció, ha Norma le gustaba esa conexión que tenían sus hermanos, por lo que se acercó a ellos y les regalo una sonrisa que no supo cómo se formó en sus labios, que sí bien acaba de perder a su padre ella también, debía de ser fuerte para ellos dos que más que nadie la necesitaba. Les acomodó el cabello detrás de sus orejas y les guiño unos de sus ojos, haciéndolos sonreír a ambos.
—Vengan a comer —murmuró —A partir de hoy vosotros irán conmigo a la universidad
Aunque no sabía cómo lo haría, pero de qué iban con ella, irían.
—¿Y que haremos ahí? —preguntaron ambos, cuando los acomodó en las sillas del comedor.
Para la edad que tenían ambos a veces causaban miedo, ella que era su hermana mayor había momentos en dónde realmente les temía, cuando hablaban al mismo tiempo, era como si se pusieran de acuerdo para hacerlo.
—Nada, ustedes estarán sentados a mi lado —explicó sirviéndole lo que había preparado —Mientras yo recibo mis clases, ustedes deben de permanecer callados. Llevaremos sus cuadernos, lápices y demás cosas para que se entretengan; debo de culminar mi cuarto semestre para poder pausarlo y así dedicarme a buscar trabajo.
—Pero si buscas trabajo, no nos cuidarás —argumentó Mauro bebiendo leche.
—Los modales Mauro —le regañó ella al verlo hablar con la boca llena —No sé, como le haré —exclamó ella —Pero ya veremos que decisión tomar a la hora de ello —dijo.
—Tú no nos puedes dejar como papá —exclamó Mónica con el entrecejo fruncido.
—Claro que no los dejaré —expreso ella viéndolos con una pequeña sonrisa —Ahora coman en silencio mientras me doy un baño y después van ustedes a bañarse.
—Hace frío, yo no me quiero bañar —comentó Mauro estremeciéndose.
Norma sonrió sacudiendo su cabeza yendo hacia su cuarto, dónde comenzó a escuchar los típicos pleitos de hermanos, cuando ella entró al baño se pudo ver que unas ojeras adornaban su rostro, debía de añadir que sus ojos estaban sin brillo y lucían opacados. Decidió que no se pondría a ver que tenía de bien y de mal en su rostro antes de entrar a la ducha, decidió darse un baño rápido, cuando salió de este pudo escuchar que todavía su hermanos seguían peleando, solo que ahora estaba a base de gritos; llevo una de sus manos hacia su sien y se paso dos yemas de sus dedos en esa zona sintiendo que pulsaban bajo sus dedos.
—¡Mónica, ven a bañarte! —gritó haciendo callar las dos voces.
A los pocos segundos pasos apresurados y golpes contra la pared escuchó, haciéndola rodar sus ojos, no había días en que ellos dos quisieran no pelear. Se estaba poniendo el pantalón cuando la puerta se abrió dejando ver a ambos chiquillos quienes se guiñaban el cabello de forma brusca.
—Dejen se pelear por favor —pidió —Ve a bañarte Mónica y tú Mauro, en sus mochilas guarda los cuadernos y cosas que utilizaran mientras este en la universidad. En una ya sea la tuya o la de tu hermana puedes guardar dos mudas de ropa.
—Bueno —respondió el pequeño mirando mal a su hermana que le estaba sacando la lengua, se terminó yendo hacia la habitación de ellos cuando Norma no le quitaba la mirada a él.
Después de ello su mirada fue hacia la pequeña que se sonrojo, caminando rápido hacia el baño haciendo caso a lo que ella le había dicho.
Cuando el reloj marcaba las cinco y cuarenta, ellos estaban listos para marcharse tras dejar todas las luces apagadas y ventanas cerradas, salieron. Ella sabía que las habladurías serían como dinamita a punto de agarrar fuego, además de que antes de todo debía hablar con el rector y explicarle lo que había sucedido con su padre; subieron al bus que la llevarían hacia la universidad; el transcurso del viaje dilataba solo veinte minutos y cinco caminando, los acomodó en uno de los asientos libres y les regalo una sonrisa mientras entre sus manos tenía las mochilas de ellos.
—¿Ahí podremos jugar? —cuestionó Mauro viéndola con la cabeza ladeada.
—Lo harán cuando tenga tiempo libre —le respondió —Ya sabéis que paso la mayor parte dentro de los auditorios, por lo tanto solo tengo como dos horas libres intercaladas, en esos momentos ustedes podrán jugar.
—¿Y sí no nos dejan entrar contigo? —cuestionó Mónica haciendo un puchero con sus labios.
—Hablaré con el rector —dijo —Y le explicaré lo que le sucedió ha papá, además de que solo será este semestre.
Ambos asintieron dejando así el tema por ese día y Norma pudo respirar nuevamente, cuando miro sobre la ventana, pudo ver qué estaban por llegar los bajo del asiento para ir hacia la parte trasera del bus y así bajar; los agarro de la mano para bajarlos, cuando bajaron ellas los agarro de las manos y caminaron en silencio hacia la universidad, podía sentir las miradas de varios compañeros en su cuerpo y en el de los niños, quienes iban en su mundo.
Una compañera que tenía en la carrera de enfermería se acerco a ellos confundida, preguntándole con la mirada quienes eran los niños que iban de su mano.
—Norma ¿Quiénes son estos niños? —le preguntó sin saludarla.
—Hola Adriana —expreso ella sonriendo —Ellos son mis hermanos menores, pero prácticamente son como mis hijos, Mónica y Mauro —los presentó.
—Hola Adriana —saludaron ellos con una sonrisa.
—Hola niños —le respondió la chica con una sonrisa y después mirarla a ella —¡Ajá! La cuestión esta, en ¿Por qué los has traído?
—Veo que no has mirado las noticias —exclamó Norma se habían detenido para atenderla mejor a ella —Mi papá murió ayer Adriana y no puedo dejar a mis hermanos solos en la casa.
—¿Y tú madre? —le cuestionó confundida.
Norma rodó sus ojos, había veces en que Adriana no recordaba ese tipo de información.
—No tengo Adriana, mi madre murió en el parto de los mellizos y solo tenía a mi padre —comentó —Debo de llevarlos conmigo durante un tiempo, por eso traigo los documentos dónde le pediré permiso al rector.
—Siento mucho lo de tu padre —dijo la chica haciendo una mueca —Ayer estuve estudiando para el examen oral que haremos hoy sobre los accidentes de tránsito y todo ello. Pero tu sabes que no miro mucho noticias.
—Lo sucedido fue transmitido en los noticieros —masculló Norma caminando —Vamos sigamos nuestro camino —dijo.
No deseaba pensar en como había muerto su padre, por eso dijo aquello. Sus hermanos se detuvieron haciéndola a ella también tenerla y darse media vuelta para verlos, ellos tenían un puchero en sus labios.
—¿Qué pasó? —preguntó confundida.
—Nosotros podemos esperarte en casa —dijo en voz baja Mónica.
—No —respondió ella de forma rotunda —Paso mucho tiempo fuera de casa, para que ustedes se queden solos.
—Pero no queremos que te regañen —susurró Mauro.
—Amores —exclamó quedando a la altura de ellos —Ustedes van a estar ahí conmigo, porque hablaré con el rector y el autorizará eso —expreso acariciándoles el rostro a ambos —Por lo tanto sigamos caminando, no vaya hacer y no nos dejen entrar a clases —dijo guiñándole uno de sus ojos.
Ellos sonrieron y asintieron después de darle un beso en sus mejillas, ella se puso de pie para seguir con su camino. Aunque el rector diera el permiso, la tocaba a ella lidiar con los maestros, que unos iban de buen carácter, otros que eran unos odiosos y perros con sus estudiantes, aun más si eran becados como ella. Y desgraciadamente tenía clases con unas de las que en la menos oportunidad posible buscaba como dejar mal a los demás y ese día le tocaría a ella.
Respiro hondo ordenándose, que tal vez hoy se encontraba tranquila y no decía nada, aunque si fuera lo contrario sería ella quien estallaría. Porque una de las cosas que más amaba esa maestra era meterse con ella, todavía era un milagro que la pasará su clase con la nota alta, se detuvo donde un señor vendía donas cubiertas de chocolates y compro cinco guardándolas en su mochila y elevando sus cejas hacia sus hermanos que soltaron una risita.
A ellos les encantaba el chocolate, por lo tanto les daría el gusto ese día aunque comerse tres de las cinco no les haría nada de malo, se encaminaron nuevamente hacía atrás y compro tres tazas de chocolate caliente para comerlos, añadiendo tres donas más una para cada uno.
—Gracias —exclamaron ambos niños y ella río.
—Coman mis niños —dijo ella —Cuidado se queman sí con el chocolate, gracias señor —expreso hacia el vendedor que sonreía.
—Gracias a usted por comprarme —dijo el hombre sonriendo hacia sus hermanos —Los niños de los cuales son pocos los que pasan por aquí, aman el chocolate caliente y ellos no son la excepción.
—Si, pero solo es un pequeño gusto de un día —espectó ella suspirando con fuerza —Se merecen un poco de caries el día de hoy.
—Lo que sea, que haya pasado —comenzó a decir —Mejorará, las cosas suceden por algo.
—Puede ser —respondió ella —Pero eso no cambia muchas cosas y una de ellas es que nos dejara sin padre a los tres.
El vendedor le apretó el antebrazo de forma afectuosa y cariñosa con una sonrisa paternal, una que ella correspondió y se despidió a los segundos retomando el camino hacia la universidad, con los pasos de ellos adelante relamiéndose las manos y los dedos a causa del chocolate de las donas, sonrió viéndolos y se prometió que haría lo que sea para mantener esas sonrisas en aquellos rostros tan llenos de vida y de dulzura.





