El olor a desinfectante y el pitido monótono de una máquina me sacaron de una oscuridad pesada, una oscuridad que se sentía como el fondo del océano. Abrí los ojos lentamente, la luz blanca del techo del hospital me quemaba las pupilas. Mi cuerpo era un mapa de dolor, cada músculo, cada hueso gritaba en silencio.
Los recuerdos llegaron como fragmentos de un espejo roto. La carretera mojada por la lluvia, las luces de un camión viniendo de frente, el sonido del metal retorciéndose. Y antes de eso, la humillación. La audición para la Escuela Nacional de Danza de México, el sueño de mi vida, convertido en una pesadilla. Mis pies, que siempre habían sido ligeros y precisos, se sentían como plomo. Mis giros, que eran mi orgullo, terminaron en tropiezos torpes. El director de la escuela, que antes me había mirado con admiración en las preliminares, ahora me veía con una decepción que me partió el alma.
Salí de la audición destrozada, con las palabras de mi novio, Mateo, y mi mejor amiga, Camila, resonando en mi cabeza.
"No te preocupes, amor, a veces pasa," me había dicho Mateo, abrazándome con una fuerza que se sentía falsa.
"Sí, Sofi, ya habrá otras oportunidades," añadió Camila, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Ellos habían brillado. Sus movimientos eran perfectos, fluidos, llenos de una pasión y una técnica que nunca antes les había visto. Consiguieron los dos lugares que tanto anhelábamos. Yo quedé fuera, humillada y confundida. Fue esa confusión, esa nube de fracaso, la que me hizo no ver el camión.
Ahora estaba aquí, viva por un milagro.
La puerta de la habitación se abrió. Eran ellos. Mateo y Camila entraron con flores y una canasta de frutas, sus caras compuestas en máscaras de preocupación.
"¡Sofi, mi amor! ¡Despertaste!"
Mateo se apresuró a mi lado, tomando mi mano. Su piel estaba cálida, pero su toque me provocó un escalofrío.
"Nos tenías tan preocupados."
Y entonces, ocurrió. Justo cuando sus palabras audibles terminaron, una voz diferente, una voz que era suya pero que no salió de sus labios, resonó clara y nítida dentro de mi cabeza.
Qué fastidio, por fin despierta esta inútil. ¿Cuánto más tendré que fingir que me importa? Si no fuera porque el amuleto necesita que esté cerca de ella, ya la habría dejado.
Me quedé helada. Parpadeé, pensando que era un efecto secundario de los medicamentos, una alucinación extraña. Miré a Mateo, que seguía sonriéndome con esa falsa devoción.
Camila se acercó al otro lado de la cama, acomodando mi almohada con un cuidado exagerado.
"Pobrecita, te ves tan pálida. Pero no te preocupes, Sofi, Mateo y yo te cuidaremos hasta que te recuperes."
Su voz era dulce como la miel, pero su verdadero pensamiento fue un veneno que me recorrió entera.
Ojalá se hubiera quedado en coma. Es patético verla así. Pero tengo que aguantar, el Sistema de Intercambio de Talento sigue activo y no puedo arriesgarme a perder la habilidad que le robé. Gracias a su estupidez, ahora yo soy la estrella de la escuela.
El aire se me atoró en los pulmones. No era una alucinación. Estaba escuchando sus pensamientos. El accidente… algo había cambiado en mí. La traición era tan densa, tan palpable, que casi podía saborearla. Era amarga, metálica, como la sangre.
Ellos, mi novio y mi mejor amiga, no solo me habían visto caer, sino que me habían empujado al abismo.
Mateo me acarició la mejilla, su rostro era la imagen de un novio amoroso y sufriente.
"Descansa, mi vida. Lo más importante es que te pongas bien."
Sí, ponte bien rápido, necesito que sigas practicando tu baile de tonta para que mi talento se mantenga en la cima. Tu único propósito ahora es ser mi fuente de poder, fracasada.
Camila asintió, su rostro era pura hipocresía.
"Haremos todo por ti, amiga. Siempre juntas, ¿recuerdas?"
Juntas mis polainas. Eres solo una herramienta. Una vez que me gradúe con honores de la Escuela Nacional, no volverás a saber de mí, perdedora.
La rabia, fría y afilada, comenzó a nacer en mi pecho, desplazando el dolor físico. Amuleto. Sistema de Intercambio de Talento. Robar. Las palabras de sus pensamientos formaban un rompecabezas monstruoso. Ahora todo tenía sentido. Mi inexplicable fracaso, su repentino y milagroso talento. No fue suerte, fue un robo. Un robo descarado y cruel.
Cerré los ojos, fingiendo cansancio para no tener que mirarlos, para que no vieran el odio que seguramente se reflejaba en mi mirada. Ellos habían usado algo, una especie de magia oscura vinculada a un amuleto, para despojarme de mi don, el don que había cultivado con sudor y lágrimas desde que era una niña. Me dejaron vacía, con una versión mediocre de mí misma, y luego celebraron su éxito sobre mis ruinas.
El accidente no fue solo un accidente. Fue la consecuencia directa de su traición. Me habían dejado tan rota por dentro que me volví vulnerable por fuera.
Pero se equivocaron en una cosa. No morí. Y ahora, gracias a este extraño poder que nació de mi experiencia cercana a la muerte, podía oír la verdad detrás de sus mentiras.
Ellos pensaban que yo era la misma Sofía ingenua y soñadora. No sabían que esa Sofía había muerto en la carretera. La que yacía en esta cama de hospital era otra persona. Una persona que había escuchado la profundidad de su maldad y que ahora solo tenía un propósito: recuperar lo que era suyo y hacerles pagar. La venganza sería mi nueva danza.





