El hombre entró a la habitación del hotel y empujó a Miranda contra la pared. El frío metal de la hebilla de su cinturón se presionó contra el abdomen de la mujer, por lo que tembló ligeramente. "Ayúdame", susurró él en su oído, con un tono cálido y urgente.
La habitación estaba oscura. Con manos temblorosas, Miranda alcanzó la hebilla del cinturón.
Sin embargo, como no tenía experiencia y estaba un poco mareada por el alcohol, le resultó difícil desabrocharlo.
Al final, levantó la cabeza para pedir ayuda. "No puedo hacerlo".
Su voz era tan suave que despertó algo en el hombre.
"Déjame enseñarte", contestó riéndose entre dientes.
Su tono era tierno y gentil.
Entonces extendió la mano, pero vaciló cuando su palma cubrió la mano de la mujer.
"¿Qué? ¿Qué ocurre?", preguntó ella, observándolo con las mejillas enrojecidas.
Él agarró suavemente su mano y notó un anillo de diamantes en su dedo medio izquierdo. "¿Estás comprometida?", preguntó con una mirada perpleja.
"Sí".
"Entonces, ¿estás aquí solo por diversión?", agregó él, alzando una ceja.
"¿No puedo?". Miranda esbozó una sonrisa indiferente.
Si Edwin podía estar con Maggie, ¿por qué debería ella serle fiel?
La mirada del hombre se volvió penetrante y la arrinconó contra la pared con sus ojos como dagas. Su aliento, antes abrasador, ahora se sentía frío mientras emitía una advertencia. "Tienes un prometido, así que ni se te ocurra jugar conmigo. ¡No creo que puedas soportar las consecuencias!".
"¿Cómo puedes estar tan seguro a menos que lo intentes?", preguntó la otra, dándole una mirada desafiante.
Era su forma de preguntarle si no se atrevía a hacerlo.
Considerando su tensión sexual, estaba bien que tuvieran una aventura de una noche.
No obstante, el hombre se abstenía de tener encuentros íntimos con cualquiera que estuviera en una relación.
Eso solo traería complicaciones.
Pero ahora ella le estaba desabrochando el cinturón. Sus dedos tiraban hábilmente de él mientras lo observaba con grandes ojos.
Su atractivo era innegable.
Incapaz de contenerse más, él la levantó y la colocó suavemente sobre la cama.
Los besos de Miranda eran ardientes, pero un poco inexpertos.
A pesar de su atrevimiento, alimentado por el alcohol, se sentía un poco ansiosa. Lo agarró fuertemente del cuello, se mordió el labio y se estremeció.
El hombre extendió su mano y la tranquilizó con una voz ronca y profunda: "No te reprimas, déjalo salir".
Después las cosas se salieron de control.
La habitación estaba envuelta en oscuridad, con la luz de la luna filtrándose por la ventana y proyectando sombras que bailaban con los movimientos de ambos.
Una vez que terminaron, él se levantó y la ayudó tiernamente a limpiarse. No pudo evitar ver un destello de rojo en las sábanas, por lo que frunció levemente el ceño.
Nunca había tenido sexo con mujeres que tuvieran novio o fueran vírgenes.
Temía verse atrapado en algún problema.
Pero esa noche había roto sus propias reglas, una tras otra.
Bajo la luz de la luna, encendió un cigarrillo y contempló a la mujer que dormía plácidamente en la cama.
Su rostro era cautivador y sus ojos parecían seductores. Llevaba un vestido que acentuaba su esbelta cintura; se veía muy tentadora.
Era exactamente su tipo.
No le parecía tan mala idea hacer una excepción.
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A la mañana siguiente, Miranda se despertó adolorida y agotada.
Su cabeza estaba palpitando. Los recuerdos de la noche anterior, incluyendo el rostro distante y reservado del hombre, volvieron a inundar su mente.
¡Anoche había tenido sexo con un desconocido!
Como doctora, confiaba en sus síntomas físicos.
Su vestido rasgado era una clara prueba de su noche salvaje, pero el hombre no estaba a la vista. Había desaparecido a toda prisa, a pesar de lo que habían hecho.
Miranda respiró profundamente y encontró varios artículos al lado de la cama: ropa nueva, ropa interior, un cheque por un millón y una caja de pastillas del día siguiente.





