El Despiadado Regreso del Maestro Caído

Emilia POV:

—Emilia, querida, ¿lo viste? —la voz melosa de la directora Henderson interrumpió mis pensamientos, trayéndome de vuelta al presente. Me apretó el brazo, con los ojos muy abiertos de admiración—. ¡Camilo Viveros! Es aún más apuesto en persona. Y tan exitoso, dicen que hizo miles de millones después de ese escándalo tan feo de hace años.

Se inclinó conspiradoramente.

—Y sigue soltero, ¿sabes? Imagínate. Un hombre así, todavía sin compromiso después de todo este tiempo. Quizás esté buscando a alguien genuina, alguien que no sea de ese mundo tan despiadado.

Me mordí la lengua para no soltar una respuesta afilada. ¿Genuina? Camilo Viveros no sabría lo que es la genuinidad ni aunque le diera una bofetada. ¿Y soltero? Resoplé para mis adentros. Estaba soltero porque le convenía, no porque estuviera suspirando por algún amor perdido. Mi amor, específicamente. El amor que había desmantelado sistemáticamente y luego usado como leña para su propia ambición.

Recordé entonces, hace una década. Los documentos clasificados, plantados como semillas venenosas en mi habitación de hotel. El gigoló, un actor contratado en su elaborada obra de teatro. La redada del FBI, los flashes de las cámaras, los titulares escandalosos. Mis algoritmos, la propiedad intelectual de mi alma, robados y reempaquetados como su genialidad. Todo para asegurar una fusión con la firma del senador Alcázar, el padre de su actual prometida, Hailee Alcázar. No solo arruinó mi carrera; asesinó mi reputación, dejándome por muerta en la plaza pública.

—Ciertamente es... exitoso —dije, mi voz plana, desprovista de cualquier emoción genuina.

La directora Henderson, siempre romántica, no captó el matiz.

—¿Ves? ¡Sabía que estarías de acuerdo! Quién sabe, quizás el destino tiene una forma curiosa de volver a unir a las personas.

El destino, pensé, era una broma cruel orquestada por Camilo Viveros.

Ahora se veía más alto, sus hombros más anchos, su confianza irradiando incluso desde el otro lado de la habitación. Había ganado cuerpo en todos los lugares correctos, un hombre esculpido por el poder y el privilegio. El chico con el que me casé, el que me prometió la luna, había desaparecido hacía mucho tiempo. En su lugar había un constructor de imperios, un depredador en un traje a la medida.

La directora Henderson siguió parloteando.

—Seguro que no te ha olvidado. Eras la comidilla de la Bolsa en ese entonces. ¡Tan brillante! Quizás ha vuelto para arreglar las cosas.

¿Arreglar las cosas? Tendría que inventar una máquina del tiempo y deshacer los últimos diez años de mi infierno personal para eso. La idea era tan absurda que casi me reí.

—Lo dudo —murmuré, girándome para escapar. El ginger ale sabía a ceniza en mi boca. Quería salir, lejos de su presencia dorada, lejos de la charla bien intencionada pero ignorante.

Pero mientras me movía hacia la salida, su voz, profunda y resonante, cortó el clamor como un golpe físico.

—Emilia.

No era una pregunta, sino una orden. Una autoridad familiar que me heló la sangre. Mis músculos se tensaron. Me quedé helada, de espaldas a él, cada terminación nerviosa gritando en protesta.

La charla a mi alrededor se apagó. Las cabezas se giraron. Podía sentir sus ojos sobre mí, diseccionando mi vestido de paca, catalogando mi incomodidad.

Luego, el pesado paso de sus zapatos caros sobre el piso de mármol. Más cerca. Más cerca.

Podía sentir su mirada en la nuca, aguda y analítica. Estaba absorbiendo mi existencia descolorida, mis circunstancias reducidas. Imaginé el sutil desdén en sus ojos, la confirmación de que su decisión de abandonarme había sido la correcta.

Se detuvo a solo unos metros detrás de mí. El aire se volvió pesado, eléctrico con una historia no contada.

—Emilia —repitió, su voz más cercana ahora, un cordón de seda envolviéndome. El sonido de mi nombre en sus labios era una violación.

Me giré, lentamente, forzando una expresión neutral en mi rostro. Mis ojos se encontraron con los suyos. Todavía eran de ese penetrante tono azul, pero más fríos ahora, calculadores. Un destello de algo que no pude descifrar cruzó por ellos mientras escaneaba mi rostro, mi cabello, mi vestido sencillo. Una sombra de sonrisa tocó sus labios, apenas perceptible, pero suficiente para revolverme el estómago.

—Camilo —respondí, mi voz cortante, desprovista de cualquier calidez—. Qué sorpresa.

Antes de que pudiera responder, una voz empalagosa intervino.

—¡Camilo! ¡Cariño, ahí estás!

Una mujer, imposiblemente hermosa en un vestido brillante, se deslizó hacia él. Su brazo se enroscó alrededor del suyo, posesivo y confiado. Hailee Alcázar. Su prometida. La hija del hombre con cuya firma se había fusionado, sellando mi destino.

Me ofreció una sonrisa brillante y plástica.

—¡Oh, Emilia! Ha pasado tanto tiempo, ¿verdad? Camilo habla de ti todo el tiempo. —Su agarre en el brazo de él se tensó—. Se siente tan terrible por cómo terminaron las cosas para ti. De verdad que sí. —Sus ojos, sin embargo, eran agudos, evaluadores y completamente desprovistos de simpatía. Tenían un brillo de triunfo.

Camilo hizo una mueca casi imperceptible, un músculo se contrajo en su mandíbula. Hailee, sin inmutarse, continuó.

—Incluso guarda una foto tuya, ¿sabes? De tus días en la Bolsa. Dice que le gusta recordar los "buenos tiempos" antes de que todo saliera... mal. —Enfatizó "mal" con una dulzura maliciosa. La implicación flotaba en el aire: él lamenta la pérdida de lo que una vez fuiste, no a ti misma. Y ahora, yo soy su dueña.

La multitud circundante, siempre ávida de chismes, murmuró con renovado interés. Sus ojos se movían entre la glamorosa presencia de Hailee, la fachada ligeramente incómoda de Camilo y la mía, sin duda menos impresionante.

Camilo, recuperando la compostura, simplemente me entregó una elegante tarjeta de presentación negra. El peso en mi mano se sentía pesado, como una amenaza.

—Emilia —dijo, su voz bajando a un timbre más bajo e íntimo—, si alguna vez necesitas algo. Lo que sea. Mis recursos están a tu disposición. —No era una oferta; era una orden. Un sutil recordatorio de su poder, de mi supuesta impotencia.

La tarjeta se sentía como un pedazo del pasado, un eco retorcido de una orden. Solía dejar notas así, breves instrucciones o demandas, en mi escritorio. Cada una, un pequeño ladrillo en el muro que construyó a mi alrededor, atrapándome en su narrativa. Ahora, era solo una tarjeta, pero la sensación era la misma: estás bajo mi mando. Mi pulgar presionó la tarjeta, mi uña dejando una marca de media luna en el costoso papel.

—Gracias, Camilo —dije, con una sonrisa frágil en mi rostro. Mi voz era tranquila, casi serena—. Pero no necesito caridad. Me va bastante bien, de hecho.

Luego, sin otra palabra, me di la vuelta y me alejé, dejándolo a él y a su aduladora prometida en el brillante salón de baile. No miré hacia atrás. La tarjeta permaneció apretada en mi mano, una ficha inútil e irritante de un pasado que desesperadamente quería borrar.

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