El ángel en la casa

La ceremonia había terminado y cada chica, feliz o no, poseía al que sería su siervo de por vida y el padre de sus hijos.

Amanda entrelazó su brazo con el de Callum. El muchacho era solo un palmo más alto que ella, pero su estatura era engañosa, pues era tan pesado que tuvo que tirar de él con todas sus fuerzas para que comenzara a moverse.

Caminaron hacia el exterior del Andrónicus. El día había amanecido soleado, pero la tierra estaba mojada por la fina lluvia que había caído durante la noche. A Amanda le encantaba el olor a tierra mojada, pero en esos momentos estaba demasiado emocionada con su nueva adquisición como para notarlo.

Mientras paseaban por las calles aún vacías del pueblo, se sintió extraña, incluso tímida; pero enseguida se recordó a sí misma de que era un hombre, estaba infectado por la bacteria, y como consecuencia no tenía pensamientos u opinión propia. No le importaría si su conversación era amena o aburrida, si se quedaba callada o hablaba demasiado.

—Ya verás cómo te gustará nuestra casa —le dijo, dirigiéndolo hacia el bosque.

Para llegar hasta Fairfax Manor, la mansión campestre donde Amanda y su familia vivían, tenían que cruzar una floresta de cedros espesa pero breve.

No vio a Jane acercarse sino que dio un pequeño salto al encontrársela de frente. La chica se paró delante de ella con los brazos en jarras y, con ojos brillantes, observó a Callum.

—¿Por qué no has venido a buscarme después de la ceremonia? —inquirió.

—Pensaba que te habrías marchado a casa, ¿no estás agotada? —se disculpó Amanda, forzando un bostezo.

—Magnífico —celebró Jane, acercándose mucho a él para examinarle el rostro―. No finjas que tienes sueño, con este regalito debes de estar saltando por dentro.

Callum la atravesó con aquellos ojos tan despiertos e inteligentes que la habían conquistado, y los vio brillar con interés cuando se posaron en el hermoso rostro de Jane.

Sintió una punzada de dolor en el pecho. Con certeza, él prefería que Jane fuera su ama. Una chica hermosa y casi tan alta como él, con la que combinaba a la perfección y con la que sin duda podría tener una descendencia perfecta.

—Buena elección, Amanda —concedió su amiga, posando una de sus manos en el brazo de Callum.

Amanda se mordió el labio inferior intentando contener las palabras en su boca. Quería ordenarle que no lo tocara, y se sorprendió a sí misma con lo mucho que le molestaba.

¿Qué le estaba pasando? Acababa de adquirirlo y ya había sentido timidez, inseguridad y celos.

Volvió a recordarse que se trataba de un siervo y no de un hombre sano. No necesitaba reciprocidad por parte del joven. Era suyo, le pertenecía le gustara a él o no.

—Jane, déjalo en paz. Ya lo han manoseado bastante hoy.

La chica la miró un tanto sorprendida, pero enseguida apartó la mano de él y comenzó a reír.

—Ten cuidado, Amanda —le sugirió situándose frente a ella—. No vayas a acabar como esas damas ridículas que veneran a sus siervos descerebrados.

Amanda apretó los labios. Le disgustaba que Jane se burlara de ella.

—Es solo que ha tenido un día difícil, con todas esas chicas palpándolo y pidiéndole que hiciera cosas —se defendió—. Se merece un descanso, eso es todo.

Su amiga le dedicó una sonrisa inofensiva, cargada de toda la empatía de la que su personalidad era capaz. No obstante, cuando sus ojos cayeron sobre el collar que Amanda llevaba puesto el brillo burlón regresó a estos.

―¿En qué pensabas cuándo adquiriste esa monstruosidad? La mitad del pueblo me ha visto contigo y esa cosa esta noche.

Amanda se llevó la mano a la gargantilla de forma inconsciente. Sus primas se la habían traído de Londres y se había enamorado del precioso cabujón digno de exhibirse en el casino Monte Carlo. Se componía de un delicado lazo más oscuro ensartado en gemas cuyos bordes terminaban en hojas, como dictaba la moda. Bajo el lazo, la gran gema turquesa de forma ovalada estaba rodeada de pequeños diamantes. El adorno era la combinación perfecta entre sencillez y modernidad, o al menos eso había creído hasta ese momento. Jane no era la clase de persona que insultaría el aspecto de alguien por envidia. No había duda de que la gargantilla era ridícula; y ni Amanda, ni su familia tenía el gusto necesario para haberse dado cuenta.

Decepcionada por el cambio de perspectiva, Amanda tiró de Callum con fuerza para que la acompañara. Era como intentar mover una montaña, pero finalmente el chico captó el mensaje y comenzó a andar.

―Estoy cansada, Jane. Nos vemos mañana.

―Pero Sally nos espera para desayunar ―exclamó la joven a su espalda.

Amanda fingió no escucharla y apresuró el paso hacia el bosque.

El sol se colaba entre las hojas, dotando al bosque de un resplandor verdoso. El canto de los pájaros y la suave brisa acariciando los árboles eran los únicos sonidos cuando ya se habían alejado de la villa.

Amanda se separó de Callum. Primero porque le era más fácil sortear así los troncos y los baches que encontraba en su camino con la pesada falda, y segundo porque se había sentido incómoda tras las palabras de Jane. Supuso que iba a necesitar unos días para acostumbrarse a la idea de que su siervo era…bueno, como había recalcado Jane de forma tan ruda, un descerebrado.

—Nuestra casa está al otro lado del bosque —le informó, dándose la vuelta para mirarlo.

Su corazón dio un salto al descubrirlo mirando a su alrededor. Parecía confuso, como alguien que intenta decidir qué camino tomar.

Amanda sabía que debía informar al Andrónicus de inmediato de esas pequeñas anomalías que estaba percibiendo en Callum. Pero se dio cuenta de que no tenía intención de hacerlo. Lo había elegido a él justamente por ser diferente a los demás hombres.

Recordó que Callum no había sido su primera elección y en esos momentos, al verlo allí parado en medio de un bosque, a la luz del día y con el pelo revuelto, se preguntó cómo pudo haber considerado a ningún otro.

Su pecho percibió un extraño cosquilleo. Aquel hermoso espécimen era suyo, le pertenecía. Podía acercarse y tocarlo como había hecho Jane. Y podía hacerlo las veces que se le antojara.

El viento sopló repentino, logrando que una hoja caída rodara por el suelo. Callum giró la cabeza de golpe para observarla. Amanda juraría que había fruncido el ceño.

―Solo es el viento ―le aseguró, caminando hacia él―. No tienes nada que temer. La ceremonia ha terminado, y yo cuidaré de ti.

Él la miró con lo que parecía ser confusión, y Amanda exhaló una bocanada de aire. Tal vez fuera normal que tras dieciocho años viviendo en el Andrónicus salir a un nuevo mundo con una desconocida alterara su comportamiento. Tenía que tratarse de eso.

La mirada expectante del joven se hizo demasiado pesada, hasta que bajó para depositarse en su collar. Amanda soltó un bufido suave, recordando las burlas de Jane y se deshizo el nudo que lo sostenía en su nuca. Observó la joya con labios prietos, y la tiró a un lado con cierto pesar. La gargantilla voló hasta caer sobre la tierra y enroscarse con las ramas del árbol más cercano. Lo mejor sería que les dijera a sus primas que lo había perdido durante la noche.

Callum observó la gema turquesa entre la tierra para, a continuación, volver a clavar una mirada inquisitiva sobre ella, y por un instante, creyó que iba a preguntarle por qué la había tirado, pero eso era imposible.

—Tengo mis razones —se limitó a decirle un tanto avergonzada. Parecía juzgarla con aquellos ojos del color de una armadura medieval. Al menos lo eran cuando no estaban irradiados directamente por el sol.

Le ordenó a sus mejillas que se enfriaran. Tenía que recuperar la cordura y el control de la situación.

Fingiendo valentía, le cogió la mano derecha izándola para observarla con detenimiento. Era mucho más grande que la suya. La piel era firme y los dedos tan cálidos que la admiró de inmediato.

—Estoy tan contenta de tenerte —le dijo, sonrojándose aún más—. No pensé que sería así.

Dejó caer el brazo y observó sus dedos unidos como una maraña de raíces en la tierra. Se giró para continuar su camino. Quería darle tiempo a que se acostumbrara a su contacto.

¡Qué demonios! Ella también necesitaba tiempo. Por lo que relajó la mano para dejar ir la suya.

De forma inesperada, los cálidos dedos del joven se cerraron con fuerza sobre los suyos. Callum tiró de ella con rudeza hasta derribarla en el suelo.

El dolor punzante de su brazo ocupó un segundo lugar en su atención cuando se encontró con el rostro en la tierra y sintió la hierba pincharle la piel. Su frente se había llevado la totalidad del impacto y todo su cráneo palpitaba al unísono con su corazón.

Se levantó como pudo y miró a su alrededor.

Nada, excepto árboles, ramas y hojas. El sol continuaba brillando como si el mundo entero no acabara de sufrir un cambio dramático.

—¿Callum? —llamó al muchacho. Se detuvo para intentar escuchar la posible respuesta. Sin embargo, los latidos de su corazón martilleaban sus oídos y su respiración estaba demasiado agitada como para escuchar el crujir de las hojas bajo las pisadas de su siervo.

¿Qué estaba ocurriendo? ¿Cómo se había rebelado contra ella de esa forma? Nunca antes había escuchado de un comportamiento así en ningún otro siervo.

Sabía lo que debía hacer. Debía regresar a la villa y reportar la conducta del muchacho para que las autoridades se encargaran de él.

Tuvo ganas de llorar al pensar que lo perdería. No quería a ningún otro siervo; lo quería a él. Toda la felicidad de instantes atrás se había esfumado, dejando un sabor amargo en su boca.

«Quizá puedan curarle», pensó, animándose un poco.

—¡¿Callum?! —volvió a gritar y rogó que todo aquello fuera una pesadilla.

Después de varios pasos divisó el final del bosque pero aún estaba lejos de la villa. ¿Se habría ido en dirección al pueblo? Si era así, una mujer asustada ante su comportamiento podría herirlo.

Aceleró el paso ante esa idea; pero, de pronto, sintió un fuerte brazo rodeándole el pecho y una mano cubriéndole los labios para evitar que gritara. Callum la estrujó contra su propio pecho y se dio media vuelta ocultándolos tras un árbol.

Si antes era improbable que alguien la viera, ahora era imposible.

Desesperada, intentó forcejear, pero la fuerza de él era algo inhumano. Apenas podía moverse entre sus brazos, igual que un delicado gorrión en una jaula de hierro.

—Detente —lo oyó susurrar en su oído.

En ese momento se dio cuenta de que no había cura posible para el muchacho, estaba totalmente liberado. Iba a matarla en ese mismo instante.

Dejó de forcejear y permaneció rígida entre sus brazos. Su respiración agitada era lo único que la movía.

—No grites, por favor —le pidió con más suavidad de la que sus músculos de hierro eran capaces de mostrar.

Sería inútil, aunque gritara no la oirían desde esa zona del bosque.

—No me hagas daño —le imploró, aún a sabiendas de que si Callum era un hombre de verdad no sería misericordioso; sino agresivo, cruel y autoritario.

Él hizo caso omiso de su comentario.

—¿Qué soy? —lo oyó susurrar.

Giró el rostro para mirarlo y entonces él la liberó.

—¿Qué soy? —repitió una vez que la tuvo de frente—. No soy como tú, pero tampoco soy como los otros. ¿Qué les ocurre a los demás hombres?

—La bacteria… —balbuceó Amanda—. Están infectados por la bacteria, como tú deberías estar.

—¿Qué bacteria?

—Una bacteria que actúa sobre el sexo masculino y los deja… —Amanda no podía creer que estuviera teniendo una conversación con un hombre—…, bueno, como has visto a los demás, como deberías estar tú.

Callum se llevó ambas manos a la frente, hundiendo las gemas de sus dedos en la línea de su pelo.

—¿Desde cuándo estás consciente? —preguntó ella, observando los nudillos apretados con los que se tapaba el rostro.

—Una semana —contestó él, sorprendiéndola—. Hace una semana que desperté, bueno, que recobré la conciencia. Antes era como si estuviera en un sueño.

—¿Se lo dijiste a alguien?

—Intenté hablar con los otros chicos, pero no conseguí mucho y cuando sostuve a una de las trabajadoras por la muñeca para hablar con ella, se puso a chillar desesperada. Me reportó a la jefa del Andrónicus y pensé que me harían daño, pero ella tranquilizó a la cuidadora y le pidió que no se lo contara a nadie para no alarmar a la población, hasta que no supieran exactamente lo que me había ocurrido. Asustado por la conversación, decidí fingir que había regresado al estado en el que veía a mis compañeros. Al final debieron creerme porque me dejaron en paz.

Amanda se mordió el labio inferior. Tenía que denunciarlo para que volvieran a infectarlo con la bacteria, pero no podía decirle eso a él o la atacaría.

—¿Cuánto tiempo lleva ocurriendo esto? —preguntó, revolviéndose los cabellos—. No recuerdo mi infancia.

Sintió pena por él. Se imaginaba el sentimiento de despertarse en tales circunstancias. Lo mejor sería que lo infectaran cuanto antes para que volviera a su estado inicial y dejara de sufrir.

—El primer brote de la bacteria ocurrió hace casi cuarenta años en España y se extendió con rapidez por toda Europa —explicó ella—. Tú naciste con esa condición. Eres el primer hombre al que veo consciente en toda mi vida.

Callum se echó contra el árbol, recibiendo el impacto de sus palabras.

—No puedo creerlo. ¿En todo ese tiempo no han encontrado una cura?

Amanda apretó los puños. ¿Cómo iba a explicarle que sí había cura, pero que no querían usarla? La bacteria había afectado a toda la población masculina de Europa y Asia antes del final de 1.855 y durante el primer trimestre del año siguiente también cayeron los americanos.

—¿Cómo es posible que sepa hablar?

—Se les enseña desde pequeños para que comprendan y acaten las órdenes.

—¿Órdenes?

Amanda pestañeó varias veces.

—¿De eso iba la ceremonia? ―hizo aspavientos indignados para señalar la villa. Su tono de voz elevado―. ¿Nos reparten como esclavos?

—No esclavos ―contestó ella, sonrojándose―, sino como ayudantes.

Callum la observó con dureza y se apartó del árbol con los ojos fijos en los suyos. A Amanda se le puso la piel de gallina cuando dio varios pasos hacia ella.

—Llévame a algún sitio para que puedan estudiarme y averiguar la cura para los demás.

Ella se retorció las manos, pero se quedó callada.

—¿Qué ocurre?

—Algunas mujeres no quieren curarlos. Callum emitió un sonido entre risa y bufido.

—Claro que no, somos sus esclavos y nos manosean a su gusto —dijo, paseándose de un lado a otro. De pronto se detuvo—. ¿Y tú? ¿Tú también prefieres mantenernos así?

Tragó saliva ante la mirada inquisitiva del muchacho. ¿Qué opinaba ella? Ni siquiera lo sabía. Pero había crecido en un mundo seguro y libre, y le daba miedo perderlo. Las historias que contaban las mujeres más viejas sobre cómo eran las cosas antes de la bacteria daban escalofríos.

—Antes, nosotras éramos las esclavas —musitó. Callum asintió con una expresión decepcionada.

Bajó la mirada pensativo y varias hebras castañas de su cabello brillante cayeron sobre su frente.

Por encima de sus cabezas, los pájaros cantaban alegres melodías de bienvenida al nuevo día, totalmente ajenos a lo que estaba ocurriendo a sus pies. Amanda los envidió por su ignorancia.

—Tienes que ayudarme a hacer lo correcto —dijo Callum, tras observarla por un instante—. Tienes que ayudarme a encontrar la cura para salvar a los demás. La clave de la sanación está en mí.

Ella sabía exactamente qué era lo correcto. Tenía que denunciar a Callum para que lo infectaran de nuevo y después volvería a ser suyo. Todo aquello quedaría como un bonito recuerdo. Le recordaría libre, siendo un hombre completo.

El joven, impacientado con la falta de colaboración de Amanda, avanzó hacia ella y la sostuvo del antebrazo.

—Dime que lo entiendes —le ordenó mientras la zarandeaba.

—Me haces daño —se quejó Amanda. Los dedos fuertes del muchacho se hundían en su carne como tenazas de acero. Sabía que los hombres eran más fuertes, y por eso los utilizaban como ayudantes para labores pesadas. Miles de veces habían visto a los siervos de otras mujeres cortar troncos, levantar muebles, sacos de harina y hasta enormes piedras. Pero nunca antes en su vida había sentido la magnitud de esa fuerza en su propio cuerpo y su procedencia le pareció un misterio que el aspecto físico no explicaba. Callum podía ser más grande que ella, pero su facilidad para inmovilizarla iba más allá de lo natural. ¿Porqué Dios había decidido darle aquel regalo a los hombres, aquella ventaja sobre las mujeres? ¿Acaso era su intención que las doblegaran? En la escuela predicaban sobre por qué Dios era misericordioso y bondadoso. Pero a Amanda le parecía que tenía una extraña forma de demostrarlo. ¿Por qué sino las había creado para dejarlas desprotegidas durante tantos siglos? Al menos hasta que les envió la bacteria. La bacteria que tantas de ellas consideraron un castigo divino.

Callum bajó el mentón para observar la mano que apretaba el brazo de Amanda, y cuando la retiró observó las marcas en su piel con el ceño fruncido. Parecía sorprendido de haberla dañado con tanta facilidad y cuando sus miradas volvieron a encontrar vio superioridad en sus ojos.

Amanda se cubrió las marcas con la otra mano, un tanto incómoda. ¿Cómo se atrevía a considerarla endeble? Ella era normal y era él el que poseía una fuerza oscura que, sin duda, pertenecía a la magia negra.

—Voy a ayudarte, Callum —mintió. La indignación había disminuido el miedo, y ahora se sentía capaz de recuperar las riendas de la situación—. Pero vas a tener que hacerlo a mi manera. Este es mi mundo y tú no eres más que un hombre sin idea de cómo funcionan las cosas.

Callum pestañeó varias veces, quizá preguntándose si había escuchado bien. Era entendible, pues, desde que la conocía solo había visto a la Amanda nerviosa buscando a su siervo, a la Amanda dulce, que le susurraba frases tranquilizadoras al oído, y a la Amanda aterrada y débil. Pues bien, era hora de que conociera a la ama.

—Si alguien se entera de que estás liberado cundirá el pánico y te matarán. Tienes que fingir todo el tiempo hasta que encontremos la cura —le explicó con un tono un poco menos autoritario.

—¿Me matarán? —repitió él, si no se equivocaba, con cierta mofa—. Veamos…, ¿cuántas como tú hacen falta para hacerme daño?

Amanda arrugó la nariz. Algo en su pecho comenzaba a enervarse. Se planteó darle un bofetón para quitarle la irritante expresión de prepotencia que le estaba dedicando. Pero tenía que reconocer que no le convenía tornar la disputa de verbal a física.

Intentó recobrar la calma antes de responder.

—Muchas como yo y con siervos más fuertes que tú a sus órdenes —le espetó con cierto gusto. Especialmente al verlo ofenderse tras asegurar que había otros hombres más fuertes que él.

—No había tenido en cuenta a los demás hombres —reconoció en un susurro apenas audible. Por su expresión tenaz, supo que no lo oiría darle la razón a menudo.

Tras un breve silencio, Callum la observó pensativo y finalmente asintió.

—¿Qué propones, ama? —preguntó, masticando la palabra «ama» como si fuera un insulto.

Amanda entornó los ojos.

—Deberíamos tratar este asunto en mi alcoba. Aquí no es seguro ―. Echó un vistazo a su alrededor. Aún era temprano para que las lugareñas pulularan por el bosque, pero no tardaría en aparecer alguna madrugadora―. Hasta entonces debes fingir ser normal.

—¡¿Ah, ah!? —la interrumpió, moviendo un dedo delante de su rostro—. Deberías reconsiderar tu concepto de lo normal.

—Normal, te guste o no… —comenzó ella más irritada de lo que le hubiese gustado—. Normal es dócil, obediente y disciplinado. Normal es justo lo contrario a lo que eres.

Callum puso los ojos en blanco; pero, acto seguido, su rostro mostró cierta determinación, y comenzó a dar vueltas alrededor de ella como un gigante adormilado.

—Mi seguir órdenes de insecto rubio. Mi tener cuidado para no aplastar insecto rubio al andar ―con pasos de sonámbulo y manos estiradas frente a él, se chocó contra ella como si no la viera.

Amanda le empujó torpemente, preguntándose de dónde sacaría aquellas ideas alguien que tenía una sola semana de vida.

―He dicho disciplinado, no ciego.

Desacostumbrada como estaba a moverse en un vestido, se pisó las faldas y la tela crujió al rasgarse, mientras se caía sobre la tierra. Su vestido, que milagrosamente no se había arruinado cuando él la había empujado contra el suelo, lo hizo ahora.

—¿Sabes?, lo de aplastarte al andar era una broma —dijo él contemplándola desde arriba con los brazos en jarras—. No necesariamente tienes porque morir de esa forma.

Callum le extendió la mano para ayudarla a levantarse. Amanda la aceptó pero la soltó cuanto antes y se puso a sacudir su falda intentando deshacerse de la arenilla y de las hojas secas. Había notado algo peculiar en la mano de Callum; algo que se había extendido por todo su brazo. Pero no tenía energía para investigar de qué se trataba.

—Mira mi vestido —se lamentó—. ¿Cómo voy a explicarlo en mi casa?

—Diles que te persiguió un ciervo.

—No hay ciervos por aquí, están en zonas más altas.

—Un pavo real entonces.

—¿Por qué iba a perseguirme un pavo real? —inquirió Amanda, enarcando una ceja.

—No sé —Callum se encogió de hombros—. ¿Para qué le devuelvas el vestido?

―¿Es eso una muestra del sentido del humor masculino?

—En persona —respondió él, haciendo una reverencia como si acabara de representar una obra de teatro.

—No puedo creer que nos lo hayamos perdido todo este tiempo —se burló ella con sarcasmo.

Algunas veces llevaban a los muchachos del Andrónicus al teatro; y sin duda Callum había aprendido muchas cosas tras años de espectador de obras. Se le puso la piel de gallina al darse cuenta de que los jóvenes eran más conscientes de lo que creían.

—No te preocupes, hay más como esa en camino —aseguró él—, me esforzaré para que recuperes el tiempo perdido.

Intentó fingir una mueca de horror pero no le salió bien del todo. Aquella mañana su rostro se negaba a seguir sus órdenes.

—Y tú, a cambio, debes esforzarte en que yo recupere el tiempo perdido —continuó mucho más serio—. Mi infancia para empezar.

Asintió despacio, deseando que Callum no la mirara de forma tan directa. Le costaba respirar cuando lo hacía.

Como si le echaran un balde de agua fría, recordó que tenía que denunciarlo. Pero ya no se trataba de restaurar el orden de su comunidad y el de su vida; sino que acababa de convertirse en alguien con quien había bromeado. Se preguntó si sería tan malo concederle su deseo de experimentar un poco la vida antes de que se encargaran de él. Sopesó la idea con todas sus implicaciones. Tener a un hombre despierto era arriesgado, pues no los conocía y no sabía a qué atenerse con Callum. Todo lo que había escuchado sobre su sexo era violencia y crueldad; y ella misma había comprobado su fuerza y como podía hacer lo que se le antojara con ella con una facilidad pasmosa. Si no lo denunciaba de inmediato estaría arriesgando su vida y la de otras mujeres, y eso era algo con lo que no podría vivir. Pero si quería salir de aquel bosque con vida tenía que convencerlo de que estaba de su parte.

—Tu actuación debe ser impecable, Callum —le advirtió—. Y debes asegurarte de que estamos a solas antes de ser tú mismo.

—Lo sé —concedió él—. Por suerte he tenido una semana para observar su comportamiento.

—¿Por qué no intentaste escapar del Andrónicus?

Callum se pasó la mano por los cabellos y Amanda se quedó mirándola con fijeza. Su mente se distraía con pequeñas tonterías, debido a la falta de sueño.

—Lo hice —reconoció—. Nunca cierran nuestro dormitorio con llave. Hace cinco noches esperé a que la casa se sumiera en el silencio de la noche y salí del Andrónicus. Avancé apenas un poco más de doscientas yardas. Escuché ruido y me agaché tras una pila de paja. Observé a una pareja de ancianos que caminaban hacia su casa. Vi que él se encontraba en el mismo estado que los demás hombres del Andrónicus y me di cuenta de que fuera a donde fuera me encontraría con lo mismo. Así que regresé a mi cama. No dormí nada esa noche, dándole vueltas a lo que estaba ocurriendo y sobre cuáles eran mis opciones. Intenté recordar mi pasado pero solo me venían a la cabeza imágenes nubladas como las de un sueño que apenas puedes recordar. No estaba seguro de cuál era mi hogar, ni hacia a dónde dirigirme. Al día siguiente, escuché a las cuidadoras hablando sobre que faltaban cuatro días para que nos entregaran a las muchachas. Así que decidí esperar a esa oportunidad para salir de allí y averiguar qué estaba ocurriendo.

—Pobrecillo. Debiste sentirte tan perdido.

—Aún lo estoy —musitó—. Pero todo es mucho mejor ahora que te tengo a ti.

Un pinchazo de culpabilidad atravesó la parte más honda de su corazón y tuvo que apartar la mirada para que el joven no lo leyera en su rostro.

―Debemos ir a mi casa, ahora, nos están esperando. Todas quieren ver a mi…bueno, quieren conocerte.

—Pero, ¿cómo vamos a encontrar la cura si lo guardamos en secreto?

Amanda fingió estar concentrada en el extremo del bosque que desembocaba en la villa, pero en realidad estaba comprando tiempo para pensar en una excusa.

—Hay un grupo de científicas en Brighton que están en contra de la bacteria y continúan buscando la cura ―mintió―. Les escribiré y les explicaré tu caso y nuestra necesidad de mantenerlo en secreto.

Callum la observó con cierto escepticismo.

—¿Para qué esperar? ¿Por qué no me llevas ahora mismo?

—Tenemos que avisarles antes, y tienes que darme al menos una semana para inventar una excusa creíble para mi familia. No puedo simplemente marcharme a Brighton sin más. Levantaría sospechas.

Callum se aproximó a ella antes de proseguir. Ramas y hojas secas crujieron bajo sus pies. A Amanda ese sonido nunca antes le había parecido aterrador. Siempre paseaba sola por ese bosque sin el más mínimo atisbo de miedo. Comenzaba a entender a las mujeres de antaño, las que decidieron dejar a los hombres en ese estado.

Intentó ocultar su desconfianza hacia él lo mejor que pudo. Si notaba que lo temía, comenzaría a sospechar de sus intenciones de ayudarlo y estaría perdida.

—Entonces, puedo ir yo solo. Tenemos que ayudar a los demás hombres cuanto antes.

—¿Estás loco? Un hombre viajando solo, sin ama. Eso nunca ha ocurrido antes, te detendrían enseguida —le aseguró—. Tienes que tener paciencia. Dame una semana; en ese tiempo deberíamos haber recibido una respuesta del instituto de Brighton.

Callum se cruzó de brazos, observándola desde su estatura ventajosa. Parecía tener problemas para cumplir órdenes de alguien más pequeño que él.

No estaba sorprendida, pues era un hombre. Un siglo atrás habían tiranizado a las mujeres por completo, relegándolas a tareas domésticas y prohibiéndoles tener total participación en la esfera pública.

Pero este hombre estaba en su mundo, en un mundo de mujeres, por lo que tendría que aprender a escucharla y resignarse a hacer las cosas a su manera.

Tras un minuto caminando en silencio, estuvieron delante de la fachada de su casa. Callum se detuvo para observar el hermoso caserío.

Como ella había crecido en esa casa nunca se detenía a apreciar su belleza, pero en esos momentos, imaginándose lo que Callum veía, valoró lo agradable de la fachada amarilla con puertas y ventanas marrones. Los rosales se enredaban por algunas partes de la fachada y bonitos arboles rodeaban el perímetro.

—¿Vives aquí con las demás mujeres? —preguntó Callum, quizá deduciendo que aquello era la versión femenina del Andrónicus.

—Vivo aquí con mi familia.

—Este lugar es inmenso, demasiado para una sola familia —apreció él, arrugando el entrecejo.

—También nuestras sirvientas y sus siervos viven aquí. Mi madre es la alcaldesa de Crawley.

Callum pareció un tanto confuso, como si no entendiera que relación guardaba la ocupación de su madre con el tamaño de su casa.

Amanda se imaginó lo desconcertado que debía sentirse. Las profesoras del Andrónicus les leían a menudo y les enseñaban desde pequeños, por lo que conocía probablemente el significado de casi todas las palabras; pero Callum nunca había vivido por sí mismo y aún no comprendía de qué forma funcionaba el mundo. Saber y experimentar eran dos cosas distintas.

—¿Dónde duermen los siervos? ¿En el establo? Se giró para mirarlo con los labios fruncidos.

—Normalmente no, pero puede que empiece esa tradición contigo.

Callum sonrió. Su rostro cambiaba por completo cada vez que lo hacía.

—Tu hogar es hermoso.

—Supongo. Lo cierto es que nunca me detengo a apreciarlo. El joven pareció confuso ante esa idea.

―La rutina es poderosa. Adormece los sentidos, incluso, ante la mayor de las bellezas.

Los ojos verdes se posaron sobre su rostro.

—Creo que ni los siglos pueden hacer que deje de apreciar una vista bonita.

El calor que subió de golpe a sus mejillas, como miles de lenguas de fuego quemando sus venas, la mareó.

Callum arrugó el entrecejo y se inclinó sobre ella. La golpeó con el dedo índice en la frente.

—¿Qué le pasa a tu rostro? Le ha cambiado el color de repente ―Callum lucía genuinamente curioso, y eso la hizo sentir aliviada. No tenía ni idea de que el sonrojo lo había provocado él.

En lugar de explicárselo, se puso seria para que comprendiera que lo que estaba a punto de decirle era importante.

—Callum, a partir de ahora tienes que fingir estar infectado, y asegúrate siempre de que estemos solos antes de volver a tu estado normal.

—Sí, ama.

—El sarcasmo no es un rasgo muy extendido entre los siervos —reprobó ella.

—Sí, ama.

—Debes obedecer todas mis órdenes de inmediato —continuó, sin ocultar lo mucho que le gustaba la idea.

—De acuerdo, pero no tienes por qué disfrutarlo tanto —protestó él, arrancándole una sonrisa.

—Si vacilas, se darán cuenta.

—Tranquila, sé como representar mi papel, lo he hecho durante una semana.

—El mínimo error es suficiente para echarlo todo a perder y mandarlo todo al garete. Tienes que estar alerta todo el tiempo.

Amanda no comprendía por qué insistía tanto en su discreción, cuando pensaba denunciarlo tan pronto como estuvieran rodeados de su familia y se sintiera segura.

―No has disimulado muy bien con Jane ―le espetó sin poder evitarlo―. Al verla, has mostrado interés; no puedes hacerlo de ahora en adelante.

—¿Jane era la chica con el pelo negro y brillante de antes?

—Callum pronunció «negro y brillante» de la misma forma en la que alguien hambriento pronunciaría «asado de cerdo con patatas y verduras campestres».

Amanda, que desde pequeña se había preguntado por qué el corazón era el símbolo del amor, lo descubrió de la manera más dolorosa de todas.

—Exacto. No deberías mirar a nadie con tanto interés —le indicó, sorprendida de lograr que la sugerencia sonara con tan poco reproche.

―Fingir aburrimiento ―repitió él con apatía―. No me será muy difícil si sigues gimoteando de esa forma.

Sacudió la cabeza al recapitular sobre la situación en la que se encontraba. De todas las fantasías que había tenido sobre su futuro siervo, recibir insultos nunca había estado en el menú. No dijo nada, pues estaban demasiado cerca de la casa como para continuar con la discusión. No importaba; pues todo terminaría pronto.

Capítulos
Personalizar
Siguiente capítulo

También te puede gustar

Logo
Tu guía para los mejores dramas cortos en línea. Avances de episodios gratuitos, información completa del elenco y enlaces a plataformas oficiales, todo en un solo lugar.
©2026 PinesDramas. Todos los derechos reservados.