El amante perdido

Tres meses eran los que faltaban para el día de la boda desde la noche en que Los Shimizu y Los Yamazaki se reunieron para cenar y comunicar a sus familias el cambio de la novia. A la madre de Naoki no le agradaba Suki, pero el ver a su hijo feliz, algo que no aparentaba al lado de Kazumi, hizo que acepte a la nueva novia. Al enterarse las amigas de Suki que esta se casaría pronto llegaron a la casa de Los Shimizu al día siguiente para felicitar a la dichosa prometida. La hija menor de Los Shimizu sonreía conteniendo las ganas de reír socarronamente, ya que quería burlarse de su hermana en todo momento, pero se controlaba porque nunca ella debía quedar como la mala de la película. Sus amigas, pobres niñas sin cerebro ni mayor aspiración que la de conseguir esposo adinerado, la llenaban de halagos y buenos deseos.

Esa mañana empezaba el día libre de Kazumi, algo que no se daba muy seguido porque la médica ofrecía sus días de reposo a realizar alguna actividad de ayuda social que manejaba el hospital donde trabajaba, pero ese día quería relajarse, ya que la tensión que sufrió al creer que por su culpa su padre perdería el contrato de su vida la había afectado, pero no contó con que las malcriadas de las amigas de su hermana llegarían para malograrle el día de descanso. Aprovechando que el clima se tornaba más cálido, la médica vistió un bikini azulino que le lucía muy bien y fue a la piscina a nadar un rato, luego tomaría un poco de sol y leería un libro. Su hermana, quien la vio disfrutando sola de ese relajante momento de esparcimiento decidió que debía alegrar su día arruinando el de Kazumi.

Suki y sus amigas caminaron hacia la piscina para tomar unas bebidas mientras se relajaban apreciando la belleza del jardín posterior de la casa de Los Shimizu, pero al ver a Kazumi, a quien le quedaba muy bien ese bikini, mejor que a muchas de ellas, cuyos cuerpos parecían de pequeñas púberes sin desarrollar, decidieron empezar a fastidiar a la médica, a quien su educación y buen corazón le impedía ignorar a las arpías amigas de su hermana menor. Kazumi las saludó con un «buenos días» y una ligera reverencia, ya que ellas eran menores, pero estas, con un ego por encima de los límites de normalidad, creían que la médica las saludaba no por ser educada, sino porque ellas eran superiores, cosa que solo en sus pequeños cerebros podría concebirse, ya que ellas, en su mayoría sin estudios, solo esperaban que llegue el día en que se oficializaran sus matrimonios y así ser alguien en la vida, puesto que no tenían talentos ni ambiciones que las hicieran llamativas ante la comunidad.

-¿Y tú qué haces aquí? –soltó una de las amigas de Suki-. Pensé que en tu grandioso trabajo no te daban días libres.

-Sí tengo días libres, pero suelo ofrecerlos para el voluntariado, excepto hoy que sí necesitaba descansar un poco –respondió educadamente Kazumi, algo que esas tipas no se merecían.

-¿Es un Roxy? –preguntó otra de las amigas por el bikini que lucía Kazumi, quien asintió con la cabeza-. Demasiado bikini para tan mal lucido cuerpo –dijo y todas empezaron a reír.

-Déjenla en paz –dijo Suki y Kazumi por un instante pensó que su hermana la defendería del ataque de sus amigas-, ya bastante tiene con haber sido despreciada por Naoki y su familia –agregó Suki y todas rieron. Sin muchas ganas de seguir sufriendo los ataques de esas mujeres, Kazumi tomó sus cosas y se retiró hacia su habitación.

Kazumi no entendía por qué, desde niña, recibía maltratos de Suki. Ella sabía que su hermana era de esa clase de personas que necesitan llamar la atención y acapararlo todo para sentirse bien, pero de ahí a ser rencorosa porque ella pudo aparecer en televisión o en los diarios y revistas por las entrevistas que le solicitaban al ser interesante para el público la difusión de sus logros académicos y los descubrimientos médicos que iba alcanzando, no tenía sentido. A la médica ni siquiera le gustaba ni la pasaba bien cuando era entrevistada o tenía que participar en una sesión de fotos para algún medio escrito, pero eso era algo que su hermana nunca sabría, ya que ellas no eran de hablar ni de compartir momentos juntas.

Aunque toda su vida se sintió sola en esa casa, ya que ni sus padres ni su hermana compartían algo de interés con ella, Kazumi no podía abandonar ese lugar en donde creció. Desde que inició la residencia en el Hospital Mayo Clinic -en Jacksonville, Florida, Estados Unidos-, empezó a amasar su propia fortuna, ya que no era de gustos lujosos ni de ostentar ante los demás. No manejaba un deportivo ni vestía prendas de marcas exclusivas, tampoco era de comprarse joyas o accesorios caros, así fue como en su cuenta de ahorros en el banco tenía una suma de seis ceros a la derecha, en dólares americanos, que su familia desconocía. Con todo ese dinero podría comprar su propio espacio e iniciar una vida lejos de ellos, pero Kazumi, por más que viera el rencor en los ojos de Suki, el desprecio en los de su madre y la decepción en los de su padre, no podía sentir lo mismo por ellos. Para ella, ellos eran su familia.

El tiempo pasó entre las vociferaciones de la madre Shimizu y Suki sobre los preparativos de la boda. La ilusión que mostraba su progenitora no la había visto cuando ella era la novia, algo que la entristeció. Su padre cada día lucía menos cansado al haber contratado a dos profesionales para que se hicieran cargo de una parte del trabajo que él realizaba en la importadora. En algún momento se tuvo que ver cara a cara con Naoki, quien la miraba con una sonrisita de burla en el rostro y cada vez que podía besar a Suki lo hacía mirándola a ella. Kazumi sabía que su exnovio nunca entendió que ella no estaba enamorada de él, pero no haría nada para romper con esa idea, ya que, si él se sentía mejor pensando que había alguien sufriendo por su causa, pues que así lo creyera, a ella no le haría daño. O eso pensó.

A una semana de la boda, Kenzo les da la noticia de que Naoki se mudaría a vivir con ellos en vez de ser Suki quien lo haga hacia la Mansión Yamazaki. Todo hubiera estado bien si días previos Naoki no hubiera llegado al hospital donde trabajaba Kazumi para hacerle una propuesta nada agradable.

-¿Puedes repetir lo que acabas de decir? –pidió Kazumi pensando que había escuchado mal.

-Que si quieres podemos ser amantes –ella no salía de su asombro al escucharlo nuevamente proponerle algo tremendamente irracional.

-¿Por qué yo querría ser tu amante? –preguntó Kazumi sin aún entender la lógica en la que se había basado Naoki para proponerle tremenda estupidez.

-Por cómo me miras cada vez que me ves con Suki –definitivamente el ego inflado de un hombre puede hacer que no vea de manera correcta la realidad. Ella nunca coqueteó ni mostró interés por él, ¿acaso era incapaz de ver que ella estaba feliz de no ser la mujer que estuviera comprometida en matrimonio con él?

-Naoki, creo que te estás confundiendo. Tú a mí no me gustas. Por eso estoy contenta de que te cases con mi hermana, así no estoy obligada a compartir mi vida con alguien solo por ayudar a mi padre –Kazumi estaba siendo muy sincera en ese momento que explicaba sus sentimientos a Naoki, pero este, egoísta y vanidoso, no entendería.

-Comprendo que te tienes que hacer la difícil porque no se te ha hecho fácil aceptar que te dejé por tu hermana, pero ella me convenía más al ser bella y estar dispuesta a dedicarse a mí.

-Naoki, escúchate. Ella es bella, yo no lo soy. Me lo has dicho miles de veces, que no soy una mujer femenina ni llamativa, ¿por qué querrías que fuera tu amante?

-Porque creo que tienes potencial y yo lo quiero descubrir –Naoki empezaba a encapricharse con Kazumi tras el comentario que hiciera un amigo extranjero de Yuki.

La Familia Tanaka celebraba los cincuenta años de la amada esposa y habían participado de la reunión a todas las familias de su círculo social, entre ellas a Los Shimizu, pero más por Kazumi, quien era la médica que salvó la vida del menor de los nietos que padecía de leucemia, enfermedad que habían mantenido en secreto. En esa oportunidad, Kazumi asistió acompañada de otros médicos que eran parte del grupo que ella lideraba en la investigación sobre células madres, cuyos avances ayudaron enormemente al nieto Tanaka. Esa noche, la médica sonreía y lucía un brillo singular al estar rodeada de personas con quienes se sentía a gusto. Un atractivo suizo, amigo de Yuki, no dejaba de mirarla embobado, algo que todos notaron cuando preguntó por ella. A Naoki le sorprendió que un hombre como él se sintiera atraído por Kazumi, ya que el extranjero era de buena apariencia y llamaba la atención de todas las mujeres presentes en la reunión. Cuando Yuki le dijo que no valía la pena estar detrás de ella porque solo tenía tiempo para su profesión, el suizo se lamentó que así fuera, y empezó a describir la belleza que encontraba en sus facciones, en sus dulces e inocentes expresiones, en su femenino movimiento, con ese bonito cuerpo que ocultaba tras un vestido nada favorecedor porque es obvio que no quería llamar la atención. Naoki escuchaba lo que el extranjero decía mientras miraba a Kazumi, y al haber estado tan cerca de tener una joya que se mantenía oculta, quiso que sea suya otra vez.

-Lo siento, pero no estoy dispuesta a ser la amante de nadie –dijo con un tono muy serio y directo Kazumi, con una postura autoritaria que nunca le había visto usar.

-Piénsalo. Sé que nos la vamos a pasar muy bien. Tu hermana ni cuenta se dará al entretenerla con una tarjeta de crédito ilimitada. Yo puedo venir al hospital y después de pasar un buen rato en este espacio podríamos irnos a otro lado. Tengo un apartamento de soltero que haríamos nuestro nido de amor y sé que te encantará sentir la emoción de vivir algo prohibido conmigo –Naoki se acercó lo suficiente a Kazumi para acariciar la mejilla de la médica, pero esta golpeó la mano de su casi cuñado y lo alejó.

-Te quiero fuera de mi consultorio ahora mismo, Naoki Yamazaki –dijo Kazumi molesta. El joven sonrió de lado, dejó el asiento en el que se encontraba enfrente de la médica y se dirigió hacia la puerta.

-No creas que no seguiré insistiendo, Kazumi. Han hecho que mi interés por ti despierte y no voy a parar hasta conseguir lo que quiero –después de decir eso, Naoki cerró la puerta y Kazumi quedó a solas en su consultorio.

Kazumi protestó ante sus padres y hermana al escuchar que Naoki sería quien se mude a la casa de Los Shimizu. Era la primera vez que la médica no acataba una decisión que avalara su padre, algo que llamó la atención de todos. Y Suki aprovechó para hacer que Kazumi quede mal parada ante sus progenitores.

-¿Qué sucede, hermanita? ¿Acaso quieres que me vaya y, con el tiempo, la casa sea solo para ti? –acusó Suki de esta manera a Kazumi de querer quedarse con la propiedad que sería la herencia de ambas.

-No es eso, es que lo normal es que la mujer deje a su familia y se una a la de su esposo.

-Pero eso no será así en esta oportunidad. Naoki no quiere que Suki viva en la Mansión Yamazaki porque sus tres hermanos menores estarán ahí, y al tener una esposa joven y bella no quiere malos entendidos ni situaciones comprometedoras –explicó Akane los motivos que tenía el futuro esposo de su hija para no habitar en la casa de la Familia Yamazaki.

-¿Y yo, qué? Ante la lógica de Naoki, ¿que el venga a vivir a esta casa no es una situación incómoda para mí? –soltó Kazumi molesta porque el muy miserable de su casi cuñado estaba armando la situación propicia para tener que verlo todos los días y a cada momento.

-¿Te atreves a insinuar que mi Naoki podría faltarte el respeto? –preguntó burlonamente Suki-. Es más probable que seas tú quien empiece a estar detrás de mi esposo. ¿Acaso crees que no me he dado cuenta de cómo lo miras? –insinuó Suki y la paciencia de Kazumi se agotó.

-¡Bien! Hagan lo que quieran, que venga a vivir quien quiera a esta casa. Yo me voy –dijo la médica y caminó hacia su habitación, sin importarle que su padre le exigía que se detenga y regrese a continuar con la conversación.

Encerrada en el espacio en que podía estar libre de su familia empezó a buscar la tarjeta de presentación del corredor de bienes raíces que le había ofrecido sus servicios y un buen trato si alguna vez lo necesitaba tras haber salvado la vida de su madre hace meses atrás. Lo llamó y le pidió que encontrara lo más pronto posible una propiedad en donde una mujer sola pueda vivir cómoda y segura, que esté cerca al hospital donde trabajaba y que el edificio o condominio cuente con una administración que le pueda brindar servicios domésticos de calidad. Tres días después Kazumi estuvo visitando junto al corredor tres propiedades, quedando encantada con el penthouse ubicado en un exclusivo edificio en el barrio de Ginza. Aunque la zona era de alto tráfico y continuo movimiento por ser comercial, la propiedad contaba con aislamiento sonoro, por lo que quien la habitara no sufriría el estrés del ruido de las trajinadas calles. Después de coordinar con el banco la transferencia del importe total del costo del penthouse, firmó el contrato de compra-venta y Kazumi acababa de adquirir su primera propiedad.

Un día antes de la boda hizo sus maletas y se trasladó a lo que sería su nuevo hogar. Quiso despedirse de sus padres, pero ninguno le prestó la debida atención porque se sentían ofendidos, como si el no querer compartir el mismo espacio con quien hasta haces unos meses atrás iba a ser su esposo estuviera mal, claro que ellos no sabían de la propuesta indecorosa que le hiciera Naoki a su hija mayor, pero igual no le creerían si se los dijera. Así fue como Kazumi dejó el hogar paterno para ir al suyo propio y comenzar una nueva vida, la cual esperaba que fuera mucho mejor que aquella que había tenido durante sus primeros veintitrés años al lado de su familia.

Ya instalada en el penthouse recibió una llamada de Suki. Su hermana menor se escuchaba triste y sentida sobre el no haber podido despedirse de ella antes de que abandonara el hogar en donde crecieron juntas. A Kazumi le sorprendió muchísimo escuchar a Suki con pena porque ya no la vería más por los rincones de la casa Shimizu, pero a la vez se alegró al pensar que quizás su hermana empezaba a extrañarla y que así la relación entre ellas podría mejorar. Ella había decidido no asistir a la boda, pero Suki le pidió que no olvidara acompañarla durante la ceremonia y en la celebración, lo que haría que la médica cambiara de opinión al no dejar de ir al casamiento de su hermana menor, aunque el novio sea Naoki.

Había separado un turno en un salón de belleza para que le ayudaran a arreglar su cabello y le hicieran un adecuado maquillaje para la ocasión, ya que no quería lucir mal el día de la boda de su hermana, para que Suki se sintiera orgullosa de ella. Sin embargo, un gran accidente de tránsito, por un problema en los frenos de unos de los vehículos que ocasionó un aparatoso choque que afectó a más de diez autos, llevó al hospital donde trabajaba a cuatro pacientes de gravedad que necesitaban ser intervenidos quirúrgicamente con suma urgencia, por lo que no pudo salir a la hora que había planeado y perdió su turno en el salón de belleza.

Con apenas el tiempo justo pudo llegar a su apartamento para ducharse y vestir el atuendo que había planificado para esa tarde. Manejó apuradamente hacia la iglesia católica en donde sería la boda, ya que Suki quería vivir una boda occidental, aunque no fueran los novios practicantes de esa creencia religiosa. Temiendo no lucir a la altura que la majestuosa celebración ameritaba, rogó porque nadie la notara, pasar desapercibida y no avergonzar a su hermana, quien estaba empezando a sentir cariño por ella. A la ceremonia llegó retrasada, por lo que nadie notó su presencia al sentarse en una de las últimas bancas del recinto religioso. Cuando era el momento de que los novios salieran y arrojar sobre ellos el arroz y pétalos blancos que simbolizaban la dicha, prosperidad, felicidad y buenaventura en el matrimonio, mantuvo su bajo perfil al mezclarse entre los empleados de la iglesia que se unieron a los invitados a la boda para lazar a los novios aquellos detalles que le deseaban lo mejor para esa nueva etapa que juntos comenzaban.

Al llegar a las instalaciones del hotel cinco estrellas en donde se realizaría la celebración de la boda, Kazumi se dirigió hacia la habitación en donde su hermana, junto a su madre y amigas, estaba preparándose para hacer su gran ingreso al salón de la fiesta. Ella entró ilusionada de poder abrazar a su hermana menor para desearle que sea muy feliz, para decirle que ese día no solo comenzaba su nueva vida como una mujer casada, sino que podría empezar también una mejor relación entre ellas. Kazumi, con su inmenso corazón, uno demasiado bondadoso y puro, había creído que su hermana en verdad la extrañaba, por lo que fue a verla el día de su boda, sin saber que en realidad todo era una vil mentira para hacer que vaya y dejarla en ridículo.

-¿Así que mi voz sentida y quejidos triste sí te convencieron y viniste? –dijo Suki con una sonrisa burlona-. ¿Cómo se te ocurre que querría que vinieras si siempre luces así de desaliñada? Me avergüenzas –Akane miraba seria la escena, pero en ningún momento intentó que Suki no abusara de Kazumi.

-Lo siento, hermana. Hubo un serio accidente de tránsito y necesitaban mi ayuda, por ello perdí la cita en el salón de belleza. No debí venir –dijo Kazumi apenada porque avergonzaba a su hermana.

-Al menos no has perdido tu dinero tratando de que te hagan lucir bien porque eso es imposible –soltó una de las amigas de Suki y todas rieron, excepto Akane.

-¿Y en dónde compraste ese vestido? Definitivamente no tienes buen gusto para nada –señaló otra amiga de la novia. En verdad el vestido de estilo grecorromano le quedaba muy bien a la médica, se amoldaba perfectamente a su cuerpo y resaltaba sus pechos, pero esas envidiosas nunca le dirían la verdad a Kazumi.

-Es una dicha para la Familia Yamazaki que Naoki abriera los ojos y decidiera cambiar de novia, sino el pobre estaría uniendo su vida a este desastre de mujer –mencionó otra de las amigas, haciendo que continúen las risas burlonas en contra de Kazumi.

-Pensé que en verdad me extrañabas, hermana, que el no verme en el hogar donde crecimos juntas te afectaba, que por fin te dabas cuenta que podemos llevarnos bien y tener una bonita relación fraternal –dijo Kazumi aguantando las ganas de llorar al sentirse atacada por los comentarios que soltaban sobre ella.

-Ingenua Kazumi –dijo Suki acercándose a la médica con una notoria pose de superioridad-. ¿En verdad creíste que algún día yo podría voltear a mirarte y desear tener una buena relación contigo? Ni en tus sueños ni en mis pesadillas, hermanita. El agua y el aceite no se mezclan, así como nosotras nunca vamos a tener una relación amical. Perdiste la oportunidad de ser mi amiga cuando decidiste destacar y opacarme. Recuerda que yo soy la bonita, la mujer a la que todos envidian y voltean a mirar, pero tú empezaste a llamar la atención al ser inteligente y logrando proezas académicas que yo no podía alcanzar, todo por querer estar por encima de mí.

-¡Eso no es verdad! –protestó Kazumi llorando-. Yo nunca quise quitarte la atención de nadie, pero tampoco podía dejar de ser yo, no podía matar mi talento, lo único que tengo y hace que sea Kazumi Shimizu.

-¡Eres patética, egoísta y una mala hermana mayor! –el narcicismo de Suki no le permitía ver que la patética, egoísta y mala hermana era ella por no aplaudir el talento de Kazumi, uno muy diferente a los que ella tenía, pero que no descubriría al ser un ser banal.

-Suki, yo solo quería desearte que seas muy feliz –dijo Kazumi extendiendo los brazos, pidiéndole a su hermana menor un abrazo, pero lo único que obtuvo de ella fue un durísimo jalón de cabellos y que rompiera una de las tiras de su vestido.

-Trágate tus palabras, sé que son falsas. Y ahora lárgate, que me avergüenzas. Este es mi día, mi momento, y no quiero que me lo arruines –Kazumi no sabía qué hacer, estaba tan dolida que no atinaba a moverse-. ¿Acaso eres sorda? ¡Lárgate de una buena vez! ¡Tú no eres mi hermana, no eres nada mío!

Y con el corazón destrozado por una de las personas que más amaba y en quien quiso confiar, Kazumi salió corriendo de las instalaciones del hotel. En su llanto por el dolor que sentía, olvidó que tenía su auto aparcado en el estacionamiento del hotel y se alejó corriendo del lugar. Como la gente que andaba por ahí empezaba a mirarla de manera extraña y comentaba sin saber lo que le ocurría, empezó a dirigir su andar hacia calles apartadas de la gran avenida en donde se encontraba el hotel del cual quería alejarse lo más rápido posible. Estuvo corriendo sin rumbo y llorando amargamente por varios minutos, hasta que el tropezar con su mismo vestido la hizo caer sobre el asfalto de la calle y detenerse. Al levantar la mirada y darse cuenta que no sabía en dónde se encontraba, la joven médica sintió un poco de miedo. Tokio podía ser una ciudad segura, pero había zonas en las que podías toparte con gente nada agradable, dispuesta a hacer bastante daño a aquel que vieran indefenso, y ella, en ese momento, era una presa fácil.

Al no tener consigo su celular y poder chequear el GPS para saber hacia donde moverse, empezó a caminar abrazándose a sí misma para sentirse segura. Había caminado un par de cuadras cuando de un pasadizo salieron un par de hombre de aspecto sucio y que se notaban que habían bebido más de la cuenta. Kazumi hizo como que no los vio y siguió su camino, pero esos hombres no iban a dejar que se vaya así nomás esa hermosa mujer que andaba con un vestido que marcaba muy bien su figura, una que hacía que la lascivia de esos asquerosos hombres despierte.

-¿A dónde vas, preciosa? ¿Acaso estás perdida? –preguntó el más alto de esos extraños.

-Vamos, belleza, no nos ignores que podemos ayudarte a sentirte segura a nuestro lado –dijo el otro más pequeño, pero que se notaba que era el peor de ese par porque empezó a jugar con un cuchillo que sacó de uno de los bolsillos de sus pantalones.

-Oye, guarda eso, que la vas a asustar –dijo el alto al ver a su compañero con el arma cortopunzante en la mano.

-¿Esto? No, preciosa, que no te asuste, a ti no te haría daño, es solo para protegernos del mal que hay por aquí –Kazumi empezó a caminar un poco más rápido. Quería correr, pero el tobillo le dolía un poco tras la caída que sufrió y sabía que esos hombres podrían alcanzarla sin problemas-. Vamos, bonita, ven con nosotros, la vas a pasar bien –dijo el bajito del cuchillo y se acercó lo suficiente para tocarle el brazo.

-¡No me toque! –gritó Kazumi notoriamente asustada.

-¡A mí nadie me da órdenes, mujer! –dijo el más pequeño y se acercó lo suficiente para meter su mano entre las piernas de Kazumi. La médica gritó un fuerte «¡suéltame!», aterrada por como ese hombre se atrevió a tocarla de esa manera. En eso, sin que se lo esperara, el hombre que la estaba atacando se alejó bruscamente de ella. Por la fuerza, ella cayó sentada, pero no se golpeó contra el pavimento, ya que un cuerpo la sostuvo y la ayudó a apoyarse en el suelo sin que se hiriera.

Al abrir los ojos, porque por el miedo que sentía los cerró con mucha fuerza, vio a un tercer hombre que peleaba contra los dos borrachos que la estaban molestando. El primero en alejarse corriendo fue el ebrio más alto, pero el pequeño, envalentonado por el cuchillo que portaba, se quedó a darle pelea a quien salió en ayuda de Kazumi. Al principio el agresor de la médica parecía que podría dejar mal herido a su defensor, pero este sabía pelear y desarmó al borracho, luego le propinó un par de patadas, una en el estómago y otra en la cara, lo que hizo que el tipo cayera aparatosamente, golpeándose la cabeza contra la acera y perdiera momentáneamente el conocimiento.

-¿Se encuentra bien? ¿Acaso la hirieron? –preguntó el defensor de Kazumi, quien resultó ser un joven hombre que ella calculaba que tendría la edad de Naoki por la fuerza de su voz y la complexión atlética que tenía. Al mirar el rostro de su defensor se encontró con unos bonitos y muy llamativos ojos dorados. ¿Un japonés de ojos dorados? Eso es algo muy inusual, ya que en esa raza no es común encontrar a alguien con ojos del color de la mezcla perfecta entre el tono de la miel y el brillo del sol. Y el recuerdo de ese par de ojos que por primera vez vio, hace once años atrás, cuando apenas era una niña de doce años, llegó, y con él el nombre de ese amable, muy educado y guapo adolescente a quien llegó a considerar su amigo, a quien ayudaba a estudiar cuando iba a la casa de su amiga Reiko cada vez que podía, secreto que le guardaban su chofer y su guardaespaldas.

-¿Shiro? –Kazumi soltó ese nombre esperando que quien tenía enfrente de ella sea en realidad el amigo de la adolescencia que no pudo volver a ver porque sus vidas dieron giros inesperados cuando ella terminó la escuela y él no tuvo un lugar seguro en donde quedarse a vivir.

-¿Kazumi? –la voz de él pronunciando su nombre le sonó muy dulce. Si supiera que para él escuchar su voz mencionando el suyo le pareció como si un ángel lo estuviera llamando. La médica, que no dejaba de temblar, se aferró al cuerpo de su amigo reencontrado con un abrazo que él respondió sin dudar-. Tranquila, todo está bien, estás a salvo –decía él mientras acariciaba sus cabellos, esos hermosos cabellos oscuros de la muchacha con la que soñaba todas las noches, esperando algún día volverla a ver. Y ese día al fin llegó.

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