El amante perdido

Cuando Kazumi empezó el primer año de secundaria inferior sus profesores no necesitaron más que un solo día para darse cuenta que esa niña perdería su tiempo cursando normalmente esos años de estudio hasta terminar la escuela. Así fue que hablaron con el Director del plantel para proponerle que solicite un examen diagnóstico escolar para Kazumi, ya que estaban seguros que la niña ya tenía los conocimientos del nivel secundaria inferior y superior por completo. Y es que en sus tiempos libres y vacaciones ella se encerraba en la biblioteca de su casa y leía todos los libros que podía, por lo que aprendió antes de ir a la escuela todo sobre las materias que le impartirían durante los años de secundaria. El director aceptó la propuesta y dos días después estaban los representantes del distrito escolar en las instalaciones del colegio listos para aplicar el examen.

Kazumi no dudó en aceptar el ser evaluada por los representantes del Ministerio de Educación y sus padres no se pudieron negar presionados por el revuelo que despertó entre las importantes familias de su círculo social la posibilidad de que tuvieran una hija genio. Suki detestaba que su hermana acaparara la atención de todos y que a donde fuera acompañando a su madre alguien tuviera que preguntar por Kazumi. Tras dar el examen, el cual terminó mucho antes del tiempo estimado, indicaron que ella ya estaba preparada para dejar la escuela y empezar la universidad, pero los pedagogos opinaron que al ser apenas una niña sería mejor que ese año cursara con los alumnos de la última clase de secundaria superior y de ahí fuera a la universidad, de paso que se acostumbraba a tener que estudiar con adolescentes mayores cuando ella apenas era una púber. Así Kazumi dejó a sus compañeros con los que había compartido el nivel elemental para pasar al salón donde los alumnos de la última clase de secundaria superior desarrollaban los cursos.

Sus nuevos compañeros no fueron tan amables como la niña prodigio se lo esperaba. Estos se burlaban de ella y solían hacer comentarios en doble sentido sobre su aún no formado cuerpo, los cuales ella no entendía. Al no maquillarse ni buscar estar cerca de los chicos era discriminada por sus compañeras, y los muchachos simplemente la ignoraban a no llamar su atención. Consciente de que era completamente imposible que pudiera tener un buen trato con sus compañeros al tener intereses diferentes porque las edades de ellos fluctuaban entre los diecisiete y dieciocho años, mientras que ella apenas había cumplido los doce, Kazumi no se preocupó en lo que pensaran ni dijeran, sino en terminar ese año escolar, el último que tendría, con la mejor calificación, no de la clase ni del distrito, sino de la ciudad.

Al demostrar que por más ofensivos que fueran, ella no retrocedería en su objetivo de ser la mejor de la clase, poco a poco dejaron de fastidiarla y más bien empezaron a admirarla, pero no intentaron acercársele porque Kazumi no permitía que lo hicieran al ser cortante con todos ellos, excepto con una compañera que desde el primer día que llegó a ese salón le mostró que sí estaba interesada en su amistad: Reiko Itakura. La escuela de la niña prodigio era privada, una de las mejores del país, en donde los muy adinerados o los muy talentosos podían estudiar. Reiko era del grupo de los talentosos al estar ahí por una beca, por lo que sabía lo que significaba ser diferente, más ella cuando su familia ni siquiera era de escala media en la sociedad, sino que eran pobres. La muerte de su padre dejó a su madre y a ella en una situación precaria, en donde sobrevivir no era fácil, pero Reiko resultó ser una alumna brillante, dedicada y disciplinada, por lo que pudo ganar una beca y estudiar los seis años de educación secundaria en esa escuela. Claro está que por ser la chica pobre de la clase no era bien vista ni la más popular, pero la respetaban por tener un carácter decidido que la hacía ser una excelente oradora y la campeona distrital en esa arte.

Reiko y Kazumi pasaban el tiempo juntas durante el almuerzo y los minutos de descanso; hacían los trabajos grupales juntas y solían hablar sobre otros temas, como sus autores favoritos, su música predilecta y otros pasatiempos que tuvieran. Así la amistad nació entre ellas y pudieron contarse algunos secretos, como que Reiko aún extrañaba a su padre, aunque este haya fallecido hace ocho años, y que a Kazumi le dolía no poder tener una relación bonita con su hermana y con su madre, ya que ambas no gustaban de lo mismo que a ella le interesaba. Reiko se dio cuenta que el dinero no era lo que hacía feliz a las personas al encontrar tanta tristeza en Kazumi, y esta comprendió que, por más que el tiempo pase, hay personas que nunca se dejan de extrañar.

Dos meses después de haber iniciado las clases, los mejores alumnos de cada salón debían quedarse y reunirse para coordinar con los profesores la participación de la escuela en las competencias académicas anuales. Así fue que el tiempo se extendió y pasaban de las 9 pm cuando se desocuparon y pudieron ir a casa. Todos los alumnos no presentaban problemas para ir a sus hogares, excepto Reiko, que vivía en una zona no muy bonita ni segura cerca de Kabukicho, el barrio rojo de Tokio. Ahí solían llegar gente apegada al mal vivir, a los placeres pecaminosos, a los vicios, por lo que podían ser peligrosos al no haber forjado el carácter adecuado para contener el grado de maldad que pudieran guardar en su interior. Reiko jamás le diría a Kazumi que tenía miedo de llegar a esa hora a su casa porque al ser mayor debía mostrar seguridad y valentía, pero la niña prodigio se imaginaba lo que su amiga sentía y le preguntó si podía conocer su casa al llevarla hacia ella en el auto que manejaba el chofer y acompañaba el guardaespaldas que su padre dispuso para ella. Reiko no se negó, aunque fue muy categórica al afirmar que a dónde irían no era un bonito lugar. «Siempre he creído que la belleza de un lugar lo determina la clase de personas que encuentras ahí, así que tu hogar debe ser un espacio agradable y acogedor», respondió Kazumi a la advertencia de su amiga, y tras agradecer con la mirada las palabras de la niña prodigio enrumbaron sonriendo hacia la casa de Reiko.

Al ingresar al barrio rojo, Kazumi quedó anonadada por las luces de neón y los llamativos letreros. Había mucha gente andando de aquí para allá y varios negocios que parecían que recién abrían. El olor de la zona era delicioso por los varios pequeños restaurantes que atendían en los callejones. Al alejarse un poco de esa área comercial, estaría la zona urbana pobre de Tokio en donde vivía Reiko junto a su madre. La niña prodigio estaba muy emocionada porque iba a conocer a la madre de su amiga, una mujer que se la imaginaba como una superheroína para haber salido adelante con una hija, ya que no se imaginaba que su madre pudiera hacerlo si su padre muriera. A Reiko le daba un poco de vergüenza que Kazumi conozca donde vivía, pero cuando la vio tan animada e ilusionada, supo que, si notaba un cambio en el rostro de su pequeña amiga, sería por la duda o el asombro, más nunca por el asco o el rechazo.

Reiko estaba a punto de introducir la llave de su casa en la cerradura de la puerta cuando de repente esta se abrió y apareció un jovencito del cual Kazumi nunca antes había escuchado a su amiga hablar sobre él. El muchacho quedó en silencio, admirando a Kazumi, a quien se le hacía muy raro por cómo la miraba. En eso la niña prodigio notó un detalle que llamó su atención y se acercó al jovencito, quien empezó a ponerse nerviosos.

-Tus ojos son como el sol y la miel. Debes ser una persona muy especial porque puedes calentar y endulzar la vida de quienes te rodean –dijo Kazumi queriendo tocar la cara del jovencito, pero se contuvo al saber que no estaría bien hacerlo. Luego se alejó un par de pasos y le ofreció una sonrisa, de esas que se antojan tiernas y dulces porque quien te la ofrece cierra por completo los ojos y extiende a todo lo que puede la línea de la sonrisa.

-Kazumi, él es Shiro, un amigo que vive con nosotras desde hace seis años. No te comenté sobre él porque no sabía cómo explicar nuestra relación –el jovencito prestó atención a lo que decía Reiko y a la expresión que pusiera la niña prodigio sobre lo que escuchaba.

-¿Acaso son novios? –preguntó Kazumi inocentemente. Reiko suspiró algo molesta, pero no con su amiga, sino porque lo que acababa de decir todo el mundo lo suponía, mientras que el jovencito negaba frenéticamente con las manos y cabeza.

-No. Shiro quedó huérfano a los diez años y mi mamá era amiga de su madre. Al no tener a nadie que cuide de él, nosotras lo acogimos. La única relación que nos une es la amistad –dijo Reiko y Shiro le ofreció el puño para que la amiga de la niña prodigio lo saludara chocándolo con su mano cerrada.

-¿Y es mudo? –preguntó muy bajito Kazumi, ya que hasta ese momento no le había escuchado hablar al muchacho.

-¡Claro que no! –dijo Shiro protestando, pero no porque estuviera molesto, sino porque le preocupaba que Kazumi encontrara en él algo que pudiera provocar que decida mantenerlo lejos de ella.

-Vaya, tiene voz y es muy bonita –que Kazumi haya dicho eso con la inocencia que sus doce años le proveían, hizo que Shiro se sonrojara, Reiko lo notara y empezara a reír porque acababa de darse cuenta que su amigo gustaba de su amiga.

-Mejor pasemos a casa, Kazumi, para que te conozca mamá –y así entraron a la humilde propiedad ambas amigas.

La niña se retiró los zapatos y los colocó a un lado de la puerta, ya que la casa era tan pequeña que no contaba con un recibidor de visitas como había en la suya. Shiro de inmediato se acercó a ella y puso en el suelo, enfrente de la niña, un par de sandalias, que eran demasiado grandes, para que las calce. Kazumi miró los pies descalzos del muchacho y supo que le estaba ofreciendo sus sandalias para que no tuviera frío al caminar sin zapatos. Ella se las colocó y luego le agradeció con una reverencia y unas palabras: «Tenía razón, eres cálido como el sol y dulce como la miel». Shiro se esforzaba por no demostrar lo feliz que estaba al escuchar tan bonitas palabras que le ofrecían con esa tierna voz, y Reiko sonreía al ver a su amigo tan contento, algo que desde que su madre partiera de este mundo no había notado.

La madre de Reiko, Maeko san, salió de la pequeña cocina con un gran tazón de ramen. Tras saludar a la invitada de su hija, le pidió que los acompañara a cenar, cosa que la niña aceptó, pero primero debía avisar a su chofer y guardaespaldas para que ellos fueran a hacer lo mismo. Después de terminar la deliciosa comida, Kazumi volvió a agradecerles por acogerla en su hogar y ser tan buenos con ella y prometió que la próxima vez que los visitaría ella se encargaría de llevar la cena. A Shiro le encantó escuchar que Kazumi volvería, ya que toda la velada se la pasó observando cada movimiento de la niña. El muchacho había sido flechado, fue amor a primera vista, y estaría mal si él no fuera tan o más inocente que ella, ya que a sus dieciséis años Shiro no conocía de maldad y era muy pudoroso, por eso el encanto de una inocente niña lo cautivó.

Cada semana Kazumi visitaba a Reiko, Maeko san y Shiro en la casita donde vivían. Con ayuda del chofer y guardaespaldas compraba la comida que llevaba para que los cuatro cenaran. Mientras que la madre viuda y la amiga preparaban algo más para complementar la cena, Shiro le pedía ayuda a la niña prodigio con su tarea de Matemáticas, ya que estaba en el segundo año de secundaria superior y, según él, se le complicaba un poco entender los problemas de geometría y trigonometría. Para ella no era un problema enseñarle a su nuevo amigo, pero Reiko siempre le ofrecía una mirada desaprobatoria a Shiro, algo que al principio lo hacía sentir mal, pero luego ya no le importaba. Así esos dos empezaron a tratarse y a estimarse mutuamente, a conocerse y entablar una fuerte amistad.

El año escolar siguió su curso y llegó a su fin con el inicio nuevamente de la primavera. Shiro aún tenía un año más que estudiar para terminar la escuela, mientras que Reiko y Kazumi estaban a la espera de los resultados de sus promedios para saber a qué universidad asistirían. La niña prodigio obtuvo un ponderado nunca antes visto y eso hizo que el Gobierno Japonés, a través del Ministerio de Educación, le propusiera estudiar la carrera que ella quisiera en la mejor universidad de todo el país: la Universidad de Tokio. Kenzo pensó que su hija elegiría Economía, para de algún modo trabajar en la empresa familiar mientras conseguía esposo, pero Kazumi decidió estudiar Medicina, y con eso alejaría por completo a su padre de ella. En el caso de Reiko, la joven había participado en un programa de becas para estudiar en el extranjero, ganando una que la llevaría a Italia, a la ciudad de Nápoles, a estudiar Arquitectura.

Ante la noticia de que Reiko tenía la posibilidad de estudiar una costosa carrera completamente gratis, ofreciéndole un lugar donde vivir y tres comidas al día, más un bono para gastos personales, Maeko san decidió vender todo lo que tenía para ir junto a su hija a vivir esa nueva aventura, ya que Reiko era lo único que le quedaba en la vida y no quería dejarla sola. Lo malo de tomar esa decisión era que Shiro se quedaba solo, sin quien lo acogiera, cuando aún no tenía la edad suficiente para aplicar a un empleo formal, ya que debía terminar la escuela para hacerlo, aunque aún fuera un menor de edad para la ley japonesa, ya que se es mayor e independiente al cumplir veinte años.

Maeko san le prometió a Shiro que no se quedaría solo, que hablaría con una buena conocida para que lo alojara y alimentara a cambio de una paga, ya que el jovencito hacía pequeños trabajos los fines de semanas en algunos negocios de Kabukicho, cuyos dueños conocían su historia de orfandad y así buscaban apoyarlo para que saliera adelante. Kazumi también le prometió que seguiría yendo a buscarlo y que le invitaría a cenar seguido. Esto último era lo que más quería: seguir viendo a la niña prodigio que se había robado su corazón. Shiro no quería alejarse de ella, dejarle de hablar, ya que quería verla crecer y tener la oportunidad, cuando ella ya sea una mujer, de decirle todo lo que sentía por ella, y mantenía la esperanza de que ella respondiera favorablemente a sus sentimientos.

Una semana antes de que Maeko san y Reiko partieran hacia Nápoles, la viuda llevó al muchacho a conocer a quien le ofrecería alimento y cobijo hasta que pudiera conseguir un trabajo estable que le permitiera mantenerse y ser independiente por completo. Yumei Takahashi era el nombre de la mujer a la que Maeko san le había hablado de Shiro para que lo ayude por un año. Al compartir el nombre de la difunta madre del muchacho, tanto él como Maeko san pensaron que sería una acertada decisión dejarla encargada de él, algo que no sería así. Yumei significa sueño, pero para Shiro esa mujer se convertiría en su peor pesadilla.

Cuando Yumei Takahashi vio al joven Shiro Morita, con apenas diecisiete años, despertó en ella el deseo por él. Takahashi san era una joven viuda que, al igual que Maeko san, no llegaba a los cuarenta años. Maeko san la conocía por ser la “mama” o encargada de un snack en Kabukicho, como se les llama a esos negocios en los que los hombres van a beber y platicar entre ellos, comiendo algunos aperitivos que la mama preparaba u ofrecía, como calamar seco, pero en realidad ese negocio era solo una fachada, ya que ahí jalaba a los hombres para que luego fueran a un motel en donde los esperaban las prostitutas que contrataban. Al estar por tantos años en esa vida mundana, Takahashi san se desvirtuó, y al haber quedado viuda y sin hijos a los veintiocho años, calmaba sus ganas de tener un hombre entre sus sábanas ofreciéndose ella misma a aquellos clientes que llamaran su atención.

Shiro, además de tener unos llamativos ojos, era un muchacho atractivo. A sus diecisiete años superaba el 1.80 m y lucía atlético por andar de trabajo en trabajo, muchos de los cuales le exigían levantar pesadas cargas que hacían que sus músculos se desarrollen y definan, marcando tentadoramente diferentes zonas de su juvenil cuerpo. Sus facciones eran finas y varoniles, su cabello, el cual lo llevaba largo hasta el mentón, caía con unas finas hondas entre las cuales se escondía su bonita y exótica mirada. Además, era un poco tímido y reservado, algo que le agradó a Takahashi san, ya que sería fácil de dominar y manejarlo a su antojo.

Tras irse Reiko y Maeko san al aeropuerto, Shiro caminó con sus pocas cosas hacía la austera vivienda de Takahashi san. El jovencito solo tenía consigo un bolso para el mercado con algo de ropa, que aparte de sus uniformes de la escuela eran dos pares de pantalones, unos cuatro polos, una bufanda y una casaca, además de algunas piezas de ropa interior que no llegaban ni a la media docena. En otro bolso llevaba sus zapatos, los cuales eran un par de deportivos y unos de color negro para el colegio, un par de deportivos que calzaba los fines de semana mientras trabajaba y las sandalias, las cuales usaba para andar por casa y cuando se bañaba. Además de esos bultos llevaba su mochila en donde cargaba sus cuadernos y libros de la escuela.

Cuando murió la madre de Shiro los prestamistas a los que había recurrido para costear algunos gastos que no podía enfrentar al dejar de trabajar por el cáncer de mamas que padeció, el cual era muy agresivo y fue descubierto en etapa terminal, se cobraron arrebatándole al pequeño de diez años que quedaba en orfandad todos los enseres que tuvieran algo de valor que había en su pobre vivienda. Lo único que pudo rescatar fue una foto de su madre, una en la que se veía el mar detrás de ella, en donde la recordada progenitora lucía muy joven y sonreía con amor porque el padre de Shiro fue quien estaba al otro lado de la cámara captando ese momento en el que, de seguro, le pareció que ella era la mujer más hermosa del mundo, algo que también pensaba Shiro hasta que conoció a Kazumi. Esa foto, que guardaba entre las hojas de un poemario que a su madre le gustaba leer, la llevaba siempre consigo, así como las rimas, algunas alegres, otras tristes y muchas románticas, que su madre amaba recitarle desde que era un bebé.

Shiro estaba muy nervioso. Se detuvo enfrente de la puerta de entrada de la vivienda de Takahashi san. Aferrando fuertemente sus manos a las asas de las bolsas y mochila en donde llevaba sus pocas pertenencias, sintió la necesidad de alejarse de ahí, como si algo le dijera que no se acerque a ese lugar, a esa mujer. Por varios minutos se quedó parado sin hacer nada, debatiéndose si debía o no avisar sobre su presencia al golpear la vieja y muy maltratada puerta. Al final decidió que mejor era irse, pero antes de que pudiera dar el primer paso, el cual era decisivo y necesario para que en él aparecieran las ganas de no dejar de andar, alejándose de aquella propiedad, de aquella mujer y de todo lo que sufriría posteriormente, Takahashi san abrió la puerta. Al ver a Shiro cargando sus cosas lo invitó a entrar, y este ingresó sin tomar en cuenta lo que su intuición le alertaba.

El jovencito estaba tan nervioso que no se había percatado de la ropa que portaba la viuda. Ella solo llevaba una bata que si enfocabas bien la vista podías notar la piel de ciertas zonas íntimas de su cuerpo. Al notar la incomodidad de Shiro, la viuda pensó que este se había dado cuenta que debajo de esa prenda ella no traía más ropa, y que, al ser un adolescente deseoso de contacto físico, de descubrir el cuerpo femenino y conocer cómo satisfacer sexualmente a una mujer, su nerviosismo se debía a que no sabía cómo comportarse ante tal escena. Ese pensamiento la animó a ser directa desde un inicio con el muchacho.

-Esta será tu habitación. Deja tus cosas en ella y luego ven hacia la cocina –el jovencito solo asintió con una reverencia, ya que en ningún momento pudo pronunciar palabra ni mirar a quien le hablaba. Después de hacer lo que le pidieron, caminó hacia la cocina. Él ya conocía la distribución de la pequeña casa porque el día en que fue con Maeko san para hablar sobre si sería posible acogerlo mientras cursaba el último año de secundaria superior pudo observar el espacio de esa propiedad, por lo que no se le hizo difícil encontrar a la viuda.

-Ya dejé mis pertenencias en donde me indicó, Takahashi san –dijo Shiro aún sin notar las intenciones de esa mujer. Tenía las palmas de las manos pegadas a los muslos, como si estuviera en posición de atención y seguía fijando la mirada en el suelo.

-Shiro, ¿ya has podido conocer a una mujer en la intimidad? –preguntó la viuda mientras cortaba una rebanada de manzana.

-¿A qué se refiere, Takahashi san? –preguntó levantando la mirada, la cual mostraba duda e inocencia.

-¿A que, si has visto, tocado, una mujer desnuda? –la viuda se acercó a él con el trozo de manzana que había cortado en una de sus manos, mientras que con la otra desataba el nudo que mantenía su bata cerrada.

-¡No! Yo respeto a Kazumi –soltó sin pensar en lo que decía. La viuda se detuvo y su expresión facial lucía enojada.

-¿Quién es Kazumi? –preguntó malhumorada.

-La niña que me gusta. ¿A eso se refería? ¿A si la he tocado? Es que ella es a la única que se me antoja querer tocar –casi en un murmullo, sonrojado y sin saber claramente el por qué confesó tremendo secreto a aquella mujer que recién estaba conociendo, Shiro respondió sinceramente.

-¿Qué edad tiene? –quiso saber la viuda.

-Acaba de cumplir trece años –la experimentada mujer empezó a reír a carcajadas, mientras que Shiro no entendía por qué reía su nueva casera.

-Shiro, yo hablo de mujer. ¿Acaso crees que ella tenga esto? –y le mostró uno de sus pechos al abrir la bata que portaba. El jovencito retrocedió asustado, ya que no se esperaba que la viuda hiciera eso-. ¿Has tocado alguna vez el cuerpo de una mujer de verdad, querido Shiro?

-N-no –soltó mirando hacia un lado, ya que no se sentía bien prestándole atención a la viuda.

-¿Y alguna mujer te ha tocado íntimamente? –el jovencito no notó que la viuda se acercaba a él. Ella llevó una de sus manos hacia la entrepierna de Shiro y apretó suavemente. Al no gustarle lo que la viuda estaba haciendo, se alejó de ella corriendo hacia la habitación en donde había dejado los tres bultos con los que llegó-. ¿Qué crees que haces? –le preguntó la viuda al verlo salir de la habitación junto a sus pertenencias.

-Me voy. Creo que es una muy mala idea que me quede con usted –dijo Shiro sin mirar a la mujer, caminando hacia donde estaba la puerta de salida.

-¿Y a dónde piensas ir? No tienes a nadie que pueda ver por ti. Si te quedas conmigo tendrás donde dormir y comida caliente, hasta tendrás con quien pasar la noche divertidamente –y nuevamente la viuda quiso tocarlo en su zona íntima, pero él la alejó al apartarla con el brazo, haciendo que la mujer trastabillara al enredarse con su propia bata.

-Lo siento. Lo que me ofrece es muy poco para lo que me pide hacer –dijo Shiro seguro de lo que hacía y continuó caminando hacia la puerta.

-Ahora que llegó la primavera y vendrá el verano podrás dormir en las calles, pero cuando el otoño comience regresarás a mí rogándome porque te abra mi puerta. Y ten la seguridad que así lo haré, siempre y cuando tú te quieras meter entre mis piernas y pagarme con placer el hospedaje y la comida que te daré –soltó la viuda con una voz que parecía que le estaba echando una maldición. Shiro solo siguió caminando y no paró hasta que se supo seguro.

Al necesitar un espacio en el que pudiera dejar lo poco que tenía, usar el baño y dormir, aunque sea, en el suelo de un pequeño espacio techado, Shiro caminó hacia la escuela pública donde estudiaba esperando que alguien pudiera brindarle una mano. Como faltaba una semana para el inicio de las clases, el colegio estaba vacío. Sin saber qué hacer se sentó sobre la acera y empezó a llorar. Más que preocuparle en dónde viviría, lloraba por el bochornoso momento que esa mujer le hizo pasar. Si Shiro hubiera sido un muchacho sin pudor ni moral no lo hubiera pensado dos veces y hubiera aceptado la propuesta de la viuda, pero él ya había entregado su corazón a Kazumi, aunque esta misma no lo supiera, y no quería traicionar a su corazón ni a la niña que ya amaba al enredarse por necesidad con una mujer que podría ser su madre. El encargado de la seguridad de un edificio de estacionamientos que quedaba a dos cuadras de su escuela lo vio llorando cuando pasó por donde él estaba sentado y desesperanzado. El hombre mayor se acercó a él para preguntarle si de alguna manera lo podía ayudar, y él le contó entre sollozos lo que le acababa de ocurrir.

-La vida es dura, muchacho, y en ella te toparás con personas como esa mujer, y aún peores que ella. Sin embargo, por más que golpee la vida, aún hay personas que no olvidamos que lo que damos será lo que recibimos. Así que ven conmigo, no tengo mucho que darte, pero al menos no estarás durmiendo bajo las estrellas y podrás dejar tus pertenencias mientras vas a la escuela –secándose las lágrimas con su camiseta, Shiro agradeció al hombre mayor lo que estaba haciendo por él y le preguntó su nombre-. Soy Daiki Hashimura. Puedes llamarme como quieras, pero siempre con respeto –y tras recibir la sonrisa del noble hombre entrado en años, Shiro suspiró algo aliviado y marchó al lado de su nuevo amigo.

Hashimura san vivía en un pequeño cuarto con baño que estaba destinado para el guardia de seguridad de ese edificio de parqueo. Para fortuna de Shiro, el anciano tenía un camarote de dos niveles en su habitación, por lo que no dormiría sobre el duro suelo. El jovencito le agradeció nuevamente por la ayuda que le brindaba, pero ahora lo hacía con una reverencia de 90° grados.

-Se nota que eres un muchacho de nobles sentimientos y bien educado. ¿Acaso eres un niño rico que ha caído en desgracia? –bromeó el guardia con el muchacho.

-No, siempre he sido pobre, y desde los diez años huérfano –el hombre mayor lamentó cómo la vida había maltratado a su nuevo joven amigo-. ¿Por qué esa pregunta, Hashimura san?

-Por tus ojos. No son comunes.

-Mi madre me comentó que heredé los ojos de mi padre, a quien no conocí. Él murió antes de que yo naciera –sin madre y sin padre, Shiro era una presa fácil para personas con muy malas intenciones, pensó el hombre mayor.

-¿Y él era extranjero?

-No. Él era japonés, se apellidaba Morita, pero heredó de su madre, mi abuela, esta característica que es una mutación muy particular. Mamá me contaba que no solo mi padre tenía los ojos del color del ámbar, sino sus hermanas, mis tías, también tenían ese particular matiz de ojos.

-¿Y en dónde están tus tías? ¿Las conoces?

-No. Mamá no se llevaba bien con la familia de mi padre, y, cuando este murió, perdió todo contacto con ellos. Antes de morir trató de encontrarlos para que yo no me quedara solo, pero no pudo dar con ellos. Si no los he buscado es porque creo que ellos no quieren saber de mí. Mamá estaba sola en el mundo hasta que conoció a papá, así que ellos debieron saber que cuando papá murió, mamá y yo nos quedábamos solos, por lo que pudieron buscarnos y aceptarnos en su familia, pero no lo hicieron. Supongo que al ser hijo de la mujer que despreciaron, también lo hicieron conmigo.

Al vivir con su nuevo amigo Shiro cambió su rutina para poder ayudarle en lo que pudiera, tener tiempo para estudiar y para seguir trabajando los fines de semana. Aunque sus clases empezaban a las 8 am, el muchacho se despertaba a las 5 am para limpiar el baño y la caseta en donde debía pasar todo el día cuidando el ingreso y salida de vehículos Hashimura san, preparaba el desayuno con los insumos que su nuevo amigo compraba y ayudaba al repartidor de periódicos a surtir la máquina expendedora. Luego iba a la escuela y regresaba a las 5 pm. Llegaba a ayudar en lo que el noble hombre mayor necesitara y a preparar la cena. A partir de las 9 pm empezaba a hacer sus deberes escolares hasta la medianoche. Los fines de semana en vez de ir a la escuela iba a trabajar haciendo trabajos de limpieza y reparación en los diferentes negocios en Kabukicho, siempre evitando ir por la zona en que quedaba el snack que atendía la viuda Takahashi, aunque ese negocio abría a partir de las 6 pm. Así estuvo viviendo Shiro hasta mediados de agosto, mes en el que su nuevo amigo ya no pudo ayudarlo más al enfermar.

Daiki Hashimura tenía setenta años cuando se topó con Shiro y quiso ayudarlo, pero su salud no estaba del todo bien. El hombre mayor había desarrollado una afección cardiaca que debía ser atendida con una cirugía y de ahí dejar de trabajar arduamente como lo hacía. Al encontrarse a un desvalido jovencito pospuso sus planes de dejar el trabajo para que le realicen la cirugía y retirarse a vivir con su hijo en la ciudad de Fukuoka, de donde era oriundo, por lo que tendría una seria recaída a principios del mes de agosto. El hijo de Hashimura san llegó a coordinar la cirugía de su padre y a disponer su traslado. Al saber la situación del muchacho quiso ayudarlo y le propuso que vaya con ellos a Fukuoka, pero Shiro no quería dejar Tokio.

El principal motivo para no dejar la capital era que no perdía las esperanzas de encontrarse nuevamente con Kazumi. Confiando que todo estaría bien, Shiro junto a Reiko, antes de que esta marchara hacia Italia, le mostraron a la niña la nueva casa en donde viviría el muchacho, pero él no le pidió la dirección de su casa a su querida niña, ni siquiera un número telefónico al cual pudiera contactarse con ella. Por ayudar a su amigo Hashimura san y trabajar en los negocios de Kabukicho, Shiro no había podido ir hasta la Universidad de Tokio e intentar encontrársela en los alrededores del campus, ya que con la facha que tenía por sus malaspectosas ropas no lo dejarían ingresar a la institución educativa.

El hijo de Hashimura san habló con el dueño del edificio de parqueo para pedirle que el muchacho pudiera refugiarse en el cuarto en el que había sido acogido por su padre, pero el hombre de negocios no quiso, ya que solo podía hacerlo si se quedaba con el empleo que estaba dejando el hombre mayor al jubilarse, pero Shiro tampoco quería dejar la escuela, así que no le quedó de otra que cargar con sus pocas cosas e irse a buscar en dónde podría vivir por los meses más duros del año, los que acogen a las húmedas y frías estaciones de otoño e invierno.

Una semana Shiro soportó dormir en la intemperie. Trataba de refugiarse dentro de algún juego de un parque o en algún callejón, pero el frío de la lluvia le calaba hasta los huesos, y eso que recién empezaba setiembre. Entre los dueños de los negocios de Kabukicho intentó encontrar algún lugar en donde pudiera quedarse, pero fue inútil, ya que los negocios funcionaban de noche, haciendo imposible que pudiera refugiarse en ellos. Al no saber qué hacer, el recuerdo de las últimas palabras que le dijera la viuda Takahashi llegaron, y él pensó que eso había sido una maldición que esa mala mujer le había lanzado. «Tendré que volver donde ella y acceder a todo lo que me pida. Si muero no volveré a ver a Kazumi, así que, si tengo que pasar por la denigrante experiencia de tener que vivir con esa mujer para algún día volver a ver a mi niña, lo haré. Es solo cosa de unos meses para terminar la escuela y dejar ese lugar que, ya imagino, será un infierno».

Teniendo bien en claro el por qué regresaba a la casa de Takahashi san, Shiro golpeó la puerta. Un hombre la abrió, solo vestía los pantalones y aparentaba unos treinta y algo de años. El desconocido preguntó a Shiro, de muy mala manera, sobre qué quería. Este le dijo su nombre y preguntó por la viuda. Como la vivienda no era muy grande, la dueña de casa pudo escuchar la voz del muchacho preguntando por ella. Takahashi san había amanecido con un cliente de su snack con el que usualmente tenía encuentros íntimos clandestinos, ya que el hombre era casado. La viuda, aunque podía tener a cualquier espécimen del sexo opuesto en su cama porque no era de mal ver, estaba obsesionada con Shiro, así que vistió su bata, calzó sus sandalias, tomó el resto de la ropa y zapatos de su acompañante de turno y salió hacia la puerta principal.

-Ya es hora que te marches, Isao –soltó la viuda entregándole sus pertenencias al hombre. Este, quien la conocía bien, pudo notar el interés de la mujer por el muchacho, por lo que protestó.

-¿Me echas para revolcarte con uno que es casi un niño? –dijo el amante de turno de Takahashi san mientras se calzaba y terminaba de vestirse.

-Él es mi sobrino, y tú estás de más aquí –se excusó la viuda.

-Sobrino… sí, claro –soltó con burla el hombre llamado Isao y luego miró a Shiro-. No tienes cara de ser como nosotros, debes estar aquí por necesidad –dedujo lo último al barrer con la mirada a Shiro y notar que sus ropas y calzado no era de los mejores-. Cuando puedas, huye; ella no es una buena mujer –dijo el hombre y se retiró de la propiedad.

-¡Imbécil! Como si fueras alguien de honor para dar tu opinión sobre mí –dijo la viuda jalando a Shiro para hacerlo entrar y cerrar la puerta-. Te dije que regresarías cuando el clima no te permitiera vivir como un mendigo –soltó Takahashi san acercándose a Shiro. El muchacho lamentaba su fortuna al tener que sucumbir ante esa mala mujer solo por haberse quedado solo en la vida a temprana edad. En eso llegó a su mente desde su memoria el rostro sonriente de Kazumi cuando le dijo que era cálido como el sol y dulce como la miel, y le bastó para tragarse su lamento y encarar la situación para sobrevivir.

-Tenía razón, nunca iba a lograrlo solo –dijo Shiro mirando a la mujer sin expresión en su mirada.

-Dejemos algo bien claro, muchacho –empezó a hablar la viuda al notar que en la mirada de Shiro no había ninguna emoción para ella-. Tú tienes algo que quiero y yo te puedo brindar un lugar donde vivir y comida. No es necesario que me des el poco dinero que te pagan por los trabajos que realizas los fines de semana, ese úsalo para mejorar tu vestimenta y calzado. Tampoco te pido que te enamores de mí, solo que tu cuerpo responda como yo quiero. Si estás pensando en otra mientras estoy encima de ti, no me interesa mientras me des lo que quiero –la viuda comenzó a caminar hacia la habitación que sería del jovencito cargando una de las bolsas que este llevaba consigo. Él la siguió manteniendo la misma inexpresiva mirada-. Ah, y tampoco es que a cada rato voy a querer estar sobre ti, yo también tengo que trabajar para ganarme el sustento. Cumplirás sin contratiempos con tus deberes de la escuela y los compromisos laborales que tengas. Ten, esta es la llave de la puerta de entrada –tomó la mano de Shiro y puso sobre su palma una pequeña llave plateada-. Ahora esta será tu casa, y yo, cuando quiera, seré tu mujer –la viuda se acercó a Shiro y posó sus manos sobre el abdomen del muchacho, sintiendo de inmediato los músculos marcados que tenía en esa zona, despertando en ella el deseo de tenerlo entre sus piernas.

-Ahora debo irme a uno de los moteles de Aihara san, ya que debo arreglar unas puertas y ventanas, además de ayudar con la pintura –soltó Shiro dando a entender que en ese momento no podía acceder a los caprichos de la viuda. Aihara san era prácticamente el dueño de todo en Kabukicho, un yakuza con mucho poder en el barrio rojo, el proxeneta mayor, ya que nadie se prostituía en esa zona sin que él lo supiera, debiendo pagar un tributo para obtener el permiso, y si Shiro estaba trabajando para él, debía ser puntual y cumplir con sus horas laborales, sino se metería en problemas.

-No te preocupes, ve y cumple con tu trabajo. Cuando regreses, antes que yo me vaya al mío, me darás lo que quiero de ti.

El muchacho estuvo pensativo durante las horas en que estuvo haciendo el trabajo de carpintería y pintura en ese motel en Kabukicho. Como nunca antes lo había hecho, empezó a observar a todos los que tenía a su alrededor, llegando a la conclusión de que todos tenían vicios que dominaban sus vidas, y que por ello trabajaban en ese barrio donde se podía encontrar todas las formas posibles en las que se puede pecar. Para esas personas era algo normal ser así: beber hasta perder la consciencia; acercarse a una mujer y consultar por su precio como si estuviera preguntándole su nombre o edad; golpear hasta matar a quien no quería o podía pagar las deudas de apuestas; perder la mente fumando, aspirando o inyectándose cualquier droga que les ayude a alejarse de la horrible realidad en la que estaban sumergidos. Vivían sin preguntarse qué pasará mañana, sin tener objetivos que alcanzar, sin sueños que cumplir. Aunque reían, no eran felices; se les notaba el miedo, la tristeza, el enojo, el asco, la desesperación, pero parecía que no sabían identificar esas emociones y solo las cubrían aparentando alegría, que viviendo en ese libertinaje era como querían terminar sus días. Shiro entendió que él era diferente a ellos; que él sí tenía sueños, aspiraciones; que sí pensaba en un mañana, y que sabía que la vida que llevaba no era la máxima expresión de la felicidad porque estaba solo. La imagen de Kazumi, su niña, como él la llamaba, llegó a su mente y pudo sonreír, aunque sabía que después de sucumbir a los deseos de la viuda Takahashi iba a llorar y detestarse a sí mismo por no haber encontrado otra forma de sobrevivir.

Eran las 4 pm cuando regresó a la vivienda en donde se cobijaría de la lluvia y el frío por los meses otoñales e invernales. Abrió la puerta con la llave que le entregara la viuda y fue hacia su habitación. Shiro esperaba descansar, aunque sea unos minutos, sobre la cama que no tenía idea si era cómoda o no, pero Takahashi san no lo dejó, ya que lo esperaba desnuda sobre la cama. Él solo desvió la mirada hacia una de las paredes de la habitación. Para darse ánimo y pasar ese incómodo momento se repetía a sí mismo que todo era por sobrevivir para volver a ver a Kazumi. La viuda dejó la cama del muchacho, caminó hacia él y comenzó a despojarlo de la vieja y sucia ropa que vestía después de una ardua jornada de trabajo manual. Al estar desnudo, lo llevó hacia el baño para que tomara una ducha, la cual hubiera sido gratificante, si no fuera por el constante manoseo que sufrió por la depravada viuda.

Al estar completamente limpio, la experimentada mujer lo llevó a su habitación. Ya sobre la cama de la viuda, esta comenzó a besar y lamer cada rincón del cuerpo de Shiro, excepto su cara, ya que ella no era de besar cuando solo se trataba de sexo. Con sus manos la viuda masturbó al muchacho, el cual solo atinó a cerrar los ojos e imaginarse a Kazumi de unos veinticinco años besándolo, tocándolo, lamiéndolo, chupándolo, todo lo que Takahashi san le hacía. Al recrear esa imagen en su mente, el cuerpo de Shiro respondió al estímulo táctil de la viuda, quien, tras colocar un preservativo en el falo erecto del muchacho, lo introdujo en su vagina al sentarse sobre él. El movimiento constante vertical que rítmicamente le ofrecía esa mujer empezó a gustarle, pero por haberse enfocado agudamente en lo que recreaba su mente, no era consciente que quien le ofrecía ese placer era alguien más y no una adulta Kazumi. Al llegar al clímax y lograr el orgasmo al eyacular, Shiro soltó entre gruñidos el nombre de su niña.

La hora avanzaba y al tener que ir para abrir el snack donde trabajaba, la viuda se alejó de Shiro para asearse, vestir sus ropas y salir de la vivienda, dejándolo solo con sus pensamientos, emociones y sentimientos al muchacho. Cuando escuchó que la puerta se cerró, las lágrimas empezaron a caer de los ojos del jovencito. En ese momento no sabía con certeza la razón de su llanto: si era porque prácticamente había sido violado o porque extrañaba de sobremanera los días en que vivía con Maeko san y Reiko, esperando deseoso el momento en que llegara Kazumi para compartir un bonito tiempo con ellos, a quienes consideraba sus amigos. Shiro sentía que algo se había quebrado en él, pero se obligó a restaurarlo y a continuar, ya que no podía dejarse vencer por esa situación, no cuando tenía tantos sueños que quería hacer realidad, en especial uno que era el que lo mantenía cuerdo y con la esperanza al 100 %: volver a ver a Kazumi para decirle todo lo que sentía por ella.

Después de llorar por casi una hora, con los ojos hinchados y sintiéndose sucio, Shiro aseó su cuerpo, vistió el único pijama que tenía y sin cenar se fue a dormir a su habitación. En un solo día le habían pasado tantas cosas: había tenido que doblegar su orgullo y dignidad para regresar a tocar la puerta de Takahashi san; había descubierto que estaba rodeado de gente viciosa y corrompida que sufría porque ese estado pecaminoso solo les producía una falsa felicidad; había conocido el tacto de una mujer sobre su piel y el calor interior del cuerpo femenino sin desearlo; había llorado como hace mucho no lo hacía, que fue cuando murió su madre, y había reafirmado que su propósito de querer salir del hoyo donde se encontraba tenía nombre y apellido: Kazumi Shimizu.

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