Danisa:
Carrera ilegales.
Qué divertido.
Desde que cumplí diecisiete años me he dedicado a venir casi todos los sábados por la noche a las carreras que organizaban un grupo de personas. No era un lugar muy adecuado para estar, pues había drogas, mucho alcohol y hasta algunos mafiosos, pero supongo que siempre me llamó la atención el peligro. Además, en este lugar formé algunos amigos con los que llevaba siendo amiga desde hace ya más de cinco años y con quien era inseparable.
Si me preguntaban de dónde es que venía esta especie de fascinación por las carreras ilegales, no tenía respuesta certera, porque ni yo entendía el motivo de esto, aunque siempre que me cuestionaban, yo decía que era por la adrenalina, por la euforia. Como mencioné, llegué a conocer las carreras gracias a mi mejor amigo, Sam, quien me trajo por primera vez. Esa noche la pasé tan bien, me divertí tanto, que quise seguir viniendo y viniendo, y así era hasta el día de hoy. Claro, solo mis amigos sabían sobre esto, y algunos conocidos, pero mi familia no tenía idea de lo que su preciosa hija, la chica inteligente, estudiante aplicada de la universidad de Sídney, Australia, hacía en su tiempo libre. A mis padres les daría un infarto si supiesen sobre esto y me quitarían toda mi fortuna como castigo, porque sí, ellos me amaban, pero eran capaces de sacarme del testamento familiar y capaces de cortarme todas mis tarjetas de crédito.
Siempre eran las mismas personas las que organizaban las carreras, siempre con algún nuevo competidor que estuviera dispuesto a ganar dinero, e incluso a perder dinero si no cruzaban la meta primero, pero jamás me interesó entablar una conversación con algunos de ellos ni mucho menos presentarme. Tampoco quería hablar mucho con las personas, no por tímida, no por desinterés, sino porque no deseaba que supieran más de mí de lo que dejaba ver.
En los cinco años que estado frecuentando este lugar, solo cinco personas sabían sobre mi nombre y apellido. El resto, no tenía idea de que yo era una chica muy rica. Si decía mi nombre y apellido, era obvio que me preguntarían si tenía algo que ver con las empresas Stelles, una de las empresas más famosas y multimillonarias de todo Australia. No me convenía que nadie supiera, porque sabía que preguntas clasistas como “¿qué hace una chica de alta categoría en un lugar como este?” aparecerían y no se me apetecía contestarlas. Más allá de eso, porque, como mencioné, había gente peligrosa aquí, y no me sorprendería que alguien quisiese secuestrarme para extorsionar a mi familia.
—¿Estás listo? —le pregunté a Sam, quien me miraba con una sonrisa de obviedad.
—Por supuesto que estoy listo, no he perdido una sola carrera desde que empecé a correr. Sé que ganaré esta también —respondió mi mejor amigo, feliz.
Si algo caracterizaba a Sam, era su confianza en sí mismo. Yo tenía esperanzas de que ganara, aunque, más que esperanzas, era una seguridad, igual que él. Lo sabía porque ya lo había visto correr muchas veces, y en todas esas carreras, él vencía a sus contrincantes. Y con mucha ventaja. Sam era una competencia fuerte para todos los demás corredores. Sé que muchos le tenían miedo y preferían no apostar dinero con él porque sabían que iban a perder.
—¿Quién es el valiente que correrá contra ti esta noche? —pregunté, feliz por Sam, pues luego de ganar esta carrera, él tendría en su bolsillo mucho más dinero del que llevaba ahorrando.
Para ser francos, Sam no necesitaba ahorrar ni preocuparse por el dinero, pues también era millonario y sus padres tenían acciones en la empresa de mi familia, pero Sam era más amante del peligro y de la adrenalina que yo. A él le gustaba arriesgarse en estas carreras, le gustaba correr, algo que nos diferenciaba, porque, a pesar de tener mi carácter, yo me cagaría de miedo si tenía que subirme a un auto a correr una carrera. No podría hacerlo ni borracha. No mala manejando, pero no tenía lo que se necesitaba para ser una corredora ilegal.
Por el momento, me sentía genial en donde estaba, siendo una espectadora.
—Sé que el chico se llama Chase. Lo he visto un par de veces por aquí, pero no tanto. Dicen que es bueno corriendo, ha corrido otras veces en otros lugares. También he oído que es un poco problemático.
Eso me generaba un poco de miedo. No quería que nada malo le sucediera a mi mejor amigo.
—Bueno, por favor, ten cuidado cuando estés al volante. No quiero que te hagan daño.
—No te preocupes, hermosa, yo puedo contra él —dijo, obvio.
—Sí, pero como no lo conoces.
—Relájate, ¿de acuerdo? —se quitó la chaqueta, mirando la línea de partida—. Ese ese chico que va ahí, el que se está por subir al auto —avisó Chase, ladeando su cabeza para que yo también observara.
Vi a un chico alto, de, tal vez, 1.90 de estatura, con un cabello muy negro espectacular. Vestía todo de negro: jeans, remera, zapatillas y chaqueta. Tenía una expresión molesta en su rostro, pero, desde mi lugar, pude notar los bonitos que eran sus ojos, a pesar de que no podía ver de qué color eran.
Se subió al auto.
—Parece enojado.
—Debe estar asustado. Sabe que lo venceré —Sam sonrió con autosuficiencia.
—Ve, es hora —le avisé a Sam—. ¡Mucha suerte! —Nos dimos un corto abrazo.
Me centré en cómo Sam caminaba con seguridad hasta su auto. Cuando se subió y la muchacha de pelo rosa de siempre se colocó en medio de los autos con una bandera en sus manos, supe que la carrera iba a comenzar y mi amigo se luciría como siempre. Pobre de su contrincante, pues perdería tres mil dólares esta noche.
Oí ambos autos rugir con potencia, con ansias. Cuando la bocina sonó y la chica levantó y bajó la bandera, ambos autos arrancaron disparatados, con entusiasmo, con adrenalina, con ese deseo incesable de ser alguno los ganadores de un premio grande. Noté desde mi lugar cómo mi amigo tomaba enseguida la delantera.
Sonreí con orgullo.
Ese era mi amigo.





