Dulces Mentiras De Un Amor De Contrato

Chase:

Había tenido la peor de las discusiones con mi padre esta noche. Jamás habíamos peleado tan fuerte como hoy, y jamás sentí tanta impotencia y presión en mi vida. Él me estaba obligando a hacer algo que no quería.

Desde que el abuelo Miller murió hace más de cincuenta años atrás, mi padre se convirtió en el único heredero de Miller Enterprices, una de las empresas de producción de cosméticos más grandes de todo Australia. Mi padre nunca supo administrar el dinero, siempre lo derrochó, lo gastó en viajes, casas, autos, cosas materiales, y enseñó a sus hijos (a mí igual) a derrocharlo sin consciencia alguna. Papá invirtió mal el dinero todo este tiempo, y por eso que hoy, a mis 23 años, cuando se suponía que yo debía seguir siendo multimillonario hasta la muerte, estábamos en banca rota y no teníamos una salida.

A mi padre no se le había ocurrido la mejor idea que buscarme una mujer multimillonaria que le devolviera el prestigio y el dinero a toda la familia. En otras palabras, mi padre quería que me casara con una chica de bienes materiales y económicos tan altos como los que una vez mi los Miller tuvimos.

—¿Se puede saber qué es lo que está pasando aquí? —mi madre entró a la oficina de mi padre.

Bueno, de oficina, no tenía nada, pues hace tres meses tuvimos que mudarnos a una casa tan pequeña que asfixiaba. La supuesta oficina de mi padre, era también el lavadero trucho que mi madre tuvo que crear.

—Le he dicho Chase lo que tiene que hacer para que volvamos a recuperar el dinero de la familia.

Miré a mi madre, indignado.

—¿Qué? Espera, ¡¿tú sabías de esto?! ¡Es una locura, mamá!

—Tú dijiste que estabas dispuesto a hacer lo que fuese necesario para que volviésemos a nuestra anterior vida. ¡Estoy cansada de vivir en este lugar!

Sí, ella no era la única que estaba cansada de tener que vivir dentro de cuatro paredes en las que casi no se podía respirar de lo pequeño que era todo. Y sonaba increíblemente estúpido y materialista, pero fue la forma en la que me criaron y me sentía muy incómodo con este estilo de vida. No podía acostumbrarme a esto, no cuando antes lo tuve todo. Pero, ¿casarme con una mujer multimillonaria para obtener nuevamente nuestro estatus? Era demasiado.

—Esto es demasiado. Ustedes están locos. No quiero hacerlo.

—No te estaba preguntando, Chase —papá me miró con autoridad, con rabia, presionándome.

—¿Cómo quieres qué haga? ¿Veré a la chica, ella preparará una boda perfecta y costosa y luego tengo que quedarme a su lado por el resto de mi vida hasta que me muera? No arruinaré mi vida por casarme con una chica que está desesperada por tener su cuento de príncipes y princesas. No firmaré ese contrato.

—Estamos hablando de la empresa multimillonaria más grande de toda Australia, Chase —explicó mamá.

—No me interesa. Esto da asco.

—Y la chica no sabe que tú te casarás con ella. Ella no está desesperada. Su padre es un viejo amigo mío, está dispuesto a darnos un contrato para ti. Dijo que, si tú te casas con ella, serás parte de toda la fortuna que tienen. Saldremos de este agujero.

Hice una mueca de disgusto.

¿En serio un padre le armaba un matrimonio a su hija sin que ella supiera? Esto no iba a terminar bien en ningún sentido. Supongo que esa chica y yo éramos víctimas de las locuras de nuestros padres.

—¿Qué clase de padre le organiza un matrimonio a su hija? Seguramente ella dirá que no cuando me vea.

—Es por eso que lo que tú tienes que hacer primero es enamorarla. Haz que te ame tanto y luego pídele matrimonio.

Amor de contrato. Un falso amor firmado en una hoja.

No.

—No quiero… Yo… ¡no puedo! ¡Quiero enamorarme alguna vez de alguien que sí me interese! Con esa chica no quiero nada.

—Es hermosa, la he visto un par de veces y es hermosa. Además, su padre ha aceptado a darnos una increíble casa y dinero para nuestros gastos mientras tú te encargas de enamorarla. No es tarea difícil.

¿No es tarea difícil? Dios mío, esto tenía que ser una maldita broma. Esto no podía estar pasándome.

Además, tenía 23 años, no quería engancharme con alguien aún, y mucho menos contraer matrimonio, ¡y mucho menos uno falso!

—O sea, estás pidiéndome que le mienta en su casa a la chica. Es demasiado, papá…

—¡Lo harás! —me gritó, mirándome con decepción, con ira.

—¡Ni hablar! —grité y salí de la oficina lleno de rabia.

—¡Chase! —exclamó papá, pero lo ignoré y salí de la casa.

Tomé el auto (ese que afortunadamente pudimos conducir) y lo arranqué para irme. Necesitaba distraerme, necesitaba salir de esa casa, tomar aire, pues me comenzaba a sentir muy asfixiado. Conduje a un lugar alejado, un lugar a donde muchas personas iban a ver carreras ilegales. Yo estuve varias veces allí, aunque nunca corrí, pero bien que sabía hacerlo, y era un gran corredor.

Quien organizaba las carreras era un amigo mío, y sabía bien que me dejaría correr esta noche. Le pedí que me dejara hacerlo, a lo cual accedió. Con esta carrera, planeaba llenarme de adrenalina, de emociones. Quería pensar en otra cosa, centrarme en todo lo que no tuviera que ver con mi familia. Quería descargar estas malas energías en algo. Esta carrera me ayudaría mucho.

O eso esperaba.

Sabía que hoy se apostaría dinero que no tenía. ¿Qué iba a tener? SI mis millones se fueron con los millones de mi padre cuando la empresa quebró y todo se fue a la basura. Pero tenía confianza en que ganaría esta carrera. Como dije, yo era buen corredor.

Cuando llegué a mi destino, tenía casi diez llamadas perdidas de mi padre y cinco de mi madre. No iba a contestar. Ignoré todas ellas y estacioné mi auto a un lado del auto de mi contrincante. Las personas gritaban, pedían que la carrera empezara de una vez, con esa impaciencia que siempre caracterizó a este tipo de personas. No me sabía el nombre de casi nadie, pero la mayoría eran caras conocidas.

Me acerqué a Travis, el organizador.

—¿Mal día, Chase? —preguntó con una sonrisa, y ofreciéndome un cigarrillo.

Él no tenía ni idea.

—Si te cuento, no me creerías —respondí, llevándome el cigarro a la boca y esperando a que él me diera fuego.

—A juzgar por tu cara, yo creo que sí.

Ignoré sus palabras.

Vine aquí a olvidarme del estúpido trato de mi padre con ese millonario.

—¿Contra quién compito hoy?

—Hoy tienes una fuerte competencia.

—¿Quién? —Quise saber, curioso.

—Contra Sam West.

Sam West. Sí, lo conocía, y tenía reputación de ser un gran corredor. Hasta donde sé, él nunca perdió una sola carrera, lo que significaba que, por más que yo fuese bueno, iba a tener que empeñarme mucho en ganar. Le varias caladas más a mi cigarrillo para relajarme, aunque la tensión no desaparecía de mi cuerpo. Para colmo, los gritos de las personas tampoco me ayudaban a aclarar la mente. Yo solo quería correr.

—¿Estás seguro de que quieres esto, Sam? —Travis volvió a mi lado con un vaso de cerveza para mí.

—¿Por qué?

—Porque si pierdes, tendrás que pagar mucho dinero. ¿Podrás pagar?

Me dolió. Su respuesta, me dolió.

Y por un maldito segundo, me replanteé la idea que mi padre y ese millonario tenían, y me sentí jodidamente culpable por eso. No es que yo fuese un santo, porque sí, he hecho cosas malas en mis veintitrés años de vida, pero un matrimonio por contrato me parecía demasiado. Engañar a una chica, por más que no la conociera y por más que no me interesara, no estaba bien.

Pero admito que extrañaba todos los días la vida que solía tener. Los viajes, los autos, la ropa, las fiestas… Todo.

¿Y si…?

No.

Alejé esa idea de mi mente.

—Estás dando por sentado que perderé. Gracias por la fe que me tienes —rodé los ojos.

Travis sabía sobre mi situación económica. No quise decirle porque me avergonzaba, pero él se terminó enterando.

—No es eso, es que él es muy bueno, Chase.

—Sí, como sea. —Terminé de beberme mi cerveza y tiré el cigarrillo al suelo, para luego aplastarlo con mi pie.

Caminé hasta mi auto, pensativo, enojado, molesto y lleno de odio, y me subí. Dentro del auto, comenzaba a sentir ese atisbo de adrenalina subiendo de mis pies a mi pecho. Iba a correr, y el resultado de esto, me diría si había ganado algo de dinero o si me quedaba endeudado más de lo que imaginé.

La gente ya gritaba más fuerte, emocionada, ansiosa. A los minutos, Sam ya estaba dentro de su auto, al que se había subido con una inmensa confianza. La muchacha con la bandera se encontraba en medio de los autos.

—¡Prepárense! —gritó Travis con su micrófono en manos.

La chica bajó la bandera en cuanto la bocina sonó.

La batalla ha comenzado.

Aceleré el motor, haciendo rugir a mi auto. Sam hizo lo mismo, y sentí nervios desde el primer instante, pero la adrenalina que me recorría el cuerpo entero valían la pena. Ese cosquille intenso, esa presión en el pecho, el sentirme liviano, emocionado, con un motivo fijo. Era increíble cómo el viento fresco se colaba con intensidad por la ventanilla a mi costado, como me pegaba en la cara y me refrescaba mientras conducía.

Sam tomó la delantera segundos después de dar comienzo, lo cual me hizo maldecir, pero aún nos faltaba para llegar a la meta. Podía ganarle. Tenía que ganarle.

El cielo estaba repleto de nueves, y la pista mojada por la lluvia que hubo en la mañana. Era peligroso que corriéramos así, pero es un riesgo que elegimos correr. Las calles estaban un poco resbaladizas, pero no era la primera vez que yo corría con la pista mojada. Aceleré, igualando el auto de Sam. Le eché una mirada rápida al mismo momento en que él me miraba a mí, y en expresión noté lo mucho que le molestaba que yo lo igualara, pues probablemente esta era la primera vez que alguien tan experimentado tuviese las mismas probabilidades de ganar esto como él.

Desde que tengo dieciocho años que hago esto en diferentes carreras de diferentes organizadores. Podía decir que era mi pasatiempo favorito los fines de semana y un gran calmante para mis momentos de furia.

Aceleré otra vez. La carrera estaba peleada, pero conforme los minutos pasaban, más seguridad sentía que le iba a ganar. Cuando Sam patinó un poco con el auto, fue mi momento de tomar la delantera. Sonreí, entusiasmado, pues ya no nos quedaba mucho para llegar a la meta. Ya me sentía confiado, más tranquilo, pero lleno de adrenalina también. Era como una droga. Esta sensación de estar volando era como una maldita y perfecta droga.

Hasta que sentí un empujón detrás de mi auto que hizo que un escalofrío me recorriera el cuerpo entero. Casi pierdo el equilibro por completo, pero me logré recuperar y, aun así, Sam no llegó a pasarme. Lo miré desde el espejo retrovisor, probablemente preguntándose cómo es que, por primera vez, alguien le ganaba.

Seguir leyendo
Lee la novela completa en Moboreader
UDesbloquear todos los capítulos
Abrir el sitio web oficial
Capítulos
Personalizar

También te puede gustar

Logo
Tu guía para los mejores dramas cortos en línea. Avances de episodios gratuitos, información completa del elenco y enlaces a plataformas oficiales, todo en un solo lugar.
©2026 PinesDramas. Todos los derechos reservados.