Dianco. El Nacimiento del Alfa de Hielo.

Lira y Kyle ya estaban sentados en sus lugares habituales. Ella, con la espalda rígida y los dedos jugueteando nerviosamente con el borde de una servilleta de lino; él, con la mirada fija en los platos que empezaban a enfriarse, dejando que el vapor desapareciera en el aire gélido del salón.

Dianco apareció poco después.

Se sentó sin pronunciar palabra, evitando la mirada inquisidora de su hermana. No tenía hambre. Estaba allí por puro compromiso protocolario, con el alma convertida en un erial de cenizas.

Pasaron los minutos, y el tic-tac de un reloj de péndulo en la esquina del salón parecía resonar con una fuerza ensordecedora. Las dos sillas de la cabecera, los tronos de la cotidianidad familiar, permanecían vacías.

—¿Dónde están mis padres? —preguntó Lira finalmente, rompiendo el silencio con una nota de ansiedad que cortó el aire como un cuchillo—. ¿Alguien los ha visto? ¿Han bajado los omegas algún mensaje?

Dianco, apenas levantó la vista del plato. 

—Quizás se acostaron muy cansados —respondió con una voz ronca.

—Anoche se retiraron antes de lo previsto. El peso de la corona no es ligero, Lira. Deja que descansen un poco más.

—No es posible —replicó Lira, levantándose de golpe.

 El sonido de su silla arrastrándose contra el mármol chirrió de forma violenta. 

—Ellos siempre se levantan con el primer rayo de sol. Siempre. Algo no está bien, Dianco.

Sin esperar una respuesta o permiso, Lira abandonó el comedor. Sus pasos rápidos resonaron por los pasillos de piedra, dirigiéndose hacia el ala privada de los aposentos reales.

 Dianco y Kyle intercambiaron una mirada de confusión.

Lira llegó frente a las imponentes puertas de roble grabadas con el emblema del lobo. Tocar fue inútil.

La escena que la recibió fue de una paz aterradora.

Los reyes yacían en su lecho, perfectamente arropados, como si estuvieran disfrutando de una siesta reparadora.

Lira se acercó, conteniendo el aliento, y tocó la mejilla de su madre.

El frío que sintió no era el del clima de Aethelgard.

—¡No! ¡No, por favor! ¡Despierten! —el grito que escapó de su garganta fue un alarido desgarrador, una onda de choque de dolor puro que sacudió los cimientos del palacio y penetró en los oídos de todos los habitantes del castillo.

En el comedor, Dianco y Kyle se pusieron en pie al unísono, derribando sus copas de agua. Al escuchar aquel grito, una descarga de adrenalina le heló la médula.

Subieron las escaleras de dos en dos, con el corazón martilleando contra sus costillas.

Dianco irrumpió en la habitación y se quedó paralizado en el umbral. Sus ojos recorrieron la escena: su hermana colapsada en el suelo, aferrando la mano de su madre, y los cuerpos de los soberanos, inmóviles.

Dianco cerró los ojos y lanzó un llamado mental desesperado. «¡Dino! ¡Dino, responde! ¡Emergencia absoluta en los aposentos reales! »

Silencio. El enlace mental con el jefe del ejército estaba muerto. No había eco, no había respuesta, solo un muro de nada. 

Cambió el rumbo de sus órdenes mentales, abriendo el canal para los veteranos.

«¡Otelo, acude de inmediato! ¡Safari, necesito tu presencia ahora mismo! ¡Los reyes no despiertan!».

Pocos minutos después, el pasillo se llenó de pasos apresurados.

Otelo, el veterano mentor y consejero de la familia, irrumpió con el rostro desencajado, seguido de cerca por el sanador principal de la manada.

Safari, la asistente de confianza, entró tras ellos con la respiración entrecortada y los ojos muy abiertos por el pánico.

Otelo, al ver la palidez cadavérica de los soberanos, se volvió hacia el médico con una urgencia que rozaba la violencia.

—¡Haz algo! ¡Usa tus artes, tus hierbas, lo que sea! ¡Sácalos de ese estado ahora mismo! —rugió el viejo guerrero.

El sanador, con manos temblorosas, se acercó al lecho. Revisó los pulsos en las carótidas, levantó los párpados para observar las pupilas dilatadas y fijas.

El silencio en la habitación era tan denso que se podía escuchar el llanto ahogado de Lira. Tras lo que pareció una eternidad, el médico bajó la cabeza y se alejó del lecho con un gesto de derrota absoluta.

—Es demasiado tarde —susurró—. El aliento de vida los ha abandonado hace horas. Sus lobos ya no están aquí. Los reyes han muerto.

—¡No! ¡NOOOOO! —el rugido de Dianco no fue humano. El sonido llenó la estancia, haciendo vibrar los cristales de las ventanas mientras se desplomaba de rodillas, golpeando el suelo con un puño que agrietó el mármol.

Su hermana volvió a romper en un llanto inconsolable, aferrándose a él en busca de un consuelo que Dianco ya no podía dar.

Pasados unos minutos que parecieron siglos, Otelo recuperó una pizca de compostura profesional. Se acercó al príncipe y colocó una mano firme y pesada sobre su hombro, un gesto que pretendía ser de apoyo pero que también era un recordatorio de la carga que ahora caía sobre él.

—Mi más sentido pésame, Alteza —dijo con gravedad, repitiendo el gesto con Lira.

Safari hizo lo propio, aunque sus ojos ya no reflejaban solo dolor, sino el brillo calculador de quien ve venir una crisis política sin precedentes.

Safari apartó a Otelo a un rincón de la habitación, hablando en un susurro cargado de una preocupación pragmática. —¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó, mirando de reojo a Dianco, quien seguía de rodillas

—. Tenemos que hablar con el príncipe. No podemos ocultar esto por mucho tiempo. El pueblo empezará a notar la ausencia, y los protocolos fúnebres deben comenzar antes de que los rumores destruyan la estabilidad del reino.

Otelo asintió con pesadez y se acercó de nuevo a Dianco, quien se había puesto en pie. El príncipe ya no lloraba. Sus ojos azul glaciar se habían vuelto opacos, despojados de cualquier rastro de calidez.

—Tenemos que preparar los actos fúnebres, Dianco —dijo Otelo con voz contenida—. Tenemos que informarle al pueblo de Aethelgard. ¿Qué les diremos? ¿Cómo explicaremos que los dos pilares han caído en una sola noche?

Dianco permaneció inmóvil frente a los cuerpos de sus padres, mirando hacia un punto invisible en la distancia.

—Informaremos la muerte, sí. Pero la paz de este reino se ha terminado hoy —sentenció, girándose hacia Otelo con una mirada que hizo que el veterano retrocediera un paso—. Algo sucedió aquí. Los lobos de mi linaje no mueren por "cansancio" en una sola noche. Es un ataque. Una ejecución.

Dianco dio un paso hacia el centro de la habitación, y su aura de poder se expandió, llenando el espacio con una presión sofocante.

—Debes militarizar inmediatamente el castillo de mis padres. Quiero soldados en cada esquina, en cada torre. Todo el personal... absolutamente todos, desde el gran mayordomo hasta el último sirviente de las cocinas y cada guardia que estuvo de turno anoche me los llevas al calabozo ahora mismo. Nadie sale de este castillo sin mi autorización.

Antes de que Otelo pudiera procesar la magnitud de la orden de detención masiva, el príncipe lo detuvo con un gesto imperioso, su dedo señalando hacia los cuerpos.

—Y una cosa más. No dejaré que cualquier mano toque a mis padres. Lleven los cuerpos al hospital de alta seguridad de inmediato. Busquen al Doctor Max, el médico de confianza personal de mi padre. Él es el único en quien confío para esta tarea. Quiero que les realicen una autopsia de inmediato. No descansaré hasta que el Doctor Max me diga exactamente qué los mató.

Otelo asintió con solemnidad.

Mientras los guardias de élite entraban en la habitación para preparar el traslado y el palacio comenzaba a sumirse en el caos de las detenciones y los interrogatorios, Dianco permaneció allí, como una estatua de mármol en medio de la tormenta.

El príncipe que amaba en secreto y soñaba con refugios emocionales había muerto junto a sus padres.

En ese amanecer de cenizas, el Rey que sospechaba de cada sombra y que buscaría la verdad a través del fuego y el hielo, acababa de nacer.

La piedad de Aethelgard se había congelado para siempre.

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