Dianco. El Nacimiento del Alfa de Hielo.

El traslado de los cuerpos reales se realizó bajo un secretismo absoluto, en esa hora incierta de la mañana donde la bruma todavía se aferra a los adoquines de Aethelgard. Otelo, con la experiencia de mil batallas grabada en el rostro, no dejó nada al azar.

—Cubran los féretros con los pesados paños negros —ordenó el jefe de la guardia, con voz ronca—. Eliminen cualquier rastro de heráldica real. No quiero ojos curiosos.

La escolta no era una guardia de honor; era una unidad de élite de guerreros de mirada dura que no despegaron las manos de sus armas, vigilando cada callejón y cada azotea del trayecto hacia el Hospital Central. Entraron por el muelle de carga restringido, evadiendo a la prensa y a los curiosos que ya comenzaban a agolparse en las avenidas.

En la zona de máxima seguridad, el doctor Max ya los esperaba. Era un hombre cuya mirada inteligente parecía ver más allá de la piel, con manos firmes que habían servido a la corona durante tres décadas.

—Príncipe Dianco —dijo Max con una voz apagada, cargada de un respeto sombrío—. Los cuerpos ya están en la sala estéril. Entraré solo con mi equipo de absoluta confianza.

Dianco, dio un paso intimidante hacia el médico.

—No quiero una respuesta a medias, Max —replicó con una calma gélida que resultaba más aterradora que un grito.

El príncipe se quedó en la sala de espera. A su lado, Safari intentaba organizar los comunicados oficiales en su tableta digital con una eficiencia mecánica.

Dos horas después, la puerta de acero de la morgue se abrió con un gemido pesado. El doctor Max salió quitándose los guantes de látex con movimientos lentos. Se acercó a Dianco lo suficiente para que solo el príncipe pudiera captar su susurro.

—Tenías razón en sospechar, Dianco. No fue una fatiga del lobo. Sus órganos estaban en perfecto estado hasta que algo los detuvo en seco. Los han envenenado con Belladona de Luna. Es un agente raro, silencioso y casi indetectable que paraliza el sistema nervioso central mientras el sujeto duerme. No sintieron dolor, pero no tuvieron oportunidad de defenderse. Su lobo interno fue apagado antes de reaccionar.

Dianco apretó los puños con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos y la piel pareció a punto de desgarrarse. —Mantén esto bajo secreto de estado absoluto, Max —ordenó Dianco con una frialdad letal—. Dianco se volvió hacia Otelo, quien esperaba firme como una columna de granito a su espalda.

—Cierra las fronteras de inmediato. Nadie entra. Nadie sale.

Horas más tarde, el cielo sobre Aethelgard se vistió de un gris plomizo y denso, mientras el tañido fúnebre de las campanas de la Catedral de Cristal resonaba en el aire.

La caminata hacia la Plaza de los Ancestros fue eterna. Dianco caminaba al frente, seguido por su hermana Lira, que lloraba desconsolada bajo un velo oscuro, y su primo Kyle. Miles de ciudadanos se agolpaban en las avenidas, bajando la cabeza con respeto.

Al llegar a la plaza, los dos féretros de mármol blanco esperaban bajo el Gran Arco de los Alfas. Dianco subió al estrado, sintiendo el peso de miles de miradas. Entre la multitud, sus sentidos agudizados detectaron rastros de miedo en varios miembros del Consejo y, lo más preocupante, la ausencia total de Dino y sus hombres más leales.

Se acercó a los féretros y puso una mano sobre el mármol frío de la tumba de su padre.

«Te fallé, padre —pensó, mientras una punzada de dolor le recorría el pecho—. Me distraje con un amor que no valía nada mientras el enemigo cruzaba tu puerta. Pero te juro por mi honor y mi linaje que no habrá rincón en todo Dravonis donde el traidor pueda esconderse de mi justicia».

Dianco se giró hacia su pueblo. Su voz, potenciada por su naturaleza Alfa.

—Pueblo de Aethelgard. Hoy no solo despedimos a un Rey y a una Reina que amaron este suelo. Hoy despedimos la inocencia de nuestro continente. Mis padres fueron asesinados por la espalda, traicionados por aquellos que comían en su mesa y juraban lealtad a su corona.

Un murmullo de indignación recorrió a la multitud. Dianco levantó una mano y el silencio volvió a ser absoluto.

—Muchos de ustedes tienen miedo. Muchos se preguntan qué pasará con la manada ahora que las sombras han entrado al palacio.

Mi respuesta es simple: el luto termina con este entierro. A partir de mañana, Aethelgard no será una presa para los traidores. Iniciaremos una purga interna para limpiar cada rastro de deslealtad. No habrá piedad para los cómplices, ni olvido para los asesinos.

Al bajar del estrado, en mitad del pasillo de honor, uno de los miembros del consejo, se interpuso sutilmente en su camino, quebrando el protocolo.

—Príncipe Dianco... —murmuró con una sonrisa cargada de condescendencia—. Entendemos su dolor, pero hablar de purgas y cerrar fronteras sin la aprobación del Consejo es una imprudencia política. Su juventud no le permite tomar atribuciones de Rey todavía...

Dianco se detuvo en seco. El aire alrededor de ambos pareció descender varios grados. El Alfa de Hielo clavó sus ojos azules en el anciano con una intensidad tan letal que el consejero palideció, dando un paso involuntario hacia atrás.

—Mi juventud es lo único que va a garantizar que yo tenga la fuerza suficiente para arrancar la cabeza de los traidores. Y si el Consejo intenta interponerse en mi camino, empezaré la limpieza por esta misma plaza. Apártese de mi vista.

El consejero se retiró temblando entre la multitud. Dianco continuó su marcha militar de regreso al palacio.

Al entrar en su despacho privado, el silencio lo recibió como una losa. Se hundió en la silla de cuero de su escritorio, sintiendo el peso de la corona que aún no se ceñía en su cabeza. Safari entró poco después, cerrando la pesada puerta de madera detrás de ella.

—Señor, he iniciado el protocolo de emergencia —dijo Safari, con una expresión de serenidad profesional—. La princesa Lira está bajo custodia de la guardia de élite en sus aposentos. Está devastada, pero la seguridad es total.

—Gracias, Safari —respondió Dianco—. Necesito que seas mis ojos y mis oídos en las sombras.

.

—Lo sé, señor. Ya he interceptado tres intentos de comunicación no autorizada hacia el exterior. Los consejeros están nerviosos.

—Que lo estén —Dianco se reclinó en su silla, —. A partir de hoy, las reglas han cambiado. Y yo tambien.

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