Devolución Sin Condiciones

La pantalla del proyector iluminaba mi rostro, pero yo solo sentía el frío de la sala de reuniones.

-Este diseño maximiza la luz natural y se integra con el paisaje del Valle de Colchagua, creando una experiencia de lujo sostenible.

Mi voz sonaba segura, pero por dentro temblaba. Este proyecto era mi oportunidad, la que había esperado durante años.

Javier Aldunate, el director de "Aldunate & Co.", me miraba con una sonrisa torcida. No era una sonrisa de aprobación, era de reconocimiento.

-Rojas... Isabella Rojas -dijo, arrastrando las palabras-. No sabía que ahora te dedicabas a la arquitectura. Pensé que tus talentos eran... diferentes.

El aire se congeló. El murmullo de los ejecutivos se detuvo.

Sentí cómo todas las miradas se clavaban en mí, juzgándome. El viejo rumor, la mentira que Catalina Soto esparció en la universidad, volvía a ahogarme. La "dama de compañía" que pagaba sus estudios con favores.

El director de mi firma, el señor Valdivia, carraspeó, incómodo.

-Señor Aldunate, la arquitecta Rojas es nuestra líder de proyecto. Su propuesta es excepcional.

Javier soltó una risa seca.

-Excepcional, sin duda. Pero la reputación es clave, Valdivia. No podemos arriesgar un proyecto de esta envergadura con alguien cuyo... pasado es cuestionable.

El señor Valdivia, un hombre que siempre evitaba el conflicto, bajó la mirada.

-Entiendo.

Luego se giró hacia mí, su voz apenas un susurro.

-Isabella, te agradezco tu trabajo. Pero Aldunate & Co. ha solicitado que te retires del proyecto.

Incredulidad. Frustración. Una injusticia tan grande que me quemaba por dentro.

-Mi trabajo habla por sí mismo -dije, manteniendo la voz firme a duras penas.

-Tu trabajo es excelente, Isa -intervino Javier, con un falso tono de consuelo-. Pero en nuestro mundo, a veces eso no es suficiente.

Me levanté, recogiendo mis cosas con una dignidad que no sentía.

-Entonces les deseo suerte con un proyecto mediocre. Porque la gente que juzga por prejuicios rara vez consigue la excelencia.

Estaba a punto de salir cuando la puerta se abrió.

El hombre que entró detuvo el tiempo.

Mateo Castillo.

Más alto, más imponente que en mis recuerdos. El traje caro hecho a medida marcaba unos hombros anchos. Su pelo negro, antes rebelde, ahora estaba perfectamente peinado hacia atrás. La sonrisa fácil de universitario había sido reemplazada por una máscara de frialdad y poder.

Era el inversor principal. El dueño de todo. El hombre que una vez me miró con interés y luego me destrozó con sus palabras crueles, creyendo la misma mentira que Javier acababa de revivir.

Nuestros ojos se encontraron por un segundo. Vi un destello de sorpresa, nada más.

Javier se acercó a él, sonriendo como un depredador.

-Mateo, justo a tiempo. Estábamos resolviendo un pequeño... problema de personal.

Mateo ni siquiera me miró. Su voz era hielo puro.

-Javier tiene razón. La reputación lo es todo. Procedan.

Esa fue la última estocada. Que él, de entre todas las personas, lo permitiera. Que él diera la orden final.

No dije nada más. Salí de esa sala con la cabeza alta, pero sintiendo cómo mi mundo se derrumbaba pieza por pieza.

Afuera, la lluvia empezaba a caer sobre Santiago. Me detuve junto a la ventana del pasillo, viendo las gotas golpear el cristal.

Desde la puerta de la sala de reuniones, Mateo me observaba. Su rostro era una máscara indescifrable.

Javier se unió a él.

-¿Crees que fue demasiado duro? Podríamos haberla mantenido en un rol secundario.

Mateo se encogió de hombros, su indiferencia era más dolorosa que el desprecio.

-Es tu proyecto, Javi. Tú decides. Yo solo invierto.

Se dio la vuelta. Una asistente se tropezó cerca de él, derramando un vaso de agua. El agua salpicó sus zapatos carísimos.

-¡Estúpida! -siseó él, sin un ápice de compasión-. ¿No ves por dónde caminas?

La chica se quedó pálida, disculpándose una y otra vez.

Yo me alejé de la ventana. Salí del edificio y me paré bajo la lluvia, dejando que el agua fría empapara mi traje. Un niño sin hogar, acurrucado en un portal, me miraba con ojos hambrientos.

Sin pensarlo, entré a una panadería cercana y le compré un sándwich caliente y un jugo. Se lo entregué sin decir palabra.

El niño devoró la comida.

Yo me quedé allí, empapada, sintiendo que no importaba cuánto luchara, cuánto talento tuviera, para gente como Mateo y Javier, yo siempre sería algo que se podía pisar, usar y desechar.

A lo lejos, vi un auto de lujo detenerse. Mateo y Javier salieron de él, riendo, y entraron en un restaurante exclusivo al otro lado de la calle.

Desde su mundo de riqueza y poder, Mateo levantó la vista y sus ojos se encontraron con los míos.

Estábamos a pocos metros, pero nos separaba un abismo. Un abismo de clase, de poder y de un pasado que él había ayudado a destruir.

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