Emma miraba por la ventanilla del vehículo. El aire fresco la hizo sentir aliviada por un momento, así que se dedicó a pensar en los días del pasado. La imagen de Christian le vino a la memoria, vaporosa, distante. Lejana como ese sol que anhelaba ver y, pese a ello, no salía de entre las sombras. Inclinó la cabeza hacia la derecha, la larga cabellera negra se le desbordó como una cascada nocturna sobre el hombro. De estar a su lado, Christian le hubiera dicho que olía a rosas, aunque su perfume en realidad fuera una mezcla de flores silvestres. Él no sabía distinguir unas de otras, pero a Emma no le molestaba en absoluto.
Sonrió. Christian era un hombre cursi, tan romántico que a ella le parecía increíble su personalidad a veces seria. Pero, si se lo pensaba mejor, él era más bien equilibrado.
Lástima, se dijo, que jamás fue abierto con nadie aparte de ella, que nunca les permitió a otras personas saber sobre el buen corazón que tenía. Qué pena que se hubiera ido tan pronto.
Emma se acordó de lo sobreprotector que era, sobre todo cuando la veía llorar. Pensó en lo débil que fue ella durante la adolescencia, luego de que le rompieran el corazón.
Por esos años su autoestima era baja, ella no se consideraba alguien fuerte ni digno de nada bueno, y el que Reece rechazara su confesión amorosa diciéndole que pretendía iniciar una relación con Julie no hizo sino empeorar el escenario. Fueron meses duros en los que se sumió en una terrible depresión que parecía matarla. Pero también fue en ese período, en medio de aquel infierno en la tierra, que Christian apareció para salvarla. No se trataba de que nunca hubiera estado, no era que no la hubiera salvado antes, mas en ese tiempo él se presentó como un caballero sin armadura que, tendiéndole la mano, le ayudó a levantarse. A lo mejor no había sido tan romántico en un principio, con todo, aquello no evitó que ella lo amara.
Después de lo sucedido con Reece, Emma se había limitado a ser una sombra que respiraba, lo que entristecía a Christian, quien no tenía idea de cómo ayudarla. Él la quería, pero no le era fácil expresar sus sentimientos. Ser el hijo de un soldado estricto —como lo era su padre— tenía sus consecuencias. Ella se había alejado de su grupo de amigos, sobre todo de Christian, debido a la vergüenza que sentía por haber sido rechazada por Reece el día de San Valentín. Esa actitud le había convertido en un blanco fácil de los brabucones. Emma siempre lo fue, no obstante, la situación llegó a convertirse en algo insufrible que ella se dedicaba a soportar en silencio y con la cabeza gacha, como si la vida le importara poco.
Estaba deprimida. Christian lo tenía claro, pero no podía aceptarlo. No pudo aguantarlo más cuando la vio acorralada contra una de las paredes siendo molestada por varias estudiantes del curso superior; le dolió verla morderse el labio con los ojos cerrados, temblando de miedo.
No fue capaz de contenerse al escuchar el débil lamento que suplicaba ayuda.
Christian había llegado a ellas y, en un momento, la liberó de lo que Emma consideró su condena. Sin embargo, no parecía feliz ni preocupado; él lucía enojado más que cualquier otra cosa. Tenía los labios fruncidos, al igual que el ceño, y una expresión que Emma nunca antes vio en él. Respiraba agitado, no por la discusión en sí misma, sino por la ira.
Emma casi sintió temor.
Christian la tomó del brazo y la obligó a verlo a los ojos. Eran de un hermoso color café, pero a ella le parecieron horribles en ese momento.
—¿Hasta cuándo? —preguntó. Su voz estaba cargada de dolor—. Deja de comportarte como una maldita niña cobarde. Dime por qué no te defiendes y dejas que te humillen como si no importara. ¿Acaso no tienes orgullo? ¡Basta ya, Emma, basta!
Emma no respondió nada en absoluto. Christian tenía razón. No obstante, las lágrimas brotaron tibias, cargadas de angustia y esa frustración que se guardaba en el alma desde tenía uso de razón.
Al verlas, Christian no pudo evitar sentirse culpable. Su mejor amiga continuaba siendo linda y cuando eran niños ella le gustaba..., sin embargo, eso había sido antes, durante la infancia; lo que sentía por Emma no era más que... Recién se dio cuenta que no dejó de amarla. Quiso acariciarla, jalarla hacia su pecho para darle un beso profundo y lleno de eso que pretendió matar en miles de oportunidades. Pero no lo hizo.
Christian acercó la mano hacia el rostro de su mejor amiga y le secó las lágrimas. Emma colocó su propia mano sobre la de él, y le hizo sentir confundido cuando la acarició con suavidad.
—Chris —dijo.
—Deja de llorar, Emma. Yo solo... me preocupo por ti.
—Lo siento, Chris.
Emma lo vio directo a los ojos. Eso lo desarmó por completo.
Se sonrieron.
—No importa, yo no debí haber dicho eso. Perdóname, Emma.
Christian la atrajo hacia sí mismo y la rodeó con sus brazos para consolarla. Emma volvió a quebrarse. Lloró por Reece, al mismo tiempo que le enterraba las uñas la piel. Eso dolió, aunque no más que el verla sufrir sin poder hacer nada.
—Shhh... Emma, Emma, estoy aquí, estoy aquí..., no me iré, Emma, lo sabes. Lo sabes, ¿verdad?
Emma elevó la cara para verlo un momento y afirmó con un pequeño movimiento de cabeza. Christian la besó en la frente.
—Gracias, Chris —susurró, después volvió a esconder la cara en su pecho.
Christian no contesto, con todo, se propuso ganarse su corazón. Si Reece no lo quería era cosa suya, pero él lo anhelaba como a la vida misma.
Ese fue el comienzo de una ilusión inigualable que se prolongó por años. De las miradas cómplices y las sonrisas coquetas. De los halagos y las caricias disimuladas. De la confusión y la dicha de saberse amada con tal intensidad por quien menos lo esperaba. Fue el inicio de un preciosísimo cuento de hadas que terminó convirtiéndose en una historia de terror. Y, aun así, no se arrepintió nunca de haberlo vivido, de lo poco que duró. Con todo y el dolor, con toda esa amargura que amenazaba con devorarla, Emma no sentía ni un poco de remordimiento.
Él tampoco lo hizo. Christian jamás se arrepintió.
De volver a nacer, se dijo Emma, lo habría amado con igual o más fuerza.
—¡Emma! —exclamaron haciéndola reaccionar. Reconoció la voz de inmediato. Era la de Reece— ¡Hey, Emma!
Dudosa, levantó la vista hasta encontrarse con sus ojos. Estaban velados por la tristeza, y no brillaban como antes, no como ella los recordaba. Emma sintió pena por él. Reece y Christian no fueron grandes amigos, pero existía cierta camaradería entre los dos.
Recorrió con la mirada el espacio. Había más de treinta personas, la mayoría jóvenes de su edad. Todos conocidos para ella. Unos habían cambiado al punto de que se volvía difícil reconocerlos, sin embargo, fue capaz de diferenciarlos. Tenía buena memoria. Se alegró de que sus compañeros más cercanos del colegio estuvieran en el cementerio e incluso que la rectora se encontrara junto a ellos, pretendiendo ser fuerte, conteniendo el llanto mientras conversaba con su marido, el viejo Freddy.
Se detuvo por unos segundos en Debra Gordon. Ella estaba afligida como el resto. Llevaba el cabello trenzado hacia la parte derecha, lo cual le daba un aspecto maduro y sufrido, además tenía puesto un vestido negro con una flor de loto blanca bordada en la parte izquierda. Sollozaba en silencio, a la vez que acariciaba con el dedo pulgar la parte interna de su mano. Ambas se vieron durante unos segundos y se sonrieron de forma sutil. Después Emma suspiró cansada y volvió la mirada hacia Reece, quien —al igual que el resto de los asistentes— se encontraba vestido de luto.
—Pe-pe-perdona, no te escuché —dijo.
Recién se dio cuenta de que esperaban por ella para iniciar la ceremonia. Reece meneó la cabeza restándole importancia, le apretó el hombro con suavidad y sonrió.
—No te preocupes, Emma. Sé cómo se siente. Cuando murieron mis padres, yo pasé algo similar.
Ella no pudo evitar sonreír al oír la vieja muletilla de Reece, eso hizo que dejara de sentirse tan culpable por no ser capaz de abandonar su tartamudeo del todo.
—S-s-sí, cuando perdiste a tus padres te veías muy afectado. Yo nunca imaginé volver pasar por algo como esto. Después de que mi madre muriera..., tú entiendes.
Reece rio por costumbre.
—Sí que lo hago, ¿sabes?
Emma, a pesar de sentirse invadida por la tristeza, lo imitó. Necesitaba con urgencia reír al menos una vez, pero reír de verdad. En seguida, el silencio los envolvió cuando Julie se acercó a ellos para saludar a la pobre mujer que se había quedado viuda antes de casarse. Ellas se sonrieron mientras se estrechaban las manos. A pesar de que nunca fueron amigas en realidad, se trataron como si lo fueran.
Emma agradeció el gesto dentro de sí, diciéndose que Reece había elegido una grandiosa esposa.
El cielo sombrío fue iluminado de repente por un destello de luz, de inmediato se dejó oír un espantoso trueno. Uno tras otro, se hicieron escuchar rabiosos. Emma lo consideró una señal de Dios; mas no le afectó en gran manera, ya nada lo hacía desde de la partida de su prometido. Aun así, meditó en la situación, en lo que haría. ¿Qué sería de su vida en adelante?, ¿cómo enfrentaría los desafíos que tenía al frente sin él? No lo concebía. Creía que por sí misma era una mujer incapaz, siempre fue de ese modo, a pesar de que Christian se esforzó por años en negarlo.
Una figura se hizo presente. Emma se sintió confundida tan pronto como lo vio. Le molestó el hecho de que con cada paso que él daba, con su habitual soberbia, las personas se dedicaban a murmurar entre ellas, a su espalda, criticándolo sin ningún tipo de pudor.
—Davies —dijo. Hubo frialdad en su voz.
Ella lo vio a los ojos, y sintió cómo su intensa mirada le penetraba el alma.
Damian Yoshida regresaba después de casi cinco años.





