Desde las cenizas

Emma se sintió perdida durante unos instantes en su rostro serio. Tenía ese brillo inusual en los ojos, el mismo que había visto años atrás, cuando eran tan solo un par de adolescentes inmaduros que jugaban a ser adultos y la vida le parecía más simple, más bella, pese a ser un completo infierno.

«Pero incluso en aquel tiempo, yo era mucho más feliz porque tenía a Chris», pensó mordiéndose el labio.

Damian continuaba frente a ella, sin decir una palabra, con los labios casi rectos. Emma se preguntó cómo podía llegar a ser así de reservado. Él daba la impresión de ser frío y distante, casi cruel; aunque en otras, se mostraba amable y comprensivo con ella, pero solo a veces.

Dirigió la vista hacia la izquierda. Sebastian, un viejo amigo que solía ser descrito como «raro» gracias a su actitud contradictoria, se hallaba a su lado junto a Lily, su prometida. Él estaba molesto debido a la inesperada visita de su antiguo compañero de estudios, sin embargo, a Emma le pareció que era una conducta infantil.

Sebastian vio hacia arriba, hastiado, mientras bufaba. Emma le sonrió para calmarlo, pero él se limitó a rodear la cintura de su novia con el brazo. Emma se acordó de los dos tuvieron una pelea por aquel tiempo, algo relacionado con el padre de Damian y una humillación pública hacia Sebastian. Hizo memoria. Ese día ella había estado ocupada en otros asuntos, pero el chisme se regó como pólvora: un asiático alto, magro y con cara de perro rabioso, había desdeñado al pobre Sebastian en público llamándolo asqueroso y sangre sucia. Tal vez por ello, asumió, él estaba a la defensiva. Pero eso había sido mucho tiempo atrás, no tenía sentido estar celoso a esas alturas.

—Da-Damian —respondió. Se regañó dentro de sí por no ser capaz de decir una frase entera—, cuánto tiempo. No has..., ehm..., cambiado nada.

—Sí, no has cambiado nada. Sigues siendo el mismo chino bastardo e hijo de papi de siempre, ¡a que sí! —añadió Sebastian.

Una pizca de furia se reflejó en el rostro casi siempre sereno de Damian. Emma bajó la cabeza, sintiéndose nerviosa de una forma aterradora. Era como si el odio que él albergaba en su interior, hacia el mundo entero, amenazara con devorarla.

—¿Es que tengo que cambiar algo, Rohde? —contestó él al fin. A pesar de dirigirse a Sebastian, continuaba viendo a Emma—. Y, a todas estas, ¿qué te importa? Mejor búscate una vida.

—¡Qué te den, chino de mier...!

Sebastian elevó el tono apenas un poco. No obstante, se vio interrumpido por Lily, quien halándolo del brazo, dijo:

—¡Basta! ¿No piensan en la pobre Emma? Mírenla, por Dios. Es el funeral de su prometido, tengan algo de consideración.

Sebastian inclinó la cabeza, apenado, a modo de disculpa. Emma le mostró una sonrisa amable. Ella entendía, no tenía por qué disculparse.

—Lo lamento, Emma —susurró, y se retiró junto a Lily.

Damian permaneció en silencio. No estaba de humor como para seguir discutiendo, además, no le apetecía. Tampoco era el lugar indicado para iniciar una disputa verbal que seguro ganaría, se dijo, no era tan inhumano como alegaban y se mostraba a sí mismo.

—Siento lo de Christian —habló de nuevo, entregándole un par de rosas.

Eran naturales, pero estaban teñidas de azul. Azul místico como el cielo y el mar; como lo imposible, como lo inalcanzable..., como Emma Davies.

El dolor en el rostro de Emma se incrementó. Damian fue consciente de ello, mas ya era tarde para volverse atrás. Le había entregado las flores, eso era todo. No era como si después de la ceremonia volvería a verla ni a hundirse en ese par de ojos aniñados que durante la adolescencia le causaron tanta confusión.

—G-g-g-gracias, Damian. Yo... yo... te lo agradezco, de verdad que sí.

Damian se cruzó de brazos y sonrió con la mitad de los labios. «Respira, cálmate. No voy a comerte», quiso decirle, pero se contuvo.

Ella era hermosa, se dijo a sí mismo, tímida, encantadora y hermosa. Lo opuesto a su expareja, lo cual le parecía estupendo.

No se trataba de que Michelle hubiera sido una mala mujer. Por el contrario, el tiempo que pasó junto a ella le pareció maravilloso, pero su idea de felicidad nada tenía que ver con vivir atado a una persona que no amaba. Desde el inicio su corazón había pertenecido a Emma Davies, aunque no importaba en aquel momento. Él nunca había significado nada en su mundo, nadie fuera de Reece lo hizo. Luego, Christian acabó con cualquier oportunidad de acercarse a la mujer.

—Solo hice caso a las palabras del idiota; dijo que debía ser educado. Ya sabes cómo es esto, Davies: si no obedeces a Reece, él entra en su fase de vieja menopáusica.

—No... entiendo.

—¿Nunca te lo ha hecho? Es cuando empieza a chillar como histérico y te reclama por lo mismo durante un mes.

Emma asintió con una sonrisita.

Damian se vio tentado a acariciarle las mejillas, no obstante, se dominó repitiéndose a sí mismo que solo estaría en Lago Púrpura unos días, que pronto tendría que volver a Japón y que, hiciera lo que hiciera, Emma Davies no se fijaría en él. Además, pretender algo en semejantes circunstancias era egoísta..., incluso para alguien como él.

De momento, se sintió observado. Volteó hacia atrás; se encontró con los ojos azules de Lily, quien lo veía como si le hubiera salido un cuerno en la frente o una nueva nariz. Con discreción se llevó la mano al rostro: todo estaba bien, no tenía nada de más; aun así, ella seguía con la mirada puesta en él. Frunció el ceño y ladeó la cabeza, solo en ese minuto Lily dejó de escudriñarlo con los ojos, pero puso toda su atención en sus manos; y Damian se dio cuenta de una cosa: le temblaban.

Arqueó una ceja y la vio desdeñoso, fingiendo indiferencia; pero con los nervios a flor de piel. Había estado a punto de tocar a Emma, como siempre lo deseó. Cuando Lily se dio media vuelta y comenzó a conversar con Michelle, él exhaló con libertad.

«Contrólate», se dijo centrando su atención en Emma. Ella seguía con la mirada fija en las rosas, al mismo tiempo que trataba de contener el llanto. «No debes. No hagas nada. Ningún intento. No debes...».

Sin embargo, se rindió antes de empezar. Terminó deslizando los dedos largos, temblorosos y fríos por la mejilla de Emma Davies, limpiándole las lágrimas. También le sonrió sin un atisbo de arrogancia. Ella lo vio asombrada, pero él se alejó antes de que pudiera hacer alguna pregunta.

«Eres un idiota», pensó. «¡Lo has arruinado todo!».

[***]

La lluvia azotó de un momento a otro el cementerio. El cielo ennegrecido tronó de forma pavorosa mientras las inclementes gotas de agua caían sin cesar sobre el césped. El sacerdote abrió la Santa Biblia, bajo la sombrilla que lo resguardaba, ante los presentes que —al igual que él— temían por la salud física de Emma, quien se negaba a cubrirse alegando que no tenía por qué hacerlo si el ataúd de Christian iba a mojarse.

Damian sintió dolor, con todo, permaneció impasible, aparentando que la escena desgarradora no le interesaba en absoluto.

—Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos —dijo con voz solemne el anciano.

Los recuerdos arremetieron contra la mente de Emma, ya deteriorada por la tragedia y la falta de sueño. Los últimos momentos de Christian le vinieron a la cabeza. Ella no supo cómo enfrentarlos. Una duda le llenó el corazón: dónde estaba Dios. Si era tan real como Christian juraba, ¿por qué no lo ayudó, por qué no hizo nada para salvarlo?

Recordó cómo de un instante a otro, y después de varias conversaciones con su padrastro, Christian se mostró lleno de una impresionante fe en alguien en quien antes no creía y, aunque las dudas causaban estragos en su interior, ella prefirió no preguntar. Él poseía una esperanza viva, una que ni su enfermedad parecía poder matar, eso bastaba. Fue suficiente hasta que Christian no volvió a abrir los ojos.

La tristeza se incrementó. Las lágrimas mezcladas con la lluvia empaparon el rostro pálido de Emma. La angustia se tornó insoportable, a tal punto que no fue capaz de contener los lamentos. Se tapó la boca con ambas manos, para que nadie pudiera escucharla, pero era tarde: el llanto se había contagiado al grupo de personas. O a casi todas. Damian continuaba distante, pese a estar en el mismo lugar, impávido como de costumbre.

—¡Chris!

Emma se arrojó sobre el féretro frío en el cual se encontraba el amor de su vida, su mejor amigo, su otra mitad. El hombre que una vez, con un sencillo «te amo», consiguió unir todos los pedazos de su roto corazón.

—Chris, levántate ya. De-de-deja de jugar, vamos. Chris, ¡Chris!, ¿n-no ves que me lastimas?

Su voz se fue apagando hasta hacerse un lamento casi imperceptible.

Quiso saber por qué no despertaba. Ella ya no podía con la situación; estaba cansada. Quería ir a casa con él y terminar con los preparativos de la boda. Quería que Christian viera lo hermoso que había quedado el vestido de novia, que le diera su opinión sobre los manteles y la vajilla. Sabía que no era lo suyo, Christian odiaba esas cosas; pero por ella era capaz de tolerarlo, porque le amaba. Porque se amaban.

—Christian, ¡despierta por favor! Quie-quiero ir a casa. Llévame a casa, por favor, por... favor...

Damian no soportó verla otro segundo en ese estado. Se acercó con cuidado y le abrazó por la espalda. El ligero perfume floral, que aún conservaba en el cabello, le llegó a las fosas nasales. Aquello era trágico, casi poético. Sus amigos lo vieron atónitos y, de inmediato, se elevaron los murmullos, mas no le interesó. Emma estaba sufriendo, él no era capaz de permanecer indiferente ante eso.

—Emma —susurró.

No hubo respuesta de su parte. Damian se dio cuenta de que ella había perdido el conocimiento. La tomó en brazos y la llevó lejos de la gente, hacia el automóvil en el que llegó junto a su familia y los hermanos McAdden. El chofer todavía esperaba por ellos. Emma necesitaba descansar y él... desaparecer después de haber abandonado su actitud estoica. Ese no representaba ningún problema, pensó, era un experto en ello.

«Siempre desapareciendo» dijo para sus adentros. ¿Qué más daba?, no era como si alguien fuera a echarlo de menos. Ni siquiera Reece, él tenía una familia a la cual atender.

Lily lo siguió sin que se percatara, cubierta por su sombrilla negra, y permaneció oculta detrás un árbol cercano al automóvil.

—¿Y tú qué? —dijo.

Él se tensó. Se giró para verla, carraspeó, y fingió naturalidad, pese a estar empapado y a punto de empezar a temblar por el frío.

—¿De qué?

—Em-ma.

Hubo malicia en su voz. Damian se cruzó de brazos y curvó la comisura de su labio. Estaba sorprendido, Lily se había dado cuenta, pero trató de disimularlo.

—¿Qué hay con ella?

—No séééé, dímelo tú.

—No tengo tiempo para tus estupideces, Byrne.

—Ahí vas con esa cosa de los apellidos, la hostilidad y tu cara de no-me-imporDa-nada. Sabes que eso no funciona conmigo, ¿cierto? Soy bastante... ¿insistente?

—Byrne...

—La quieres, ¿verdad? Se te nota por cómo la miras. ¿Desde cuándo?, ¿Michelle lo sabe?

—Y si así fuera, ¿a ti qué?

—Ohhh —dijo llevándose la mano al mentón y entrecerrando los ojos—. Vaya, vaya, pero qué sorpresa... ¿Y te irás de nuevo, así como un cobarde? Eso nunca lo hubiera esperado de ti. Eres el hijo del hombre aterrador de la cadena hotelera y los viñedos, se supone que alguien como tú no...

Damian apretó los labios, se acercó a ella dando pasos largos y la acorraló contra el árbol detrás del que estuvo escondida. Ella soltó el paraguas temblando, pero él lo ignoró adrede. Golpeó la madera con la palma abierta. Lily cerró los ojos.

Los abrió segundos después.

—No sabes nada, ¡nada! No te metas en lo que no te importa. ¿Crees que es fácil ser quien soy, vivir con toda esta maldita carga? ¡No tienes ni la menor idea!

Lily calló. Damian sonrió con esa amargura casi palpable que sentía dentro de sí mismo. La dejó libre y siguió su camino hacia la motocicleta que lo esperaba, sin siquiera mirar atrás.

«Adiós, Emma —dijo para sus adentros, colocándose el casco—. Fue un placer verte por última vez».

La lluvia cesó y el sol, como una señal de esperanza, recién asomaba sus brillantes rayos. Damian se preguntó si ella volvería a ser la misma de antes. Todavía llevaba esa sonrisa tatuada en la mente: la que no le obsequió a él y, con todo, atesoró por años. Él continuaba anhelando ser el causante de una de esas porque Emma era como un ángel y con una sola sonrisa de sus labios el mundo se le iluminaba, pero eso no sucedería.

Se consideró a sí mismo estúpido. Jamás pensó llegar a sentir nada aparte de odio y, sin embargo, en ese momento...

No debió haber regresado.

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