De Nieta a Abuela

El olor a antiséptico llenaba mis fosas nasales, un olor que odiaba, que se mezclaba con el pitido constante de una máquina a mi lado. No podía moverme, no podía abrir los ojos, pero podía oír. Las voces llegaban como a través de un túnel, distorsionadas y lejanas.

"La presión de Sofía es inestable, doctor. Podríamos perderla" .

"Preparen el desfibrilador. No podemos dejar que se vaya" .

Esas eran voces desconocidas, profesionales, frías. Pero luego escuché otras, las que me partieron el alma, incluso en mi estado de inconsciencia.

"Ricardo, por favor, tienes que hacer algo. Es nuestra hija, ¡nuestra única hija!" .

Esa era mi madre, Carmen. Su voz estaba rota, ahogada en llanto. Un llanto que yo conocía muy bien, el mismo que había escuchado durante meses a través de las paredes de su habitación.

"Cálmate, Carmen. Los médicos están haciendo lo que pueden. Hacer un escándalo no ayuda en nada" .

Y esa voz, fría, distante, era la de mi padre, Ricardo. El hombre que mi madre amaba, el hombre que yo una vez admiré, ahora sonaba como un extraño.

Mi mente, atrapada en la oscuridad, retrocedió. Apenas unas horas antes, yo estaba en el coche con mi madre. El ambiente era tenso, el silencio cortaba el aire. Íbamos de regreso de la casa de mis abuelos, después de una discusión terrible. Mi padre había llegado con ella. Con Blanca.

Blanca, la amante de mi padre, la mujer por la que había destruido nuestra familia. No solo había llegado, sino que traía de la mano a su hijo, Emilio, un niño de cinco años que era la viva imagen de mi padre. Lo presentó como si nada, como si fuera lo más normal del mundo llevar a su otra familia a la casa de sus suegros.

Mi madre se había quedado paralizada. Su rostro perdió todo el color. Yo me levanté, llena de una furia que no sabía que poseía.

"¿Cómo te atreves a traer a esta mujer aquí? ¿A la casa de mis abuelos? ¿No tienes vergüenza?" .

Le grité a mi padre. Él ni siquiera me miró. Sus ojos solo estaban puestos en Blanca, asegurándose de que ella estuviera bien.

"Sofía, no le hables así a tu padre" , dijo Blanca, con una sonrisa cínica, atreviéndose a usar un tono de falsa autoridad conmigo.

"Tú cállate. No eres nadie para decirme qué hacer" .

La discusión se volvió un caos. Mi abuela, Doña Elena, una mujer de carácter fuerte y tradicional, casi se desmaya del disgusto. Mi abuelo tuvo que sostenerla. Mi madre solo lloraba en silencio, humillada frente a todos.

Finalmente, mi madre me tomó del brazo y me sacó de allí.

"Vámonos, hija. Aquí no tenemos nada que hacer" .

Nos subimos al coche. Mi madre conducía, pero sus manos temblaban sobre el volante y las lágrimas no dejaban de correr por sus mejillas. Yo miraba por la ventana, con el corazón hecho un nudo de rabia e impotencia.

"Mamá, tienes que divorciarte de él. No puedes seguir aguantando esto. Te está matando" .

"No es tan fácil, Sofía. Él tiene todo el poder, todo el dinero. Me dejaría en la calle" .

"Lucharemos, mamá. Eres una contadora brillante, puedes reconstruir tu vida" .

Pero ella solo negaba con la cabeza, derrotada. Esa era la mujer en la que mi padre la había convertido: una sombra de la mujer vibrante que una vez fue.

Fue entonces cuando sucedió. Vimos unas luces potentes acercándose a toda velocidad por el carril contrario. Un coche negro, grande, invadió nuestra línea. Mi madre intentó esquivarlo, dio un volantazo, pero fue inútil.

El impacto fue brutal. El sonido del metal retorciéndose, el cristal rompiéndose en mil pedazos. Sentí un dolor agudo en todo mi cuerpo y luego, nada. Oscuridad.

El último pensamiento que tuve fue para mi madre. Tenía que sobrevivir. Tenía que protegerla.

"El accidente… no fue una coincidencia" , escuché una voz susurrante cerca de mí, en el hospital. Era la de mi tío, el hermano de mi madre. "La policía dice que el conductor del otro coche huyó. Pero un testigo vio a una mujer rubia bajarse del asiento del pasajero y alejarse caminando. Se parecía mucho a… a Blanca" .

El pitido de la máquina a mi lado se aceleró. La ira me quemó por dentro, una furia tan intensa que me sacó momentáneamente de la neblina. Blanca. Ella no solo quería el dinero de mi padre, quería eliminar cualquier obstáculo. Quería eliminarnos.

"¡Está teniendo una convulsión! ¡Rápido!" .

Sentí como si una fuerza invisible me estuviera jalando, arrancándome de mi propio cuerpo. La oscuridad se volvió absoluta, fría, y luego, una luz cegadora lo inundó todo.

Cuando abrí los ojos, no estaba en el hospital. Estaba en una habitación familiar, la de mi abuela en su casa. El sol entraba por la ventana, iluminando los muebles antiguos y las fotos de la familia en las paredes. Me senté en la cama, confundida. Sentía el cuerpo pesado, diferente.

Miré mis manos. Estaban arrugadas, con manchas de la edad. No eran mis manos. Me levanté con dificultad y caminé hacia el espejo del tocador.

El reflejo que me devolvió la mirada me dejó sin aliento. No era yo. No era Sofía, la joven universitaria de veinte años. Era mi abuela, Doña Elena. La misma cara, el mismo pelo canoso, la misma expresión severa que siempre la caracterizaba.

El pánico me invadió. ¿Estaba muerta? ¿Era esto un sueño? Toqué mi cara. La piel era flácida. Era real. Estaba en el cuerpo de mi abuela.

Un calendario en la pared llamó mi atención. La fecha me heló la sangre. Estaba tres meses en el pasado. Tres meses antes de la desastrosa reunión familiar. Tres meses antes del accidente.

Mi alma había transmigrado. Había vuelto en el tiempo.

El pánico inicial dio paso a una extraña calma. Una calma fría y calculadora. Esto no era una maldición. Era una oportunidad. Una oportunidad para cambiarlo todo. Para evitar la tragedia. Para salvar a mi madre.

Y para vengarme.

Una sonrisa que nunca había visto en el rostro de mi abuela se dibujó en mis labios. Blanca. Ricardo. Iban a pagar por cada lágrima de mi madre, por cada segundo de mi agonía en esa cama de hospital.

En el cuerpo de Doña Elena, la matriarca respetada y temida de la familia, tenía el poder que nunca tuve como Sofía. Y pensaba usarlo. Iba a desenmascararlos, a destruirlos, a asegurarme de que recibieran exactamente lo que merecían.

El juego había cambiado. Y ahora, yo ponía las reglas.

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