Adaptarme al cuerpo de mi abuela fue una experiencia extraña. Cada movimiento era lento, medido. Las articulaciones me dolían un poco por la mañana y necesitaba mis lentes para leer el periódico. Pero lo más difícil era acostumbrarme a la forma en que todos me trataban. Con una deferencia y un respeto que, como Sofía, nunca había recibido. Mi palabra, como Doña Elena, era ley en esta casa.
Aproveché los primeros días para observar. Observar a mi familia desde una nueva perspectiva, libre de los prejuicios de mi abuela original. Vi a mi madre, Carmen, moverse por la casa como una sombra. Siempre complaciendo a Ricardo, siempre asegurándose de que todo estuviera perfecto para él, con una sonrisa triste que nunca llegaba a sus ojos. Mi corazón se encogía al verla. Recordé cómo Doña Elena siempre la criticaba por ser "demasiado blanda" y por haber "dejado su carrera para ser una simple ama de casa". Ahora, yo veía la verdad: era una mujer que había sacrificado todo por un hombre que no la merecía.
Una mañana, mientras Carmen me servía el desayuno, tomé su mano. Mis manos arrugadas sobre las suyas, todavía suaves.
"Carmen" , le dije, con una voz que intentaba imitar la de mi abuela, pero con una calidez que Doña Elena rara vez mostraba. "Te ves cansada, hija" .
Carmen se sobresaltó. Me miró con sorpresa, sus ojos se abrieron de par en par. Estaba acostumbrada a las críticas de su suegra, no a la preocupación.
"Estoy bien, mamá Elena. Solo un poco de jaqueca" .
"No, no estás bien" , insistí. "Ese marido tuyo te está consumiendo. Eres una mujer inteligente, una contadora brillante. No deberías estar aquí, sirviéndole el café a una vieja como yo" .
Los ojos de Carmen se llenaron de lágrimas. No de tristeza, sino de confusión y de una emoción que no supe descifrar.
"Mamá Elena, ¿se siente bien?" .
"Me siento mejor que nunca" , le respondí, apretando su mano. "Y quiero que tú también te sientas así. Es hora de que pienses un poco en ti" .
Ella no supo qué responder. Se quedó mirándome, como si viera un fantasma. Durante el resto del día, me observó con una mezcla de curiosidad y desconcierto. El cambio en "Doña Elena" era evidente. Dejé de criticarla por pequeñeces y empecé a preguntarle por sus antiguos colegas, por los libros de contabilidad que solía devorar. Pequeños gestos, pero para Carmen, eran un mundo de diferencia.
La prueba de fuego llegó ese fin de semana. Ricardo anunció que traería a alguien a comer.
"Es una socia de negocios muy importante, mamá. Se llama Blanca. Quiero que la conozcan" .
Mi sangre hirvió. Así que así empezó todo. La "socia de negocios". Sentí el impulso de gritarle, de exponerlo ahí mismo, pero me contuve. No. Tenía que ser más inteligente. Debía jugar su juego.
Cuando Blanca llegó, era exactamente como la recordaba de mis pesadillas. Alta, rubia, con un vestido caro y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Detrás de ella venía su hijo, Emilio, un niño malcriado que se escondía detrás de sus piernas.
"Doña Elena, es un honor conocerla" , dijo Blanca, extendiendo su mano. Su voz era melosa, falsa.
La miré de arriba abajo, sin tomar su mano. Me tomé mi tiempo, dejando que la incomodidad creciera en el aire. Ricardo se puso visiblemente nervioso.
"Mamá, por favor" .
Finalmente, hablé, mi voz era el hielo.
"Así que tú eres la 'socia' de mi hijo" .
"Sí, un placer" , repitió ella, su sonrisa empezaba a flaquear.
"Hmm" , fue mi única respuesta. Me di la vuelta y me dirigí al pequeño Emilio. El niño me miró con desconfianza.
"Y este debe ser tu hijo" .
"Sí, él es Emilio" .
Me agaché lentamente, con el cuerpo de mi abuela protestando. Miré al niño a los ojos. Vi la misma arrogancia que en su madre, la misma chispa de maldad.
"Un niño muy… enérgico" , dije, con un tono que no dejaba lugar a dudas sobre mi verdadero pensamiento.
Durante la comida, me dediqué a observar. Blanca intentaba por todos los medios ganarse mi favor. Me halagaba, elogiaba la casa, la comida que Carmen había preparado con tanto esmero. Yo respondía con monosílabos o con preguntas cortantes que la dejaban sin saber qué decir.
"Y dime, Blanca. ¿Estás casada?" .
La pregunta cayó como una bomba en la mesa. Ricardo casi se atraganta con su vino.
"Eh… no. Soy madre soltera" , respondió ella, forzando una sonrisa valiente.
"Ya veo. Debe ser difícil. Criar a un hijo sola, mientras trabajas tan duro en tus… negocios" .
Cada palabra estaba cargada de veneno, pero envuelta en una falsa cortesía de anciana. Blanca me miraba con un odio disimulado. Sabía que yo no le estaba comprando su actuación. Ricardo intentaba cambiar de tema, visiblemente incómodo. Carmen, por su parte, me miraba con una nueva luz en sus ojos. Quizás era admiración. Por primera vez, alguien la estaba defendiendo, aunque fuera de una forma tan sutil y retorcida.
Yo sabía que Blanca era ambiciosa y sin escrúpulos. Su debilidad era su desesperación por el estatus y el dinero de Ricardo. Pensaba que ganándose a la matriarca, tendría el camino libre. Pobre ilusa. No sabía que estaba tratando con el fantasma de la nieta a la que intentaría matar.
El juego apenas comenzaba, y yo ya estaba disfrutando cada segundo.





