Días después, el dolor seguía clavado en el pecho de Mateo.
Visitó a su tía abuela, Doña Carmen.
Una anciana de ojos sabios y manos cálidas. Vivía en una casita humilde en un barrio tranquilo.
Le sirvió un mate amargo.
"Tía, ya no puedo más," confesó Mateo, la voz rota.
Doña Carmen lo miró con ternura.
"¿Qué pasa, hijo?"
"Isabella me trata como a un perro. Nico me desprecia. Quiero el divorcio."
La palabra sonó extraña en sus propios labios.
Doña Carmen asintió lentamente.
"A veces, es la única salida, Mateo. No quiero nada de ella, tía. Ni un peso. Tampoco pelearé por Nico. Él ya eligió a Ricardo."
El recuerdo de Nico diciendo "ojalá fueras mi papá" le quemaba.
"Solo quiero irme. Empezar de nuevo, si es que puedo."
Doña Carmen suspiró.
"El dinero a veces pudre el alma, Mateo. Y el corazón de tu hijo... es moldeable. Pero entiendo tu dolor."
Mientras hablaban, sonó el celular de Mateo.
Era Isabella. Su voz, un látigo.
"¡Mateo, inútil! ¡Nico está ardiendo en fiebre, vomitando! ¡Seguro le diste algo malo de comer! ¡Llévalo a la clínica ahora mismo! ¡Muévete!"
Y colgó. Sin esperar respuesta.
Mateo se quedó con el teléfono en la mano.
Él no le había dado nada a Nico.
Siempre cuidaba su comida, sabía que Nico tenía el estómago delicado.
Isabella nunca se preocupaba por esos detalles.
Sintió la ironía amarga.
Él, el "inútil", era el único que se preocupaba por la salud de su hijo.
"Tengo que irme, tía."
"Ve, Mateo. Cuida a tu hijo. Después hablaremos de lo demás."
Doña Carmen le apretó la mano.
Mateo salió corriendo, la amargura mezclada con la preocupación.





