Baltimore, Maryland.
Baltimore Memorial Hospital.
—¡¿Quién demonios crees que eres?! — Apreté la mandíbula y me obligué a bajar la mirada, me repetí una y mil veces. "Compórtate, compórtate, compórtate." — ¡¿Acaso ya te crees residente?! ¡Mamá no te puede ayudar aquí, Martini!
Eso había sido bajo… Pero que zorra.
Doctora William, Cirujana general, doctora de turno en urgencia, aquella noche. Siempre había sabido que no le agradaba, nunca entendí bien por qué, pero tenía una fijación maliciosa con mi madre, bueno, no era la única, ser interna de Cirugía de segundo año no era sencillo, la competencia era cruda, los cirujanos unos hijos de puta exigentes, crueles. Y como si fuera poco, cuando tu madre era la directora general de medicina, de la universidad de Jhons Hopkins. Entonces… Todo se iba al caño, estaba en un escrutinio constante, todos esperaban absoluta perfección de ti, de cada una de mis respuestas, de mis comportamientos.
En fin. Una verdadera mierda.
Levanté la mirada para fulminar a la cirujana, nunca había usado el título de mi madre a beneficio propio, pero aquella vez realmente me había hecho enojar, era la mejor estudiante, la que hacía más horas, tomaba los turnos que nadie quería, me esforzaba el maldito, doble. Si la posición de mi madre podía librarme de eso, entonces bien. Llevaba toda la semana asignada a la doctora Williams en urgencias, y había sido un completo infierno, la doctora no había hecho el mínimo intento en tratarme como nada más que una mísera lacra, me había hecho doblar los turnos y en aquel minuto, llevaba setenta y dos horas sin dormir.
Se me había ido la maldita resiliencia al carajo.
—¡¿Qué?!— Exigió ella cruzando los brazos sobre el pecho.
—La paciente está bien. La medicación asignada fue correcta. Sus signos vitales son esta…
—¡No tenias el puto derecho! —Volvió a gritar — ¡No eres más que una niñata engreída que juega a ser doctora!
—¡Al menos yo si hago mi puto trabajo! — Ella pestañeó pasmada, el piso quedó en silencio, no era extraño ver a un recidente reprender a gritos a sus internos, pero que uno de nosotros tenga los cojones, o la nula inteligencia, como para responderle, era inaudito, inaceptable.
—¿Qué dijiste? …— Su rostro se volvió rojo de ira.
Aquel era el minuto que debía de haberme puesto a rogar. Pero de nuevo, reitero, llevaba setenta y dos horas sin dormir. Claramente, no estaba en mi momento más brillante.
—¡Si no fuera por mí, el paciente se muere!, ¡Si no fuera por mi eficiencia, usted tendría un maldito cadáver en vez de un chico de diecisiete años listo para cirugía! — Le grite extendiendo mis brazos, la gesticulación de mis manos era algo que casi había podido controlar tantos años lejos de mi tierra natal, casi, pero bueno, no existe italiano capaz de contener la gesticulación del todo, pero estando enojados, era… Antinatural. — ¡¿Dónde cojones estaba usted?! ¡Se supone que responda el maldito teléfono!
Ella estaba pasmada, sus manos temblaban de rabia, pero de alguna forma, no parecía creer que le estuviera contestando, lo comprendía, yo tampoco podía entender cómo se me había encendido la sangre.
—¡Lo que yo estuviera…! — No pensaba dejarla continuar.
—¡Me interesa un pepino con quién estaba doctora! ¡Solo pídale al doctor Hernández que no se la folle tan duro! ¡Las neuronas deben dejarle de funcionar, lo suficiente, si no es capaz de contestar el puto teléfono!
—¡Zorra! ¡Te voy a romper la cara!
—¡vieni qui!, ¡piccola puttana! — Grité lanzando al suelo la carpeta, el historial médico del paciente, ella se lanzó hacia delante, pero aunque estuve tan cerca… Tan cerca de romperle la maldita nariz de veinte centímetros… Un brazo me tomó por la cintura y me retiró hacia atrás, parte del personal médico hizo lo mismo con ella— ¡Lasciami andare! ¡Lasciami andare!
—¡Maldita zorra! ¡Te parto la cara! — Gritaba la otra desde el otro lado del pasillo.
—¡Chiara, es suficiente! —Gritó una ronca voz a mi espalda. Su grito hizo que todos se detuvieran, incluyéndome. Mierda. Los brazos del Jefe de Cirugía me soltaron cuando dejé de patalear. —Doctora William, vuelva a su turno, Doctora Martini, a mi oficina. Ahora.
El jefe del departamento de cirugía, James O’Neill, se dio media vuelta sin esperar respuesta.
—Merda santa. — dije en voz baja más para mí misma, suspiré frustrada y luego de comprometerme a mí misma que mantendría la compostura, lo seguí hasta su oficina, pasé junto a mis compañeros internos, todos me dieron una mirada de lástima y solo Kimy me hizo un gesto con las manos “Ánimo”, deletrearon sus labios en voz baja.
Seguí por el pasillo en silencio, como si fuera un vil cerdo directo al matadero, así me sentía, joder. Casi podía ver la expresión dura de mamá sobre mí. Solo quedaban dos malditas horas para terminar el jodido turno, ¡Maldita sea Chiara! ¡Solo tenías que cerrar la puta boca!
Cuando llegué a la oficina de O’Neill, la puerta estaba levemente entreabierta, respiré profundamente tres veces antes de golpear mis nudillos suavemente contra la puerta.
—Pasa, Chiara. — Su voz ronca siempre me hacía sobresaltar levemente. Dándome ánimos a mí misma, obligue a cada uno de mis pies a adentrarse en la oficina del Jefe de cirugía— Cierra la puerta, por favor.
No quería, pero hice lo que me pidió, James estaba cerca de los cincuenta, pero como todo el personal femenino del hospital estaba de acuerdo, James O’Neill, era como el vino, de casi metro ochenta, tenía una estructura grande y elegante, de hombros anchos y sobre todo, era un santo. Viudo sin hijos, era el hombre ideal para cualquier mujer, lástima que aquella que parecía ser dueña de sus atenciones, fuera una maldita bruja.
—Doctor O' Neill, yo…— Bajé la mirada, ¡Joder!, respetaba a ese hombre, lo conocía desde que habíamos llegado a Baltimore, con solo nueve años.
—¿Cuándo entraste a turno, Chiara? — Me interrumpió él, levanté la cabeza y le miré, su tono, tajante pero… Conciliador. Definitivamente, no era lo que esperaba.
—¿Qué?
—¿Cuándo empezaste el turno?— Volvió a preguntar con aquella paciencia infinita que tanto le caracterizaba.
—Emm… No lo recuerdo…— Mentí— ayer, ¿Tal vez?
Una cosa era agarrarme con mi recidente a cargo, no estaba nada bien, era un actuar estúpido y suicida, pero a veces, inevitable. Pero otra cosa muy, muy distinta, era acusarla con el jefe de cirugía, aquello sería mi perdición, ningún recidente me querría en su servicio.
Sí, los cirujanos eran unos malditos explotadores, y si, la doctora Williams había sido la peor de todas, pero eso no significaría que echaría todo el esfuerzo, el trabajo de los último dos años a perder, acusándola con el jefe de cirugía.
—Chiara… —Suspiró y sacó de su cajón un registro impreso de mi asistencia.
—Merda … - sentí mis hombros caer y miré aquel hombre que había sido una especie de santo para nosotras— Por favor James, déjalo pasar, estoy bien, te lo juro…
Él me miró con preocupación.
—No se trata solo de ti, y lo sabes, un doctor que no duerme lo suficiente pone en peligro a sus pacientes — reprendió firme pero con el mismo tono conciliador.
Suspiré, no podía contra aquel argumento, demasiado cierto. Había actuado irresponsable, debí negarme a la extensión del turno, pero…
—No lo volveré a permitir. — Le aseguré — te lo prometo, pero por favor, déjalo pasar, no le digas nada, sabes cómo es…
James apretó sus dientes y suspiró.
—No deberías trabajar tan duro, eres excepcional Chiara, no tienes nada que demostrar. — Dijo él y yo apreté las manos, odiaba que fuera capaz de ver a través de mí, ni siquiera mi madre podía. - Que no vuelva a suceder.
Exigió finalmente y yo le miré, agradecida.
—Lo prometo. Mi madre no te merece.— Dije en un profundo alivio.
Él suspiró y se quitó los anteojos.
—Por milésima vez, entre tu madre y yo solo hay una buena amistad. — Se quejó — Ahora vete a casa. Y no te quiero aquí hasta dentro de cuarenta y ocho horas. Duerme.





