El aire de Valledupar olía a tierra mojada y a fritanga nocturna.
Mateo Solano caminaba despacio, el estuche de su acordeón golpeándole suavemente la pierna.
Acababa de salir del último ensayo antes del Festival de la Leyenda Vallenata.
Era el favorito.
Lo sabía, lo sentía en el cosquilleo de sus dedos, ansiosos por acariciar las teclas.
Una sombra se movió en el callejón oscuro que usaba como atajo.
Luego otra.
Antes de que pudiera reaccionar, dos hombres lo rodearon.
No dijeron nada.
Solo los bates silbando en el aire.
El primer golpe le dio en las costillas, un dolor seco, brutal.
Cayó de rodillas, protegiendo instintivamente su acordeón.
"¡Las manos!", gritó uno de ellos.
El terror le heló la sangre.
Intentó cubrirse, pero eran demasiado rápidos.
Los bates cayeron sobre sus manos, una y otra vez.
Un crujido horrible, un dolor que lo cegó.
Sintió un golpe en la espalda, luego nada.
Oscuridad.
Despertó en una cama de hospital.
El olor a desinfectante le picaba la nariz.
Intentó moverse, pero un dolor agudo le recorrió el cuerpo.
Tenía las manos vendadas, enormes, como muñones.
Una enfermera entró.
"Tranquilo, Mateo. Tuviste un accidente".
Accidente.
La palabra sonaba hueca.
El médico llegó después.
Su rostro era grave.
"Mateo, tus manos... sufrieron un daño severo. Múltiples fracturas. Los tendones..."
No necesitaba oír más.
Sus manos, su tesoro, su música.
"Y la columna... una lesión. Es probable que no vuelvas a caminar".
Silencio.
"También necesitarás una sonda urinaria de forma permanente".
El mundo se detuvo.
Sonda. Silla de ruedas. Manos inútiles.
El Festival. Su acordeón.
Todo se había ido.
Catalina, su hermana mayor, entró hecha una furia.
Sus ojos echaban chispas.
"¡Voy a encontrar a los desgraciados que te hicieron esto, Mateo! ¡Lo juro! ¡Pagarán!"
Valentina, su prometida, estaba a su lado, llorando en silencio.
Ella tomó su mano vendada con delicadeza.
"Llamaré a los mejores especialistas, mi amor. Te recuperarás".
Una pizca de esperanza, falsa, pero la necesitaba.
Más tarde, el dolor era insoportable.
La enfermera le había dado analgésicos, pero no eran suficientes.
Escuchó voces en el pasillo. Catalina y Valentina.
Se hizo el inmóvil, aguzando el oído.
"¿Estás loca, Catalina?", susurró Valentina, la voz rota.
"¡Acordamos que solo le darían un susto para que perdiera el Festival, no que lo dejaran lisiado de por vida! ¡Mateo va a necesitar una sonda para siempre!"
Un susto.
Mateo sintió que el corazón se le partía en mil pedazos.
Catalina respondió, su voz fría como el acero, el chasquido de un mechero.
"Los tipos se pasaron de la raya, pero el resultado es el mismo, ¿no? Ahora Santiago tiene el camino libre para ganar. Él se lo merece más".
Santiago. Su primo lejano. El que siempre vivió a su sombra.
Valentina sollozó. "Pero..."
"Pero nada", la cortó Catalina. "Mateo siempre lo ha tenido fácil, es el niño mimado. Con nosotras cuidándolo, incluso lisiado, no le faltará nada. Santiago, en cambio, ha luchado desde abajo, es un muchacho humilde que solo nos tiene a nosotras. No iba a permitir que Mateo, con su talento natural, le arruinara la única oportunidad a Santiago. Valentina, somos comadres, ¿no? Los hombres van y vienen, pero la lealtad entre nosotras es para siempre. Me prometiste que apoyarías a Santiago, incluso si eso significaba un pequeño revés para Mateo".
Un pequeño revés.
Valentina suspiró, un sonido de derrota.
"Está bien. Pero asegúrate de que le den los mejores analgésicos. Sufre mucho por las noches".
Mateo cerró los ojos.
El dolor físico era una nimiedad comparado con el que sentía en el alma.
Las personas que más amaba.
Su hermana, que lo crio.
Su prometida, su amor de infancia.
Lo habían destruido.
Su mundo, antes lleno de música y amor, ahora era un matadero.
Su corazón, un acordeón roto y pisoteado.
Recordó su infancia.
Catalina siempre lo había protegido, Valentina siempre lo había admirado.
Eran su sol, su luna.
Luego llegó Santiago, huérfano, acogido por su familia.
Al principio, Mateo sintió lástima por él.
Pero Santiago era una sombra, siempre observando, siempre envidiando.
Recordó las pequeñas traiciones.
Composiciones que desaparecían y luego Santiago las presentaba como suyas en pequeñas parrandas.
Cuerdas de acordeón rotas misteriosamente antes de un concurso local.
Siempre Catalina y Valentina defendían a Santiago.
"Sé comprensivo, Mateo. Es un pobre huérfano".
"No seas egoísta, dale una oportunidad".
Él siempre cedía. Por ellas.
Ahora entendía.
Su talento no era un don, era un obstáculo para los planes de ellas.
Él solo era un escalón para el ascenso de Santiago.
¿Lealtad? ¿Amor?
Palabras vacías.
Quiso gritar, pero no tenía fuerzas.
Quiso morir.
Sí, morir era la única salida.
Cerró los ojos, buscando la oscuridad eterna.
El teléfono sonó en la mesita de noche.
No quería contestar.
Pero el timbre era insistente.
Con un esfuerzo titánico, alargó su mano vendada y torpemente descolgó.
"¿Mateo Solano?", preguntó una voz grave, desconocida.
"Sí", respondió con un hilo de voz.
"Hemos oído hablar de su... situación. Represento a una organización que podría interesarle. Ofrecemos una oportunidad de renacer".
Renacer.
Mateo casi se ríe.
"¿Qué clase de broma es esta?", preguntó, la amargura tiñendo su voz.
"No es ninguna broma, señor Solano. Podemos ayudarlo. Podemos hacer que vuelva a ser quien era. Incluso mejor".
Volver a tocar. Volver a caminar.
Una chispa de algo que no se atrevía a llamar esperanza.
"¿Por qué yo?", preguntó.
"Porque solo aquellos que han sido destruidos por completo merecen la oportunidad de reconstruirse. Solo los que han tocado fondo pueden apreciar verdaderamente la resurrección".
Destruido por completo. Sí, así se sentía.
Resurrección.
La palabra resonó en su mente.
Venganza.
La palabra se deslizó, fría y dulce, en su corazón roto.
"Acepto", dijo Mateo.





