Mateo fingió no saber nada.
Cuando Catalina y Valentina entraron a la habitación al día siguiente, les sonrió débilmente.
Ellas se deshicieron en cuidados.
Catalina le acomodaba la almohada con una ternura que le revolvía el estómago.
Valentina le daba de comer en la boca, susurrándole palabras de ánimo.
"Pronto estarás mejor, mi amor. Ya verás".
Mateo asentía, tragando la comida y la rabia.
Observaba sus rostros, buscando algún rastro de culpa, de arrepentimiento.
No había nada.
Solo una actuación perfecta.
El olor del perfume caro de Valentina le mareaba.
El mismo perfume que usaba cuando se encontraban a escondidas, cuando le juraba amor eterno.
Hipócritas.
Asesinas de su alma.
El día del alta hospitalaria llegó.
Catalina y Valentina estaban a su lado, sosteniéndolo mientras lo pasaban a la silla de ruedas.
Las miradas de la gente en el pasillo eran una mezcla de lástima y curiosidad morbosa.
Mateo quería que la tierra se lo tragara.
"No te preocupes, Mateíto", dijo Catalina, apartando a un curioso con la mano. "Nosotras te protegeremos".
Protegerlo.
La ironía era tan cruel que casi se ríe.
Su ira crecía con cada gesto de falsa preocupación.
Mientras Catalina iba a buscar el auto y Valentina pagaba las últimas cuentas, Mateo se quedó solo un momento en el vestíbulo.
Vio una salida lateral.
Un impulso lo dominó.
Tenía que escapar de ellas, de su cuidado venenoso.
Intentó mover la silla, pero sus brazos aún estaban débiles.
Fue entonces cuando las escuchó de nuevo, sus voces llegando desde un rincón cercano, ocultas por una gran maceta.
"Ya filtré la información a El Pilón y a un par de blogs de chismes", decía Catalina, con su tono práctico y eficiente.
"Que lo atacaron por deudas de juego. Y que andaba en malos pasos con mujeres".
Valentina suspiró. "¿Es necesario, Cata? Ya está bastante mal".
"Es para justificar el ascenso de Santiago, tontita. Y para que nadie sospeche de nosotras. Hay que manchar su reputación, que la gente piense que se lo buscó. Así Santiago será el héroe que recoge los pedazos".
Mateo sintió un frío glacial.
No solo le habían quitado su futuro, ahora también querían destruir su nombre.
Con una fuerza que no sabía que tenía, impulsó la silla hacia la salida.
Chocó torpemente contra el marco de la puerta.
Alguien gritó.
De repente, se vio rodeado.
Periodistas. Cámaras. Micrófonos en su cara.
"¡Mateo! ¿Es cierto que tienes deudas de juego?"
"¿Te metiste con la mujer de algún narco?"
"¡Dicen que eres un mujeriego y un apostador!"
Los flashes lo cegaban.
Las preguntas eran como golpes.
Un supuesto fan, un hombre corpulento, le agarró la camisa.
"¡Traidor! ¡Nos decepcionaste a todos!"
La tela se rasgó, exponiendo los vendajes de su pecho, las marcas de los golpes.
La sonda urinaria, discretamente sujeta a su pierna, quedó parcialmente visible.
Las cámaras enfocaron.
Más flashes. Más preguntas crueles.
"¡Miren, está acabado!"
"¡Qué vergüenza!"
Se sintió desnudo, humillado.
El dolor de sus heridas se agudizó.
Catalina y Valentina aparecieron de la nada, abriéndose paso entre la multitud.
"¡Déjenlo en paz!", gritó Catalina, con una indignación fingida que Mateo reconoció al instante.
"¡No ven que está herido!", añadió Valentina, cubriéndolo con un chal.
Lo sacaron de allí rápidamente, como si lo estuvieran rescatando.
Mateo sabía que todo era parte del plan.
Sus protectoras. Sus verdugos.





