El sol de la tarde caía pesado sobre el polvo del pequeño pueblo, un calor que no lograba secar las lágrimas silenciosas de Xóchitl, cada gota que rodaba por su mejilla era un recuerdo de Pedro, su Pedro.
Sostenía el guitarrón contra su pecho, la madera lisa y oscura todavía parecía guardar el calor de las manos de su esposo, su olor a copal y a música.
Era todo lo que le quedaba de él, además de Luna, su pequeña hija que ahora ardía en fiebre en la humilde cama que compartían.
La tos seca de la niña era un martillo constante en su cabeza, un recordatorio de que el amor no compraba medicinas.
Por eso estaba aquí, en la plaza, esperando vender el alma de su esposo para salvar la vida de su hija.
El corazón se le encogía con cada persona que pasaba y miraba el instrumento con indiferencia, el guitarrón no era solo madera y cuerdas, era el eco de las serenatas, las risas compartidas, la promesa de un futuro que ya no existiría.
Justo cuando la desesperación comenzaba a ganarle, una camioneta negra, lujosa y amenazante, se detuvo bruscamente frente a ella, levantando una nube de polvo que la hizo toser.
Las puertas se abrieron y de ella bajaron tres hombres, sus rostros duros y sus ropas caras contrastaban con la pobreza del pueblo.
Al frente de ellos caminaba "El Jefe", un hombre cuya reputación de crueldad se susurraba en cada esquina.
"Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?" , dijo El Jefe, su voz era suave pero cargada de veneno, sus ojos fríos se posaron en el guitarrón.
"La viuda del músico".
Xóchitl se abrazó más fuerte al instrumento.
"Señor…"
"Escuché que tu maridito se negó a tocar para nosotros" , continuó El Jefe, ignorándola, caminó alrededor de ella como un lobo estudiando a su presa. "Qué falta de respeto, un hombre con tanto talento, desperdiciándolo en bodas y bautizos de gente que no tiene ni para comer" .
"Él solo tocaba por amor, no por dinero sucio" , respondió Xóchitl, su voz temblaba, pero se mantuvo firme.
El Jefe soltó una carcajada corta y seca.
"Amor" , escupió la palabra como si fuera basura. "El amor no te va a comprar las medicinas para tu niña, ¿verdad? He oído que está enferma" .
El miedo helado recorrió la espalda de Xóchitl, ¿cómo lo sabía?
"Necesito venderlo" , suplicó ella, la desesperación rompiendo su orgullo. "Por favor, mi hija…"
"Lo sé" , El Jefe le sonrió, una sonrisa sin alegría, llena de poder. "Y por eso, me lo voy a llevar, será un pago por la ofensa de tu esposo" .
Le arrebató el guitarrón de los brazos con una fuerza brutal, Xóchitl gritó, un sonido ahogado de dolor y pérdida.
"¡No, por favor, es todo lo que tengo!" .
El Jefe examinó el instrumento, pasándole los dedos por las cuerdas con burla, produciendo un sonido desafinado y horrible.
"Un bonito pedazo de madera" , dijo, y luego, mirándola directamente a los ojos, añadió: "Pero la música que contenía ya está muerta, como su dueño" .
Se dio la vuelta y se dirigió de nuevo a la camioneta, uno de sus hombres se quedó atrás un momento, se inclinó y escupió en el suelo, muy cerca de los pies descalzos de Xóchitl.
"Para que aprendas a respetar" , gruñó el hombre antes de seguir a su jefe.
La camioneta arrancó, dejando a Xóchitl sola en medio de la plaza, con las manos vacías y el corazón hecho pedazos, la nube de polvo la envolvió de nuevo, como un sudario.





