Mi vida anterior terminó con el sabor metálico de la sangre y el frío de la barandilla de un puente de Madrid.
Todo empezó en Semana Santa.
Mi compañera de piso, Valeria, siempre había sido encantadora, una chica de pueblo de Extremadura que parecía maravillada por la gran ciudad. Mis padres, cálidos y hospitalarios, la adoraban. Por eso, cuando Valeria insinuó que no tenía a dónde ir en vacaciones, mi madre insistió en que viniera a casa con nosotros.
Fue el mayor error de mi vida.
Esa noche, Valeria se encargó de que mi hermano Javier no dejara de beber. Él, un joven profesional con un futuro brillante, no era un gran bebedor, pero ella era insistente y coqueta. Lo vi reír, con las mejillas sonrojadas, mientras ella le rellenaba la copa una y otra vez.
Yo no le di importancia.
A la mañana siguiente, el caos. Valeria, llorando, afirmaba que Javier se había aprovechado de ella. Mi cuñada, Lucía, embarazada de tres meses, se enfrentó a mi hermano. La discusión fue terrible. En medio de los gritos y el estrés, Lucía se dobló de dolor.
Perdió al bebé ese mismo día en el hospital.
Valeria aprovechó la tragedia. Afirmó que ella también estaba embarazada de Javier y amenazó con suicidarse si él no se hacía responsable. Rota por la culpa y la pena, mi familia cedió.
Javier se casó con ella.
Una vez dentro, Valeria nos destrozó. Convenció a Javier para que pusiera el negocio familiar a su nombre. La salud de mis padres, consumidos por el estrés y la pena, se deterioró rápidamente. Mi padre sufrió un infarto. Mi madre envejeció diez años en uno.
Javier, atormentado por la culpa, tuvo un accidente de coche que lo dejó en una silla de ruedas.
En la universidad, Valeria esparció rumores sobre mí. Me pintó como una hermana celosa y desequilibrada. Me quedé sola.
Marginada, culpable y sin familia a la que volver, me subí a esa barandilla.
Y salté.
Abrí los ojos.
La luz del sol entraba por la ventana de mi habitación en el piso de estudiantes. El calendario de mi móvil marcaba la fecha: dos días antes de que empezaran las vacaciones de Semana Santa.
Estaba viva. Había vuelto.
Un sollozo se me escapó, una mezcla de terror y un alivio abrumador. Todo estaba intacto. Mi familia estaba bien. Javier y Lucía esperaban a su bebé con ilusión.
Podía cambiarlo todo.
La puerta se abrió y Valeria entró con una sonrisa dulce.
"Sofía, ¿ya estás pensando en las vacaciones? Qué suerte tienes de volver a casa. Yo me quedaré aquí sola, como siempre."
Era la misma frase. La misma mirada lastimera.
En mi vida pasada, sentí pena por ella. Ahora, solo sentía un odio helado que me recorría la espalda.
Respiré hondo para calmar el temblor de mis manos.
"Lo siento, Valeria."
Mi voz sonó sorprendentemente firme.
"Este año no puedo. He conseguido un trabajo temporal en El Corte Inglés para la campaña de Semana Santa. Necesito el dinero."
La sonrisa de Valeria vaciló por una fracción de segundo.
"Oh. Vaya. No lo sabía. Bueno, no pasa nada. Trabajar es importante."
Se dio la vuelta y salió, pero yo sabía que no se había rendido. No la conocía entonces, pero ahora sí. Su envidia era un monstruo insaciable.
Me levanté y fui a mi portátil. En mi vida anterior, le había comprado un billete de AVE extra para que viniera conmigo. Entré en la web de Renfe y busqué en mi historial de compras.
Allí estaba. Dos billetes para el mismo tren.
Con un clic, cancelé el suyo. Un pequeño paso, pero era el primero. Esta vez, yo controlaba el tablero de juego.
Pero subestimé su persistencia.
Al día siguiente, mientras me preparaba para salir, dejé el portátil abierto a propósito, con la página de mi reserva de tren visible. Salí del cuarto solo un par de minutos.
Cuando volví, Valeria ya no estaba en el salón. Sabía que había visto la información.
El destino era una fuerza terca, y Valeria era su mejor agente. Si no podía llevarla conmigo, ella encontraría la manera de seguirme.





