La sangre se sentía tibia mientras se escurría por la comisura de mis labios. El frío del suelo de piedra se filtraba a través de mi ropa raída, congelando mis huesos. Afuera, el viento del Límbo Frío aullaba como un alma en pena, un sonido que había sido mi única compañía durante diez largos años. Mi cuerpo estaba débil, mi energía casi agotada. Morir así, sola y olvidada, parecía un final justo para una tonta como yo.
De repente, la puerta de mi celda improvisada, una miserable choza de piedra que yo misma había levantado, se abrió de golpe. La figura alta y autoritaria de Caelus se recortó contra la luz grisácea del exterior. Él era el Señor de estas tierras, el hombre al que una vez amé con toda mi alma y el mismo hombre que me arrojó a este infierno sin piedad.
Livia, su "hermana" adoptiva, estaba a su lado, aferrada a su brazo, mirándome con una lástima tan falsa que me revolvía el estómago. Fue ella quien, con una sonrisa dulce y lágrimas en los ojos, me acusó de traición el día de mi boda con Caelus.
"Mira, Caelus, pobrecita Elara. Diez años aquí la han vuelto... salvaje."
Su voz era como la miel envenenada.
Caelus me miró desde arriba, con sus ojos grises como el acero, fríos y sin una pizca de emoción. Su poder era una presencia física, una presión que me aplastaba contra el suelo.
"Diez años es suficiente para purgar cualquier pecado, Elara. He venido a llevarte de vuelta."
Su tono era el de un rey concediendo un perdón, no el de un hombre hablando con la mujer que había sentenciado a una década de tormento.
Una risa seca y ronca escapó de mi garganta. ¿Volver? ¿Volver a su lado, a su mundo de mentiras y poder? La Elara ingenua que creía en sus promesas había muerto hace mucho tiempo en la soledad de este lugar.
"No."
Mi voz fue apenas un susurro, pero fue clara y firme.
La expresión de Caelus se endureció. La presión en el aire aumentó.
"¿Qué has dicho?"
"He dicho que no," repetí, reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban para mirarlo a los ojos. "No iré a ninguna parte contigo."
Señalé con un dedo tembloroso a un rincón oscuro de la choza. Allí, apoyado contra la pared, había una figura tosca tallada en madera, el único objeto que había creado en diez años. Era un hombre sin rostro, pero para mí, lo era todo.
"Él es mi esposo. Me quedaré aquí con él."
La declaración colgó en el aire, absurda y desafiante. Livia soltó una risita burlona, pero Caelus no se rio. Su rostro se contrajo en una máscara de furia pura. La humillación de ser rechazado por mí, una prisionera rota, frente a su adorada Livia, era más de lo que su orgullo podía soportar.
"¿Te atreves a burlarte de mí?" rugió.
El aire crujió con energía. Levantó una mano y una bola de fuego oscuro se formó en su palma. No apuntó hacia mí. Apuntó hacia la figura de madera.
"¡No!" grité, intentando levantarme, pero mi cuerpo no respondió.
Con un gesto cruel, lanzó el hechizo. La figura de mi guardián silencioso, mi único compañero, fue consumida por las llamas negras al instante. La madera se convirtió en cenizas en un parpadeo.
Y con él, la última chispa de esperanza en mi corazón se extinguió. El mundo se volvió negro.





