Cicatrices del Pasado, Amor Presente

Cuando desperté, el sol gris del Límbo Frío se filtraba por el techo derrumbado de mi choza. El olor a ceniza y desesperación llenaba el aire. Mi cuerpo dolía, cada músculo protestaba, pero el dolor más profundo estaba en mi pecho, un vacío helado donde antes estaba mi corazón.

De repente, sentí la presencia abrumadora de Caelus de nuevo, mucho antes de verlo. Era una opresión en el aire, una sensación que hacía que todos los desgraciados habitantes del Límbo se postraran en el suelo, temblando. Su poder exigía sumisión.

Me moví con urgencia, ignorando el dolor punzante en mis costillas. Mi túnica estaba rasgada, revelando un feo corte en mi costado por el derrumbe. Rápidamente, tiré de la tela para cubrirlo. No le daría la satisfacción de ver mi debilidad. Me arrodillé justo cuando él entraba, bajando la cabeza como se esperaba de mí.

Sus botas de cuero negro se detuvieron justo frente a mí. El silencio se alargó, tenso y pesado. Podía sentir su mirada recorriéndome, juzgándome.

Luego, sentí su mano en mi barbilla. Fría, dura. Me obligó a levantar la cabeza. Sus ojos grises me escudriñaron, buscando algo. Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.

"Así está mejor," dijo, su voz con un matiz de satisfacción. "Veo que la lección de ayer te hizo entrar en razón. Te has vuelto más dócil."

Pensaba que mi sumisión era genuina. Pensaba que había logrado doblegarme. La ironía era tan amarga que casi me ahoga. Mi cuerpo se arrodillaba, pero mi alma lo maldecía.

"He sido demasiado duro contigo," continuó, con un tono magnánimo que me revolvió el estómago. "Pero era necesario para pulir tu carácter obstinado. Ahora, todo ha terminado. Te perdonaré tus ofensas de ayer. Levántate. Nos vamos de aquí."

Extendió su mano, esperando que la tomara. La visión de esa mano, la misma que había destruido mi único consuelo, me provocó una oleada de pánico puro. El recuerdo de su crueldad, de su traición, se estrelló contra mí con la fuerza de un maremoto.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

"¡No me toques!"

El grito fue un desgarro en mi garganta. Me arrastré hacia atrás, alejándome de él como si fuera la plaga. Mi movimiento fue tan brusco y desesperado que perdí el equilibrio y caí de costado, golpeándome el hombro contra una roca suelta. Un gemido de dolor se me escapó.

La sorpresa en el rostro de Caelus fue reemplazada rápidamente por una ira fría.

"¿Qué demonios te pasa?"

Pero no me quedé para escuchar su furia. El miedo me dio fuerzas. Me puse de pie torpemente, tropezando con mis propios pies. No miré atrás. Corrí. Corrí tan rápido como mis piernas heridas me lo permitieron, cojeando y jadeando, de vuelta a las ruinas de mi choza.

Mi santuario estaba destruido, pero era el único lugar donde me sentía a salvo de él. Me acurruqué en el rincón más alejado, temblando incontrolablemente, mientras escuchaba sus pasos furiosos acercándose.

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