Isabella regresó de la zona cafetera.
No venía sola.
Traía a un muchacho, Rafael, "Rafa".
Tenía cara de no haber roto un plato.
Isabella lo presentó como su nuevo protegido.
Mateo sintió un hielo en el estómago.
Rafa sonreía fácil, con una torpeza que parecía ensayada.
"Don Mateo", le dijo, y la "Don" sonó a distancia, a burla.
Isabella pareció contenta con esa distancia.
Mateo miró a Isabella.
Ella le sostuvo la mirada, fría.
Supo que algo terminaba.
Como el cigarrillo que se consumía entre sus dedos, así se sentía su tiempo con ella.
Una ceniza más.
Más tarde, en la habitación de ella, la piel de Isabella estaba caliente contra la suya.
Sus manos recorrían la espalda de Mateo, sus cicatrices.
"Sigues siendo mi mejor hombre, Mateo."
Su voz era un susurro ronco.
Pero luego, se apartó.
Se levantó de la cama, se puso una bata de seda.
"Rafa se quedará en la casa principal. Necesita... cuidado."
Mateo se sentó en la cama.
El calor de ella se desvanecía rápido.
"¿Y yo?", preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
"Tú tienes tu lugar, Mateo. Siempre lo has tenido."
Pero ese lugar se sentía ahora más pequeño, más oscuro.
Isabella lo miró desde la puerta.
"Él no conoce la sangre, Mateo. No como tú."
Su voz era suave, casi una caricia cruel.
"Recuerdo cómo te encontré, en ese callejón del puerto. Cubierto de la sangre de ese miserable."
Mateo apretó los puños.
El recuerdo era una brasa viva.
El proxeneta. Su hermana. La rabia.
Isabella lo había sacado de allí, sí.
Pero a qué precio.
"Rafa es... diferente. Es luz. Necesito esa luz."
Mateo bajó la cabeza.
Luz.
Él solo era sombra.
Su lealtad, sus años de servicio, la sangre derramada por ella... nada de eso importaba frente a la supuesta "pureza" de un recién llegado.
Se miró las manos.
Manos que habían matado por ella.
Manos que ahora se sentían sucias, inútiles.
El reflejo en el espejo le devolvió la imagen de un hombre vacío.
Un perro fiel al que le mostraban la puerta.
Isabella volvió a hablar, su voz ahora firme, sin rastro de la intimidad de antes.
"Habrá una fiesta. En la hacienda. Presentaré a Rafa oficialmente."
Hizo una pausa.
"Como mi consorte."
Mateo levantó la vista.
Consorte.
Esa palabra lo golpeó más fuerte que cualquier puño.
"Tus habitaciones en la casa principal... Rafa las necesitará. Ya sabes, para su seguridad."
La crueldad de ella era un arte.
Mateo no dijo nada.
Se levantó, se vistió en silencio.
La puerta se cerró detrás de él con un sonido suave.
Definitivo.
No lloró.
Los hombres como él no lloraban.
Se tragó el dolor, la rabia, la humillación.
Se fue a su antigua habitación, la que usaba antes de que Isabella lo llevara a la casa principal.
Olía a polvo, a olvido.
Como él.
Se acostó en la cama.
La almohada aún conservaba un leve rastro del perfume de ella.
Lo arrancó, lo tiró al suelo.
Había una sola salida.
Una "muerte" falsa.
Desaparecer.
Sería su última misión para ella, aunque ella no lo supiera.
La única forma de recuperar algo de sí mismo.





