Los días siguientes fueron una tortura lenta.
Isabella dedicaba cada momento a Rafa.
Le enseñaba a montar a caballo, algo que con Mateo siempre consideró una pérdida de tiempo.
Paseaban por los jardines, Isabella riendo con una ligereza que Mateo no recordaba haberle visto nunca.
Le leía por las tardes en la terraza, la cabeza de Rafa apoyada en su regazo.
Mateo observaba desde la distancia, desde las sombras que ahora eran su único hogar.
Un día, Rafa, con su torpeza calculada, rompió una vasija precolombina.
Una pieza invaluable, el orgullo del padre de Isabella.
Mateo esperó la furia, el castigo.
Pero Isabella solo abrazó a Rafa.
"No te preocupes, mi cielo. Fue un accidente."
Ordenó que retiraran todas las piezas de valor de las áreas comunes.
"Para la seguridad de Rafa", dijo.
"No quiero que nada peligroso esté a su alcance."
Mateo pensó en las balas que él había esquivado por ella, en los cuchillos que había detenido con su propio cuerpo.
Eso no era peligroso.
Peligroso era un muchacho torpe que rompía cosas.
La devoción de Isabella por Rafa era absoluta.
Lo cuidaba como a un niño, le consentía cada capricho.
Justo el trato que Mateo siempre había anhelado en secreto.
Un anhelo que ahora sabía inútil.
Recordó de nuevo el callejón.
Tenía dieciséis años.
El proxeneta había golpeado a su hermana pequeña, Lola.
Mateo lo había esperado, con un trozo de hierro en la mano.
Cuando la policía llegó, Isabella ya estaba allí.
Lo miró, cubierto de sangre, el hierro aún en su mano temblorosa.
"Tienes agallas, muchacho", le dijo. "Pero mal enfocadas."
Lo sacó de allí antes de que lo encerraran.
Le dio un propósito, una vida.
O eso creía él.
Su lealtad nació de esa "salvación".
Una deuda de vida.
Años después, en un tiroteo con un cartel rival, una bala iba directa a Isabella.
Mateo se interpuso.
El impacto en el hombro lo tiró al suelo.
Isabella, por una vez, perdió la compostura.
Vio el miedo en sus ojos.
Luego, vio la furia.
A los hombres que le dispararon, los cazó uno por uno.
No los mató rápido.
Mateo nunca olvidaría sus gritos.
Esa noche, ella curó su herida personalmente.
Sus manos, usualmente frías y calculadoras, fueron gentiles.
"Nadie me toca y vive para contarlo, Mateo. Nadie te toca a ti y vive para contarlo."
Esas palabras habían sido su ancla.
A veces, en la intimidad, Isabella era casi juguetona.
Lo llamaba "mi perro guardián", "mi sombra leal".
Le gustaba morderle suavemente el cuello, dejar marcas que él ocultaba con celo.
"Para que sepas a quién perteneces", le decía.
Y él pertenecía. En cuerpo y alma.
Los hombres de Mateo, sus sicarios más leales, no ocultaban su desprecio por Rafa.
"Ese niñato no dura", le dijo el Flaco, uno de sus hombres de confianza.
"Parece que se va a romper si lo miras feo."
"La Patrona está encaprichada", añadió el Chino. "Pero se le pasará. Siempre se le pasa."
Mateo estaba en el patio de entrenamiento, supervisando a los nuevos reclutas.
Rafa observaba desde la sombra de un samán, abanicándose con un sombrero.
"Es un parásito", masculló Mateo, más para sí mismo que para el Flaco.
"Un chupasangre con cara de ángel."
No sabía que Isabella estaba detrás de él.
"¿Decías algo, Mateo?"
Su voz era seda helada.
Mateo se giró lentamente.
La mirada de Isabella era como el filo de un cuchillo.
"Estaba... comentando la falta de disciplina de los nuevos, Patrona."
"No te creo, Mateo."
Se acercó, su perfume caro envolviéndolo.
"Escuché bien. Hablabas de Rafa."
El Flaco y el Chino habían desaparecido como por arte de magia.
"Él es mi invitado. Mi... protegido. Y tú le faltas el respeto."
"Patrona, yo..."
"Silencio."
Levantó una mano.
"Esta noche hay tormenta. Te quedarás de rodillas en el patio. Hasta que yo diga."
Mateo sintió un escalofrío.
Las tormentas.
Desde niño, desde que la casa de su abuela en el barrio se inundó y casi pierde a Lola, las odiaba.
Isabella lo sabía.
Antes, en noches de tormenta, ella lo abrazaba, lo calmaba.
Ahora, lo usaba como castigo.
La lluvia empezó a caer, fría y violenta.
Mateo se arrodilló en el centro del patio de la hacienda.
El agua le empapaba la ropa, el pelo.
Los truenos retumbaban, y cada relámpago iluminaba la figura de Isabella en la ventana de su habitación.
Observándolo.
Con Rafa a su lado.
Podía ver sus siluetas. Rafa abrazándola por la espalda.
El dolor en sus rodillas no era nada comparado con el dolor en su pecho.
Horas después, cuando la tormenta amainó, Isabella bajó.
Rafa venía detrás, secándose el pelo con una toalla.
"¿Aprendiste la lección, Mateo?"
Él no respondió. Estaba temblando de frío, de rabia.
"Lo hice por tu bien, ¿sabes?", dijo ella, casi con dulzura.
"La disciplina es importante. Y Rafa... Rafa necesita ver que nadie es intocable."
Mateo levantó la vista.
Vio una marca roja en el cuello de Rafa. Un chupetón.
Fresco.
Isabella había estado "consolando" a Rafa durante la tormenta.
Mientras él se congelaba bajo la lluvia.
La bilis le subió a la garganta.
"Él no es como tú, Mateo", continuó Isabella, ignorando la mirada de él. "Él es sensible. Necesita un ambiente... sano."
Sano.
Mateo quería reír. O gritar. O matar.
Se levantó con dificultad.
Cada músculo le dolía.
Isabella lo miró, una sombra de preocupación en sus ojos.
"Ve a que te revisen. No quiero que mi mejor hombre se enferme."
Pero sus palabras sonaban vacías.
Mateo se dio la vuelta y se fue.
No la miró.
No podía.





