El calor de los fogones era insoportable, un infierno que me quemaba la piel y me secaba la garganta. El caos del servicio de cena rugía a mi alrededor, pero yo solo podía ver a Patrick, mi novio, dándome la espalda.
"¡Patrick, por favor, no te vayas!", le supliqué, con la voz rota. "No puedes dejarme sola ahora."
Él se giró, su rostro normalmente carismático ahora era una máscara de impaciencia y furia. Sus ojos no me veían a mí, veían a través de mí, hacia la puerta por donde Yolanda acababa de huir llorando.
"Ella me sacó de la miseria, Lina. No seas dramática. Es solo una cena, puedo manejarlo a mi regreso."
Sus palabras me golpearon con la fuerza de una bofetada. Yolanda, la manipuladora hija de la antigua ama de llaves de mi familia, había fingido un ataque de pánico después de que le señalé que estaba a punto de arruinar una salsa madre. Y Patrick, mi Patrick, se lo había tragado todo.
"¡La que te ayudó fui yo!", grité, con la desesperación arañando mi garganta. "¡Yo fui tu benefactora secreta!"
Él soltó una carcajada amarga, un sonido que hizo eco en la cocina caliente y ruidosa.
"¿Tú? Una simple ayudante sin familia ni conexiones. No inventes historias, Lina."
Se dio la vuelta y se fue, dejándome sola con el corazón hecho pedazos y el calor asfixiante oprimiéndome el pecho. El estrés, el dolor y la temperatura extrema se unieron en un golpe brutal. El mundo se volvió negro. Lo último que sentí fue un dolor agudo y abrasador en mi brazo.
Desperté en una habitación blanca y estéril. El olor a antiséptico llenaba el aire. Estaba en una clínica privada, sola. Una venda gruesa cubría mi brazo desde la muñeca hasta el codo. La quemadura por el caramelo hirviendo era grave.
Patrick apareció horas después. No había preocupación en sus ojos, solo un cálculo frío.
"Lina, lo siento", dijo, pero sus palabras sonaban huecas. "Espero que esto no se filtre a la prensa. Podría dañar la reputación del restaurante y las oportunidades de Yolanda para el concurso."
Su verdadera preocupación no era mi brazo quemado, ni el hecho de que casi muero. Era Yolanda. Siempre era Yolanda.
"Para compensarte, te he comprado un viaje a la Riviera Maya", añadió, como si unas vacaciones pudieran borrar su abandono y mi dolor.
Lo miré, y por primera vez, vi la verdad con una claridad devastadora. El hombre que amaba, el hombre por el que había ocultado mi identidad y mi fortuna, no existía. En su lugar había un extraño egoísta y cruel.
"Se acabó, Patrick", dije, con una voz que no reconocí como la mía, fría y firme. "No quiero tu viaje. No te quiero a ti. Un hombre que me deja en peligro por otra mujer no me merece."
Volví a la hermosa hacienda en Tlaquepaque que habíamos llamado nuestro hogar. El aire olía a jazmín y a mentiras. Encontré a Patrick llevando a Yolanda a nuestra habitación, la habitación principal.
"La casa de Yolanda tiene una plaga de alacranes", me dijo, sin mirarme a los ojos. "Sé comprensiva, Lina."
Comprensiva. Quería reír, o gritar, o romper algo. En lugar de eso, me encerré en la habitación de invitados, con el cuerpo ardiendo por la fiebre de la infección de mi quemadura.
Esa noche, a través de la puerta, escuché su voz, un susurro íntimo que destrozó los últimos fragmentos de mi corazón.
"Te amo a ti, Yolanda, te amo con locura. Si tan solo te hubiera conocido antes..."
El dolor fue tan agudo que me quedé sin aliento. Lloré en silencio, ahogando mis sollozos en la almohada, hasta que no me quedaron más lágrimas.
A la mañana siguiente, los vi en el patio. Él le servía chilaquiles, mi plato favorito, sonriéndole como solía sonreírme a mí.
En ese momento, todo el amor que sentía por él se convirtió en cenizas. Saqué mi teléfono y marqué el número de la abogada de mi familia.
"Mariana", dije, con la voz firme. "Prepara los papeles del divorcio."





