Yolanda se movía por la hacienda como si fuera la dueña, tocando mis cosas, usando mis perfumes. La observé desde la puerta de la cocina, una espectadora silenciosa en mi propia casa. Patrick estaba a su lado, sonriendo, ajeno a mi presencia o, peor aún, ignorándola deliberadamente.
"Patrick, ¿puedo usar tu estudio para una videollamada? Necesito un fondo impresionante para hablar con un patrocinador", dijo Yolanda, con una voz melosa que me revolvió el estómago.
"Claro, cariño. Lo que necesites", respondió él, dándole un beso en la frente.
No dije nada. No tenía sentido. Me di la vuelta y subí a la habitación de invitados, el único espacio que todavía sentía como mío. Mi indiferencia pareció desconcertarlo más que cualquier arrebato de ira. Vi un destello de confusión en sus ojos antes de que se volviera hacia Yolanda.
"Tengo que irme, pero volveré pronto", le dijo a ella, su voz llena de una ternura que una vez fue para mí. "Luego hablaré con Lina. Necesita entender la situación."
Me encerré en la habitación. La fiebre subía y bajaba en oleadas, dejándome débil y temblorosa. Me sentía atrapada en una pesadilla, sola en mi sufrimiento mientras él vivía su nueva historia de amor bajo mi propio techo.
Más tarde, el dolor en mi brazo se intensificó. Necesitaba analgésicos, pero la cabeza me daba vueltas. Me arrastré fuera de la habitación, apoyándome en las paredes frías. La casa estaba en silencio. Patrick se había ido.
Justo cuando llegué a la parte superior de las escaleras, escuché sus voces desde el estudio de abajo. La puerta estaba entreabierta.
"Ojalá te hubiera conocido antes, Yolanda", decía Patrick. "Mi vida habría sido muy diferente. Contigo, todo parece posible."
"Shhh", susurró ella. "No pienses en eso ahora. Estamos juntos, eso es lo que importa."
Cada palabra era un golpe. Me aferré a la barandilla, sintiendo que el suelo se hundía bajo mis pies. El dolor de mi brazo era nada comparado con el dolor que desgarraba mi pecho.
A la mañana siguiente, la escena en el patio fue la confirmación final. Los chilaquiles. El plato que le enseñé a preparar, el que me hacía en las mañanas especiales. Ahora se lo servía a ella, en mi vajilla, en mi casa. Era un ritual íntimo, robado y profanado.
Yolanda levantó la vista y me vio. Una sonrisa triunfante se dibujó en sus labios. Se inclinó hacia adelante, dejando al descubierto una marca roja en su cuello, un chupetón descarado y vulgar. Quería que lo viera. Quería que supiera que había ocupado mi lugar en todos los sentidos.
Sentí una oleada de náuseas.
Patrick se levantó para irse al restaurante. Se despidió de ella con un beso largo y apasionado, justo delante de mí. No me dirigió ni una mirada. Era como si yo fuera un fantasma, invisible.
Cuando la puerta se cerró, comencé a trabajar. Fui a nuestra habitación, la que ahora olía a ella, y empecé a empacar mis cosas. Ropa, libros, recuerdos. Cada objeto era un recordatorio de una vida que ya no existía.
Mi teléfono vibró. Era un mensaje de Patrick.
"Cancelamos la cena con los inversores esta noche. Yolanda no se siente bien, necesita que la cuide. Lo reprogramaremos."
Leí el mensaje y una risa seca escapó de mis labios. Por supuesto. Todo por Yolanda. Mi decisión era más firme que nunca. Empecé a sacar mis maletas, preparándome para borrar cada rastro de mi existencia de esa casa y de su vida.





