Aunque el día se presentaba con una belleza indescriptible, algo inquietante y opresivo flotaba en el ambiente, como si un par de ojos la observara desde las sombras. Sin embargo, ella trató de ignorar esa sensación de ansiedad que la atormentaba y continuó su camino.
Pero pronto descubriría que no era solo su mente jugándole una mala pasada, sino que había algo tangible y peligroso en su entorno. Desde hacía varias semanas, un coche negro la seguía a todas partes, una imponente camioneta que inspiraba temor y oscuras conjeturas.
Y dentro de ese vehículo, un hombre con una mirada perturbadora se relamía los labios mientras observaba a la chica caminar con gracia y delicadeza. Para él, esa inocencia que la envolvía como un aura de luz era el mayor aliciente para sus oscuros deseos.
Evan era el primogénito de una familia dedicada al tráfico de armas, drogas y personas, con ramificaciones en todo el mundo, pero principalmente en los países asiáticos, donde el mercado negro era más próspero y lucrativo. China y Corea del Norte eran sus principales fuentes de ingreso, el primero se encargaba de los negocios y el segundo de la fabricación de armas y la eliminación de los obstáculos.
Aunque estaba lejos de su hogar, en un país del tercer mundo repleto de gente repulsiva y de moral disoluta, Evan no podía alejarse de esa chica que lo había hechizado con su sola presencia. Desde el restaurante donde había pactado su cita de negocios, había visto a la chica leyendo en medio del parque, y algo en ella lo había atrapado con una fuerza irresistible.
Así que, movido por una obsesión enfermiza, había comenzado a seguirla a todas partes, planeando mil y una maneras de acercarse a ella sin despertar su temor o su desconfianza. Quería que esa hermosa criatura cayera rendida a sus pies, que lo amara con la misma pasión que él la anhelaba, que fuera suya y de nadie más.
Y así, decidido a hacerla suya por la fuerza si fuera necesario, avanzó hacia la librería donde ella solía comprar sus libros, dispuesto a abordarla con una sonrisa encantadora y una mirada que ocultaba su verdadera naturaleza depredadora.
Todo estaba dispuesto. Sabía exactamente en qué planta se encontraba, siempre en el tercero ojeando libros de pintura. Luego se dirigiría al cuarto para buscar libros en otros idiomas y finalmente terminaría en el segundo seleccionando libros de romance.
La entrada de Evan causó una gran impresión, no solo porque era evidente que no era del país, sino también por su imponente presencia. Era alto, con penetrantes ojos negros y un traje hecho a medida, parecía un actor, pero con un aura oscura.
Subió rápidamente al tercer piso de la librería, buscó en las diferentes salas y no la encontró. Su corazón latía acelerado, la había visto entrar, pero ¿por qué no estaba donde se suponía que debía estar?
Él era un gran apasionado del arte, por lo que entablar una conversación sobre ese tema sería muy fácil y seguro que la impresionaría. Luego, se ofrecería a comprarle los libros que quisiera, irían a cenar y la noche terminaría con el intercambio de contactos o quizás con un beso. Pero si ella no estaba allí, todo se iría por el desagüe.
Llamó a Cheng, su mano derecha, para preguntarle si había visto a la chica salir, pero el hombre de casi 40 años le respondió negativamente. Jeanne seguía allí.
Evan respiró profundamente y se dispuso a buscarla. Fue al cuarto piso, pero tampoco encontró rastro de la chica. Ahora sabiendo dónde estaba, bajó rápidamente y la vio mirando libros en el segundo piso. Sintió furia al pensar que esa chica, justo en su día, había decidido cambiar su rutina.
Aunque quería ir y gritarle en la cara, reclamarle por arruinar sus planes, se obligó a calmarse. Claro que el dulce aroma de su perfume que llegó hasta él después de que una ráfaga de viento soltada por el ventilador dentro del sitio lo llevó a su nariz, lo reconfortó. Se arregló el cabello, verificó que su traje estuviera impecable, dibujó una sonrisa amigable en su rostro y dio un par de pasos hacia ella. Pero la marcha se detuvo cuando vio una escena que de nuevo lo hizo hervir la sangre y querer matar al hombre que sujetaba la cintura de su mujer.
Lo que Evan claramente no vio fue cuando la chica llegó a la librería, los minutos que le dio para que se acomodara dentro de la librería, sumados a los que se demoró buscándola y el atraso que le dio seguirla desde una calle atrás para que no lo notara fueron decisivos para que otra historia se forjara.
Jeanne caminó como siempre hacia la librería, con una sonrisa saludó a Mario, el dueño de aquel lugar que tanto le gustaba visitar. Claro que él no era la persona que había iniciado aquel lugar, lo había heredado de su padre, él y su hermana llevaban el negocio.
"En el cargamento de ayer llegaron algunos títulos interesantes para el segundo piso", dijo Mario.
Mario sabía que la chica siempre revisaba primero los libros de arte, y después algunos en otros idiomas, pero también sabía que ella no podía permitirse comprarlos. Para ella, hacerlo significaría saltarse algunas comidas. Así que, la chica solo los veía, y algunas veces en secreto, leía algunos libros en otros idiomas. Pero siempre compraba solo los de romance, que eran los más baratos y los únicos que se podía permitir.
Jeanne hablaba inglés y francés casi a la perfección, pero siempre había querido aprender algunos idiomas extras. Lamentablemente, no se lo podía permitir, ya que era costoso.
Un día, al oír que habían llegado nuevos libros, la chica subió corriendo a la tienda y se dispuso a verlos. Estaba emocionada porque ese mes le había sobrado un poco más de dinero y podría comprar dos o quizás tres libros, algo que no había hecho en mucho tiempo. Al ver la lista de los nuevos libros, un nombre saltó a sus ojos y se apresuró a tomarlo.
Habían llegado dos ejemplares de ese libro, y ella quería asegurarse de conseguir uno de ellos. Pero la ubicación del libro en el estante más alto fue un problema para ella. La chica media apenas 1.58 metros y le tenía un miedo gigante a las alturas. La opción de tomar la escalera para bajarlo era imposible. Entonces, decidió estirarse lo más posible y, en última instancia, preferiría saltar o llamar a Mario para que la ayudara.
Al estirarse para alcanzar el libro, perdió el equilibrio y pisó sin querer a alguien que la tomó fuertemente de la cintura para evitar que cayera. Rápidamente, se volteó para disculparse por su torpeza, pero los ojos verdes del chico más atractivo que había visto la hipnotizaron. La chica se quedó sin habla y no pudo decir nada.





