Cautiva del CEO

Mariana llegó al despacho de Alejandro Fuentes con el corazón acelerado. Aunque ya había aceptado el matrimonio por contrato, el peso de esa decisión aún le resultaba difícil de asimilar. Hoy, sin embargo, no tenía otra opción que enfrentarse a él de una manera más directa. La reunión, que había sido programada por ambas familias, tenía como objetivo discutir los detalles finales de su acuerdo: las cláusulas del contrato matrimonial, las responsabilidades y las expectativas que ambos tendrían que cumplir.

El despacho de Alejandro estaba diseñado para impresionar. La gran mesa de madera oscura, las estanterías repletas de libros y los ventanales que daban a la ciudad reflejaban el poder que emanaba de él. Las paredes decoradas con arte moderno contrastaban con la solemnidad del espacio, sugiriendo que, aunque su apariencia era seria, Alejandro también valoraba el gusto y la estética. La atmósfera era tensa, impregnada por una mezcla de formalidad y la presión del compromiso que ambos estaban a punto de asumir.

Mariana entró con paso firme, aunque su estómago estaba lleno de mariposas. Sabía que estaba dando un paso más en este compromiso, y esta reunión sería crucial para entender cómo funcionaría su vida en los meses venideros. A pesar de su resolución, no podía evitar la inquietud que le producía estar tan cerca de un hombre tan inaccesible como Alejandro Fuentes.

Alejandro la observó entrar sin hacer un gesto. Sus ojos, siempre tan fríos y calculadores, la analizaron brevemente, como si estuviera evaluando no solo su presencia física, sino también su capacidad para adaptarse a su mundo.

- Buenos días, Mariana -dijo él con su voz grave, señalando la silla frente a su escritorio. No era un saludo cálido, pero tampoco hostil. Era simplemente... cortés.

Mariana asintió y se sentó, manteniendo la espalda recta y el rostro impasible. Era consciente de que cualquier signo de debilidad sería un error. Desde el momento en que aceptó este matrimonio, se había comprometido a mantener la compostura, incluso si en su interior todo parecía desmoronarse.

- ¿Te gustaría que comenzáramos? -preguntó Alejandro mientras abría un maletín de cuero negro y comenzaba a sacar unos documentos perfectamente organizados.

Mariana lo observó unos segundos, notando la precisión con la que manejaba los papeles. Era un hombre que se movía con seguridad, que había aprendido a no dejar nada al azar, y por alguna razón, esa cualidad la incomodaba. Sabía que este matrimonio sería un contrato ejecutado con la misma frialdad que cualquier otro negocio que él manejara.

- Sí, claro -respondió ella, tomando aire antes de añadir-. Quisiera asegurarme de entender cada detalle.

Alejandro le entregó una copia del contrato matrimonial y señaló algunos puntos clave. La voz de él era firme y clara, pero sin emoción, como si estuviera hablando de algo completamente trivial. Sin embargo, Mariana se dio cuenta de que detrás de esa frialdad había algo más. El control. Alejandro Fuentes controlaba cada aspecto de su vida, incluso el más mínimo.

- Este matrimonio está diseñado para ser una alianza estratégica entre nuestras familias, Mariana. No hay lugar para los sentimientos, ni para las emociones. Lo que buscamos aquí es estabilidad, tanto social como económica. -Sus palabras fueron directas, pero no carecían de una dureza calculada. Como si, de alguna manera, intentara tranquilizarla con su honestidad. O tal vez para asegurarse de que ella comprendiera la magnitud de lo que estaba aceptando.

Mariana no pudo evitar sentirse incómoda con esa afirmación. La idea de un matrimonio sin sentimientos era algo que nunca había contemplado, aunque, en el fondo, sabía que esto no era un cuento de hadas. No era más que un acuerdo comercial.

- Lo entiendo perfectamente -respondió ella, manteniendo la calma-. Pero me gustaría saber cuáles serán nuestras responsabilidades específicas en este acuerdo. No quiero que haya malentendidos en el futuro.

Alejandro la miró por un momento, evaluando su respuesta. Sus ojos, tan fríos y analíticos, parecían despojarla de cualquier fachada que intentara levantar. Era una sensación extraña, como si la estuviera desnudando mentalmente con solo observarla.

- Por supuesto -dijo, sin levantar la vista de los papeles-. Tú serás responsable de mantener la imagen pública de nuestra familia. Asistirás a los eventos sociales, a las reuniones de beneficencia, y serás la figura decorativa en todos los aspectos públicos. -Su tono era desapasionado, como si fuera la descripción de un trabajo cualquiera.

Mariana sintió un leve escalofrío al escuchar esas palabras. Figura decorativa. No podía evitar sentirse reducida a un objeto en esta ecuación. Esto no era lo que había esperado. Se estaba comprometido a ser una simple "esposa de" y a cederle toda la libertad que una vez tuvo. Pero no podía dar marcha atrás.

- Entiendo -dijo con voz contenida. Aunque por dentro, la rabia comenzaba a arder. ¿Era esto lo que me quedaba? ¿Ser una figura en su vida, un accesorio que solo existía para cumplir una función social?

Alejandro continuó hablando sin notar su incomodidad.

- Además, en términos privados, lo que hagamos fuera del ojo público será responsabilidad de cada uno. No se esperan interferencias en la vida personal, siempre que se mantenga el respeto mutuo y el acuerdo de confidencialidad.

Mariana asintió, pero internamente se cuestionaba si alguna vez podría adaptarse a vivir bajo esas reglas. ¿Respetuosa y distante? ¿Sin poder ser auténtica? Pero, de nuevo, no tenía elección.

Cuando Alejandro terminó de exponer los detalles de lo que se esperaba de ella, ambos quedaron en un incómodo silencio. El aire en la sala se sentía denso, como si una tensión invisible pesara sobre ambos. A pesar de que todo lo que se había discutido era un asunto de negocios, había una presencia palpable entre ellos, algo que ni él ni ella podían ignorar. La química estaba ahí, latente, aunque ambos se empeñaran en no reconocerla.

Mariana observó a Alejandro, notando cómo su rostro, aunque perfectamente controlado, mostraba leves signos de agotamiento. Los bordes de su mandíbula, ligeramente tensos, y la forma en que sus manos se apoyaban sobre la mesa mostraban que, detrás de esa fachada de CEO imparable, había más que solo un hombre de negocios. Pero no importaba cuánto se lo dijera a sí misma, sabía que no podía permitir que nada de eso la afectara. Este era un trato de negocios, y nada más.

Por su parte, Alejandro también había notado la fragilidad que a veces se asomaba en los ojos de Mariana. Aunque su fachada era igual de fría que la suya, había algo en ella que lo desconcertaba. Una fortaleza disfrazada de vulnerabilidad. No sabía si era por el acuerdo, o si era algo más. Sin embargo, había aprendido a no dejarse influir por sus emociones, y no pensaba empezar ahora. Esto era un contrato, nada más.

La reunión continuó, con ambos evitando hablar de temas personales. El trato ya estaba sellado, pero la carga emocional seguía ahí, flotando en el aire. Cuando finalmente se levantaron para despedirse, la puerta del despacho se cerró con un suave clic, y Mariana se quedó momentáneamente sola en el pasillo.

Respiró hondo, tratando de procesar todo lo que acababa de suceder. Aunque la reunión había sido fría y distante, algo había quedado claro: este matrimonio no sería fácil. Pero más allá de los compromisos y las responsabilidades, había algo más que no podía ignorar: la sensación de que había algo entre ellos, una química imposible de negar, aunque se empeñaran en ignorarla.

Al final del día, ¿cuál sería el precio real de este contrato? ¿Sería su vida una mera función de las expectativas de otros? Mariana sabía que aún quedaba mucho por descubrir, pero algo en su interior le decía que este era solo el comienzo de una historia mucho más compleja de lo que jamás había imaginado.

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