El día de la boda amaneció gris y nublado. Un cielo plomizo colgaba sobre la ciudad, pero para Mariana Estrada, no era solo el tiempo lo que le pesaba sobre los hombros. La sensación de estar atrapada entre dos mundos opuestos la envolvía por completo. Este día, el día que marcaba el inicio de un matrimonio que ella nunca había planeado, era más pesado de lo que había anticipado. El compromiso estaba sellado, pero en su corazón, la incertidumbre y el miedo seguían presentes.
El salón del hotel donde se llevaría a cabo la ceremonia estaba decorado de manera majestuosa, como era de esperarse de una familia como los Fuentes. Las paredes adornadas con cortinas de terciopelo oscuro, las flores blancas que colgaban del techo y el brillante piso de mármol, todo parecía sacado de un cuento de hadas... pero uno con el que Mariana no se sentía cómoda. Aunque las decoraciones eran impresionantes, no lograban disimular el vacío que sentía en su interior.
Mariana, de pie frente al espejo del vestidor, observaba su reflejo. El vestido blanco que llevaba puesto, de corte clásico y elegante, la hacía parecer una princesa de otro mundo. El velo caía delicadamente sobre su rostro, y el maquillaje impecable resaltaba la belleza de su rostro, aunque con una tristeza latente que no lograba ocultarse. El cabello recogido con sutilidad dejaba ver sus ojos, que no brillaban con la emoción que se esperaba en este tipo de eventos. No era un día de felicidad para ella. Era el día en que entregaba su vida a alguien más, en que su futuro quedaba sellado por una decisión que no había sido completamente suya.
El sonido lejano de la música comenzó a filtrarse por las puertas del salón. Mariana sintió un nudo en la garganta. El contrato estaba a punto de tomar forma física, frente a todos los ojos que la observaban como la nueva esposa de Alejandro Fuentes. La gran familia, los amigos, los socios de Alejandro: todos esperaban que ella se comportara a la altura del evento, como una mujer digna de este matrimonio.
Una sirvienta entró al vestidor con una pequeña sonrisa en el rostro, pero cuando vio la expresión de Mariana, su gesto se tornó más serio.
- Señora, está todo listo. El Sr. Fuentes está esperando en el altar -informó, con voz suave y respetuosa.
Mariana asintió con un gesto distante. Se sentía como una espectadora en su propia vida. Las palabras de la sirvienta la sacaron de su trance, pero la incomodidad permaneció. ¿Estaba haciendo lo correcto? Todo lo que le había dicho su madre antes de este día resonaba en su cabeza: "Este es el sacrificio que tienes que hacer por nosotros, hija. Esto garantizará un futuro para tu hermano, para todos. No tienes otra opción."
Con una respiración profunda, se ajustó el vestido y caminó hacia el altar, aunque sus pasos se sentían más pesados de lo que imaginaba. En el salón, la luz tenue de las lámparas de cristal iluminaba a los invitados que ya se encontraban sentados. En la parte delantera, Alejandro esperaba con una expresión que, para Mariana, se le antojaba más fría que nunca. Él no se veía nervioso, ni emocionado, ni siquiera sorprendido. Como siempre, Alejandro estaba controlado, impecable, un hombre hecho para este tipo de situaciones.
Cuando sus ojos se cruzaron por primera vez en la distancia, Mariana sintió un escalofrío. ¿Qué estaba haciendo? Aquello no era amor, ni siquiera afecto. Era un trámite, una obligación, un trato entre dos familias que buscaban beneficios mutuos. En su pecho, la incertidumbre se convirtió en un dolor punzante, pero, a pesar de todo, siguió caminando hacia él.
La ceremonia transcurrió sin sobresaltos. Las palabras del sacerdote resonaron en la sala, pero Mariana apenas las escuchaba. Cada palabra parecía más distante que la anterior. "¿Te tomas a Alejandro Fuentes como tu legítimo esposo?" Mariana respondió con un leve suspiro, casi automático. No se trataba de amor ni de deseo; era un sí necesario, un acuerdo de conveniencia que quedaría sellado ante Dios y los testigos.
- Sí, lo acepto -dijo ella, con la voz firme pero vacía.
Alejandro, al otro lado del altar, la miró con una expresión seria, como si estuviera cumpliendo con una obligación, exactamente como ella. Cuando llegó su turno para responder, su voz no vaciló:
- Sí, lo acepto.
El anillo de compromiso, un diamante brillante sobre su dedo, se deslizó sin ceremonia alguna. No hubo sonrisas ni miradas cómplices entre ellos, solo la ejecución de lo que ambos sabían que debían hacer. Este matrimonio no era más que un acuerdo.
Cuando el sacerdote declaró que ahora eran marido y mujer, Mariana sintió un nudo en la garganta. El "sí" había sido pronunciado, pero ella no se sentía unida a este hombre, ni siquiera como esposa. Apenas pudo evitar mirar al suelo mientras caminaba hacia el pasillo para salir del salón, el brazo de Alejandro sobre el suyo. La música comenzó a sonar más fuerte, pero dentro de su pecho solo había vacío.
A medida que se dirigían hacia la salida, una sensación de claustrofobia la invadió. El brillo de las cámaras, los flashes de los fotógrafos, el murmullo de la gente aplaudiendo, todo se sentía distante. Como si no perteneciera a este mundo. ¿Dónde quedaba el amor? ¿Dónde quedaba su vida?
La recepción posterior fue un mar de sonrisas fingidas y conversaciones superficiales. Mariana sonrió y habló con los invitados, pero su mente vagaba lejos, en un rincón oscuro de su corazón. Cada mirada de los invitados la hacía sentirse aún más atrapada en el papel que se le había asignado. La hija de los Estrada, la esposa del CEO Fuentes.
Alejandro, por su parte, permanecía casi ausente durante todo el evento. Estaba presente físicamente, claro, sonriendo, saludando, siendo el centro de atención, pero era como si no tuviera tiempo para ella. Aunque estaban casados ahora, apenas si compartían palabras. En cada gesto, él mantenía una distancia emocional que se sentía casi palpable. No la tocaba, no la miraba de forma especial. Era como si estuvieran simplemente cumpliendo con un protocolo, un protocolo que había comenzado mucho antes de ese día.
Mariana se retiró a un rincón del salón, buscando un respiro. No soportaba más las miradas expectantes ni las preguntas insidiosas de los conocidos de la familia Fuentes. Necesitaba un minuto de paz, aunque fuera solo un instante para poder pensar con claridad.
Se apoyó contra una pared, y por un breve segundo cerró los ojos, dejándose envolver por el silencio. La boda había sido un acto de sacrificio, uno al que ella había accedido con el único propósito de ayudar a su familia, pero el precio parecía mucho más alto de lo que había anticipado. ¿Cómo se sentía ahora?
Al abrir los ojos, vio a Alejandro a lo lejos, rodeado de personas que se acercaban a felicitarlo. Él estaba tan seguro de sí mismo, tan impasible. Pero ella no podía evitar preguntarse si alguna vez se detendría a mirar más allá de su fachada, a preguntarse qué sentía realmente.
Poco después, Alejandro se acercó a ella, casi como un reflejo de las expectativas sociales que ambos debían cumplir. Sus ojos se encontraron brevemente, y aunque ninguno de los dos mostró emoción, había algo en el aire entre ellos que no se podía ignorar.
- Mariana, vamos a la pista de baile -dijo él, su tono tan plano como siempre.
Mariana asintió sin palabras y lo siguió. Mientras caminaban hacia la pista de baile, el sonido de la música se volvió más fuerte, y la multitud comenzó a animarse, pero para ella, el mundo parecía haberse detenido. No sabía si estaba haciendo lo correcto, si este era realmente el camino que debía tomar, pero sabía que ya no había vuelta atrás. El contrato estaba firmado, el matrimonio consumado. Ahora, debía cumplir con lo que se esperaba de ella.





