El aire en la oficina del Comandante de la Guardia Civil era denso, olía a papel viejo y a café rancio. Me senté con la espalda recta, mis manos apretadas sobre mi falda, esperando la noticia que cambiaría mi vida.
El Comandante, un hombre de hombros caídos y mirada cansada, evitaba mis ojos.
"Catalina," empezó, su voz era un murmullo bajo. "Sobre la beca para la Real Academia de Arte Dramático de Madrid... ha habido un cambio."
Mi corazón se detuvo. Sentí un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
"¿Un cambio?"
"Sí. La plaza ha sido reasignada."
Tragué saliva. "¿A quién?"
Él finalmente me miró, y vi lástima en sus ojos. "A Raquel Salazar."
El nombre me golpeó. Raquel. La amiga de la infancia de mi esposo, la que siempre estaba cerca, siempre necesitada.
"No entiendo," logré decir, mi voz un hilo. "Yo gané esa beca. Mis audiciones... mis calificaciones..."
El Comandante suspiró, revolviendo unos papeles en su escritorio como si la respuesta estuviera allí.
"Tu esposo, Iván, nos informó que renunciabas voluntariamente a la beca. Dijo que querías cedérsela a Raquel, para apoyarla."
Sentí como si el suelo desapareciera bajo mis pies. Iván. Mi Iván.
Me quedé helada, la incredulidad me paralizaba. Recordé sus palabras de hacía unas semanas, cuando le rogué que usara sus contactos para ayudarme.
"La justicia y el mérito son lo primero, Catalina," me había dicho con esa seriedad que yo tanto admiraba. "Debes ganártelo por ti misma."
Y yo lo había hecho. Había trabajado día y noche, había ensayado hasta que mis pies sangraban, había puesto mi alma en cada zapateado, en cada movimiento de mis manos. Y lo había conseguido.
Y él, mi esposo, el hombre que predicaba sobre la justicia, le había regalado mi sueño a otra mujer.
Una amargura profunda, desconocida hasta entonces, comenzó a crecer en mi pecho. ¿Por qué? ¿Por qué siempre Raquel?
Salí de la comandancia como una autómata. El sol de Sevilla me cegó por un momento, pero no sentía su calor. Caminé sin rumbo, mis pies llevándome por las calles de Triana, hasta que me encontré frente al tablao "El Duende".
Don Manuel, el dueño, un hombre mayor con ojos que habían visto todo el arte del mundo, estaba barriendo la entrada. Al verme, dejó la escoba.
"Catalina, niña, ¿qué cara es esa?"
No pude contenerme. Las lágrimas que había reprimido en la oficina del Comandante brotaron sin control. Le conté todo, mi voz quebrada por los sollozos.
Él me escuchó en silencio, su rostro endureciéndose. Cuando terminé, me puso una mano en el hombro.
"Esa academia no es el único camino," dijo con voz firme. "El Concurso Nacional de Arte Flamenco de Madrid. Todavía te guardo esa plaza. Eres la mejor bailaora que he visto en años. No dejes que nadie te quite eso."
Sus palabras fueron un bálsamo, una pequeña luz de esperanza en la oscuridad que me envolvía. Le di las gracias, sintiendo una chispa de mi antigua fuerza regresar.
Llegué a casa con un nuevo propósito. Pero la escena que me encontré en el patio borró cualquier rastro de alivio.
Iván y Raquel estaban sentados muy juntos en el banco de piedra, bajo el limonero. Él le secaba una lágrima imaginaria de la mejilla con una ternura que nunca me había dedicado a mí.
"Iván," dije, mi voz sonando más fuerte de lo que esperaba.
Se giró, su expresión se volvió fría al verme. Raquel se encogió, como si yo fuera una amenaza.
"¿Qué pasa?" preguntó él, sin moverse de su lado.
"Acabo de venir de la comandancia," le dije, mirándolo fijamente. "Me han dicho que le has dado mi beca a Raquel."
Iván ni se inmutó. "Raquel la necesita más que tú. Es una mujer sola, frágil. En Madrid, yo podré cuidarla."
La rabia me ahogó. "¿Y yo? ¿Yo no necesito nada? ¡Soy tu esposa! ¿Por qué mi bienestar nunca es tu prioridad?"
Él se rio, una risa cruel que me heló la sangre. "No seas egoísta, Catalina. Tienes una vida cómoda como esposa de un oficial. ¿O ya se te olvidó quién paga las facturas?"
Sus palabras me golpearon. Sabía que había estado usando nuestro dinero para ayudar a Raquel, pero oírlo así, tan descaradamente, confirmó mis peores sospechas. No solo le había dado mi sueño, también le estaba dando los recursos que me correspondían a mí.
De repente, Raquel soltó un gemido y se llevó una mano al pecho. "Mi asma... no puedo respirar."
Iván se puso de pie de un salto, su preocupación era palpable. "Catalina, no te quedes ahí parada. ¡Ve a la farmacia ahora mismo y tráele su inhalador! ¡Rápido!"
Me quedé paralizada por la humillación. Me estaba ordenando que cuidara de la mujer que me había robado el futuro, en mi propia casa. Apreté los puños, pero obedecí. Salí corriendo, con sus gritos de urgencia persiguiéndome.
Cuando volví, con el medicamento en la mano, los encontré en nuestro dormitorio. Raquel estaba recostada en mi lado de la cama, un espacio que Iván siempre había considerado sagrado, un lugar que ni yo podía desordenar. Él estaba sentado a su lado, pasándole un paño húmedo por la frente, susurrándole palabras tranquilizadoras.
La intimidad de la escena me dejó sin aliento. Era un dolor agudo, físico, que me recorrió entera. Le entregué el inhalador en silencio.
Raquel lo usó y, momentos después, comenzó a toser violentamente, luchando por respirar.
"¿Qué le has dado?" gritó Iván, arrancándome el inhalador de la mano y mirándolo. "¿Eres idiota? ¡Este no es el suyo! ¡Le has dado el de otra marca! ¡Sabes que es alérgica!"
Me quedé de piedra. Yo solo había comprado lo que el farmacéutico me dio.
"¡Intentas envenenarla!" me acusó, su rostro desfigurado por la furia. "¡Eres una mujer malvada y cruel!"
Me arrastró fuera de la habitación mientras levantaba a Raquel en brazos. "¡Voy a llevarla al hospital! ¡Y tú, Catalina, reza para que no le pase nada grave!"
Me quedé sola en el pasillo, escuchando el portazo y el sonido del coche alejándose. La injusticia era tan abrumadora que sentí que me asfixiaba. En ese instante, el último vestigio de amor que sentía por Iván se hizo cenizas.
No podía seguir viviendo así. Tenía que escapar.
Me dirigí al armario, a un rincón olvidado donde guardaba una vieja caja de madera. Dentro, cubiertos por una capa de polvo, estaban mis zapatos de flamenco. Los que había guardado el día que me casé con Iván, creyendo que empezaba una nueva vida.
Los saqué, el cuero gastado se sentía familiar en mis manos. Los abracé contra mi pecho, el único consuelo en mi desesperación. Eran un símbolo de todo lo que había perdido, pero también de lo que podía recuperar.
Mientras estaba allí, perdida en mis pensamientos, Iván regresó. Entró en la habitación y me vio con los zapatos en las manos.
Su rostro se contrajo en una mueca de desaprobación. "¿Qué haces con eso? Pensé que habías superado esa tontería."
"No es una tontería," respondí, mi voz firme. "Es mi vida."
Él se acercó, su presencia llenando la habitación de una tensión opresiva. "Tu vida es estar aquí, conmigo. Cuidando de la casa. Siendo mi esposa."
"¿Y qué hay de Raquel?" pregunté, desafiante.
"Raquel está en el hospital por tu culpa," espetó. "Cuando vuelva, quiero que te disculpes. Le pedirás perdón por casi matarla y la cuidarás hasta que se recupere. ¿Entendido?"
La irracionalidad de su demanda me dejó sin palabras. ¿Disculparme yo? ¿Cuidarla yo? La indignación me dio una fuerza que no sabía que tenía.





